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Todos los caudillos llegaron como si hubieran sido convocados a la misma hora a la cena del poder en Sudamérica. No llegaron ni un minuto antes ni un minuto después. Evo, Correa, Chávez, Kirchner, Lula, asistieron al unísono a la cita. Todos fueron caudillos puntuales.

Puntuales ante la enorme emergencia popular en sus países; puntuales ante la vitalidad de las multitudes cansadas de las viejas formas de la democracia neoliberal y pactada; puntuales ante la exigencia de los movimientos sociales de nuevos horizontes de participación y representación política; puntuales ante el descontento y la marginalidad, ingredientes permanentes con que se cocinan los discursos que seducen a los pueblos del continente. Pero sobre todo, llegaron puntuales a la hora de dar esperanza a nuestros pueblos. Nadie podrá reprocharles nada. Estuvieron cuando y donde tuvieron que estar.

Y todos nosotros, de alguna manera, fuimos invitados al banquete popular. Había abundancia, disponibilidad histórica, legitimidad. Y acaso esta era la mesa feliz con que soñó Neruda, esa mesa gigantesca que daba la vuelta al mundo y donde había espacio para todos, sobre todo para los que nunca habían tenido una silla en la exclusiva cena del capitalismo. Tiempo interesante donde la historia y la poesía parecían al fin —o nuevamente— darse la mano. Armados del lenguaje del futuro, del cambio, del retorno a lo esencial, los nuevos dueños de la legitimidad histórica se sentaron en los sillones privilegiados, simbólica y materialmente, de la mesa.

Sin embargo, poco a poco, la celebración se fue llenando de los mismos invitados de toda la vida, con las mismas recetas, con las mismas formas de distribución de la grasa del capital, del extractivismo, de la explotación indiscriminada de la tierra y sus recursos; poco a poco, también, los excluidos de siempre quedaban fuera de la mesa, de los grandes negociados, de los porcentajes, de la burocracia y del ejercicio real del poder, para, por último, ser sacados a patadas del salón.

Al fin y al cabo, la poética de la revolución es una poética de lo por hacer, no de lo que se hace. La revolución engendra sueños, el régimen los extingue y es necesario volver a soñar sobre los escombros de los sueños. Un filósofo austríaco nos enseñó que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo, y los caudillos puntuales se encargaron de mostrarnos (aún hoy lo hacen) los miserables límites del suyo.

Hicieron lo que se supone deben hacer todos los caudillos: acumularon todo el poder en una sola mesa y, antes de cambiar el orden de las cosas, comieron de él hasta reventar. Tanta hambre tenían que entre todos se tragaron la palabra revolución, con todas sus letras, hasta vomitarla.

Sí, los caudillos del socialismo del siglo XXI fueron históricamente puntuales a la hora de llegar al poder, a la hora de encarnarlo, a la hora de ejercerlo y a la hora de abusarlo, pero lamentablemente no lo son a la hora de dejarlo. Es muy difícil que se vayan. No quieren dejar el asiento donde han engordado hasta indigestarse. Ya no son los sinceros contenedores emocionales de un tiempo que ahora se mira con nostalgia. Su mesa y discurso huelen a descomposición. Si abrimos su despensa, es posible que nos encontremos con la misma descomposición que encontramos en una película de Peter Greenaway, y eso es justamente lo que ellos no quieren.

Alguna vez contó el mismísimo Hugo Chávez Frías, en ocasión de develar el rostro computarizado de Simón Bolívar en Miraflores, que Arturo Uslar Pietri, el novelista de “Las lanzas coloradas”, le habría dicho: “Comandante, la política es como el teatro. Hay que saber cuándo se entra, pero sobre todo, cuándo se sale”.

Todos sabemos cómo salió del escenario Hugo Chávez, quizás de la mejor manera para su historia. Vemos los restos de lo que dejó, pero no vemos al caudillo derrotado, una marioneta de sus propias contradicciones, un ente tratando de justificar su obesidad mórbida, en contraposición al hambre de su país. Otros no lo están haciendo mejor.

Así es, los caudillos no se van, los caudillos se quedan. Buscan la manera de quedarse a como dé lugar, hasta que son echados, derrotados y olvidados. Entonces creemos que nos hemos librado de ellos. Pero lo mejor sería no volver a olvidarlos.

*Escritor y poeta boliviano.