reyespaña
Puerta del Sol, Madrid, octubre de 2006, ocho de la mañana, llueve como si el mundo se fuera acabar y hace frio, afortunadamente el paraguas fabricado en la península, resiste bien las cuadras que me separan del tren subterráneo que me llevará a la estación (Palos de la Frontera) Palos de Moguer, para encontrarme con la señora Dora o la tía Dora como la llaman sus familiares. Al salir de la estación el diluvio continúa pero la distancia es pequeña hasta la Calle de El Ferrocarril N° 38. Este es un edificio antiguo pero bien conservado y pintado, pese a que el barrio fue bombardeado por la aviación franquista.

Toco el timbre y me presento. Suba, me dice, con inconfundible acento español una mujer. Al llegar se abre la puerta, y una señora de casi 90 años, rubia, alta de tes blanca y ojos claros, muy bien conservada, me invita a pasar. Luego el ofrecimiento de café, jamón serrano y quesos; desde el departamento mirando al sur se aprecia una impresionante vista de Vallecas.

Setenta años después la tía Dora abre sus recuerdos para relatarme la historia por la que he cruzado el Atlántico con sus múltiples turbulencias. Gabriel era uno de sus hermanos que en 1936 tenía alrededor de 20 años, y militaba en el Partido Comunista español. Una noche del verano de ese año, después de una reunión partidaria, volvía a su departamento, sin sospechar que era seguido por un automóvil. Mientras abría la puerta del edificio para comenzar a subir la escalera, de un carro perteneciente a una organización de extrema derecha de las muchas que existían, dos tipos en mangas de camisa y sombreros de verano, se bajaron portando ametralladoras de esas con cargador de tambor, y abrieron fuego, asesinándolo, el cuerpo quedo tirado en la entrada del edificio ya sin vida. Los autores se dieron a la fuga, como era normal en esos años. “Allí cayó muerto Gabriel” mostrando una esquina en la entrada del edificio -dijo Dora- sin poder ocultar las lágrimas.

Setenta años después el dolor de la guerra civil y la violencia política había quedado en el pasado, pero solo en apariencia, las heridas estaban y aún están abiertas, como se aprecia en la serie de procedimientos judiciales que existen actualmente en la legislatura española y de otros lugares como Argentina.

El asesinato de Gabriel ilustra perfectamente la situación política que se vivía en 1936 después de las elecciones de febrero de ese año. Como hemos visto las bandas de derecha asesinaban impunemente, la violencia no provenía solo del anarquismo o de la izquierda como ha querido justificar el franquismo y numerosos historiadores.

Como comentamos en artículos anteriores, la República fue instaurada por voluntad popular el 14 de abril de 1931 y su bandera comenzó a flamear en todo el territorio nacional. Dos años más tarde en noviembre de 1933 se realizaron elecciones en que lo más importante fue que Alejandro Lerroux del Partido Republicano Radical, logró formar gobierno con la derecha católica de CEDA y el Partido Agrario. En palabras simples, las elecciones determinaron que el poder de la República pasó de la izquierda a la derecha. Es el juego de la democracia. Alejandro Lerroux un político radical y no de izquierda formó gobierno, al que se integraron prominentes hombres de derecha.

Las medidas tomadas por este nuevo gobierno iban en dirección opuesta a las del periodo anterior, y actuaron como detonante para la radicalización política de las fuerzas de izquierda que soñaban con la revolución. Así fue como en octubre de 1934 en varios puntos de España se lanzó una insurrección contra el Gobierno principalmente fomentada por el Partido Socialista, cuyo líder más revolucionario era Largo Caballero. En la cuenca minera de Asturias, el movimiento fue más poderoso, pues allí se unió la Confederación Nacional Trabajadores (CNT) de tendencia anarquista. Derrotada la insurrección por el ejército de Asturias, que no escatimo la violencia, los arrestos y las ejecuciones sumarias, hasta sofocar totalmente el movimiento. Desde ese hecho la República quedo herida y difícilmente pudo recuperarse.

Dos años después, en febrero de 1936, se realizaron las elecciones generales, que serían las últimas. En un ambiente crispado y de mucha violencia política prácticamente las fuerzas se dividieron en dos, los que estaban a favor del Frente Popular o Frente antifascista, y los que anhelaban un gobierno fuerte y represivo como el que aniquilo a los mineros asturianos. Sería finalmente el pueblo el que decidiría cual de las alternativas prefería.
El Frente Popular ganó, y se formó un gobierno con el más brillante de sus políticos como jefe de Estado, Manuel Azaña. Pero los cuatro meses que vendrían a continuación llevarían a España hacia su destrucción. El intento de mantener la legislación vigente como corresponde a un gobierno, las autonomías regionales, las políticas insurreccionales de parte de la izquierda (CNT-FAI) y el golpismo consumado de derecha y monárquicos, creó las condiciones propicias para que muchos pensaran que la única alternativa para salvar a España de su destrucción, era un golpe de Estado militar.

