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Vas a andar de gira con Kevin Johansen durante dos semanas. ¿Habías estado tanto tiempo en Chile?
–Sí, el año pasado estuvimos en una gira con Kevin un par de semanas. Siempre es lindo volver. Se come muy rico y se bebe cuantiosamente. El vino y el pisco chileno me encantan. Y tengo muchos amigos chilenos. Tantos que uno de ellos, Alberto Montt, terminó subiéndose al escenario.

¿Te pones muy nervioso cuando subes a un escenario?
-Al principio me ponía más que nervioso: era una crisis de pánico absoluto. Uno se hace dibujante porque es tímido. Ser dibujante es de antisocial, dibujás como escondido porque no está en tu naturaleza el histrionismo. Pero con el tiempo le empecé a tomar el gustito, me di cuenta que había algo ahí. La verdad es que uno no sabe qué es un escenario hasta cuando estás arriba. Abajo puedes ser muy tímido y arriba convertirte en un animal. O morir de pánico.

¿Eres otra persona arriba del escenario?
–Sí. En mi familia decían “quién es este pibe”, porque crecieron con un pibe bastante tranquilo y de repente me veían emulando a Michael Jackson de manera muy fidedigna.
Hasta Kevin se sorprendió. Debo decir que soy un músico frustrado. Me hubiese gustado poder cantar lindo. Por eso odio a Kevin. Cuando él habla, todas las chicas dicen “ay, qué lindo”. En cambio, hablo yo, y es brrrr…

Pero también haces el intento de cantar.
-Como Kevin es tan buen amigo, me presta su guitarra y su micrófono para cantar. Y el resultado es que canto muy mal, pero es muy lindo para mí. Aunque cante pésimo, en el escenario me siento Bob Dylan o Axl Rose. Ahora, después cuando lo escucho me doy cuenta de que claramente no soy Bob Dylan. Lo que pasa es que el escenario te transforma. Podés ser horrible, pero el escenario te da un poder que no te da dibujar.

Hace un tiempo dijiste que hasta el peor guitarrista de la historia del rock argentino se debe haber levantado más minas que Quino. ¿Tan mal les va a los dibujantes?
-Sí, estoy seguro. La guitarra tiene un poder con el sexo opuesto muy de canto de sirenas. Keith Richards es el tipo más feo del mundo, un tipo realmente difícil de mirar, todo rajado, una especie de zombi todavía en funcionamiento. Pero te aseguro que hay bastantes veinteañeras que se tiran de cabeza arriba suyo. Y eso no pasa con dibujantes de 70 años ni de 40.

NINGUNEO FUTBOLÍSTICO

Te gusta recalcar que eres tímido y que por eso te hiciste dibujante.
–Sí. Empecé a dibujar en el colegio. Yo era muy malo para el fútbol. Te imaginarás que en la Argentina cuando sos chico, el fútbol determina cómo se discriminan las castas en el colegio. El que juega bien es querido y admirado. Y el inútil es como “pff, Liniers”. Y la verdad, con el deporte no es que diga “uy, qué ganas”. Me canso de solo mirarlo. Mi gran talento físico es estar sentado muchas horas seguidas. Entonces, cansado en algún momento del ninguneo futbolístico, empecé a quedarme en los recreos con dos o tres amigos, que tampoco jugaban muy bien, a dibujar historietas.

¿Cómo eran las primeras cosas que dibujaste?
–Me acuerdo que con un amigo dibujábamos mucho “La Guerra de las Galaxias”, “Tiburón” y todas las películas que nos gustaban. Como no existía el videoclub todavía, cuando las películas se iban del cine se iban para siempre. Chewbacca desaparecía de tu vida, no se te ocurría que iba a aparecer un objeto y lo ibas a poder volver a ver en tu casa. Así que las atrapábamos en historietas. Lo raro era que dibujábamos “La Guerra de las Galaxias” con unos personajes que habíamos inventado nosotros y que no se parecían en nada a los originales.

