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Son veinte para las tres de la tarde y La Bodeguita, ubicada en calle Erasmo Escala a pasos de Cienfuegos, es presa del fervor consumista de fin de año. La inmensa casona de dos pisos está repleta de padres y niños ansiosos en busca de regalos. Un escenario inusual para un atraco en vísperas navideñas.

La mayoría de los clientes han llegado al lugar por la invitación de algún amigo y para entrar deben registrar su huella digital. Todos lo hicieron, salvo un grupo que acaba de ingresar a la fuerza por la puerta de entrada. Son cuatro sujetos armados. Los gritos de la cajera alertan al público. Franco Collao, detective de la Brigada del Cibercrimen, observa los hechos parapetado detrás de una rumba de juguetes, intentando proteger a su suegra y su esposa, que tiene seis meses de embarazo. El policía sopesa la situación y decide no intervenir. Los delincuentes parecen inquietos, no encuentran dinero en efectivo, y deciden marcharse con tan solo una Tablet. El robo dura menos de tres minutos.

“¡Alto, policía¡”, se escucha de pronto desde dentro del local. Franco Collao desenfunda su arma y decide perseguir a los ladrones. Al último que sale del local casi le pisa los talones. Entre medio, llama al 134 y da cuenta del robo. Su mujer, Jeanette Frez, también detective, decide correr tras él. Se escuchan los primeros disparos. La gente en la calle huye desesperada intentando no traspasar la línea de fuego.

“Los tipos corrían, disparando para atrás”, recuerda Juan, un cuidador de autos del sector. Cuando los ladrones llegaron a la esquina de Santa Mónica con Cienfuegos uno de ellos se escondió detrás de un depósito de basura. El detective dobló pensando que seguirían corriendo. Fue un blanco fácil para los delincuentes. Collao cayó al pavimento con una bala incrustada en el pecho. Patricia Astudillo, otra vecina del sector, asegura que uno de los delincuentes se devolvió, tomó el arma del detective y volvió a dejarla en el piso. Luego el grupo se dividió en dos autos y abandonaron el lugar.

Franco quedó tendido, la gente se acercó a prestarle auxilio, no así otros cuatro detectives que se encontraban en la misma juguetería. Ninguno contaba con permiso administrativo, incluso uno ni siquiera portaba su arma de servicio. El detective Collao, que se encontraba de vacaciones al momento de los hechos, murió tras varios intentos de reanimación. Lo último que pronunció, casi a modo de plegaria, fue la palabra hijo.

CIBERCRIMEN

Franco nació en Arica en 1977. Es el mayor de los tres hijos que tuvo el matrimonio de Graciela Ramírez con Jorge Collao, un exsuboficial de Carabineros. Según sus padres, el primogénito de la familia siempre se destacó por su correcto comportamiento. Se la pasaba viendo televisión o encerrado en su pieza leyendo libros.

-Era un niño muy especial, encontraba basura tirada en la calle y siempre la recogía -recuerda su madre.

Los tres hermanos tuvieron una infancia itinerante. De Arica, se trasladaron a La Serena, y luego a El Salado, un pueblo de mil habitantes ubicado en la III Región. Franco se convirtió en el tambor mayor de la banda de guerra de la única escuela del lugar, y agregó un nuevo pasatiempo a su vida: hacer maromas con la guaripola. Estuvo allí hasta octavo básico, cuando a su padre lo trasladaron a Santiago. Antes de emigrar, descubrió qué quería hacer cuando grande. El señor Castillo, un profesor que le tenía gran cariño, le recomendó que estudiara computación. Franco le hizo caso. Se matriculó en el colegio técnico Guillermo González Heinrich, de Macul, y luego entró a Ingeniería en Informática, en la Universidad de Tarapacá. Estuvo dos años, hasta que un hermano se enroló en la Policía de Investigaciones. Eso lo hizo repensar su futuro.

-Habíamos venido a dejar a mi hijo Jorge a la escuela y ahí Franco me dijo: ‘mamá, yo no quiero que Jorge gane plata primero que yo, así que también voy a postular’. Yo no me opuse, pero le pedí que llegaran a oficiales, porque ellos tienen otro sueldo y se relacionan con otra gente -recuerda Graciela.

