Mauricio Redolés, poeta y músico: “El humor de Viña es el de la oficina cuando el jefe salió”

Advierte por teléfono que no piensa referirse a la polémica que armó hace unos meses sobre las juergas callejeras en el barrio Yungay. “No quiero ser el niño símbolo del barrio”, explica. Ganador en 2015 de un Premio Nacional de Humorismo, Redolés nos cita en la pastelería San Camilo de Matucana con San Pablo, pide un chacarero, una Coca-Cola, un café doble y suelta la lengua para hablar sobre humor y política: las mañas del PC, las locuras del MIR, la “colusión de la música popular” y la insospechada deuda que tiene con el Chico Zaldívar.

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Se puso de moda el humor político con el Festival de Viña, ahora es un tema muy serio. ¿Cómo ves el humor chileno actual?
–Creo que Chile tiene hoy día el humor de una adolescencia bastante retrasada, considerando que ya pasaron 26 años desde que nacimos como país presuntamente libre. Y la concurrencia del Festival de Viña va a la cola de ese humor sexual falocéntrico como de octavo básico. Lo único no falocéntrico fue el dedo de Natalia Valdebenito.

¿Qué te pareció su actuación?
–Ella trae al escenario un humor que ha existido siempre pero que estaba relegado a la cocina, a las conversaciones entre amigas, en las cuales no falta el huevón pajarón que se aparece y pregunta: “¿Pero de qué se ríen tanto?”. Y la respuesta era siempre la misma: “¡Cosas de mujeres!”. Ahora podemos saber de qué se reían. ¿Y te fijaste que ella consigue hacer reír a los cuicos con cosas que vienen del humor de población? Justamente porque hay algo que entre las mujeres es transversal, que está más allá de las clases sociales.

Se dice que los humoristas sacaron la voz por los chilenos frente a “los poderosos”…
–El humor político de Viña es de Viña, o de Santiago, no de Chile. No duraría ni seis minutos en un festival de provincia. Es el humor de la oficina cuando el jefe o la jefa salieron, a chuchá limpia y riéndose de la autoridad a sus espaldas. País adolescente. Pero claro, la visibilización de la corrupción y de este pituteo permanente en Chile, es un gran tema, también para el humor. Por eso este año lo pagó caro la mal llamada “clase política”.

¿Por qué mal llamada?
–Porque ya son sólo administradores de intereses. Es más bien una “costra política”, una suerte de cosa nostra, de costra nostra.

El Mercurio publicó un editorial advirtiendo que esto se puede ir de las manos.
–El miedo del poder es que el humor deje de ser adolescente y empiece a confiar en sí mismo. El Mercurio lo encuentra peligroso y sabe de lo que habla. La defenestración de la DC y la derecha, a principios de los 70, tuvo un gran aliado en el humor gráfico. Por ejemplo, con la revista La Chiva, que lo rebautizó como “El Mentirio”. En Puro Chile estaba Eugenio Lira Massi, autor de “La Cueva del Senado y los 42 senadores”, y el personaje del Enano Maldito, que era el verdadero editorialista del diario. En las elecciones de 1970 le puso a don Jorge Alessandri “la Señora”, para denostarlo, con esa mezcla de misoginia y homofobia que ojalá no se repita.

Otra cosa que espantó a algunos fue la abundancia de garabatos.
–Pero el humor chileno siempre fue de garabatos, de un lenguaje rudo que a cada rato agrega un “hueón”, un “conchetumare”. La palabra más castigada fue siempre el “culiao”, y yo puedo decir que fui el primero en lanzarla al ruedo a principios de los 90, en un programa en vivo en La Red [“El Desjueves”]. El CNTV me censuró, se enojaron todos. Passalacqua me trató de chancho.

Ahora, en cambio, te condecora la academia. La UDP te concedió su Premio Nacional de Humorismo el año pasado.
–Me encantó esa distinción. Primero que nada, refleja que la UDP no tiene ningún sentido del humor. Pero es un honor porque lo comparto con gente tan destacada, y que admiro.

¿Como quiénes?
–¿Cuáles han sido los premiados? ¿Te acuerdas tú? Yo recuerdo que cuando leí la lista me gustaban los nombres…

Me acuerdo de Delfina Guzmán…
–Yo a ella la amo. La vi en el funeral de Fernán Meza, un profesor de arquitectura de la Chile. Me acerqué y le dije que quería regalarle mi poesía. “Qué amor, oye”, me dijo. Creo que es una gran mujer, importante en la cultura de este país. Es arriesgada, jugada por el teatro, con un sentido introspectivo y una capacidad de reírse de la clase a la que ella pertenece. Lúcida.

