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Cultura

30 de agosto de 2014

Así trafiqué 31 tortugas bebés para un video de Amaral

Crónica de un ecocidio: aquí la historia del rodaje de un videoclip que llevó a sus realizadores desde España hasta Guatemala y al Caribe hondureño. Todo con tal de grabar, en playas de arena blanca, a unas tortugas marinas bebés que nacen en las arenas negras del Pacífico, y reforzar así la popularidad de una banda de músicos, el dúo de pop-rock Amaral, presuntamente identificados con la naturaleza.

Por

Crónica de nuestro medio asociado de la red ALiados «Animal Político»

Ring. Todo empezó, digamos, con una llamada. El dúo de pop-rock Amaral contrató a Cristian Pozo, alias el Titán, un joven director de videos musicales célebre por sus trabajos para Pereza y Enrique Bunbury. Ocurrió hace tres años, y si hasta ahora lo cuento es porque consideré preferible dejar el asunto en compás de espera mientras el revuelo de los estrenos, las primicias y los grandes titulares iban cediendo.

El Titán llegó con una idea bajo el brazo: representar una oda a la supervivencia en el contexto del implacable mundo animal, grabando para ello a una tortuguita en el momento de emprender su camino al mar.

Se definió el presupuesto, se pactaron las condiciones, se acordaron los tiempos de entrega y empezaron los preparativos. Había que conseguir un acuario lo suficientemente grande para simular un océano. Nadie, hasta entonces, se había detenido a pensar que las tortugas marinas son especies protegidas y que no se consiguen así de fácil, mucho menos recién nacidas y en cautiverio. Luego se les ocurrió buscar en tiendas de mascotas, pero resulta que las que se venden ahí son de agua dulce, con patas en vez de aletas, incapaces de nadar como no sean tramos muy cortos para guarecerse debajo de las piedras.

Les quedó claro que el camino los llevaría inexorablemente al trópico centroamericano. La primera opción, por supuesto, fue la apacible Costa Rica, pero no tardaron en cambiar de opinión al enterarse de los estrictos controles ejercidos en ese país para proteger su biodiversidad.

El camarógrafo para el rodaje, quien hizo mancuerna con el Titán en varios videoclips y trabajó también para Steven Sodergbergh, había conocido a Chema Rodríguez en el plató de una serie que nunca vio la luz. Sabía que Rodríguez, experimentado documentalista y trotamundos, conocía muy bien América Central, así que decidió llamarlo en busca de consejos y contactos útiles.

Paraíso para transgredir
Chema se ofreció como bisagra de coordinación entre el grupo que vendría desde España y los que habríamos de echarles una mano aquí. De inmediato alertó a sus colegas en Guatemala, incluyendo al autor de esta crónica: no había tiempo que perder. En principio la cosa no parecía tan complicada. Conseguir, de manera clandestina, tres o cuatro tortugas recién nacidas era lo de menos en esta tierra nuestra, paraíso de la impunidad y de las contradicciones legales.

Así, según la Ley de Áreas Protegidas, quien recolecte, corte o utilice especies de flora y fauna silvestre tendrá entre cinco a diez años de prisión o multa de Q10 mil a Q20 mil. Nuestro país es el único de la región donde no es prohibido el consumo de huevos de parlama. Se venden por quintales en los mercados y ningún ecologista dice nada. Desde que la superstición popular les atribuye propiedades afrodisíacas se sirven de dos en dos en las cevicherías, acompañados de jugo V8 con salsa inglesa, sal y jugo de limón. No hay macho que se precie de serlo que no haya sentido ese par de bodoques viscosos escurriéndole por el gaznate.

Según la resolución 1-21-2012 del Consejo Nacional de Áreas Protegidas, mientras se entregue el 20% para conservación, el resto de huevos sí se puede comercializar. Mientras tanto, el tráfico y comercio de tortugas baules yparlamas está severamente sancionado por contarse entre las especies contempladas en la protección internacional del tratado CITES, del que Guatemala es signatario.

