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El poeta argentino Miguel Grinberg coincidió con Parra en La Habana en 1965, ambos como jurados del Premio Casa de las Américas, donde formaron junto a Allen Ginsberg un trío de amigos libertarios: “Andábamos en banda porque teníamos una diferencia de actitud muy grande con los otros miembros del jurado. Había una clara contraposición entre la juventud libertaria de Casa de las Américas y la Unión de Escritores que era la ortodoxia del PC con Nicolás Guillén a la cabeza. Los dogmáticos de la ultra izquierda merecían que nos matáramos de risa, no se podía discutir racionalmente con ellos”.

Grinberg ve aquí una posible influencia de la distancia que tomaría Parra con la Unidad Popular: “Uno lo puede deducir, porque se vivía un dogmatismo muy sofocante, al punto de que echaron de Cuba a Ginsberg por cuestionar la persecución a los homosexuales”. Tres años después, Jorge Edwards viajó con Parra a La Habana y su relato es parecido: “Tuve que convencer a Nicanor porque no tenía ganas de ir, ya estaba medio saltón con Cuba. Enrique Lihn estaba viviendo allá y tenía mucha crítica de la vigilancia cubana, siempre nos hacía gestos como de ‘cuidado con lo que están diciendo’. Uno le contaba cosas que había visto y él decía ‘¡cállate, nos van a escuchar, los policías están en todas partes!’”.

Testigo de todo esto, el anarquista que Nicanor Parra llevaba dentro presionaba por volver a la superficie. Así se lo contaba a Juan Andrés Piña en 1990: “Hasta finales de los años 60, yo figuraba como un ‘tonto de izquierda’. ¿Quién en esa época no era un izquierdista? Yo me dejaba arrastrar por la marea y es evidente que desde el punto de vista emocional me sentía un izquierdista. Pero a medida que se planteaban nuevas exigencias, yo me vi en la obligación de mirarme al espejo y rápidamente me di cuenta de que no era un socialista autoritario, a la rusa, sino que me sentía mucho más interpretado por lo que algunos llamaban el socialismo abierto, libertario”.

En esa frecuencia lo conoció Diego Maquieira por 1969. “Estaba en una postura mucho más anarquista, hablaba de la Beat Generation, de la poesía anti-establishment. Y sobre todo, estaba obsesionado con el libro Do it de Jerry Rubin, que era una especie de anarquista lúdico y participaba de los movimientos por las libertades civiles en Estados Unidos. Rubin fue clave en Nicanor, yo lo conocí en su casa”.

El creciente interés de Parra por la protesta no militante, estilo Mayo del 68, parece coincidir con su inminente quiebre con la izquierda marxista. El poeta y librero Sergio Parra da una clave para entender la incomodidad de Parra frente al arribo de la UP: “A él le gustaría ver revolución social revoltosa, punky, pero sin la violencia. Le tiene terror a la violencia, verbal o física, pero mucho miedo, apenas percibe violencia se escapa. Cuando íbamos a La Reina y alguno se emborrachaba, rápidamente se refugiaba antes de que algún curado lo fuera a insultar. Los chilenos llevamos un resentimiento en la sangre con no tener un lugar, no saber dónde situar una identidad, y Nicanor sabe leer eso, esa carencia que aflora como violencia hacia el otro”.

Como ratificando esta tesis, en 1969 Parra declaraba a Punto Final estar a favor de la revolución siempre que se la haga “racionalmente”. Presionado a precisar ese reparo, sólo atinaba a responder: “yo no patrocino la vía violenta, aunque me la explico”.
Un año después Nicanor Parra viviría su infierno político. Una tacita de té bastó para acabar con el revolucionario a su manera, y para que volviera, en gloria y majestad, el individualista alérgico a los discursos.