En junio y julio de 1936 las conspiraciones estaban a la orden del día, y eran tema de discusión diaria al que nadie le daba mucha importancia. Algunos pensaban que el general Sanjurjo se haría cargo del gobierno, y poco pasaría.

El general Francisco Franco, conocido conspirador, fue enviado a una isla desde donde le fuera difícil convertirse en el líder de un alzamiento. Pero, en una extraña operación un avión ingles lo rescato y lo llevo a Marruecos donde se hizo cargo del ejército acantonado en esa plaza.

Para defenderse, la República contaba con parte del Ejército, la Marina, lago de la aviación, y la Guardia de Asalto, la Guardia Civil era más golpista. ¿En el momento de la conspiración tenía fuerza suficiente para oponerse? Seguramente no. Pero, sin duda, muchos historiadores piensan, que la tardanza gubernamental en armar al pueblo fue determinante para que el golpe militar fuera exitoso en muchas ciudades españolas.

Los hechos detonantes fueron así. El teniente de la Guardia de Asalto, José del Castillo Sáenz de Tejada Fuencarral, hombre comprometido con el Partido Socialista y uno de los que preparaba sus milicias. A las 10 de la noche del 12 de julio de 1936 va a dejar a su novia, y luego desciende hasta el cuartel de Pontejos donde debía acuartelarse. A unos 50 metros, a la altura del oratorio de Santa María de Arco, fue abatido por cuatro desconocidos que se dieron a la fuga. Castillo intentó empuñar el arma que llevaba en el bolsillo pero no pudo, se desplomó. Una persona los trasladó a un cercano centro asistencial donde ingresó fallecido. La Izquierda tenía un mártir, pronto tomaría venganza, y esta no sería menor, con lo que la rebelión militar se precipitaría.

José Calvo Sotelo era uno de los políticos más influyentes de la derecha española, y había tenido activa participación en los debates parlamentarios contra la República. En respuesta al asesinato del teniente Castillo, en la madrugada del 13 de julio de 1936, un grupo de guardias de asalto y militantes socialistas lo secuestró en su domicilio -simulando una detención- y lo asesinó dentro de un auto. El comienzo del fin había comenzado.
Cuatro días después, entre el 17 y 18 de julio de 1936, el Ejército se sublevó en todo el país, y asumió el control de muchos lugares. En Madrid se hizo fuerte en el Cuartel de la Montaña, desde el que fue desalojado por milicianos republicanos, guardias de asalto y guardias civiles. La rebelión en muchos lugares fracaso, dando inicio a la guerra civil.

El hermano de Gabriel, al oír los primeros disparos y noticieros del día 18, partió hacia la sede el Partido Comunista, y de ahí como todos los militantes a la casa de Gobierno a pedir armas para asaltar el Cuartel de la Montaña y defender la República. Tras duros enfrentamientos lograron recapturarla, y Madrid quedo en manos republicanas. Posteriormente formó parte del 5° Regimiento como telegrafista y operador de radio. Combatió en varios de los frentes de guerra más intensos. En 1939 derrotados por el franquismo cruzo junto a sus compañeros los Pirineos, dejaron las armas al entrar a Francia, y fueron recluidos en campos de concentración sub-humanos, que hoy a los franceses les daría vergüenza. Tras varios meses allí, por sus dotes de artesano, y su militancia comunista fue rescatado por Pablo Neruda, y en el carguero Winnipeg viajo al otro lado del mar, radicándose en Chile donde en la ciudad de Los Andes formó una familia, y a uno de sus hijos lo llamo Gabriel en honor a su hermano asesinado. Nunca pudo volver a España como siempre fue su deseo. En 1982 con ocasión del mundial de fútbol, Gabriel, uno de sus hijos, pudo cumplir el sueño de su padre y viajar a España a encontrarse con parte de la familia que había permanecido allá, y que paradojas del destino, era en su mayoría franquista.

Hoy que ya es definitivo que el próximo Borbón entrará a palacio por la puerta grande, la que lleva su nombre, y los representantes del pueblo (diputados) por la de atrás, con lo que la soberanía popular quedará relegada otra vez a la puerta trasera. ¿Estaremos cerca de repetir la historia de Gabriel?

*Historiador del Centro de Investigación y Publicaciones de la Universidad Diego Portales, CIP UDP.