Un año después, los tres hijos de la familia estaban estudiando para ser detectives. Todas las decisiones fueron un duro golpe para el padre.

-Yo no quería que fueran policías, esa fue mi lucha contra ellos. Desde chicos les inculqué que estudiaran para ser profesionales, que trabajaran de lunes a viernes, que disfrutaran su juventud, y que fueran más que yo. Mi miedo siempre fue que un día alguien los matara –explica Jorge.
Franco salió de la escuela con el grado de brigadier, el más alto cargo al que un aspirante puede alcanzar. En el 2003 fue destinado a la recién creada Brigada Investigadora del Cibercrimen. Lo suyo no era el patrullaje, ni el trabajo de campo, sino que los computadores, un fiel reflejo de lo que hasta ese momento había sido su vida. Decidió, entonces, terminar la carrera de informática que había congelado para convertirse en policía, y empezó a destacar sobre el resto. Por ese tiempo, comenzó a llegar muy elegantemente vestido a la oficina. Se ponía una corbata y un pañuelo del mismo color en el bolsillo de la solapa. Cada vez que entraba en la mañana, sus compañeros se burlaban, y le ponían la canción “New York, New York”, popularizada por Frank Sinatra.

En sus inicios, Franco perteneció al área de análisis forense informático, uno de los pilares fundamentales de la brigada del Cibercrimen. Su tarea consistía en buscar pruebas para presentarlas a la fiscalía. Viajó un par de veces a capacitarse en Estados Unidos y en el 2012 participó en una operación grande llamada “Los hackers de la Nasa”, donde lograron capturar a un grupo de jóvenes chilenos, autodenominados Byond Hackers Team, que derribaron la seguridad de más de ocho mil sitios web, entre ellos la agencia espacial estadounidense.

Su amplio conocimiento le permitió escalar de la brigada a las salas de clases de la Escuela de Investigaciones. Luego regresó a la brigada del Cibercrimen y se especializó en delitos de pornografía infantil. Su madre recuerda cada uno de esos logros. No hace mucho –cuenta- Franco le había dicho que estaba pensando en estudiar derecho y luego pediatría, para atender a sus hijos cuando lo necesitaran.

-Siempre se caracterizó por su constante búsqueda del conocimiento. Fue una persona de principios y muy humilde, que siempre compartió todo lo que sabía. Él estaba convencido que nuestra PDI siempre iba a estar a la vanguardia en la investigación de estos delitos –agrega Víctor Riquelme, su colega y amigo en la unidad.

Riquelme recuerda la última operación en la que participaron juntos. Se llamaba “Sin fronteras”, una investigación que buscaba desbaratar simultáneamente varias redes de pornografía infantil que operaban en la red desde distintos puntos de América. Habían comenzado a trabajar en eso desde abril de este año y durante varios meses estuvieron en coordinación con el FBI. Franco estaba a cargo de recopilar información de varios países de Sudamérica, datos que permitieron que el 10 de diciembre pasado se diera inicio a la redada más grande que se haya hecho en el continente en contra de la pornografía infantil: 200 casas allanadas, 700 computadores incautados en 15 países, y más de 80 detenidos de diferentes nacionalidades, entre ellos 26 chilenos.

Víctor recuerda que después de ese caso sintió la satisfacción de ser policía, aquello que Franco llamaba dogma y que siete días más tarde le costaría la vida. Una convicción de piedra que lo llevó a la muerte, luego de enfrentarse -en solitario y en plena calle- contra cuatro peligrosos asaltantes, de los cuales tres tienen antecedentes delictuales por robo y aún permanecen prófugos.

