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Febe Ara vive en un país, pero todos los días estudia en otro.

Esta joven de 16 años viene de Ciudad Juárez, en el extremo norte de México, pero de lunes a viernes cruza una de las fronteras internacionales más transitadas del mundo para tomar sus clases en El Paso, Texas.

“Me levanto como a las 5 de la mañana y cruzo el puente como a las 6:30”, le dice Febe a BBC Mundo poco antes de que empiece su jornada en el Lydia Patterson Institute o “La Lydia”, como se conoce su escuela.

Es su rutina. “Ya nos acostumbramos a cruzarlo, aunque en tiempo de frío –¡híjole!– se siente peor porque es muy helado y nos tenemos que levantar temprano”, explica.

Es una de esas mañanas. Febe está sentada al lado de sus dos hermanos, Emanuel y Ángel, en una mesa larga donde sus compañeros hacen tareas de inglés de último minuto y conversan en español mientras desayunan huevos pericos y pan tostado con mantequilla de maní o mermelada.

Pocos minutos antes, Febe llegó al colegio tras reunirse con sus compañeros en el límite de Juárez, contar sus monedas para pagar los 4 pesos mexicanos que vale cruzar la frontera (unos US$0,30), esperar en una larga fila y presentar sus documentos a las autoridades migratorias.

La familia de Febe viene de Chiapas, en el extremo sureste del país, pero se mudó a Juárez para que los hijos pudieran aprender inglés y aspirar a un futuro mejor en El Paso.

Un muro grande con alambre de púas

Las dos ciudades que Febe recorre a diario no pueden tener historias más distintas.

En 2010 hubo cinco asesinatos en El Paso. En Juárez, 3.075.

Juárez se ganó hace unos años la reputación de ser una de las ciudades más violentas del mundo. El Paso ha sido descrita como la ciudad grande más segura de Estados Unidos.

Y a las dos las separa un muro grande, muy evidente y con alambre de púas.

Pero también hay quienes creen que, más allá de esas brechas, El Paso y Juárez son una sola comunidad.

El congresista demócrata por El Paso Beto O’Rourke, quien habla con BBC Mundo justo en frente del muro, defiende esa idea.

“El Paso y Ciudad Juárez forman la comunidad verdaderamente binacional más grande del mundo o por lo menos de cualquier sitio que hayamos podido determinar”, dice.

Él agrega que hay tres millones de personas que comparten la misma fuente de agua, las mismas montañas y el mismo valle.

El Paso es el segundo puerto de entrada más activo del país por volumen de pasajeros y, de acuerdo con las autoridades estadounidenses, en 2011 unos 4,2 millones de peatones usaron los tres puentes limítrofes de la zona.

Muchos los recorren para trabajar en el otro lado, para hacer compras o, como en el caso de los chicos, para ir a una escuela como “La Lydia” con una visa de estudiante que les entrega el gobierno estadounidense.

Según los profesores de “La Lydia”, no todas las escuelas en El Paso ofrecen esa opción a los estudiantes mexicanos y en su mayoría se trata de colegios privados o parroquiales que pueden entregar los formularios necesarios para obtener la visa de estudiante.

“Allá hay muchos problemas y muchas muertes”

A pesar de esa aparente simbiosis entre El Paso y Juárez, para muchos de los que cruzan la frontera a diario todavía son notorias las diferencias.

“Acá es más seguro que allá en Juárez”, dice Febe. “Allá hay muchos problemas y muchas muertes y acá no tantos. Acá hay más policías cuidando las calles”.

En los últimos meses, la seguridad fronteriza ha sido un tema caliente en Estados Unidos, desde que miles de menores indocumentados llegaron en su mayoría a la frontera suroccidental en el Valle del Río Grande.

El presidente Barack Obama anunció en noviembre que aumentará los recursos para que ese influjo no vuelva a ocurrir y se aseguren las fronteras.

“La frontera hoy es tanto o más segura que en cualquier momento de la historia del país”, dice el congresista O’Rourke, haciéndose eco de las explicaciones que da la Casa Blanca.

“Estamos gastando US$18.000 millones al año para asegurarla y hemos duplicado el número de agentes fronterizos de 10.000 a 20.000”, agrega.

No obstante, O’Rourke agrega que ese enfoque de militarización desvía en parte la atención de las oportunidades comerciales o culturales entre las dos ciudades.

“Estudiar es padre”

En el colegio, los estudiantes y profesores también sienten que el mayor enfoque en la seguridad les afecta, sobre todo a la hora de hacer las filas de migración en el puente.

“Antes no había problema”, dice la subdirectora del Lydia Patterson, Cristina Woo, quien lleva 43 años vinculada a la institución y dice que el 80% de los estudiantes vive en Juárez.

“Yo podía ir y venir en cinco o diez minutos sin tener que formar línea. Pero desgraciadamente todo cambia con el tiempo”.

Febe Ara también dice que a veces las filas son tan largas que no alcanza a llegar a tiempo a la escuela.

Pero ella igual lo sigue haciendo, pues considera que estudiar en El Paso es “padre” y “divertido”.

“Acá hay más oportunidades que allá”, enfatiza.

Y, antes de que suene la campana para empezar las clases a las 8:20 de la mañana, se despide contando su sueño: así viva en México, ella quiere seguir estudiando en Estados Unidos.