EL HUMOR Y LA DESGRACIA
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Tú fuiste de los primeros que introdujo el humor en temas típicos de la izquierda, con canciones como “¿Quién mató a Gaete?” o “¿Cuándo llegará el socialismo?”. Pensé que podría haber un parecido con Pedro Lemebel, que orbitaba alrededor del PC pero también se permitía una crítica divertida a su ortodoxia. ¿Te hace sentido esa comparación?
–Lemebel orbitaba alrededor del PC, pero también alrededor de Yoko Ono y de muchos más. Yo fui militante del PC durante 18 años, hay una diferencia muy grande ahí. Me torturaron, me encarcelaron y me expulsaron del país por eso. Pero sí, Lemebel tenía una proximidad cultural con el PC más que con otros partidos, eso es real. Y es real también que el PC, a través del Chico [Manuel] Hernández, intentó apropiarse de su cadáver en el funeral. Cuando hizo el discurso mortuorio, el Chico no dijo “nuestro militante”, pero al decir “nuestro compañero Lemebel” se subentendía que era del partido. Estaba en el filo, y recibió pifias.

¿Eras amigo de Lemebel?
–No. Pero sentía cariño por él porque iba por la vida como vieja cuica, pero creo que era bien hombre, en el sentido de ser bien gay, de ser bien mujer, de ser “arrecho”, como dicen los venezolanos, enfrentando las cosas con el pecho adelante. También creo que Lemebel sabía hacer reír a la gente, y hacer humor en Chile es difícil.

¿A qué te refieres con “vieja cuica”?
–Él era un provocador y si le daba la rabieta dejaba la cagada, reclamaba, insultaba, pero como una vieja cuica, no como un maricón pobre de la zona sur de Santiago. Una vez lo vi en el metro y estaba muy acongojado porque su mamá se estaba muriendo, y ahí se cayeron las máscaras. Para mí fue súper impresionante. Me di cuenta de que él siempre estaba en un personaje, pero muy lúcido, muy inteligente, y con ese ojo para ver la pobreza nuestra como país, como cultura, y nuestro patetismo. Yo siempre le creí a Lemebel. Es lo que pienso también de Roberto Bolaño, por su gran fidelidad a la literatura. Lemebel compartía ese respeto por el autor y su trabajo.

Podríamos decir que tú también tienes un personaje…
–De hecho, una vez estábamos Lemebel y yo en el local de votación del Liceo Cervantes –éramos el apoyo del Chico Hernández en una campaña alcaldicia, con razón perdió– y él me dijo: “Tú volviste a Chile como escritor, pero te dedicaste a cantar y te comió tu personaje, el que tú mismo inventaste”. Creo que es una gran verdad, no sólo para mí sino para todos nosotros. Eso que construimos, una caparazón para deambular por Chile, al final se transforma en nosotros. Y no es el verdadero nosotros.

En una entrevista que le hizo el propio Lemebel, Bolaño dice que el dolor no agrega ningún valor a la literatura.
–Estoy de acuerdo en que el sufrimiento humano del creador no va a agregar calidad literaria, ni que es necesario para ser más creíble o qué sé yo. Lo importante es escribir bien. Pero cuando escuchaba los gritos de los torturados en la Academia de Guerra Naval, yo pensaba, por huevón que parezca: “Este paseo por el infierno lo estoy viviendo, sé cómo es, nadie me lo está contando. Bien o mal, podré escribirlo”.

Tienes dos canciones que hablan de eso, “El último juego de Pablo” y “Triste funcionario policial”. Es fuerte el contraste: la primera resalta la dignidad de un mirista llamado Pablo, la segunda habla crudamente de tu torturador y tiene algo de humor negro…
–Sí. Hay un poema, “Conferencia de prensa”, que los familiares de detenidos desaparecidos tomaron a mal. Reclamaron que cómo se jugaba con el dolor, y cómo comparaba a los desaparecidos con el Teniente Bello. Eso fue el 88 o el 89. Hay como un espíritu eclesiástico, religioso, con esto del dolor. Yo no quiero hacer chistes con la desgracia, lo que digo es que en el lenguaje cabe todo, así que veamos.

