Un-camión-blanco-a-toda-velocidad-foto-EFE
El 13 de julio era mi cumpleaños 49, pero decidí celebrarlo al día siguiente junto a Federica, mi novia, y mis amigos el día de la toma de la Bastilla, en las costas de Niza, donde vivo hace cinco años. No había apagado las velas, por eso pensé que los fuegos artificiales y los petardos simbolizarían lo mismo. Durante veinte minutos observamos las luces en el cielo y disfrutamos del carnaval. Las calles estaban decoradas y la gente bailaba al ritmo de las batucadas. Como estaba lleno nos subimos a la vereda para poder ver mejor: esa decisión nos salvó la vida.

Las luces de los postes se encendieron y pude ver que un camión blanco venía zigzagueando a toda velocidad, atropellando a la gente, matando a todos los que estuvieran delante. Mis amigos me tomaron del brazo para escapar del vehículo. Pero yo me detuve pidiendo a gritos que ayudaran a las personas. Los cuerpos embestidos por el camión saltaban a los costados del camino como si fuera un barco cortando el agua.

Me devolví pero solo había cadáveres. Me acerqué a una mujer que estaba en el suelo, de su cabeza salía mucha sangre, tanta que a los segundos ya se había formado un charco. Su hijo gritaba “por favor salve a mi mamá”. Como coreógrafo y profesor de danza manejo solo algunas técnicas en primeros auxilios, con la precariedad de mis conocimientos, le hice respiración boca a boca y masaje cardiaco. Le repetí varias veces que apretara mi mano, que no se durmiera. A su lado había un cuerpo destrozado. Finalmente se murió en mis brazos y le cerré los ojos. Lo mismo hice con todos los cadáveres que pude; sentía que eso era una señal de respeto.

Observé a mí alrededor, el lugar estaba lleno de muertos y partes de cuerpos, la gente herida gritaba y lloraba. Sabía que había policías, pero aún no cerraban el perímetro y el camión seguía derecho por la vía matando a la gente. Sentí las metralletas desde el camión, había disparos en todas las direcciones y no podía identificar a la policía. A lo lejos pude ver algo que parecía una ambulancia. Todos parecían estar pendientes del camión y solo yo de los cadáveres tirados en los pastos. Me di cuenta que ya no tenía chaqueta, se la había puesto en la cabeza a la mujer, en un esfuerzo por socorrerla.

Esperé cuarenta minutos entre los cadáveres hasta que llegó Fuerzas Especiales, pero ellos también lloraban y tampoco sabían qué hacer. A pocos metros, dos jóvenes tomaban fotos a los cuerpos.

La violencia de lo que había ocurrido solo se comparaba a la guerra, me sentía en medio de un campo de batalla. Se llevaron a algunos heridos a los costados de la vereda, a otros los metieron en los hoteles cercanos.

Los policías cerraron el perímetro y entraron en vehículos apuntando a todos. Supongo que todavía no identificaban quien era el terrorista. Más tarde me enteré por los medios que se trataba de un hombre joven de 31 años y que había entrado autorizado por un policía, con la excusa de ir a dejar unos helados. Si no hubiéramos tenido esa falla en nuestro sistema de seguridad, hubiéramos podido seguir celebrando. Fue un error de Estado y la gente lo sabe.

Recordé a mis amigos y a Federica, algunos corrieron sin mirar atrás alejándose lo más que pudieron del lugar. Mi novia había saltado la costanera y se refugió dentro de un hotel en la orilla de la playa junto a otros turistas. Entré al lugar golpeando la puerta. Al ver mi ropa ensangrentada un hombre me preguntó si estaba ahí para matarlos. Se nos acercó una mujer que trabajaba en el hotel, “deben irse, este es un lugar privado”, dijo. Sentí mucha impotencia, me emocioné y me alteré, no podía entender su reacción.

Era imposible calcular el tiempo, pero creo que debió pasar media hora hasta que la policía nos indicó que abandonáramos la playa. Tuvimos que pasar por encima de los muertos, algunos estaban tapados con telas azules y otros con manteles de los restaurantes cercanos. Esa noche nos refugiamos en la casa de unos amigos italianos que también habían vivido esta tragedia. Me sentía calmado, en realidad creo que no podía sentir nada. Recién al otro día comprendí un poco lo sucedido.

Supe que la prefectura había abierto un centro de atención psicológica, estuve casi toda la tarde ahí contando lo que pasó, lo que vi. Cuando salí me impactó que en las calles la gente siguiera su vida normal, comiendo, tomando fotografías y riendo, como si nada hubiera pasado. Los cuerpos estuvieron casi un día en la calle, pero la rutina de esas personas no se alteró. No es que tenga conflictos con la muerte, al contrario, es algo con lo que he aprendido a convivir. Pero esta escena surrealista me violentaba.

Mi trabajo como bailarín, coreógrafo y pintor me ha permitido interactuar con niños, jóvenes e incluso ancianos.

Personas de todas las edades fueron asesinadas por un hombre que, hasta ese momento, no tenía cara. Ahora pienso que tal vez toda esa energía me permita crear una obra para expresar el horror del que fui testigo y poder generar conciencia a través de eso. No sé si pintaré o si será una pieza de danza contemporánea. Lamentablemente sé que mi arte no puede salvar vidas.

Niza es una ciudad mayoritariamente de derecha y desde 2013 sabíamos que podía ser blanco de un ataque terrorista. Su población está compuesta en un 20% por árabes, algunos de esos jóvenes son manipulados por células terroristas que los convencen de matar gente para convertirse en héroes. Este nivel de violencia ha hecho que nos miremos con desconfianza, que estigmaticemos a nuestros vecinos por ser musulmanes. De esta manera nunca vamos a superar el dolor.

Deseo volver pronto a mi casa, es algo que indudablemente haré en los próximos días. Aunque las calles se hayan convertido en cementerios, manchadas de sangre, llenas de flores y velas, tengo la convicción de que el arte me ayudará a sanar todo el horror del que fui testigo. Sensibilizaré a la gente a través de eso, regresaré a hacer clases y rodearme de jóvenes. Pero no olvidaré nunca que el terrorismo está en todas partes, como una especie de doble vida filtrándose en lo cotidiano, para dejarse caer justo donde más nos duele.

Por Dominique Soriagalvarro.