Los pasos perdidos de Hugo Bravo en su arresto domiciliario

Escribe manuscrito y en computador hechos de su vida pasada, también pensamientos. Ha pensado en un libro. Camina media hora en la mañana y media en la tarde en la terraza del edificio. Lee los diarios, mira los noticiarios, está enterado del caso y se reúne constantemente con su abogada Catherine Lathrop en quien confía ciegamente. No puede pasear a sus dos perros. Lo hacen sus “nanas”. Así vive en su departamento de Las Condes el hombre que abrió las puertas del caso Penta y Soquimich.

Formalización Caso Penta

El director de Penta Hugo Bravo está sumido en el universo que conforman sus recuerdos, buscando en ellos la explicación de su arresto domiciliario total, luego de ser formalizado por lavado de activos, cohecho y delito tributario. Así describe un cercano su estado anímico: “Está en su casa, pero está preso así que echa mano a su vida anterior de cuando en cuando”, asegura.

Bravo que otrora podía salir donde quisiera, está recluido en su departamento de San Damián, donde de pronto escribe en su computadora y a veces en manuscrito, pensamientos, pasajes de su vida con miras, quizás, a escribir un libro. “Podría llegar ese momento o también la chance de que alguien escriba sus memorias, pero eso es sólo una posibilidad lejana pero no descartable,”, asegura una fuente que ha conocido de esta incipiente faceta escritural.

Quienes conocen su situación, comentan que luego de que la Corte de Apelaciones de Santiago estimara -el 14 de marzo- que podía cumplir la medida cautelar más gravosa en su hogar, debió estar acompañado de enfermeras, ya que la diabetes que padece, junto a la depresión, lo mantuvieron en un delicado estado de salud.

Hoy, dice un cercano, está más estable y cuidado por sus dos asesoras del hogar, sus dos hijos -ambos mayores de edad y estudiantes universitarios- ante cualquier eventualidad.

Y, como si fuera “un demonio que lo persigue”, dice otra fuente, vive constantemente preocupado de su salud. Actualmente se empina por sobre los 70 años y no conoce de frutas ni carbohidatos. “No come pastas, pero si carne, pollo y pescado”, resume otro cercano.

Cada día, media hora en la mañana y media en la tarde, camina y camina por la terraza del edificio. Dicen que busca evitar que empeore su problema articular. “En sus pies a veces no hay sensibilidad capilar”, comenta un conocido. Otro asegura que así despeja la mente. “En el óvalo de la penitenciaría, en Colina o en cualquier cárcel del mundo, los presos hacen lo mismo. Es el síndrome del león enjaulado”, comenta un guardia del servicio de prisiones.

Bravo ama a sus dos perros y añora su casa anterior en La Dehesa. Bravo no puede pasearlos como quisiera. Lo hacen sus “nanas”. Y dicen que cuando eso ocurre los mira por la ventana.

Son los mismos canes que fueron testigos privilegiados cuando el 7 de septiembre de 2014 decidió grabar a su exjefe y controlador del grupo, Carlos Eugenio Lavín, para resguardarse ante la investigación del fiscal Carlos Gajardo, porque de forma oracular presintió que buscaban culparlo de todo.

Lavín no tuvo su suerte; tampoco Carlos Alberto “choclo” Délano, quienes pasaron 46 días en la cárcel por cohecho y delito tributario y recientemente disfrutan de las comodidades de sus hogares en la zona oriente de la capital, luego que el Octavo Juzgado de Garantía les rebajara la medida de prisión preventiva. La mantención del beneficio, en todo caso, está en veremos, ya que el Ministerio Público apelará la decisión ante el tribunal de alzada capitalino, cuya Cuarta Sala analizará el fondo de la presentación. La inclinación de la balanza es parte del azar.

Por eso, dicen sus cercanos, su abogada Catherine Lathrop no ha solicitado la revocación del arresto domiciliario de Bravo. “En casos como estos lo mejor es esperar que pase la tormenta de formalizaciones”, comenta un abogado del caso Penta.