¿Cómo eras como alumno de artes plásticas en el colegio?
-Nunca fui el que mejor dibujaba. Siempre llegaba en un elegante cuarto o quinto puesto. Me acuerdo que había un compañero que dibujaba muchos tigres. Y les salían magníficos, pero después ya no dibujaba nada más que tigres. Yo, en cambio, copiaba mucho a otros dibujantes. Me ponían un libro de Robert Crumb y dibujaba como él, hacía todas las rayitas. O copiaba un dibujo de Altuna para ver cómo dibujaba.

En algún momento, los profesores de arte terminan matando la creatividad.
–Es un error tan gigantesco enseñar arte como si fueran matemáticas. En matemáticas tenés que seguir las reglas siempre, pero en el arte no. Está bien entenderlas, pero no podés quedarte pegado. Tampoco entiendo que se le ponga una nota a un dibujo. Es ridículo. Cuando yo estudiaba era así, los maestros te sacaban las ganas de dibujar. Me acuerdo que nos hacían hacer unos degradé de colores y era una cosa totalmente inútil, no servía para nada. ¿Para qué sirve aprender de pantones? Es una pavada. Con la literatura lo mismo. No tenés que enseñarle a un pibe de quince años sobre Calderón de la Barca.

¿Por qué no?
–No hay nada más parecido a que pegarte una patada en los huevos que hacerte leer a Calderón de la Barca y “La vida es sueño”. Vos decís “esto es un bodrio”. Hay que darle a ese chico a leer a Salinger, o Harry Potter, cualquier cosa que los enganche, aunque no sea tan bueno, pero que les haga necesitar seguir leyendo. La primera vez que te engancha un libro, cagaste. El resto de tu vida necesitarás volver a tener esa experiencia.

¿Qué libro te cagó la cabeza?
–La primera historieta que funcionó fue Mafalda y Astérix. Mis viejos querían que leyera novelas literarias y fracasaban siempre. Mi viejo una vez me regaló “Hombrecitos”. A lo mejor en su tiempo eso estaba bien para un niño, pero yo estaba viendo “La guerra de las galaxias”. No podía competir “Hombrecitos” con “La guerra de las galaxias”. No había ningún robot. Fracaso absoluto. Entre la búsqueda de eso, apareció Tom Sawyer y me enganchó, porque se portaba mal. Después, un poquito más grande, leía cuentos de terror. Tenía diez años y a mi vieja no se le ocurrió mejor idea que comprarme “Cementerios de animales” de Stephen King. Me aterrorizó. Pero libro que saca Stephen King, es libro que leo.

“LAS CEBRAS SON UN BODRIO”

Empezaste copiando. ¿Cómo fue que encontraste tu estilo?
–Tras muchísimas horas de estar dibujando. Tu dibujo se tiene que transformar en tu letra, en tu propio abecedario y parecerse a vos. Después de muchos años, en algún momento hice unos pingüinos y dije “por ahí va la cosa”.

Los pingüinos siempre aparecen en tus viñetas.
–Sí, los pingüinos son bichos cien por ciento sudacas. Y son especiales porque se parecen muchísimo a los humanos.

¿En qué nos parecemos?
–En como se mueven, como están parados, erguidos. Y siempre vestidos como de frac, pero con un frac medio Chaplin. Los pingüinos son graciosos, a diferencia de otros bichos. Por algo hay tantos documentales de pingüinos y tan pocos de cebras. Porque las cebras son un bodrio.

Aunque hay otra criatura, ignorada por el mundo, que te gusta dibujar: una simple aceituna.
–Sí, Oliverio la Aceituna. Lo inventé para hacer humor negro en el diario La Nación, cuya línea es más conservadora y el humor negro no pega mucho. Si hacía tiras de matar a perritos o conejos, la gente se podría espantar, pero si mataba aceitunas a nadie le importaría. Afortunadamente no hay ninguna liga de defensa de las aceitunas. Hace poco tiempo Oliverio la Aceituna la pasó muy mal y la maté en una viñeta.

¿Te dio pena matarla?
–Un poquito, pero es una aceituna, que se joda.

¿Has matado a otros personajes?
–Ahora hice un libro que se llamó “Crímenes ejemplares”, microrrelatos de Max Aub sobre gente que mata gente. Cuando la editorial me lo ofreció era tal la antítesis con Macanudo, porque era pura sangre y destrucción, que me pareció divertido meterme. Lo lindo de matar gente en tinta china es que uno hace una catarsis violenta sin lastimar a nadie.