¿Hay una solemnidad ligada al tema del dolor con la cual tú u otros, como Raúl Ruiz, no calzan?
–Sí. Mira, te voy a contar una anécdota relacionada con eso. El año 89, volvió a salir la revista El Siglo y me invitaron a cantar al lanzamiento. Yo llevé a un amigo muy loco, el Ricardo Duarth, que “militaba en la nada”, como él dice. Llegamos con las guitarras al teatro El Biógrafo y él se pone lentes negros y se toma muy fuerte de mi hombro. Todo el mundo se hace a un lado, “mira, Redolés viene con un ciego”. Los ciegos estaban de moda por una huelga de hambre de un grupo de Ciegos Vendedores Contra la Dictadura, y ellos sí que eran de un humor increíble. Entonces llegamos con Duarth al proscenio, donde estaban sentados Rodrigo Rojas Andrade, Andrés Lagos y don Américo Zorrilla, un viejo baluarte del PC que conoció a Recabarren y por algo le decían “don” y no “compañero”. Ahí se hizo un silencio solemne y Duarth dice: “una silla por favor”. ¡Y se levanta Américo Zorrilla! Esto te muestra que el partido antiguo era de cosas concretas, no de reverencias a las tradiciones obreras: el viejito de 80 años fue el que dio la silla, y no el Andrés Lagos ni el Rodrigo Rojas. Al terminar la actuación, Duarth se saca los lentes y sale caminando conmigo.

¿Y qué pasó después?
–Yo participaba en una base de la Jota y un día vino un tipo del Comité Central a informarnos de la última actividad del partido: “El Siglo fue lanzado oficialmente, con la participación de unos dirigentes y dos payasos”. ¿Quién fue el culiao que dijo que éramos payasos? Éramos dos artistas, era una performance, no sé. Yo pedí la palabra y dije que retiraran eso del informe.

EL PC, EL MIR, LOLLAPALOOZA
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¿Cómo ves al PC ahora?
–Ha cambiado mucho. Se dividió porque había gente que quería quedarse en el pasado y dominar el aparato y otra gente que quería avanzar y crear un aparato democrático. Yo creo que el PC cagó definitivamente, igual que el barrio Yungay: no pasaron el siglo XX, y el socialismo real tampoco. Es como cuando empieza el año y vas pasando los números de teléfono a la libreta nueva: este pasa, este también, este no. El PC se quedó en la agenda vieja, su número se perdió.

¿Por qué? ¿Qué le faltó al socialismo para pasar al siglo XXI?
–Hay dos elementos que se mezclan. Uno es la incultura política nuestra, de todos. Esto no se va a terminar destruyendo al Estado burgués, todo lo contrario, eso sería peor. La burguesía ha normado la existencia de las clases, en cambio el comunismo y el fascismo, con distintos objetivos, las niegan, y las clases dejan de tener algo que decir: “aquí hay una sola voz y ustedes, chao, pa la casa”. Cuando hablo del comunismo no hablo de los esfuerzos ingentes que hicieron los soviéticos o los cubanos por construir un nuevo tipo de sociedad, estoy hablando del comunismo grosero, que norma la sociedad sobre la base de normar las voluntades y las conciencias. Eso es lo primero. Y lo segundo es la premura. “Con ardiente paciencia entraremos a las espléndidas ciudades”, decía Neruda citando a Rimbaud. Esa ardiente paciencia para poder lograr algo, en general no se cultiva.

La otra vez en la plaza Yungay había unos niños punkies con un lienzo que decía: “Exigimos la liberación inmediata de todos los presos del mundo”. Me acordé de tu estribillo que dice “yo prefiero el caos a esta realidad tan charcha”.
–Eso lo tomé prestado de una foto que apareció en la revista La Bicicleta: “Yo prefiero el caos a esta hueá charcha”. Estaba escrito en una pandereta, en un sitio eriazo, debe ser del 81. Yo le puse “realidad” porque me calzaba con la métrica. Pero es muy citado, yo lo he visto en las calles, en la carretera, en los baños.

Es un verso que se acerca más al anarquismo que al PC.
–Justo te iba a decir que este músico John Cage, en una entrevista en que le decían que era demasiado anarquista, dijo “ah, no, a mí me gusta el anarquismo, pero organizado”. Yo prefiero el caos porque el caos supone un nuevo orden.

