armando-uribe-031
¿Cuándo conoció a Nicanor Parra?
Creo que el año 54. Él estaba haciendo un hoyo para enterrarse.

¿Cómo?
Mire, yo fui a verlo a su casa porque Jorge Elliott, traductor de Parra al inglés y también amigo suyo –hijo de inglés y de peruana, pero vivía en Chile–, me pasó la dirección de Parra con el recado de su parte de que fuera a verlo. Entonces fui a esa dirección, que quedaba a un par de cuadras del Canal San Carlos hacia arriba, en un barrio indistinto, con casas hechas en planes de ministerio, todas idénticas, pegadas por lo demás una a la otra… todo bastante modesto en mi opinión, pero en fin. Toqué el timbre en la supuesta dirección de Parra pero no abría nadie. Así que caminé a la muralla y como era baja, pude asomarme al patio de tierra que había, porque no era un jardín. Y cuando me asomo, veo a una persona con una pala haciendo un hoyo en la tierra, en la pura tierra, francamente. “Bueno, usted es Nicanor Parra”, pregunté. “Sí, y aquí estoy haciendo un hoyo y cuando lo termine me voy a tirar de cabeza”. Eso fue literal.

¿Y qué pasó ahí?

Le dije que yo era tal, fue a abrir la puerta y estuvimos conversando. Le repito que era por iniciativa de Parra, yo soy contrario a las amistades con escritores, sobre todo si son mayores que uno.

Usted habrá tenido 20 años y él 40. ¿Por qué lo citó Parra?
Había salido una antología de poetas chilenos que hizo el propio Elliott, en la que Parra adelantó textos de Poemas y antipoemas, y por mis poemas en ese libro él se habría interesado… Incluso hubo, ahora me acuerdo, una especie de concurso hecho por una revista literaria que dirigía la Esther Matte Alessandri, una señora muy dedicada a cuestiones artísticas, hija del político Matte y nieta del viejo Alessandri Palma. En ese concurso los poetas jóvenes de la revista leíamos nuestros textos, con Parra y dos más en el jurado. El premio lo sacó Enrique Lihn, pero apenas se lo dan, los del jurado avisan que Nicanor Parra entregaba lo que le pagaban por estar ahí –unos diez mil pesos de la época– para el ganador de un premio llamado “Pablo Neruda”, inventado por él en ese mismo momento. Y que el jurado acordaba dármelo a mí.

¿Qué otros recuerdos tiene?
Me acuerdo que en esa época, o poco tiempo después, andando en uno de esos Volkswagen escarabajo, iba yo sentado en la parte de atrás, muy incómodo por lo demás, y Parra iba manejando conversando con alguien sentado al lado suyo. Y dijo que no le gustaban nada los poemas muy cortos, refiriéndose a mí en forma directa, pero sin nombrarme. Entonces me hizo un gesto con la mano izquierda, como señalando un espacio muy corto entre con el índice y el pulgar. A mí no me molestó, la verdad.

¿Por qué no?
Porque no nomás.

¿Recuerda alguna otra anécdota?
Mire, la verdad no me he dedicado a hacer catálogos de las gracias de Parra.

ANTIPOESÍA Y MEDIO SOCIAL

Parra llega a los cien años, entre otras cosas, por haber sido muy sobrio, a diferencia de otros poetas. ¿Usted percibía en él esa contención?
Él tenía una noción de portarse bien, de tener que portarse bien. Creo que él se dominó bastante, quizás en contraste con el padre, que entiendo era bastante de tomar y perderse. También puede hablarse de que existe en Parra una cierta inseguridad psicológica de fondo, que por lo demás se advierte en esos primeros antipoemas, en mi opinión lo mejor que hizo. Los poemas de ese libro tenían gracia, en cambio los antipoemas tenían más que gracia, tenían las desgracias de la vida real de este hombre.

¿Qué fue más determinante para Parra en la invención de la antipoesía, venir del Sur o viajar al extranjero?
No, viajar. Porque no solo viajó, sino que vivió en Inglaterra, y esa estada le influyó enormemente por el conocimiento que profundizó de poesía inglesa. Y específicamente de un poeta que él, en conversación conmigo, reconoció que era en realidad el que más lo había influido, pero jamás lo ha dicho en público, quizás precisamente porque está muy presente en su mejor poesía.