Leí que no te gustaba hacer chistes con remate.
–Es algo que se vuelve un tanto previsible. O sea, llegas al último cuadrito esperando a que ahí esté el chiste.

Que esté el plop de Condorito.
–Exactamente, y me encanta Condorito, pero cuando el humor se vuelve predecible pierde el factor sorpresa. Cuando Kiko le dice “chusma, chusma” a Don Ramón es gracioso, pero ya lo viste tres millones de veces. Pero si en un capítulo Kiko dijera “chusma, chusma”, sacara un revólver y le mandara un tiro a Don Ramón, la reacción sería más extrema. Me interesa más ese efecto. Y para que exista ese efecto tienes que tomar al lector un poco más de sorpresa. Y mi manera de tomarlo de sorpresa es tomarme a mí de sorpresa. A veces es el diseño, otras la idea, a veces el chiste. Trato de no ir nunca por el mismo camino, porque si no siempre llegas al mismo lugar. El día que sienta que esto está andando en piloto automático, tendría que terminar Macanudo.

¿Tienes un personaje favorito?
-Mis favoritos lejos son mis hijas Matilda y Clementina, que las dibujé un día que estaban jugando en la lluvia y no pude evitar dibujarlas. Descubrí que cuando uno es papá estás todo el tiempo queriendo apretar pausa. Ves a tu hija y dices estás perfecta, no crezcas, no cambies, sé siempre así. La ilusión que tiene uno es que siempre serán así. Por eso yo sigo siendo perfecto para mis viejos a los 42 años.

Alguien definió tus viñetas como surrealismo tierno.
–Sí, alguien me dijo que era un transgresor desde la ternura, y me gustó mucho. La forma más aceptable de la transgresión es la violencia, el rocanrol o la anarquía. Pero transgredir desde la ternura, eso sí que es ser transgresor. Cuando hice Macanudo, en 2002, era una época muy amarga en la Argentina. Recién habían caído las Torres Gemelas, Bush era presidente de Estados Unidos, todo muy horrible. Y los diarios reflejaban ese pesimismo. Era una patada tras otra. Pero mi cotidiano no era así, mi vida no era horrible: vivía con gente muy querible, con mis amigos tomábamos vino y después me iba a dormir con mi novia. En un acto de resistencia dije “mi historieta va a ser optimista”. Y si en el diario te iban a mostrar lo gigantesco, que tiende a ser horrible, lo mío tenía que ser chiquito y que no es horrible.

A propósito de pesimismos, ¿cómo ves la situación política en Argentina previa a las elecciones?
-Se arregló todo, solucionamos el país, solucionamos el mundo. Estamos como siempre: Argentina proponiendo soluciones integrales y felices para todo el planeta, ja, ja, ja.

Argentina está virando hacia la derecha.
–Está tomando un giro muy oscuro. La verdad es que estamos bastante angustiados, porque nos dan dos opciones que no entusiasman para nada. Macri y Scioli son dos caras de la misma moneda. Votar por alguno de ellos no es una decisión que me resulte simpática. Nos dieron la opción Guatemala o Guatepeor. Es horrible. Macri es nuestro Piñera. O sea, si asume Macri nos pasará de todo. A Piñera le pasaba de todo. No sé cómo era tan yeta ese muchacho. Cada vez que pasaba un quilombo, yo tenía que estar dibujando “Fuerza, Chile”. Perdí la cuenta cuántas veces lo hice, ja, ja, ja. En todo caso, la política es un mundo que estoy muy contento de no integrar. Por eso Macanudo tiene tiras políticas, pero no sobre políticos. No me gusta dibujarlos.

¿Nunca has dibujado a Cristina?
–Nunca. Cuando recién estaba empezando la tira de Macanudo, era la época de De la Rúa, y para ver qué pasaba dibujé a los presidentes cuando eran niños al lado de una lámpara rota. Y todos se limpiaban las manos diciendo que no eran responsables de haberla roto. Los chistecitos estaban bien, pero para mí ensuciaban a mis otros personajes. Me di cuenta de que los políticos me caen mal hasta cuando eran niños. Deben haber sido unos niños insoportables. No dejaría salir a mis hijas con alguien que quiere ser presidente. Que salgan con músicos o drogadictos, pero con alguien que quiere ser presidente no.