En ese tema dices también, sobre tu época colegial, “escribimos una historia no escrita / a este viejo reculiao yo me lo pitiaría”.
–Lo que trato de rescatar ahí es la rabia que tenía a los catorce años, y yo lo habría matado.

“Me pegó en la cara / una bofe bofe bofetada”, eso es real entonces.
–Es real. Fue el Chancho Ayala, profesor de química del Liceo Amunátegui. Una vez un grupo de profesores del Liceo me pidió que no cantara más la canción, “usted sabe, el profesor Ayala falleció…”. Pero no po, ¡si la cachetada me la pegó igual el viejo reculiao! Yo no creo en el arrepentimiento, no creo que ahí esté la salvación. Esa canción, “Química”, trata de rescatar ese momento, pero también las imágenes de los alumnos del Liceo de Aplicación doblándoles las antenas a los autos de la CNI, y empezando con sus primeros juegos sexuales a los 14 o 15 años. Estaban escribiendo una historia no escrita.

La de las manifestaciones de estudiantes, a fines de los 80, que aparecen en la película Actores Secundarios…
–Ellos la escogieron como la canción emblemática. Obviamente Chilevisión, cuando hizo un reportaje, puso a Manuel García, un artista de su sello.

¿Cómo ves ese discurso revolucionario que el MIR dejó flotando y que retoma gente más joven, diciendo que esta sociedad hay que destruirla para crearla de nuevo, sin miedo a ejercer la violencia?
–Los jóvenes siempre tienen la idea de que “nosotros vamos a corregir esta mierda y hacer la sociedad en limpio, no en borrador”. Es como cuando las parejas se separan y dicen “ahora sí que lo voy a hacer bien con este nuevo hombre o esta nueva mujer, ya tengo una experiencia y estoy preparado”. Eso no existe. Yo alguna vez dije que el MIR había estado equivocado. Sin embargo, yo amo al MIR, y voy a sus actos a cantar. Pero creo que el PC, la UP y Allende estaban más cerca de la pelota. Tú no puedes construir sobre la base de la violencia, sino sobre la base de anuencia, el estar de acuerdo. ¿Pero cómo puede decir eso Redolés? ¡Es lo más antimarxista que hay! Marx decía que nunca los poderosos entregarán el poder sin resistencias violentas. Está bien, hay que utilizar la violencia para defenderse, pero generar una sociedad sobre la base de esa violencia no se puede, nos llevaría a una sociedad peor que la anterior.

¿Qué te parece Bernie Sanders?
–Un siete. Me gusta mucho. Además muestra que los problemas de las sociedades no son etarios ni étnicos, son problemas de clases, y por eso él admira a Allende. Es como el chiste del hijo que dice “papá, parece que soy gay”, y el papá le dice “¿tenís auto?”, “no papá”, “¿tenís casa en la playa?”, “no papá”, “¿tenís cuenta en el banco?”, “no papá”, “entonces erís maricón nomás”. Los problemas en el fondo son económicos: ricos y pobres, como dijo Recabarren hace 105 años. Y le damos vuelta a la tuerca sin enfrentar eso, porque eso nos va a llevar a la revolución, o como dice la derecha, al descabezamiento y al crimen. Y no faltan los otros que dicen que no hay revolución si no hay degollamiento de los que han abusado… Querer la revolución no es querer la violencia, pero hay que estar preparado para eso porque el imperialismo no te a va a venir a convencer con buenas palabras. En una de las últimas manifestaciones, nos retirábamos con mi mujer por la calle Concha y Toro y como 8 pacos nos tiraron las motos encima, contra la pared. O sea, si no te sientes con rabia y violentado en ese momento… Y a una cuadra de ahí, en Brasil con la Alameda, unos tipos destruyeron dos bancos y los pacos no estaban. Se lo dije al intendente Orrego.

