Reinaldo Sapag FB

“Yo creo que el Cardenal fue un educador nato. El partió con la educación, entendiendo que educar es más que enseñar”. Reinaldo Sapag es el defensor número uno del legado del cardenal Raúl Silva Henríquez, de la obra del sacerdote salesiano que protegió y denunció los crímenes de la dictadura y que apoyó a los estudiantes en 1967, en la revuelta que terminó con la primera y única elección de un rector para la UC con votos de estudiantes.

A días de presentado el proyecto que deroga el DFL 2, que no permitió elegir democráticamente al sucesor de Fernando Castillo Velasco y le puso límites a la participación en gobiernos estudiantiles, el que se convirtiera en uno de los mejores amigos del “cardenal del pueblo” tiene una ácida crítica de la labor de la Iglesia, sobre todo en su labor educativa.

“Sabemos que la iglesia a uno lo ama y a veces lo destruye. Pasa con la pedofilia, por ejemplo. Cuántos curas se aprovechan de ello. El cardenal con algo así lo denunciaría, no guardaría silencio. No sería capaz de encubrir. Nunca dudó de denunciar frente al atropello de los derechos humanos. No guardó nunca silencio, no calló y le pedía al señor fuerzas para denunciar. Dentro de la iglesia, hizo fuerzas para denunciar lo que ocurría; él no habría escondido la mugre debajo de la alfombra. Sería el primero. No mandaría las cosas a la Santa Sede para decidir. Con él, la iglesia no cayó nunca en el silencio”, dice.

Educador

“Primero que todo, debemos decir que yo soy un admirador confeso del Cardenal. Un admirador de todo lo que hizo en educación y de lo que él pensaba. Lo que hizo con los estudiantes universitarios es una cosa muy hermosa. El permitió la reforma en la Universidad Católica y lo más importante aún, confiaba en los jóvenes”, dice el académico.

Presidente de la Fundación Raúl Silva Henríquez y autor de una veintena de libros el creador de la Vicaría de la Solidaridad, Sapag es una voz autorizada para hablar de este tema. Académico en distintas universidades estatales y privadas es claro en reconocer la pérdida del mensaje del cardenal, que también fue su amigo por 28 años.

“Cuando colgaron el cartel que decía “El Mercurio miente”, el cardenal no salió con el gran poder, siempre los sectores más reaccionarios han querido que la Universidad Católica les preste el pecho. Y el cardenal les dijo que la UC era del pueblo, de todos los chilenos. Y eso es lo que dijo. Sus acciones son la demostración palpable. No había contradicción y no había otra defensa de otros intereses. Los intereses eran amar y servir”, señala.

Para Sapag, en el contexto actual, Silva Henríquez estaría de parte de los defensores de la educación porque siempre lo estuvo. La consideraba un derecho humano y se enfrentó con la vehemencia que lo caracterizaba, incluso dentro de la misma iglesia.

“Pensaba que el niño necesita el amor de la madre, del padre, de su familia para sentirse querido. Y que en la escuela no es un número más, es una persona que necesita dedicación. Siempre creyó que cuando la educación se transforma en un lucro, entonces allí el amor pasa a un segundo plano. ‘Lo que yo más amo es la plata, no al niño al que educo’. El siempre abogó porque los niños recibieran las herramientas que necesitaban y por educadores comprometidos con algo más que enseñar”, dice.

Eso es lo que intentó aplicar en la Academia de Humanismo Cristiano, con el ejemplo de Santo Tomás de Aquino. Lo hizo, según Sapag, con la idea de respetar la libertad individual de elegir, el libre albedrío, y educar con amor sin mirar la condición social, sino no el poder que hay detrás de los niños y jóvenes.

“No importa que sea comunista, marxista, si mañana lo van a perseguir los militares, lo van a hacer del mismo método. El cardenal respetaba la libertad, pero con amor. Con vehemencia, también. Él era vehemente y defendía sus puntos de vista, lo hacía con fuerza, pero respetaba a los demás”, cuenta.