LOS OTROS POLICÍAS

Pocas horas después de la muerte de Franco, un preocupante rumor comenzó a circular en los centenares de grupos de chat que existen entre los funcionarios de la PDI. Se decía que adentro de la juguetería, Collao y su esposa no habían sido los únicos detectives que estaban comprando. “Estos son los PDI cobardes que dejaron solo al subcomisario Franco Collao, quien muere al enfrentarse con los asaltantes, mientras ellos huyen como ratas”, decía una fotografía, donde aparecían los rostros de los otros cuatro detectives que habían estado en el lugar, pero que no intervinieron en el asalto: Juan Manns, José Muñoz, Ivonne Polanco, y Daniela Fernández. Las críticas internas comenzaron esa misma noche: “Me voy a dirigir a ti, colega de pacotilla. A ti, que llegas a las fiestas con el pecho hinchado de pertenecer aquí, de llevar un arma, de portar una lustrosa identificación y cuentas historias como si fueses una estrella de Hollywood”, decía la introducción de una despiadada carta que un funcionario le dedicó en su Facebook, al grupo de colegas cuestionados.

Al día siguiente, la PDI confirmó lo que todos rumoreaban, y anunció drásticas sanciones: tres funcionarios fueron dados de baja y una última bajo sumario. Los acusaron de ‘denegación de ayuda’, una falta gravísima dentro de los estatutos. “No es una cosa que uno quiera o no. Cuando salen egresados, los detectives hacen un juramento de cumplir con la justicia, combatir la delincuencia, y dar la vida si es necesario”, dijo en una entrevista Héctor Espinosa, Director general de la PDI, que en los días siguiente de la muerte de Collao, firmó un inserto en el diario El Mercurio, en recuerdo del mártir número 54: “La vocación de servicio y el compromiso de ser y vivir como detective las 24 horas del día le costó la vida”, decía la publicación.

Los detectives cuestionados se defendieron con detalladas cartas que enviaron al alto mando y que también hicieron circular en los grupos de chat. El subprefecto José Muñoz dijo que había ido a la juguetería sin arma ni placa, y que cuando entraron los delincuentes, solo pudo ver a dos, uno de ellos con un revólver. Luego salió sin prestar mayor ayuda, y al llegar a la oficina se enteró que un colega había fallecido: “Quiero señalar que no maté ni robé, pero cometí un grave error y mil disculpas a mis amigos, colegas, compañeros de promoción, y todas las personas que integran la PDI”, escribió. Ivonne Polanco, otra de las involucradas, pidió comprensión: “no hagan leña del árbol caído, no es justo que me juzguen sin saber, que se hable de mí con total desconocimiento de lo ocurrido”.

El caso ha abierto la discusión interna sobre los protocolos que se deben seguir en este tipo de situaciones. Si bien la mayoría considera que la decisión de Franco, de enfrentarse en solitario a los cuatro asaltantes aún estando fuera de servicio, fue la más acertada, hay algunos que creen que habría que incorporar algunas variables que pudiesen eximir a los funcionarios policiales de la obligación de tener que repeler un delito.

-Nosotros estamos obligados por ley a actuar ante un delito flagrante, pero la ley no dice nada sobre qué hacer si ellos son diez y tú estás solo. ¿Estoy obligado igual? ¿Tengo que ser un kamikaze? –se pregunta un funcionario de la PDI.

Para los padres de Franco, la respuesta sigue siendo la misma: hacer lo que hizo su hijo. La familia entera ha analizado varias veces el video en que se ven sus últimos momentos: los delincuentes saliendo y él corriendo detrás de ellos. Su padre no tiene dudas de que eso fue lo correcto: “el error fue creer que sus colegas lo iban a apoyar, cuando en realidad lo dejaron solo. Esas personas no merecen llamarse policías, se equivocaron de profesión”, se lamenta Jorge.
No es el único familiar que hasta ahora ha manifestado su rabia contra los otros detectives. Toda la familia lo ha hecho. El 24 de diciembre pasado, en vísperas de la Navidad, Jeanette Frez y su hijo fueron trasladados hasta la dirección general de la PDI. Allá fueron recibidos por Héctor Espinosa, quien en nombre de todos los funcionarios les hizo entrega de algunos regalos. El gesto buscaba aliviar en algo los malos días, pero se transformó en una tensa situación: “¿Por qué son tan gallinas y no protegieron a mi papá?”, preguntó el pequeño hijo de Franco al grupo que lo agasajaba. Hubo silencio. Espinosa le explicó que él se preguntaba lo mismo, y luego le entregó un simbólico obsequio: una figura de Ironman. Un superhéroe.