Miguel Enríquez YT

En el marco de la investigación por la querella interpuesta por el ministerio del Interior por la muerte del ex Secretario General del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Miguel Enríquez, el teniente Miguel Krassnoff Martchenko fue requerido por el juez Mario Carroza.

La querella fue presentada en diciembre del año pasado en la Corte de Apelaciones de Santiago y fue elaborada por el Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior, donde se señala que Enríquez fue acribillado por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina) en un inmueble de la comuna de San Miguel.

Según su declaración a la que accedió The Clinic Online y que se llevó a cabo el pasado 12 de agosto, Krassnoff se refiere a su desempeño como “analista en el área relacionada con el movimiento terrorista MIR, en el cuartel general de la Dina a la orden de su Director Manuel Contreras Sepúlveda”.

En su testimonio, el militar dice que sólo cuando le ordenaban se trasladaba a centros de detención y tortura, llamados por él “lugares de tránsito de detenidos”. Recuerda haber estado en tres de ellos: Villa Grimaldi (antes llamado Cuartel Terranova), Londres 38 y José Domingo Cañas.

En su testimonio, el ex brigadier de Ejército afirma que acudía a los centros de tortura “para corroborar la detención de eventuales integrantes del movimiento terrorista MIR, los cuales, entiendo, habían sido detenidos por patrullas militares, de Carabineros o de las Fuerzas armadas, conforme a las disposiciones legales de excepción existentes a la fecha”.

Además, el inquilino de Punta Peuco declaró a Carroza que dentro de los operativos que llevó a cabo hubo numerosos “enfrentamientos”, los que decían buscaban antecedentes “tendientes a desmantelar la infraestructura y logística bélica y de apoyo de la mencionada organización terrorista”.

De esos “enfrentamientos” se entregaban los antecedentes directamente a Manuel Contreras, según relató Krassnoff, que, negando la verdad histórica, sostiene que no hubo “apremios físicos y mucho menos desapariciones o secuestros de personas” durante las detenciones. Lo mismo que señala específicamente sobre el día en que murió Miguel Enríquez, aunque Krassnoff destaca no haber tenido participación en ello.

La muerte de Enríquez

Sobre lo ocurrido el 5 de octubre de 1974, día en que murió Miguel Enríquez, Krassnoff dice que la misión que le encomendaron sobre el MIR era “detectar depósitos de armamento, explosivos y casas de seguridad, es decir desmantelar su infraestructura logística y de esa manera neutralizar su accionar violentista”.

Según la declaración de Krassnoff, el sábado 5 de octubre de ese año “había elaborado una actividad de patrullaje que comprendía el siguiente sector: por el norte avenida Matta, por el sur callejón Lo Ovalle, por el este Vicuña Mackenna, y por el oeste Gran Avenida, con la intención de verificar o detectar alguna situación en ese sector geográfico relacionado con los detalles antes señalados”.

A eso de las 14 horas y después de recorrer en 2 o 3 oportunidades la calle Santa Fe, a la altura del paradero 18 de Gran Avenida, unos niños que jugaban fútbol “nos indicaron con sus manos, nos hicieron señas y se reían mucho. Frente a esa actitud se detuvo nuestra marcha y se bajó del vehículo para consultar que lo que querían esos niños. Al consultársele manifestaron que seguramente andábamos buscando a unas personas que habían llegado hacía poco tiempo al barrio, que escribían mucho a máquina en las noches, que al parecer había una persona inválida en ese conjunto de personas, porque vez que salía o entraba a la casa que nos señalaban siempre dentro del vehículo que se guardaba en el interior y nunca lo habían visto bajarse del vehículo. La casa que nos señalaban correspondía a la guarida de la comisión política del MIR, aspecto que supimos mucho después de ocurridos los hechos que a continuación sucedieron”.

Krassnoff relata que se estacionaron en una calle perpendicular a Santa Fe y caminaron por la vereda junto al teniente Lawrence, de Carabineros, hacia la casa. Al acercarse, el policía se abalanzó sobre Krassnoff, ya que “desde el interior de la casa y a través del ventanal, se dispararon múltiples ráfagas de armas automáticas con la intención de asesinarnos, cosa que se evitó solo gracias a la reacción oportuna del Teniente Lawrence”.

