“¿Alguien tiene un papelillo?” preguntan de un asiento a otro…
Se escucha fuerte la música electrónica mientras las luces se encienden y apagan al ritmo de los “sintetizadores”. El público asiente moviendo la cabeza, abriendo cervezas y fumando marihuana. La mayoría acompaña el ritmo haciendo el típico silbido de los chicos technos noventeros para “prender la fiesta”. Un improvisado animador detiene la música y alienta para que las mujeres griten. Ellas lo hacen desenfrenadas y luego pide que lo hagan los hombres. El improvisado disc jockey grita “ahora toda la micro” y comienza el griterío masivo.

La escena parece sacada de cualquier discoteca, pero no, en realidad es un recorrido del Transantiago y el animador improvisado es nada menos que un artista callejero que imita con sonidos beatbox ritmos electrónicos. El hombre, en complicidad con el chofer del bus, enciende y apaga las luces de la máquina en un carrete interminable que no tiene nada que envidiar a las mejores fiestas pagadas. Son cerca de las 3 de la mañana y esto parece que recién va a comenzar. Es la 210, la micro del carrete.

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-“Yo tengo un smoking” contesta un tipo desde la medianía del “bus oruga”.

Desde que este nuevo sistema de transporte público se instauró con bombos y platillos y de manera intempestiva en febrero de 2007, el recorrido 210 (Subus Chile) que viaja desde la Plaza de Puente Alto hasta Estación Central, ida y vuelta, se ha hecho muy famoso y conocido. Las razones de esta “popularidad” pueden ser varias: es una línea que abarca unos 60 kilómetros aproximados de recorrido en ambas direcciones y circula por las comunas con la más alta cantidad de población de la capital: Puente Alto, La Florida y Santiago. Además, por supuesto, la cantidad de pasajeros que utilizan sus servicios mensualmente suma más de un millón de personas.

Los motivos de su reconocimiento y que la han hecho una especie de mito urbano -propagado en Twitter, Facebook y Youtube- es que la 210 se convierte en una especie de after hour los días jueves, viernes y sábados. Esto, por supuesto, refrendado por las opiniones de miles de cibernautas que la tildan como “la micro del carrete” o “del pueblo” o simplemente, un recinto más del círculo discotequero.

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“El antro bus”

-Mientras enrola el pito baila al ritmo de la música sin que ni siquiera se le caiga una pizca de la hierba molida.

A medida que la micro avanza, se observa que los diversos grupitos que se suben no esperan ni dos minutos para entrar en calor y unirse al mambo. “Puta, esta micro es la cumbia misma, aquí matai el carrete”, dice uno. Así es más o menos la tónica. Todos los fines de semana la 210 traslada a los pasajeros que vienen del centro o Bellavista y se dirigen hacia el sector sur de la capital. El bus siempre se llena y se convierte en un carrete ambulante sobre ruedas.

Jaime, le pondremos así a nuestro chofer para no complicarlo, dice que el recorrido que realiza lo bautizaron como el “AntroBus”. “Aquí veí de todo en la noche, sobre todo la vuelta por Vicuña Mackenna, viste que se devuelven todos arriba de la pelota de Bellavista”. Asegura que hasta sexo ha visto en su bus oruga. “Como estos buses tienen 18 metros de largo, una vez había una pareja que se quedó hasta el final del recorrido y no cachaba qué onda porque estaban al último intentando hacerla piola, pero después me di cuenta que la mina estaba arriba de un loquito y se movía, era obvio po´, estaban en lo suyo, pero yo les grite pa’trás que esto no era motel y que se bajaran no más”.

Los artistas itinerantes también son diversos, si antes un joven animaba a los pasajeros imitando una percusión con su boca, ahora lo hace un grupo musical instalado en medio de la micro, en pleno “acordeón”, como le llaman a la articulación que lucen los modelos “orugas” del Transantiago.
-Le pega una fumada y otra cortita, y lo pasa al compañero.

