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Gonzalo Rojas ―cuyos artículos intento evitar, cansado de leer siempre los mismos prejuicios y las mismas caricaturas del mundo― se me apareció hace poco en El Mostrador, supuestamente desmintiendo una excelente columna previa de Claudio Fuentes. “Desmentir” sería decir mucho, pues la columna se limita a insinuar que Fuentes escribe desde sus prejuicios, y no desde el conocimiento (a pesar de haber citado hechos y documentos). Rojas parte ridiculizando la suposición de que los Chicago Boys hayan obedecido a una política institucional de la universidad. Se basa para ello en la distancia temporal ―“O sea, en 1956 la rectoría de la PUC habría ideado un plan para transformar la sociedad chilena ¡17años después!” dice― ignorando completamente todos los hechos posteriores a la firma del convenio. La primera parte de esta columna busca esclarecer estos hechos y mostrar cómo se ha intencionado en la práctica una educación sesgada. Por supuesto, dicha historia es inentendible sin la toma armada de las universidades en septiembre de 1973. Un análisis análogo sería válido para la Escuela de Derecho, y parte de las evidencias fueron ya presentadas por Fuentes.

Sin embargo, el principal argumento de Rojas es la “omisión de información paralela relevante” por parte de Fuentes al hablar de proyectos ideológicos en la PUC. Se refiere con eso a la rectoría de Castillo Velasco. Ignora así que Fuentes buscaba resaltar los proyectos PUC que “han marcado el devenir del país”. Cabe decir que por las lamentables acciones de la derecha, que abortaron el proceso de la Reforma Universitaria, el proyecto de Velasco no tuvo una influencia siquiera comparable a los Chicago Boys y el gremialismo. Algunas precisiones adicionales al respecto se hacen en la segunda parte de esta columna.

En un tercer eje, me gustaría mostrar cómo el profesor Rojas y, en general, el bloque ultra-conservador dentro de la Universidad Católica son la demostración viva de un grosero desbalance ideológico en la PUC (al borde del adoctrinamiento). El caso de Costadoat ha generado múltiples dudas respecto a la libertad de cátedra en la PUC o el miedo que podrían sentir sus alumnos, profesores o funcionarios. Sin embargo, esos miedos no son universales, y afectan por sobre todo a quienes presentan ideas que no calzan con un cierto dogmatismo político, económico y moral, incluso si esas críticas se hacen a la luz de la teología católica.

La Escuela de Chicago

La PUC patrocinó el convenio con Chicago como un proyecto ideológico. Eso no puede rebatirse en base a que un futuro gobierno militar era impredecible. Lo dice, por ejemplo, Cristián Gazmuri: “Sin duda, a los firmantes chilenos del convenio no se les escapó en su minuto cuál era la línea teórica de la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago (o al menos de sus académicos más importantes)”.1 Es claro que el convenio significó un desbalance en términos académicos hacia el neoliberalismo (una doctrina entonces extrema en EE.UU.), en desmedro de otras escuelas económicas como el keynesianismo.

Varios economistas neoliberales ―egresados de Chicago o simpatizantes― fueron financiados por la CIA para la elaboración del Ladrillo, obra que serviría de programa económico de la dictadura.2 Una vez que la Junta tomó el poder, estos y otros economistas afines se lanzaron rápidamente a la reformulación del modelo económico chileno. Lo que cabe destacar es que los principales autores de estas reformas fueron profesores de la Universidad Católica durante la dictadura y la rectoría del almirante Swett: Sergio de Castro, Pablo Baraona, Rolf Lüders, Sergio de la Cuadra y Cristián Larroulet por nombrar sólo a algunos.3 Desde la PUC, los neoliberales intervinieron con un tono académico en la “discusión” nacional a través del Centro de Investigaciones Económicas, CIE (por ejemplo, ante la regulación del dólar).

La colaboración de estos economistas neoliberales se dió en un contexto de persecución política, detenciones, torturas, asesinatos y exilio de disidentes, estando además disuelto el Congreso Nacional. La “libertad” económica se impuso en ausencia de toda libertad política. He ahí la principal contradicción de estos actores de la PUC, incluidos además los gremialistas: disociar convenientemente los crímenes políticos de sus reformas “técnicas” (si bien impuestas por la fuerza). Juzgar las consecuencias mortales de totalitarismos de izquierda, y ser totalmente silentes ante su propio totalitarismo. Incluído el señor Rojas.