Según el militar, Lawrence escuchó el ruido que producen los cierres de las armas cuando son cargadas. En ese momento, Lawrence habría tratado de ubicar un teléfono para llamar al cuartel general de la Dina lo que estaba ocurriendo.

El relato de Krassnoff señala que según el volumen de fuego que se recibía desde el interior de la casa se podía apreciar que eran entre 5 y 7 personas, a las que Krassnoff se enfrentó solo, mientras los demás estaban en los vehículos o intentaban comunicarse con Contreras.

“El único que quedó enfrentando a las personas que continuaban disparando, fui yo y, por supuesto respondiendo el fuego apuntando hacia el lugar desde donde se me estaba disparando sin ver persona alguna”, dice el militar, quien señala que cuando el Teniente Lawrence volvió a decirle que no encontraba teléfono le gritó que en el techo de la casa lo estaban apuntando con un arma parecida o similar a un lanzacohetes.

Tras agotar el cargador de su fusil AKA (de 30 a 50 tiros), Krassnoff dice que se movió desde el frontis de la casa hasta la calle perpendicular a Santa Fe, donde se encontraban estacionados los vehículos de la Dina, “para prever el escape de los violentistas por ese sector”.

Desde el techo, a unos 20 o 25 metros por esa misma calle, vio a dos personas que portaban fusiles AKA y morrales con munición y/o explosivos. Según la declaración, Krassnoff les señaló que se detuvieran pero ambas personas le dispararon, lo que lo obligó a devolverse por calle Santa Fe hasta hasta encontrar una casa con teléfono, donde puedo llamar para informar mientras los sujetos escaparon.

“Paralelamente, escuché una serie de intercambios de disparos en el sector donde se estacionaron los vehículos, imaginándome que habían emboscados (sic) al personal que estaba a cargo de ellos, y los habían asesinado. Posteriormente, me impuse que en ese lugar había aparecido un sujeto frente al personal que se encontraba a cargo de los vehículos asomándose por una pandereta y manifestando que alguien estaba herido dentro de la casa. Al ver a esta persona se le conminó a levantar los brazos y quedarse en el lugar que había alcanzado en ese momento. Esta persona no obedeció lo solicitado, continuó avanzando e insistiendo que había una persona herida. El personal de seguridad que allí se encontraba le repitió 3 o 4 oportunidades que dejara de avanzar, levantara las manos y detuviera su movimiento. Esa persona continuó no acatando lo dispuesto y en los momentos que asomó su cuerpo completo a través de la pandereta, de entre las piernas sacó un arma con la intención de asesinar a las personas que lo conminaban a detenerse. Ante esa situación fue repelido con fuego y cayendo abatido hacia el interior del lugar por donde pretendía salir o escapar, continuando desconociéndose de quien se trataba y cuantas personas eran los subversivos”, cuenta Krassnoff.

Según el uniformado, al regresar a la casa llegó un vehículo de Investigaciones con 4 efectivos, los que se acercaron a la casa para entrar. Krassnoff les habría gritado que no lo hicieran por la posibilidad de explosivos, mientras les mostraba su tarjeta de identidad militar. Luego entró al inmueble.

“Al entrar a la primera persona que vi tendida en el suelo y en medio de una gran mancha de sangre, era una mujer embarazada (Carmen Castillo, pareja de Miguel Enríquez) que portaba un fusil automático aún humeante y un par de morrales con munición. Al verla en ese estado noté que aún tenía signos vitales y procedí a tomarla en brazos, sacarla a la calle y dejarla en una de las dos ambulancias que habían llegado al sector, dando de esta forma cumplimiento a lo que estaba dispuesto para casos como éste en términos que si habían heridos había que trasladarlos de inmediato al hospital militar o, dependiendo de sus estado de gravedad, al centro asistencial más cercano. Efectivamente en el momento que yo resolvía sacarla del lugar y llevarla a la ambulancia una de las personas que había entrado conmigo me sugirió que rematara a esa mujer por su evidente intención de asesinar, a lo que me negué”, relata.

Después de eso, Krassnoff cuenta que recorrió el interior de la casa verificando “gran cantidad de armamento, explosivo, munición y documentación de identidad falsos”, hasta que llegaron los primeros refuerzos de la unidad de emergencia del cuartel general de la Dina, momento en el que se retiró del lugar, entregando la documentación y armamento encontrado en la casa para que se fuera al cuartel.