Bravo lo sabe, porque pronto enfrentará una nueva imputación por delito impositivo, esta vez por la existencia de contratos forward. El día en que se fije la audiencia, volverá a sentarse a pocos metros de Lavín y Délano.

El humor

Desde un principio Bravo colaboró con la fiscalía por recomendación de sus abogados. Nada podía hacer en julio de 2014. El perseguidor penal sabía todo. También el Servicio de Impuestos Internos (SII) que se querelló en su contra, luego que descubriera que a través de dos de sus sociedades, recibiera ilícitamente 260 millones del FUT.

Por eso la seguidilla de confesiones, además, le permitió al Ministerio Público iluminar el caso y adentrarse con los aportes ilegales de Penta a políticos de la UDI y RN. Se trata de los mismos que, según aseguró el director del tata fisco, Michel Jorrat, no enfrentarán querellas por delito tributario.

“Bravo, hoy por hoy, no le teme a la cárcel. Lo que lo atormenta es el futuro de sus hijos”, dice otra fuente consultada por este pasquín digital. De todas formas, se sabe hasta ahora, su patrimonio superaría ligeramente los US$ 20 millones. Al respecto cabe recordar que producto de la devolución del FUT a sus sociedades, debió sacarle un cachito a su fortuna y devolver al fisco más de dos palos verdes.

Tal como con sus hijos, mantiene una relación cercana con sus sobrinos, quienes cotidianamente lo visitan. Lo mismo “que un par de amigos que mantiene desde que era un noven ingeniero comercial que no pertenecen al círculo de Penta y de lealtad a toda prueba”, asegura otro cercano. Otra con la que comparte el tiempo casi toda la semana es su abogada Catherine Lathrop. Con ella coordina detallada y ordenadamente los pasos procesales en el caso Penta. “Tiene una confianza ciega en ella”, asegura un abogado del caso que defiende a otro imputado en la misma indagatoria

De humor inteligente -que practica cotidianamente con sus hijos- añora el trabajo, la cotidianidad de tener una oficina, resolver cosas, las mismas que hasta mediados de 2014 realizaba antes que debiera renunciar a Penta sin recibir la indemnización que -a su juicio- merecía por los casi 30 años que trabajó junto a Délano y Lavín.

Bola de nieve

Por eso lee noticias cotidianamente. Lo hace en las versiones web de los diarios. Sólo allí puede hacerlo, ya que agranda la letra. Ve también los noticiarios. Está al tanto de todo. “Debe usar el tiempo y entretenerse”, apunta quien conoce su situación.

Hay un hecho, sin embargo, que no deja de atormentarlo. Un tema que va más allá de lo procesal, más allá de la reclusión en casa -“que es bastante mejor que estar preso con Gendarmería”, reconoce un cercano- más allá del dinero que ganó invirtiendo por su talento para apostar en la bolsa: su dignidad, el fuero interno que concentra lo bueno y lo malo de la vida.

Bravo resiente que después de casi tres décadas trabajando en Penta, nunca dejó de ser “el negrito de Harvard”, un sujeto útil pero fungible. Como sea, hay algo en su cotidianidad que por el contrario ungüenta sus días.

Un abogado del estudio de Gonzalo Insunza, que fue parte de su defensa hasta que su actual patrocinante Catherine Lathrop armara su nueva oficina, lo describe como el sujeto que abrió las puertas a la mayor crisis política en la historia nacional y develó esos detalles que siempre se guardan bajo la alfombra: “Él sabe que, más allá de los delitos que cometió, en parte enmendó el rumbo casi al final de su vida y logró que Délano y Lavín vivieran al menos lo que significó haberse apartado de la ley, sentirse con impunidad, amos y señores entre los empresarios. Bravo prendió la luz y nunca más la apagó. Ese es, al menos, un mérito que hoy nos permite tener desfilando a los dueños de Penta, a los ejecutivos de Soquimich y a los políticos con miedo a revelar cómo se financiaron”. Ironías de la vida, quizás ni el mismo Bravo lo imaginó.

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