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Opinión

9 de Mayo de 2014

Cachondeo 2.0

Andan diciendo que la última chupá del mate para buscar pareja es una aplicación llamada Tinder. Que promete facilitarles la vida a todos aquellos que se han perfeccionado en el arte del autoerotismo más de lo que quisieran. Si bien es cierto, que hace un buen rato la nueva discoteque es el mundo de las […]

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Andan diciendo que la última chupá del mate para buscar pareja es una aplicación llamada Tinder. Que promete facilitarles la vida a todos aquellos que se han perfeccionado en el arte del autoerotismo más de lo que quisieran.

Si bien es cierto, que hace un buen rato la nueva discoteque es el mundo de las redes sociales, esta aplicación pretende una eficacia mayor a otras alternativas virtuales. Se trata de ir seleccionando fotos de posibles candidatos, de quien no se conoce más que su nombre de pila. El perfil a realizar es sólo fotográfico, permitiendo a los usuarios ahorrarse la tarea, siempre engorrosa, de definirse a sí mismo. Sabemos que no hay nada más difícil que intentar responder la pregunta de quién soy.

Se suma -algo que no es nuevo, pero es de gran utilidad- un radar que permite saber si hay otro comensal cerca mío con quien hemos hecho match, es decir, nos hemos seleccionado mutuamente.

Algunos viven con gran entusiasmo estas nuevas maneras de encuentro, ya que amplifica las posibilidades de conocer gente. Sobre todo los más fóbicos, quienes sufren de sobremanera en todo el recorrido que se debe realizar para contactarse con desconocidos. Pero no solo a los más inhibidos les cuesta, llega cierta edad donde las personas se quejan de que no saben cómo circular en la ciudad para conocer gente; sumándose el hecho de que en nuestro país, por alguna razón, se estila salir con los amigos y no hablar con otros.

Estos chats permiten que el proceso se vuelva instantáneo, dejando poco espacio para el malentendido de las señales: ¿Quiere conmigo? ¿Me estoy pasando rollos? Cuestión que los gays -dadas sus dificultades para encontrarse- han empezado a resolver hace ya un buen rato, construyendo sus propios códigos y por cierto contando con este tipo de gadgets.

Otros viven con suspicacia este nuevo mercado de la carne. Hay quienes satanizan estas nuevas herramientas, sosteniendo que se banaliza el encuentro. Sobretodo por el hecho de la primacía de la imagen respecto de la palabra.

Lo que muchos se preguntan es si estas herramientas cambian en algo las reglas del juego de la elección de pareja. Hay un dato que puede ayudar a colegir esta interrogante; y es que se sabe que en estas aplicaciones los hombres tienden a seleccionar mujeres de manera masiva, mientras que ellas son más selectivas. Es decir, como en la discoteque de la vida, ellos se lanzan a la cacería intentando abarcar un rango amplio de posibilidades, esperando ser aceptados por alguna de las candidatas. Reproduciéndose esa impresión femenina respecto de los hombres: a la hora del revolcón les sirve casi cualquier micro. De ahí el eterno desafío de las mujeres –aún cuando un hombre no les interese– por ser consideradas únicas y especiales por el macho. El gallito de siempre…

La crítica que se ha hecho a la predominancia de la imagen, supone un exceso de frivolidad en esta práctica. Sin embargo, una fotografía está lejos de ser sólo una imagen. Es también un lenguaje. Un simple movimiento de cámara es en sí un problema moral, decía Truffaut,. Una foto nos dice cosas: los gestos, la locación o la ropa, hablan de cómo está investido libidinalmente un cuerpo. De manera, que al igual que la vida misma, sí hay una elección, no sólo por una imagen, sino que por una fantasía respecto del otro.

Y aquí entramos al gran enigma de la elección de pareja. ¿Cómo es posible que dentro del universo de otros que nos rodean de pronto me guste alguien, un ser humano que ni siquiera conozco?

Eso que la ciencia ha intentando responder con mecanismos programados como las feromonas, cuestión que nos pone a la altura de la mecánica animal: ¡ya cabros, llegó la época del apareamiento! ¡Busquemos a la chica en celo! Pues no. No nos pasa eso, la cosa resulta más selectiva y caprichosa. La respuesta del psicoanálisis más bien tiene que ver con el componente narcisista de la elección amorosa. Es decir, vemos en otro algo de nosotros mismos. En las primeras etapas de una relación hay un encantamiento, producto de la asimilación del otro con nuestros ideales. En esa etapa de enamoramiento fulminante se escriben las grandes cartas de amor, que básicamente están escritas hacia uno mismo. Por eso es que las relaciones duraderas, son las que soportan ese terrible momento de las diferencias, donde algunos se destruyen y otros comienzan ahí a construir el amor.

En fin, estos gadgets no habría que idealizarlos ni devaluarlos, sino que tomarlos en su justa medida. Sirven para ampliar las posibilidades de encuentro con otros, en tiempos en que el individualismo y segregación lo dificultan. Otra cosa es confiar en el match como herramienta científica que pueda calcular una pareja para mí. En este punto no hay ninguna garantía, ya que eso que nos lleva a posar nuestra libido en alguien no es controlable. Lo que venga después de esa contingencia del deseo, es hacer el trabajo de inventar alguna historia que sea digna de ser contada.

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