“Yo me dirigí al Hospital Militar, para verificar la situación de la persona herida y rescatada del enfrentamiento y saber con quién y con cuantos nos habíamos enfrentado. Agrego que al sacar a la mujer herida a la calle en mis brazos, las personas que se habían agolpado en las cercanías del enfrentamiento me gritaban: ‘Bote a esa puta, jefe. Son asesinos’”.

Finalmente, Krassnoff declara que días antes se había producido un “sangriento asalto” a una sucursal del banco de Chile, presumiblemente ejecutado por la secretaría general del MIR, y que finalmente, cuando él ya se dirigía hasta el Hospital Militar, habría llegado Contreras y otros oficiales al inmueble, ordenando un rastreo para dar con los sujetos que se dieron a la fuga.

Distorsionar grotescamente la realidad de los hechos

Como conclusión, Krassnoff declaró en este testimonio que el enfrentamiento fue iniciado por las personas al interior del inmueble, que nunca supo contra quién y con cuántas personas se enfrentaron y que sólo se enteraron de ello días después “al poder conversar con la mujer que había sido encontrada herida en el hospital militar que resultó ser Carmen Castillo Echeverría, conviviente del máximo dirigente del Movimiento Terrorista y Subversivo, denominado MIR”.

Además, el militar señala que el patrullaje de ese día resultaba inoficioso y que no se ocupó información de ningún detenido perteneciente a esa organización, lo que de todas maneras habría sido inútil porque salvo los más cercanos al Secretario General nadie más conocía el eventual paradero de Enríquez.

Además, Krassnoff entregó antecedentes para solventar su declaración, incluido el estudio del investigador de la UDP, Cristián Pérez, llamado “Años de disparos y torturas (1973-1975): los últimos días de Miguel Enríquez” y la página 100 del libro escrito por Carmen Castillo Echeverría, titulado “Una tarde de octubre en Santiago” donde detalla los últimos instantes (según ella) que vivió Miguel Enríquez antes de ser abatido.

También un copia del libro “Miguel Krassnoff; Prisionero por Servir a Chile”, el mismo por el que el año 2011 se efectuó el lanzamiento de una nueva edición en el Club Providencia, de la misma comuna, que terminó con serios incidentes.

Además, Krassnoff dice que que Carmen Castillo jamás fue torturada “física o psicológicamente” durante su estadía en el Hospital Militar y que durante su hospitalización le correspondió hacer entrega de partes médicos a sus padres, “personas que en su momento me recibieron con mucho afecto, cariño, gratitud y hospitalidad”.

Para terminar, el militar relata que “es de falsedad absoluta el testimonio público que ha hecho esta mujer respecto a algunos detalles de lo acontecido el día del enfrentamiento. Historias como las que ella señala por ejemplo ‘un tal Manuel me recogió mientras me encontraba tirada en la vereda de la calle; que ellos tuvieron que enfrentarse a cientos o casi miles de efectivos que los atacaban a mansalva; que su conviviente Miguel Enríquez fue asesinado’ son producto de una mente fantasiosa, teniendo como objetivo distorsionar grotescamente la realidad de los hechos, actitud que ha sido asumida por todos aquellos violentistas del ayer para obtener objetivos muy alejados a la verdad”.

Sin embargo, Krassnoff no descarta que otras personas hayan tenido contacto con ella mientras estuvo hospitalizada y que dados las “conversaciones” que mantuvo con ella “considero que entre ella y yo se estableció una relación que yo calificaría a lo menos como empática, opinión que quedó comprobada en los momentos que la despedí en el avión que la llevaría a Inglaterra, ocasión en que se despidió de mí con un aparentemente franco y cariñoso abrazo y con sendas lágrimas de gratitud en sus ojos”.

Actualmente Krassnoff cumple condena de más de 140 años de cárcel por diversos casos de violaciones a los Derechos Humanos, que cumple en el Centro de Reclusión de Punta Peuco desde que fue trasladado junto con otros militares condenados del Penal Cordillera, cerrado a fines de septiembre de 2013. Su versión en este caso, como en otros por los que ha sido condenado, han sido contrastadas por la versión de testigos.