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Desde Siria, pero no solamente, son cientos de miles los que huyen, a pie, en barco o en camiones o balsas, hacia Europa. El domingo 30 de agosto llegaban 17 mil personas a Alemania (lo mismo que recibía la Unión Europea durante todo un mes en 2014) y, al día siguiente, la canciller Angela Merkel anunciaba que todo aquel que pudiera demostrar que su situación merecía asilo lo obtendría en su país, manifestando además su inmenso orgullo por el pueblo alemán. No es para menos, porque el trabajo que implica recibir a esta catarata de inmigrantes recae casi exclusivamente en las organizaciones ciudadanas, que consiguen refugio, alimento y trabajo, enseñan la lengua, regularizan papeles y brindan cuidados a una población fuertemente dañada física y psicológicamente.

“Están todos a la espera de algo incierto”, nos cuenta el fotógrafo Tomás Reid (33) desde Berlín, ciudad a las que están ingresando unos mil refugiados por día. “Había uno, Mohamed, que llegó desde Siria después de un viaje de dos meses y tiene que estar acá un año para que lo dejen traer a su mujer y sus hijos. Pero un año para él es demasiado, porque allá están en guerra y en ese tiempo pueden morir”. La guerra ya ha dejado más de 200 mil muertos, y otros 30 mil perdieron la vida en el intento de atravesar el Mediterráneo.

Reid captó las imágenes que aquí publicamos (ver galería) en un centro de salud pública que está funcionando como centro para refugiados. “Esto está repleto. Hay dos mil personas provenientes de Siria, Irán, Irak, Pakistán, Liberia, Nigeria, Afganistán, Sudán, Somalia, Palestina, Bosnia, Senegal y Vietnam. En esta situación de espera se hacen amigos, cantan, tocan instrumentos. Hay refugiados muy fragilizados, pero también otros que les suben el ánimo”, dice este fotógrafo más conocido en Chile por su trabajo en el rubro de la moda, que por cierto no ha sido el único. Y agrega este dato que con el correr de los meses podría volverse más preocupante: “Los voluntarios también se hacen cargo de la seguridad, porque hay atentados y contramanifestaciones de derecha que presionan a Merkel para que eche pie atrás”.

Ante esto, las redes de apoyo intentan moverse rápido. En Berlín es usual por estos días ver en Facebook mensajes como “tengo un amigo sirio que necesita un lugar donde dormir”, “en mi casa junto ropa y víveres”, “hay un sirio que necesita salir de Budapest”. En los periódicos aparecen suplementos con expresiones alemanas de uso diario traducidas en lengua árabe y datos de centros de refugio. Sin embargo, los problemas de infraestructura y la falta de un plan de vida concreto para ofrecer a los migrantes ponen en peligro el éxito de este proceso. Porque, como repiten los medios europeos, se trata de la mayor crisis migratoria desde la Segunda guerra mundial, y comienza para Europa un futuro difícil de imaginar.

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Se estima que Alemania recibirá 800 mil demandas de asilo durante los próximos doce meses. El Partido Social Demócrata estima que podrían acoger a 500 mil por año, cifra descomunal en comparación con lo que podría recibir Bélgica (8 mil personas, todavía en discusión) o París, que se prepara para la llegada de 460 sirios. Todo esto da cuenta de un escenario todavía muy librado a la improvisación, tal como lo demostró el hecho de que la propia Alemania debiera este lunes moderar su política de fronteras abiertas y reponer provisoriamente los controles, ante el riesgo de que la situación simplemente se vuelva inmanejable. Pues todo indica que las cifras de inmigrantes demandando asilo tenderán a seguir creciendo, ya que en Siria e Irak se difunde el rumor de que Alemania está dando papeles y que las fronteras estarán abiertas por dos años. Recordemos que en los países vecinos a Siria hay millones de refugiados en campamentos transitorios esperando hace años un permiso para ingresar a Europa, y son miles los que se encuentran bloqueados en Hungría, país que se niega a recibirlos pero también a dejarlos entrar a Alemania.

Lo positivo es que el llamado de Merkel sonó fuerte y claro: los países europeos deben asumir su responsabilidad en la solución del conflicto, esto es, fijar cuotas de refugiados y crear un sistema centralizado de distribución de los mismos. Sin duda la crisis de Lampedusa, el camión frigorífico donde murieron asfixiadas decenas de personas y la imagen de Aylan Kurdi, el niño muerto en las playas de Turquía, han sensibilizado a los europeos. Pero lo que más preocupa a Merkel son las contramanifestaciones neonazis –como la de Heidanau (Sajonia), que dejó a 31 policías lesionados–, que representan para ella “el lado más oscuro de la historia alemana”.
Por eso algunos afirman que, con la apertura de fronteras, Alemania también buscaría redimir su pasado nazi y, de paso, paliar el envejecimiento de su mano de obra. Es un dato a considerar que las guerras en Siria e Irak, la presencia de Estado Islámico y la pobreza de África –acentuada por la desertificación– han vuelto intolerables las condiciones de vida no sólo para los más pobres de los países en conflicto, sino también para la clase media, principalmente la de Siria. Así, esta oleada migratoria podría venir con buena mano de obra, ya que los refugiados sirios cuentan con educación y algo de dinero, lo suficiente al menos como para comprar sus pasajes. Reid confirma esta preferencia: “A los sirios los reciben mejor, porque son refugiados de guerra. A los otros los mandan de vuelta a los tres meses”.

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El vigor económico de Alemania en la última década –y cierta cultura de la tolerancia heredada de la posguerra– han favorecido un proceso de integración sociocultural de los inmigrantes bastante exitoso. Pero, ¿cuánto puede resistir esa válvula a la migración en cadena causada por el derrumbe de los estados árabes? El analista israelí Shlomo Ben Ami ha señalado por estos días que sólo estamos viendo la punta del iceberg, y si no se actúa en la raíz, pronto ya no se podrá hablar de cientos de miles de refugiados, sino de millones: “El problema no es sólo Siria, sino Yemen, Irak, Afganistán y Libia. No hay más remedio que buscar una solución que deje a estas poblaciones en sus propias tierras, con un Estado que funcione”, advierte Ben Ami. Un diagnóstico muy cuesta arriba para una Europa que, cuando ha intervenido en esos países, hasta ahora ha contribuido más al problema que a la solución.

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