¿Y qué te dijo?
–Me escuchó. Él me llamó por el asunto del barrio Yungay y aproveché de contarle. Fue muy agradable, hablamos de la caricatura de todos nosotros. “Redolés es un anarquista izquierdista que quiere destruir todo”. “No, Redolés está reclamando porque le mean la casa”. “Ah, entonces Redolés es una vieja facha”. Eso me decían…

¿Qué te gustaba del MIR?
–En general, las minas. Eran todas cuicas y ricas, y con toda la locura de la burguesa que se mete en huevás prohibidas. Y también lo apuestos que eran los varones, ya que sin ser gay sé reconocer la belleza de los hombres. Pero sobre todo fue el mito que lograron generar. Eran los Che Guevaras nuestros. Como Luciano Cruz, que en Concepción lo pararon dos pacos y él les los agarró y los botó lejos. Eso me lo contó con admiración un tío mío muy momio. De su muerte viene el final de la canción de Gaete: “lo mató la Cia… de gas”. Era un grafiti de la época, porque Cruz murió asfixiado con el gas de la estufa. Yo tuve amigos del MIR. Incluso en la cárcel el PC me prohibió juntarme con ellos. El Mexicano, Ernesto Zúñiga, que fue abatido por la CNI, hizo cosas increíbles. Después de un asalto donde se robaron un millón de dólares, él pidió que los compañeros hicieran una vaca para pagar la micro de vuelta a la casa. ¿Quién hace eso hoy?

Hoy vivimos el escenario completamente inverso…
–Lo decía Agustín Squella en un canal del cable, a propósito del fútbol y de SQM: en esta sociedad todo depende del billete y del mercado. Tú ves los festivales Lollapalooza y Maquinaria, son ellos los que pautean a la tele y al Consejo de la Cultura, entonces se empiezan a repetir los nombres. Hablamos de la colusión de los pollos y del confort, pero no de la colusión de la música popular. ¿Y quiénes participan de esa colusión? Los dueños y programadores de las radios, los dueños de las productoras y la televisión chilena con “Puro Chile”.

Ya que lo mencionaste, ¿quién fue Gaete?
–Pedro Gaete era un militante del MAPU que había trabajado en la Tesorería –o tal vez en el SII– en tiempos de Allende. Era un revolucionario, es decir un hombre que quería cambiar la sociedad. Después se instaló en la Alameda con un local, La Casona de San Isidro. Ahí nos conocimos y nos hicimos amigos. Cuando murió, fui a su funeral y estaba lleno de mapus: Oscar Guillermo Garretón, Antonieta Saa, Barrueto… “¡O sea que el MAPU existe!”, pensé yo. Pero la viuda, Pamela, dijo en su discurso: “Mi marido dio la vida por la izquierda, por la revolución, por los pobladores de Maitencillo, y su partido le dio la espalda. Ahora lo viene a dejar un partido que no existe”. Porque muchos del MAPU entraron al PS, y el PS siempre le dio la espalda a Gaete.

“QUE EL CHICO NOS AYUDE”
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El otro día te vi con una polera de Chávez. ¿Te sientes un chavista?
–No podría decirte que estoy con Chávez hasta en el último átomo de mi conciencia, pero lo admiro. Cuando llegó al poder empecé a escuchar sus discursos y me pareció fantástico. Además nació el 54, y yo soy del 53. Recuerdo haber leído una crónica sobre su vida que me permitió hacer un paralelo entre lo que hacía él y lo que hacía yo. Lo sentía y lo siento como un compañero.

¿Conoces Venezuela?
–Estuve en el aeropuerto cuando volví de Londres. Ahí conocí a Andrés Zaldívar. Muy chico, muy cabezón, muy digno.

¿Lo saludaste?
–En el aeropuerto no se me ocurrió molestarlo, eran las 6 de la mañana y él estaba mirando unos documentos. Y de repente, ¡pa!, aparece la Catalina, una militante socialista que conocí en Londres y que ya había intentado volver a Chile pero en el aeropuerto la mandaron de vuelta. El avión iba vacío, así que pudimos “ubicarnos juntos”, como decimos los chilenos. Y conversando, ella me dice “oye, huevón, ¿tú creís que te dejen entrar?, porque si no nos dejan, de vuelta nomás…”. Y ahí se nos ocurrió pedirle al Chico que nos ayude. “Ya, anda a decirle”, me dice ella. “No, me da vergüenza, anda tú”, le digo yo. Y fue ella. El Chico dijo que sí, que en la fila nos pusiéramos delante de él. Así que llegamos y le digo “hola, soy Mauricio Redolés”. “¡Ah, buenas tardes! Póngase aquí adelante, yo me voy a preocupar de que usted entre”. Y entramos. A la salida del aeropuerto me acerqué a agradecerle y él me dijo “bienvenido a su patria”. Ahí saltaron unas primas izquierdistas que me fueron a recibir: “¡Huevón, cómo te vai a saludar a un DC, los que traicionaron a Allende!”. Yo, mosqueado, les dije de vuelta: “Pero cómo no voy a saludarlo, si se la jugó pa que yo entrara. Yo lo voy a saludar siempre, porque el Chico me ayudó”.

