Atleta-ciega-busca-consagrarse-en-Juegos-Paralímpicos-de-Río-foto-alejandro-olivares

Soy una deportista atípica. Pero no es porque solo pueda ver un 2% y deba correr amarrada a un guía, sino porque mi entrenamiento profesional comenzó recién a los veinte años. Luego de fracasar en todos los intentos por tener una vida convencional, llegué al deporte de alto rendimiento mientras estudiaba masoterapia. Ahí conocí a un pololo que me motivó a entrenar en las pistas del Estadio Nacional. Antes de eso nunca había corrido. Es más, toda la vida estuve eximida de educación física en el colegio. Por eso es una sorpresa, incluso para mí, tener opciones de disputar medallas en los Juegos Paralímpicos de Río.

Cuando estaba en el jardín dibujaba tocando las líneas que hacía con el lápiz para sentir las formas que se habían marcado en el papel. Nadie pudo interpretar eso como el signo premonitorio de que quedaría progresivamente ciega. A los dos años tenía astigmatismo e hipermetropía, algo relativamente normal, que puede tener cualquier persona en el mundo. Pero tres años más tarde, reprobé un control de visión y me diagnosticaron retinitis pigmentosa, una enfermedad genética que con el tiempo solo me ha permitido distinguir luces, sombras y bultos, por eso corro en la categoría T12.

Las T12 debemos correr obligatoriamente amarradas a un guía. Este es uno de los puntos más complejos del deporte para ciegos: no es solo coordinar brazos y piernas, debes ser capaz de interpretar el cuerpo de la otra persona. En los ocho años que llevo corriendo, ya perdí la cuenta de todos los compañeros que he tenido. Muchos han sido amigos que lo han hecho por amor al arte, por cariño o porque les gustaba correr. Los primeros cinco años buscaba gente por Facebook o los abordaba en las corridas callejeras, los convencía de probar, pero todos se iban después de un tiempo. Yo los entendía: en esa época no tenía nada que ofrecerles, no había ganado competencias y tampoco estaba estipulado, por parte del comité, alguna remuneración por su trabajo.

El panorama mejoró después de conocer a Cristian Valenzuela y a su entrenador Ricardo Opazo, quien tenía en su equipo a un grupo de guías entrenados especialmente para ejercer esa labor. Ellos me habían visto correr en los entrenamientos y hace rato que me estaban convenciendo de unirme al team. Al comienzo no quería porque había visto que las jornadas con el profe eran mucho más extenuantes y exigentes, además en ese tiempo estaba entrenando en Jaguares, un grupo de atletas ciegos. Pero la metodología de las prácticas no me había dado ningún triunfo, así que asumí el riesgo y me fui con Opazo. Así, desde el 2013 que cuento con Rodrigo Mellado, el guía que me ha acompañado en todas las competencias importantes y que con el tiempo se transformó en mi pareja.

Alejandro, un pololo que tenía en ese tiempo, me dijo después de un entrenamiento: “En México hay un parapanamericano y creo que podemos lograr las marcas para clasificar”, así que nos pusimos a entrenar y logramos el tiempo corriendo los 400 metros en una competencia cualquiera. En el Instituto Nacional del Deporte validaron el número y partimos. Así di el gran salto en las competencias internacionales clasificando a los Juegos Parapanamericanos de Guadalajara en México el año 2011. Recién ahí pasé a ser parte de la selección paralímpica de atletas y correr se transformó en mi profesión.

Al llegar nos dimos cuenta que no teníamos grandes opciones. Habíamos entrenado cinco años por debajo del estándar internacional, en un nivel inferior al profesional y fue triste ver que toda la inversión en tiempo y dinero no daría frutos esta vez. Ahí pude experimentar la falta de cultura y desarrollo deportivo, pero no puedo desconocer los pasos que hemos dado en la materia, sobre todo desde 2012, cuando la medalla de mi amigo Cristian Valenzuela cambió el deporte paralímpico en Chile. Antes de eso nosotros no teníamos los mismos beneficios que un atleta convencional, ni acceso a las mismas becas e instalaciones. Tampoco a tener entrenadores y mucho menos que nos pagaran por alguna medalla ganada a nivel internacional.

Pero me sirvió para aprender de los competidores y la manera como entrenaban. Al año siguiente me cambié de entrenador y con él comencé a proyectar mi futuro profesional con más seguridad, teníamos en la mira las olimpiadas del 2012. Lamentablemente no pude competir. Ese año la Federación Paralímpica se desafilió y el Comité Olímpico se hizo cargo de la gestión. Con el cambio de administración no se registró mi marca, no me validaron las competencias y no pude llegar a los Juegos.

Dos años después, sería local en los Juegos Parasuramericanos de Santiago. Pero de los cinco días que me tocaba competir, justo me designaron el domingo. Soy mormona y para mí el séptimo día de la semana es sagrado. Muchas otras veces había decidido no correr ese día, pero esta vez estaba en juego el trabajo de mi entrenador, del equipo médico y del guía. Negarme a la carrera dejaba de ser personal. Recé unas horas y comprendí que ese era mi destino, así que me preparé para entrar a la pista.

Por primera vez experimenté las trampas de la competencia: los guías se gritaban entre ellos aprovechando que las competidoras no podíamos ver lo que pasaba, los insultos te ponen nerviosa, pierdes la concentración y la orientación espacio-tiempo. Pero lo dimos todo y nos fuimos con la medalla de oro a casa. No había muchas personas apoyándome, no soy una atleta conocida y los miembros de mi iglesia no asistirían un domingo.

Continué preparándome, invirtiendo el sueldo completo como masoterapeuta en los suplementos que debía tomar, entrenando 14 horas semanales, comiendo lechuga y atún para alcanzar el peso. Así ganamos los 1500 metros en los Parapanamericanos de Toronto el 2015. Nos concentramos en mantener la marca con la que habíamos clasificado, solo iba pensando en terminar la carrera, Rodrigo me dijo “pasamos a la primera, acelera”, pero no lo escuché, porque había decidido acelerar tres segundos antes de su indicación. Cuando me detuve escuché que Rodrigo gritaba “¡Ganamos! ¡Logramos el oro, Margarita!”.

Después de eso no me detuve más: a los dos meses colgaba de mi cuello la medalla de bronce obtenida en el Mundial Paralímpico de Qatar, nuevamente en los 1.500 metros. Ese triunfo tenía más sabor que los anteriores, porque con 4’51’’88 clasificaba a los Juegos Paralímpicos de Río, donde podré probarme otra vez en nuevo desafío: la maratón.