¿Qué poeta?
Browning, un poeta del siglo XIX, inglés. Nunca lo ha dicho en público, pero hablando con Parra apareció esto y tuvimos una conversación detallada sobre textos de Browning que él había leído. Entonces ahí me confesó que Browning para él era esencial, y sobre todo un poema del que ahora no sé si me voy a acordar… Bueno, sigamos hablando o hábleme algo usted a ver si me acuerdo.

¿Se acuerda del título?
No. Voy a tratar de recordar el comienzo, espérese un momento… “I only knew one poet in my life”. “Solo conocí un poeta en mi vida”. Y luego dice que ese poeta, el único que conoció en su vida, era una especie de espía social. Creo que eso le importó mucho a Parra. Y curiosamente, Browning también era muy aficionado a las anécdotas en verso, en un estilo de conversación, con gran libertad de giros verbales, etc. Esto de que Parra poco menos que habría inventado la poesía coloquial son patillas, la poesía siempre ha acogido lo coloquial. Hasta la más rebuscada, con ánimo más refinado, también tiene presentes las formas de hablar y de pensar, porque corresponden al pensamiento, no solo a lo que se habla. Ahora, sí hago la distinción de que las maneras coloquiales varían enormemente de un autor a otro según el medio social en que han usado y han vivido el lenguaje, sobre todo en el país Chile. Por eso Huidobro, que es de otro medio social que Parra –no le digo que muy refinado tampoco, de hecho su francés es bien dudoso, un francés de Alameda esquina San Martín, donde él vivía–, tiene por ahí un par de frases que, siendo muy coloquiales en su medio social, contrastan notablemente con el lenguaje coloquial que usa Parra.

“POBRE JOVEN”

¿En qué creía Parra?
No sé, pero el cura José Miguel Ibáñez [Ignacio Valente] creyó que Parra podía convertirse en católico. Estoy hablando del año 55, cuando Ibáñez todavía no era cura.

¿Se lo dijo a usted?
No literalmente, pero para mí era evidente que quería eso. Y le corresponde porque parte de la vocación de cura es convertir, o reunir conversos. Yo creo que fui el primero que le mencioné a Parra, y le mostré algo de Parra, a Ibáñez. Él no lo reconoce, cuenta otra manera por la que tuvo acceso, pero me consta que fue a través de conversaciones conmigo y textos que yo tengo que haberle mostrado en el colegio.

¿En el colegio?
En el colegio Saint George.

¿Eran compañeros?
No, yo estaba dos cursos más arriba, pero nos veíamos en unas reuniones que dirigía Roque Esteban Scarpa. Después Scarpa publicó nuestros primeros libros, con títulos elegidos por él, que tenía bastante tendencia a la cursilería. El de Ibáñez se llamaba Qué palabras qué lágrimas, y al mío le puso Transeúnte pálido. Gracias a eso Teófilo Cid pudo hacer el mejor artículo que se ha escrito sobre un libro mío. Se reía del título y terminaba diciendo: “Me dicen que tiene 20 años. Pobre joven, cuántos años de tontería por delante”. Tenía toda la razón con esa frase, era la pura verdad.

¿Usted también quiere cumplir cien años?
¡No, oiga, si ya estoy desesperado por la edad que tengo! ¡No, no, no, no! ¡Es detestable! Este aumento de los promedios de edad es un absurdo, se vive mucho más de lo necesario, es uno de los peores castigos de lo que llaman “lo moderno”. Francamente, es insoportable.

¿A partir de cierta edad ya no vale la pena?
No es que no valga la pena, sino que es excesivo. Y en mi caso personal, en términos de escribir, mejor sería haberse muerto mucho antes y no haber escrito las leseras de los años sucesivos. Pero de todos modos una persona merece cierto respeto por la edad.

¿Es una constante que los poetas, al envejecer, escriban peor?
Hay que hablar francamente: la edad avanzada entontece sin duda ninguna a todos. “Que tiene la cabeza muy buena”, ¡no es cierto! Hay que pasar por esas edades para darse cuenta que son mentiras, puras leyendas nomás. Nadie se libra de esta tontería.