La guitarra y el güiro causan sensación entre los pasajeros, algunos se unen bailando y cantando una conocida canción de Chico Trujillo. Todos cantan a coro: “ay cariño… ay mi vida… nunca, pero nunca… me abandones cariñito…”

Otros simplemente hacen un recuento de su noche, a viva voz, y no les importa mucho la música. Punkies, flaites y trabajadores nocturnos se divierten a bordo. Todos tienen cabida en la 210.

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“La media sorpresita”

-Pronto el cigarrillo de marihuana se pierde entre los diversos grupos de la micro.
El ánimo de parranda, sin embargo, no es general. Tomás Achurra trabaja de barman en pubs y comenta que tiene que tomar casi por obligación esta micro. “Estudio y luego trabajo, no paro en todo el día y los fines de semana generalmente termino de trabajar como a las 3 de la madrugada, y a esa hora lo único que te sirve para esos lados de La Florida y Puente Alto es la 210”.
Efectivamente este recorrido, a contar de la 1 de la mañana, es el único que acerca a trabajadores nocturnos, exhaustas bailarinas, asiduos a tocatas, o simples tomadores sociales hasta sus casas colindantes con las avenidas Vicuña Mackenna o Concha y Toro en Puente Alto.

El carrete por las noches está institucionalizado en muchas micros del Transantiago. Los distintos recorridos albergan a todo el espectro criollo desde el centro hasta Maipú, Recoleta, San Bernardo, La Pintana y otras tantas comunas más. Sin embargo, lo que hace especial a la 210, es que une el epicentro del carrete en Bellavista con las comunas del sector sur de Santiago. A esa hora el metro no funciona y los colectivos que sí lo hacen cobran mucho más caro y hay que hacer interminables filas para tomarlos. La otra alternativa es la 213e, que es otro recorrido que hace una ruta similar, pero sólo pasa hasta la 1 de la madrugada. Y una vuelta en taxi ni hablar.
-Si andai piola en esta micro no te pasa nada, de repente se ven asaltos o peleas; pero por lo general es más hueveo, distorsión y huevás raras- cuenta Tomás, un cliente frecuente.

Precisamente esas cosas raras, que habla Tomás, los choferes del Transantiago lo viven a diario. “La otra vez, estaba terminando mi turno y me estaba bajando de la micro cuando empiezo a oler algo raro, me acerque al torniquete y olí para atrás de la micro no encontré nada, abrí las puertas de atrás del bus y me encontré con la media sorpresita, habían hecho caca en la micro, ¿lo podís creer o no?”, relata Jaime.

La noche sobre ruedas está llena de historias freak, Héctor Díaz, asiduo al recorrido, vio una noche la rutina más triste de un payaso. “Venía medio curao o volao, sano no venía. El tipo comenzó a hacer su rutina y asumió que el otro tony se había subido por atrás. El asunto es que tiraba los chistes y nadie le respondía. La cosa es que el tipo tenía en la mano unas monedas, las hacía sonar mientras pedía y nadie lo pescaba. Fue en ese instante que sucedió lo extraño, el tipo llegó adelante y se puso a llorar, botó todas las monedas al suelo y empezó a putear a la gente, “que éramos decadentes, que por eso el país estaba así”. Héctor asegura que sólo atinó a recoger 30 pesos y se bajó llorando.

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“Los alucinados nunca faltan”

-La última piteada trae consigo una especie de angustia. Tendrán más marihuana los cabros de allá.

La misma popularidad que convirtió a la 210 en una señal de prestigio entre los que disfrutan de la juerga: “él que no conoce la 210 de noche, no sabe lo que es el carrete”, “no sabe lo que es bueno”. Ese mismo vox populi la ha convertido, por estos días, en un lugar poco seguro.
Lo más común es observar peleas por algo mínimo, como que “me miro feo ese hueón” o hasta persecuciones por algún lanzazo de un ladrón que ande robando celulares o billeteras. “Los alucinados nunca faltan”, comentan en la 210. Los mismos micreros ya no se hacen problemas y solo se responsabilizan de manejar. “Imagínate si me metiera a parar el hueveo, la agarran conmigo”, comenta Jaime.