¿Esto fue el 85?
–Junio del 85. No era un momento fácil para volver porque dos meses antes había sido el Caso Degollados, donde murió Manuel Guerrero, a quien yo conocía y quería mucho. Guerrero era un ejemplo de lo que había sido el partido, igual que José Miguel Varas.

¿No pensaste en quedarte allá?
–No. Pero el año 2004, acá, tuve un sueño. Estoy en una casa de madera, en el norte de Londres, pero es el año 2005. Tengo puesto un impermeable y me tengo que ir a hacer clases de literatura hispanoamericana en un politécnico. Hay un o una adolescente durmiendo en una pieza, está la puerta abierta, ronca. No es hija o hijo mío, es de mi mujer, y no sé si tengo hijos míos. Y veo un clóset y adentro está mi guitarra, la que me robaron el año 2000. Está sin cuerdas y está afuera de su case…

El estuche…
–Eso. Y en el sueño, pienso que yo me podría haber venido a Chile el 85 y no me vine. ¿Y qué habría sido de mí en Chile el 85?, me pregunto. No habría conocido a ese niño que está durmiendo ahí. No habría conocido a mi mujer. Y miro la guitarra y pienso: “¿Habría seguido tocando y componiendo? ¿Habría cantado en Chile? ¿Habría compartido escenario con Congreso y Schwenke y Nilo, que son los grupos que admiro? A lo mejor en Chile habría tenido éxito, pero no me fui y tengo esto otro. No soy un doctor en literatura de Oxford, pero algo alcancé a hacer, publiqué poemas y tengo esta pega en un politécnico”. Y salgo de la pieza con mi impermeable y voy a dar mi clase. Un amigo me decía que era un sueño cuántico, porque cuando hay un evento que tiene dos posibles resultados, los dos siguen existiendo, uno teóricamente y otro en la realidad. Lo bueno de la vida es cuando nada está planificado, porque la realidad es arrolladora. Yo planifico mi trabajo porque trabajo con otra gente, pero me gusta que se vayan dando las cosas. A veces soy perseguido y digo “qué va a pasar si este huevón me dice esto, y qué va a decir este otro”, y me pongo a pelear yo solo antes de entrar en un conflicto. Pero la realidad te sorprende mucho más que la literatura o las películas. Yo me he vuelto muy crítico de lo inverosímil que puede ser el arte, se cae muy fácil en el cuenteo. Es como “Pelando a Rocío”, el cuento de Fuguet, que no tiene idea de lo que es la izquierda, no es su cultura, pero a los cuicos les da lo mismo.

¿Qué te pareció la película “No”, de Pablo Larraín?
–Una mierda. Publiqué sobre eso algo que se llama “Un film stalinista”, donde digo que “No” es realismo socialista pero al revés: realismo derechista. Lo que terminó con la dictadura fue la lucha de un pueblo por su dignidad, no la astucia de un publicista cuentero y “desprejuiciado” que triunfa contra la visión amarga de la izquierda. Es una farsa, y no me compro la pomada de que “esto es ficción”, porque es propaganda pura. En general todas las recreaciones de época que se hacen del Chile de los 80 y 70 son malísimas.

¿Y la serie “Los 80”?
–¡Eso no lo puedo ni ver!

Eres más de radio…
–No. Veo harta tele, pero por cable. De la chilena, me fascinan las publicidades.

Los “Bailables de Cueto Road” es un disco de publicidad radial, ahí promocionas las tiendas del barrio…
–Sí, de hecho este local, la pastelería San Camilo, cuando vino la productora para obtener el acuerdo con las tiendas, la mandaron a la chucha.

¿Por qué?
–La trataron mal. Ella fue a Maniquíes Ortega, Cristalería San Jorge, Botillería La Morita, y la única donde la trataron mal fue en San Camilo. Seguramente creyeron que les íbamos a pedir plata, o unos pasteles. Ojalá esto lo publiques y se sepa que el huevón que la atendió el año 98 es un huevón cagao. Para más mala cueva mía, la otra vez vino Canal 13 a hacer una nota y aparecimos con mi hija y mi mujer como la familia chilena feliz tomando onces en San Camilo. Nadie sabe para quién trabaja.

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