En una excelente columna, Sebastián Edwards explicó recientemente cómo llegó a estudiar en la PUC y luego en la Universidad de Chicago, viniendo originalmente de la disuelta Facultad de Economía Política de la Universidad de Chile y siendo disidente de la dictadura. Cuenta allí que Dominique Hachette lo contrató en 1976 como profesor asistente de la PUC, a cargo de la cátedra de teoría y política monetaria, en consideración al buen desempeño que tuvo como alumno de la facultad. Añade luego: “Tres o cuatro semanas después de empezado el semestre me llamó el director para decirme que no podrían seguir empleándome, y que una vez terminadas las clases tenía que salir de la UC. Me explicó que Miguel Kast ―quien en esa época era subdirector de Odeplán y de quien yo había sido ayudante― había llamado para decir que era inconcebible que alguien con mi pasado y tendencias enseñara el curso de Milton Friedman.”4 Ese era el ambiente de libertad del que Gonzalo Rojas parece vanagloriarse.

Cabe remarcar aquí que se puede hacer un paralelo entre la situación de entonces y la PUC actual. La prevalencia de un discurso neoliberal, el sesgo ideológico de la mayoría de los académicos (ligados a estas mismas políticas que sus predecesores ―o ellos mismos― impusieron en la dictadura) y el desbalance generado por la ausencia de otras visiones. Como sustituto del CIE, ahora el “discurso de verdad”, la verdad económica de turno, emana del CLAPES (Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales), centro dirigido por el ex-ministro Felipe Larraín. Esta institución, supuestamente académica, en realidad está evidentemente ligada al Piñerismo y actuó desde sus comienzos como plataforma crítica del gobierno de Bachelet. 5

El proyecto ideológico de la Reforma Universitaria

Rojas insinúa en su columna que el único proyecto relativamente reciente intencionado por la rectoría de la Universidad Católica es el de Castillo Velasco. Se basa para ello en la existencia de un programa declarado y transparente de la rectoría, reflejado por ejemplo en una carta escrita a El Mercurio el 24 de septiembre de 1970. Recordemos aquí, para el lector que no esté al tanto, que Fernando Castillo Velasco fue un rector electo por la comunidad universitaria después de los conflictos de 1967. En esa época se instauró en la PUC una potente estructura de participación de los académicos, estudiantes y funcionarios, que no ha conocido paralelo. El Consejo Superior, hoy mera reunión de decanos, tenía una presencia significativa de representantes estudiantiles y sindicales. Los estudiantes tenían ahí un derecho a voto que no han podido recuperar. Además, se convocó anualmente, al menos durante los años 70-73, un claustro universitario como instancia deliberativa general de la universidad.

Luego, cuando Velasco dice:

“Somos una universidad inserta en Chile y en las luchas de su pueblo: tenemos un compromiso ético e histórico con la liberación de la sociedad chilena que guía nuestro trabajo y lo orienta en el servicio de la Comunidad Nacional. Postulamos, junto a las mayorías del país, la necesidad de trabajar por la sustitución del actual sistema económico, político y social y es en ese sentido que se dirigen nuestras acciones.”

habla en nombre de una comunidad educacional completa que a través de la deliberación había concebido ese proyecto, privilegio que el actual rector Sánchez dista de tener. Por lo demás, la sustitución del sistema económico y político no era un exabrupto de marxismo ateo, sino que estaba en estrecha sintonía con la doctrina social de la Iglesia, que la derecha ha transformado en letra muerta.

Claro que Velasco tenía un proyecto ideológico (no caeré en usar “ideología” como descalificativo). Eso no quiere decir que el neoliberalismo y el gremialismo no hayan sido sendos proyectos paralelos y contrapuestos. La diferencia, por supuesto, está en la transparencia: Velasco declaraba directamente sus intenciones, la derecha nunca se ha molestado en hacerlo. Pero como dice el Evangelio: “por sus frutos los conoceréis”.

¿Pero por qué omite entonces Fuentes la rectoría de Velasco al dar cuenta de los proyectos institucionales que “han marcado el devenir del país”? La explicación es simple, triste y trágica: porque aquel proyecto, concebido por una comunidad participativa e involucrado con las transformaciones que Chile enfrentaba, fue abortado abruptamente el 11 de septiembre de 1973. Velasco fue sustituido en la rectoría por el almirante Swett. Muchos profesores y estudiantes de izquierda fueron detenidos y torturados. Los disidentes fueron al menos exonerados de la institución. Es lamentable que esa historia, la de la UC y el golpe, esté mucho menos documentada que otras.