Nuestra primera misión consistía en conseguir una parlamita recién salida del cascarón, y mejor si más, por aquello de los imprevistos. Y nuestro primer obstáculo fue que a esas alturas, a principios de agosto, la temporada de nacimientos no arrancaba oficialmente todavía. Apenas se esperaban los primeros casos en los días venideros. No había manera de asegurar nada. Regamos entonces la voz, desde Sipacate, Escuintla, hasta Hawaii, Santa Rosa. La necesidad de los pobladores se encargó del resto.

Conseguimos doce. Las fuimos a traer a la covacha de un pescador que vivía cerca de El Paredón. Habían nacido diez horas antes y estaban expuestas al sol, resecándose en una cubeta de arena sin agua, a punto de la inanición. La noche antes de empezar a rodar nos ofrecieron otras cinco. Cogimos diecinueve y nadie se dio cuenta. Pensaron que era para liberarlas. Qué equivocados estaban.

El Titán pedía una piscina para grabar algún plano cerrado de la tortuguita nadando. Le dijimos que sería muy difícil asegurar algo así en agua dulce tratada con cloro. No conseguimos disuadirlo. Tuvimos que vaciar una y llenarla de agua filtrada de mar.

Quería, además, hilo de pesca «para atar a las tortugas y evitar que huyan». Le explicamos que los animales no son un 4×4 que vienen con gancho detrás. Pidió también cerrar una zona de la orilla de la playa para rodar sin ser vistos. Lo mandamos al carajo. Era más importante conseguir equipo de buceo, un protector subacuático para la cámara, internet portátil y un listado de animales disponibles para debutar en la historia como antagonistas: iguanas, cangrejos, sapos, lagartijas, erizos, jutes, tepocates, cuyos.

La necesidad de ir a una isla se impuso al caer en cuenta de tres factores que anulaban cualquier posibilidad de nitidez a la hora de registrar, en su hábitat natural, a estos animales: su color, el color de la arena y la turbiedad de las aguas en plena época lluviosa, cuando los ríos achocolatados bajan del Altiplano y de las fincas de caña de azúcar.

Condenadas a perecer
Las tortugas estaban condenadas a morirse desde el mismo momento en que fueron capturadas en vez de devolverse inmediatamente al mar, ya que al salir de sus huevos cuentan apenas con la reserva de energía suficiente para nadar durante dos días y dos noches seguidas hasta llegar a la Corriente del Golfo, una especie de gran carretera interoceánica donde luego pueden descansar en una isla de algas.

Es importante que las tortuguitas se abran paso por sí solas hasta alcanzar la marea (y no «ayudarlas»

dejándolas más cerca del oleaje o directamente en el agua) porque esos metros en la arena fortalecen sus extremidades y, además, les sirven para registrar en su memoria el lugar en el mapa en el que un día regresarán a poner sus huevos.

Algunas son devoradas por perros, cangrejos, gaviotas y humanos antes de alcanzar la orilla. La mitad muere durante las primeras horas del viaje. Sólo una de cada mil tortugas sobrevive para volver, diez años más tarde, a desovar ahí mismo. La naturaleza se encarga de compensar tanta amenaza permitiendo que cada parlama, una vez preñada, ponga alrededor de 140 huevos.

Hacia lo salvaje
Finalmente llegaron a Guatemala los viajeros realizadores del video. Estaban listas las tortugas, debidamente instaladas en dos toneles de baja altura, con agua de mar y un motorcito de aire para procurarles oxígeno. En esos recipientes (cubiertos con las pataletas, los tubos respiradores y los anteojos de buceo para disimular y no atraer las miradas curiosas) llegarían escondidas hasta la isla de Roatán, en el Caribe hondureño. Teníamos todo preparado.

Lo más delicado fue el traslado por tierra desde el Pacífico hasta el Caribe. Estábamos arriesgándolo todo: el peligro de ser descubiertos, la presumible detención, el castigo respectivo, el aborto de la misión encomendada. Queríamos hacer el viaje lo más rápido posible, pero intentando no pasar por la capital para evitar controles de la policía. Salimos a las cuatro y media de la mañana, tomamos la ruta que va de Puerto Quetzal a Escuintla, luego a la derecha hasta Chiquimulilla, por donde subimos hasta Barberena y de ahí, carretera a El Salvador, cruzamos hacia Ipala para bajar por Esquipulas e ingresar a Honduras vía Jocotán, por la frontera de El Florido.

Lee el reportaje completo en Animal Político

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