¿Alguna vez te entusiasmó Cristina?
–Hay muchas cosas que me gustaron de este gobierno. Y que apoyé en su momento, como cuando sacó la ley de matrimonio igualitario. Pero no tengo cerebro partidario. Y de donde sea que venga una idea buena, la voy a apoyar. Si viniese del lado de Macri, lo apoyaría. Ahora hay una discusión que no se ha dado en Argentina, y ante la que este gobierno progresista se hizo el zonzo durante diez años, que es la ley del aborto. Y no se toca porque Cristina está en contra del aborto. Me parece mezquino no tener esa discusión.

JUANCITO

Hace poco se viralizó el video de Juancito, un niño argentino que le gustaba el arte y leía a Liniers. Lo molestaron tanto por su forma de hablar que hiciste una campaña antibullying.
–Al principio todos decían “qué simpático y gracioso”, pero rápidamente se volvió todo muy feo y agresivo. La gente piensa que en tuíter las personas son abstractas, que son solo loguitos y que las cosas que se dicen jamás te las dirán en la cara. En esa deshumanización, la gente no piensa que del otro lado hay una persona y menos que sea un menor. Ese es un problema, con tuíter todo el mundo piensa que es humorista y no es así. La gente que cree estar siendo un inteligente es simplemente boluda. Es lo mismo que el pibe del colegio que se burlaba del compañero en el recreo y le decía “vos sos gordo”.

¿Te hicieron bullying cuando no sabías jugar al fútbol?
-Claro. Yo era chiquitito, flaquito, medio inútil, dibujaba historietas. Imagínate el perfil.

¿Eras como Juancito?
-Obvio, pero casi todos. Hay solo tres pibes que son ganadores toda su vida. Y todos esos terminan queriendo ser presidentes. Por eso me parece siniestro que en tuíter desaparezca la empatía tan rápido. Esa es la mejor definición de la maldad. Pero también es interesante lo de tuíter, porque muchas veces se esconde esa parte fea que tenemos y es bueno saber que tenemos ese lado oscuro. No pasan cosas horribles en el mundo porque somos todos buenos y de repente uno se puso malo. Todos tenemos un costadito que nos puede hacer desagradables y siniestros. Y tuíter es un buen termómetro para medir cuán siniestros podemos llegar a ser.

¿Qué te dejó lo ocurrido con Charlie Hebdo?
–Me cargó la segunda reacción. Al principio todo el mundo dijo “qué locura, qué barbaridad, cómo puede haber gente que piense así”. Pero después hubo una segunda oleada de gente que dijo “no puede ser que maten gente, PERO ellos no deberían estar haciendo ese tipo de chistes y faltándole el respeto a la religión”. Es exactamente igual que cuando violan a una mujer y alguien sale con “pero es que estuvo bailando medio sexy y se vestía con minifalda”. Es un pero donde la víctima pasa a ser responsable de su destino. Eso es muy siniestro. El Papa, del cual todo el mundo está muy contento, dijo una cosa muy oscura: “Bueno, si me insultaran a mi madre yo también le bajaría un diente”. Se quiso hacer el campechano, pero les dio un poco la razón a los asesinos de estos dibujantes. Y, por último, si algo te ofende no lo compres. Eso es respeto. A mí me ofende cuando la Iglesia dice que los homosexuales son unos enfermos. Y por respeto, no voy a misa.

¿Algo más que quieras agregar?
-Todavía nos estamos recuperando de la Copa América, pero vamos a seguir visitándolos.

Llegaste en un momento en que nos creemos winners.
-Disfrútenlo, porque se acaba. Lo digo por experiencia propia: hace un rato que parece que vamos a ganar algo y no ganamos nada.

KEVIN JOHANSEN – LINIERS – MONTT
+ THE NADA
“AMENAZA A TROIS!”
19 y 20 de noviembre, 21 hrs., Teatro CorpArtes (Santiago).
Entradas por Puntoticket.