Pero volviendo a los supuestos mecanismos inexistentes de direccionamiento, cabe destacar que el colectivo Memoria UC lista a 29 detenidos desaparecidos y asesinados vinculados a la PUC y el DUOC.6 Al menos dos de estos crímenes ocurrieron después del golpe: es el caso de Jaime Ignacio Ossa Galdames (+1975), profesor de castellano de la Universidad Católica y militante del MIR, y de José Eduardo Jara (+1980), estudiante de periodismo. Por si alguien a esas alturas aún no tenía claro que es lo que se podía pensar en la PUC. En contraposición, el rector-interventor eligió a dedo desde el año 1973 a representantes estudiantiles gremialistas, afines a su propia ideología.

Censura, persecución y libertad

Hasta ahora no es del todo clara la razón tras la desvinculación del profesor Costadoat. El cardenal Ezzati apeló inicialmente a una “excesiva libertad” del profesor al enseñar que podía “confundir” a los estudiantes. Últimamente se ha inclinado por omisiones serias del Costadoat en su curso de Trinidad y Cristología destinado a los teólogos (que sin embargo no habían sido detectadas ni por las encuestas docentes, ni el comité de la Facultad, poniendo en entredicho la efectividad de toda la orgánica de la universidad que preside). Si Costadoat se aleja de algún modo de la correcta doctrina católica, el cardenal no ha sabido explicarlo: más aún, no hay ningún proceso formal que haya llegado a establecer ese hecho. Luego, más allá de justificaciones confusas y sibilinas, es bastante probable que Costadoat simplemente esté pagando el haber planteado a través de la prensa algunas discusiones con las que la curia chilena no se siente muy cómoda. Especialmente notorias fueron sus intervenciones a favor de la comunión a los divorciados. Cabe destacar que en este aspecto Costadoat no se apartaba de las intenciones papales de suscitar una sana discusión al respecto entre los fieles católicos, para lo que había convocado al Sínodo de la Familia.

Es natural que ante el caso de Costadoat se plantee el tema de la libertad de cátedra, e incluso del miedo, como claramente expuso Eduardo Fermandois. Miedo que pueden sentir otros teólogos ahora por cobijar pensamientos diferentes a los de Ezzati, miedo de los académicos en general a ser despedidos por sus opiniones, aunque no afecten sus labores docentes. “Desvinculados”, en eufemismo cardenalicio. Así como fue desvinculado Horacio Croxatto en su momento, o Patricio Miranda más recientemente, a pesar de tener trayectorias brillantes.

¿Pero todos sienten temor? ¿Tienen algún temor los ultra-conservadores? ¿Los sectores históricamente ligados al gremialismo? ¿Hay algún tipo de sanción incluso cuando los dichos de estas personas resultan irresponsables? El 2009, el profesor Pedro Gazmuri se escandalizaba de la aparición de homosexuales en las franjas presidenciales: “la antropología cristiana indica es que el homosexualismo es una grave enfermedad psicológica”, decía; mostrar homosexuales podía inducir a los jóvenes a ser homosexuales (algo que no ha sido demostrado jamás) y así agravar este “problema”. El actual Secretario General de la PUC, Mario Correa Bascuñán, publicó en el pasado diversas columnas de carácter político en donde igualaba la Concertación a la Unidad Popular y acusaba a Lagos de haber promovido la lucha de clases durante su gobierno, o cosas similarmente ridículas.7 No sólo eso: destaca entre sus publicaciones “Ilegitimidad del procesamiento al ex Presidente de la República don Augusto Pinochet Ugarte”, año 2004.8 Se suman las ya analizadas intervenciones políticas de los académicos de economía. O el infame foro donde se analizaban terapias para “curar la homosexualidad” sin ningún sustento científico, realizado a pesar de la oposición de la Facultad de Psicología.9 Eso por decir simplemente lo que primero se me viene a la cabeza.