El desenfreno que causan diversas sustancias prohibidas muchas veces opacan la buena onda. “Un día viernes, luego de una tarde de carrete en Bellavista, con el metro ya cerrado, decidimos irnos en la 210 con un grupo de amigos. Íbamos cantando y pasándola bien, hasta que unos tipos me rodearon y me amenazaron con una pistola, me dijeron pásalo todo y entregué mi blackberry. Sentí mucho la perdida”, cuenta un antiguo pasajero. Para evitar nuevos asaltos ideó un plan. “Después de ese día fui más pillo, como me iba los viernes curao en la micro pasaba a comprar unos 30 nuggets y les convidaba a los partners que iban en ella, quedaba como rey y generaba un fiato por si me intentaban cogotear de nuevo”, agrega.

Algo de este clima es lo que demuestran las cifras del ministerio de Transporte. Datos que confirman que, entre los años 2012 y 2014, han sido agredidos 109 choferes del recorrido, lo que en comparación con los 60 recorridos de Subus es un registro alto. Las agresiones van desde insultos verbales hasta secuestros exprés por parte de barristas para acercarlos hasta el estadio de su respectivo equipo.

-Un fin de semana son los del Colo y el otro fin de semana son los de la U, ya se acostumbraron. A veces nos llevan hasta sus propias poblaciones apuntándonos con pistolas, y ahí suben a todos los barristas y de vuelta para el estadio sin pararle a nadie porque no nos dejan- comenta un chofer de la 210.

-“Puta hueón, quedamos cortos”, comenta un colega. Mientras otro pega un grito:

En internet los videos proliferan y también los mensajes en twitter. Si bien se pueden encontrar muchas imágenes fiesteras como el del Capoeiro de la micro 210, que es un tipo que al son de la música logra hacer piruetas entre los pasajeros imitando el arte marcial brasileño, como el más ducho acróbata. También se pueden encontrar comentarios acerca de lo inseguro que se ha convertido el recorrido por las noches.

Es así como un escenario improvisado de fiesta se ha ido convirtiendo en un lugar para kamikazes. Aunque todavía los desordenados conviven con los que solo quieren llegar hasta sus casas luego de una jornada laboral. Esta dualidad, entre quienes desean seguir la fiesta y aquellos que necesitan ser transportados, es uno de los problemas que observa Julio Toyos, Jefe de Asuntos Corporativos de Subus. “Si el bus terminara siendo el bus de la buena onda sería bueno para todos, para el conductor, para nosotros. Pero uno puede pasarlo bien cuidando los buses, respetando al conductor y respetando a los otros usuarios. Esto porque todo el mundo tiene derecho a trasladarse pasándolo bien y disfrutando, en el fondo, de su juventud pero eso no significa en ningún caso que tengamos que perjudicar a otras personas que necesitan el servicio para trasladarse, porque al final lo que realiza este recorrido es una gran labor social”, reflexiona.

El recorrido esta pronto a llegar a su destino, la plaza de Puente Alto. Se acaba de bajar el último músico de la noche que tocó cumbias con un tarro de duraznos y una peineta. Todavía el olor a marihuana pega fuerte. Los indicios de la noche agitada están en el suelo del bus: latas de cerveza en el piso, colillas de cigarros naturales y de los otros, harto olor a orina en las puertas traseras del bus, incluso algunos rastros de sangre de alguna pelea.

El carrete de la 210 hace rato que pasó a ser parte de la fauna nocturna santiaguina. El problema es que algunos jugosos, que nunca faltan, terminaran con la alegría que hizo que muchos dijeran que esta micro era la mejor micro, como anunció alguien por ahí: están matando la gallina de los huevos de oro, la 210, la micro del carrete.

-“alguien tiene otro papelillo”. Algunos no pescan, otros revisan sus bolsillos… Reviso los míos, por si acaso, uno nunca sabe lo que puede salir de un bolsillo por la noche.