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Apeles fue un gran artista griego. ¿Quién se atreverá a negarlo? Así lo afirman las miles de laudatorias biografías que se han publicado, desde la Antigüedad, sobre sus obras de arte. Creaciones que, sin embargo, ninguno de sus cronistas pudo ver. Porque no se conoce ningún trabajo de Apeles.

La gran obra de arte es aquí la semblanza, género literario desde los comienzos del arte, tal y como analizan Ernst Kris y Otto Kurz en su “La leyenda del artista” (Ediciones Cátedra, 1995). Cuando no existían los currículums ni los websites, esas eran las fuentes para comprobar la genialidad de los artistas. Y era tan fácil inventarse una biografía, y lucrarse con ello, que muchos se lanzaron a la fabricación. El pintor Jusep Torres Campalans (creación de Max Aub que expuso en México y Nueva York), el expresionista abstracto Nat Tate (invento de William Boyd presentado a los medios en la casa de Jeff Koons) son dos ejemplos ahora conocidos.

En la época actual, en la que el yo virtual es más físico que el real, el engaño es masivo. Mentiras integrales, o falsedades parciales, destinadas a vender más caro y a más gente. Uno acude a una conferencia de un artista y es más larga la presentación de su vida, obra y milagros que la disertación en sí. Los currículums, opera aperta, se vuelven sospechas, presuntos, supuestos y sobres sin remitente.

Una exposición del artista chileno Gianfranco Foschino. En la nota de prensa que manda la galería se afirma que el artista ganó el León de Plata en la Bienal de Arquitectura de Venecia por su trabajo sobre la KPD y Allende. Los curadores de dicho proyecto, Pedro Alonso y Hugo Palmarola, tuvieron que salir al paso y rectificar la información: a Foschino se le encargaron unos videos, pero los autores son ellos, no Foschino, quien tan sólo fue comisionado para añadir esa colaboración. Pregunto a Foschino acerca del asunto. “Cada quien al parecer ocupa los créditos como se les place… En el catálogo de Ch.ACO del año pasado, me hacen desaparecer de raíz. Hasta cortan la foto donde aparece mi video. Es ridículo…”. El ridículum y su fragilidad.

Así la escritura del currículum se descubre como un género de ficción, donde tal es el regate a la verdad que hasta las impresoras dudan. A sus autores, artistas del invento, les das un par de piscolas y ves los secretos derramarse.

En las universidades se dan clases del género, impartidas por maestros de lo posible, y que han llegado a la educación con los dados cargados. Me pregunto qué valor tienen las biografías de los muchos artistas que han pagado (ellos o sus galerías privadas) por llevar su trabajo a las grandes exposiciones y bienales del globo. Me respondo: mucho. Así se cimentan carreras, se entra en el mercado, se autocoronan emperadores. Por eso el artista se coloca un antifaz. Los ladrones entran por la noche al museo, pero no a llevarse obras ajenas, sino a meter las suyas propias, y a adherir sus nombres ploteados sobre los inocentes muros, que si pudieran hablar, callarían. Los museos coleccionan estos artistas, y estos artistas coleccionan museos. Un capítulo más para la Historia universal de la infamia, que va después del de Tom Castro, y que nos ha dejado al arte hecho cartolas, mientras se evapora la modernidad líquida de Bauman.

Hago un llamado a la desobediencia civil frente a los textos museográficos, las hagiografías pagadas, la gloria postiza. NO al artista o al curador que a los dos minutos de conocerlo declama su porfolio en dos idiomas. Un esfuerzo por conocer y desvelar las operaciones de encumbramiento y de encubrimiento. Y un regreso a la obra de arte, la única fuente fiable, y la única capaz de delatar a su propio creador.

*Curador y crítico de arte.