Pero lo más interesante es que el mismo profesor Rojas es prueba de lo que intenta rebatir. Prueba de una inmensa asimetría ideológica en la PUC que ha amparado durante decenios al neoliberalismo económico, el ultra-conservadurismo valórico y una interpretación del catolicismo que conviene por sobre todo a los más ricos. ¿Tiene miedo el profesor Rojas? ¿Tendrá miedo de ser director honorario de la Fundación Pinochet? ¿Militante de la UDI? ¿De defender “la obra rectificadora del Gobierno Militar”10? Lástima que profesores de izquierda expulsados de la universidad tras el golpe (por ejemplo, Gabriel Salazar) nunca hayan tenido la posibilidad de defender en su seno la obra de Allende. ¿O tuvo miedo de hacer “apología de la muerte de miles de chilenos”, como en su minuto denunció Académicos UC11? ¿O de comparar la homosexualidad con la pedofilia, hecho denunciado por la FEUC que desató una extensa polémica mediática12? La respuesta usual de Rojas es decir que todos lo leen mal y que nadie lo ha comprendido correctamente.13

Al menos como ex-alumno de la universidad y ex-representante estudiantil, mi percepción es que todo el profesorado de ultra-derecha (especialmente aquel ligado a la UDI y el Opus Dei, si no ambos) no tiene ningún temor en la Universidad Católica; más aún, la controlan con la complicidad de la curia chilena y con el auxilio de unos estatutos altamente cuestionables impuestos en plena dictadura por el almirante Swett. El rector Sánchez participa en los actos conservadores de IdeaPaís (jamás se lo ha visto en ningún acto de Revolución Democrática) y el Secretario General, Mario Correa, es conocido activista de derecha como ya hemos mencionado. La Facultad de Economía sigue dominada por los neoliberales y jamás se ha abierto a otras escuelas de pensamiento, incluso tras la crisis de 2008.

Señalaré además, lamentablemente de modo marginal, que no sólo muchos profesores son víctimas (justificadas) del miedo, sino también gran parte del alumnado. El señor Rojas, que repetidamente critica las “dictaduras marxistas”, me imagino que reaccionaría ante un homenaje a Kim Jong-um en su amada Escuela de Derecho. Pero cuando los estudiantes de arte se rebelaron a un homenaje infame a Jaime Guzmán ―principal ideólogo de la dictadura, cómplice por tanto de un régimen brutal y asesino― no lo vi defendiendo precisamente la libertad. Mientras las actividades de Queer UC ―colectivo de estudiantes homosexuales― son censuradas o se les exige contar con representantes de la “antropología cristiana”; a los cuestionables foros sobre “curar la homosexualidad” no se les exige siquiera contar con representantes científicos serios de las disciplinas relacionadas. Casi a modo de anécdota, cabe recordar que cuando Sánchez argumentaba que la PUC era una universidad pública, el ministro Eyzaguirre le respondió: “Hay universidades privadas que hacen lo que quieren. Por ejemplo, una universidad que no voy a nombrar [la PUC], inició un sumario contra mi hijo por una obra de teatro”. La polémica obra consistió en gritar “Six, six, six” en el patio del Campus Oriente.14

Consideraciones finalesƒ

Tal como Max Weber planteaba una afinidad electiva entre la ética protestante y el capitalismo (pues se originaron de forma independiente pero convergieron y se potenciaron mutuamente a lo largo de la historia), creo que es pertinente hablar de una afinidad similar entre el neoliberalismo de Chicago, el gremialismo de Jaime Guzmán, la derecha económica oligopolista, el intervencionismo estadounidense y el movimiento golpista. Les relaciones históricas que habrían de tener no siempre están manifiestas en sus orígenes. Sin embargo, es indudable que actuaron de forma conjunta, durante el gobierno de la Unidad Popular y especialmente después del golpe de estado. Si bien la interacción de estos grupos es compleja y se dio en múltiples frentes ―incluyendo medios de comunicación como El Mercurio, la revista Qué Pasa y Realidad, así como centros de investigación― su factor común más importante es la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde los principales ideólogos de la dictadura ejercieron la docencia y reclutaron seguidores.

Por supuesto, la presencia del gremialismo y el neoliberalismo precedió por varios años al gobierno militar. Sin embargo, especialmente después de la reforma universitaria, su influencia estaba debidamente compensada en la PUC por la presencia de otras corrientes ideológicas, entre las que el MAPU fue especialmente importante. Después del golpe, toda disidencia fue eliminada drásticamente (detenidos desaparecidos mediante) y desde entonces hay un predominio conservador y neoliberal que jamás ha vuelto a tener un serio contrapeso. Por supuesto, esto se explica por otra afinidad: aquella de la jerarquía eclesiástica chilena con la derecha política. La seriedad del asunto radica por sobre todo en que la PUC ha sido desde sus orígenes la principal universidad de la élite chilena.

Especialmente como ex-alumno de la Universidad Católica, he escrito esta columna como un homenaje a todos los estudiantes y profesores que durante años han luchado por los ideales auténticamente universitarios dentro de la institución. La he escrito además con la convicción de que tomar conciencia es el primer paso para iniciar transformaciones.