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Las críticas

¿Cuánto queda del legado de Silva Henríquez en la Iglesia? Al enfrentarse a una reforma, dice Sapag, se muestra preocupada de la calidad, pero no con los valores que le él le impregnaba al rol educador de los católicos.
“Yo aprendí mucho del cardenal. De su pensamiento, de qué es lo que pensaba, qué fue lo que lo guiaba. Él me decía que si había que entregar los fundos de la iglesia católica, había que hacerlo. Había que ser consecuente, porque si hay tierra era para trabajarla. Y a pesar de que todos se oponían, él lo decía igual. Decía que él se oponía al latifundio, que él no podía seguir esa vía porque ellos sólo seguían el poder. Para él, el terreno no era signo de poder sino que de servicio.

¿Cómo lo vería usted hoy día, enfrentado a esta disyuntiva?
Él se preocuparía más que de las platas de quiénes son los que van a educar. Si el profesor no ama a sus alumnos, nada sacamos con pagarles cinco veces lo que hoy. Cuando el educador no sabe educar, ni enseñar y no quiere que lo califiquen, entonces lo que pide es dinero y su gran preocupación es eso.
¿Y dónde está la calidad? La calidad nace del amor. Entonces, si eso no se resuelve, quién va a hacerlo si no son los educadores? ¿Quién va a responder eso?

¿Cuántas de las ideas del cardenal siguen presentes hoy día?
Lo que pasa es que el contexto es bien distinto. Pero dentro de ese contexto hay elementos que son principios básicos, fundamentales, que existieron en ese tiempo y siguen siendo valores, a pesar de que en la actualidad la educación superior es mucho más masiva. En ese tiempo era un poco más selectivo. Y el problema es la calidad que se le entrega a los estudiantes universitarios, no la oportunidad de llegar. Es la base con la que llegan, no hay igualdad de oportunidades. Y hay algunos que llegan con todo el apoyo y otros que no. Yo hago clases en varias universidades y yo veo la importancia de las universidades para los padres que esperan que sus hijos se titulen y que tengan un título universitario y trabajen y reciban un pago justo por lo que hacen.

¿Entonces, la iglesia dónde debe estar hoy?
Donde está el Papa Francisco, que ojalá tenga éxito. A él tenemos que apoyarlo siempre. Y no sólo para levantar a los pobres materiales, sino que también para los pobres de alma. “Mi voz para los que no tienen voz”, decía el cardenal. La división social va a seguir insistiendo, aunque se trate de quitarle los patines. Van a seguir los patines, van a continuar. Porque hay ricos y pobres en esta sociedad. Ese cambio no lo ha hecho nadie. Han pasado cuatro gobiernos consecutivos de la Concertación y uno de Piñera, y tampoco. Entonces no apuntan a las cosas fundamentales. Por lo tanto, yo creo que ahí apuntaría, a apoyar al Estado en todo lo que sea necesario para lograr ese objetivo.

¿Estaría en otra frecuencia, dice usted?
Bueno, en esos principios básicos está la respuesta también. Fíjate que los salesianos son los fundadores de las escuelas industriales, para preparar a los trabajadores. Hubo una preocupación de llegar al mundo de bajos ingresos, no a la elite. La iglesia tiene hoy día la imagen que defiende los intereses de la elite y que educa a la elite. La elite económica y reaccionaria. Ese no es el papel que habría jugado el cardenal Silva Henríquez. Habría dado muestras inequívocas de dónde hay que llevar la educación católica en Chile. Y lo demostró. No es algo que yo creo, es constatar lo que él hizo.

Estaría más cerca de los estudiantes.
Es que eso hizo. Cuando colgaron el cartel que decía “El Mercurio miente”, el cardenal no salió junto al gran poder. Siempre los sectores más reaccionarios han querido que la Universidad Católica les preste el pecho. Y el cardenal les dijo que la UC era del pueblo, de todos los chilenos. Eso es lo que dijo. Sus acciones son la demostración palpable. No había contradicción y no había otra defensa de otros intereses. Sus intereses eran amar y servir.