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Nacional

25 de septiembre de 2016

Testimonios: Mi vida después del Sename

El cumpleaños número dieciocho de los jóvenes del Sename no siempre es motivo de celebración. Muchos deben hacer sus maletas y abandonar la institución en ese preciso instante. Un duro golpe para aquellos que no cuentan con redes de contención emocional y económica. Las huellas de la institucionalización prolongada y la sensación de ser abandonados por segunda vez, convierten la vida independiente en un desafío, para muchos, inalcanzable.

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“Como saben, el hogar solo los puede mantener hasta la mayoría de edad”, soltó la asistente social de Fundación Mi Casa al grupo de jóvenes que ese día cumplía dieciocho años. Los muchachos se miraron entre ellos y guardaron silencio. “A partir de hoy ya no pertenecen a esta institución”, remató la funcionaria.

Hernán Lepín sabía lo que venía a continuación: empacar la ropa y luego marcharse. Dos actos sencillos que le costaron una enormidad. Recién a las cuatro de la tarde abandonó el hogar que lo cobijó durante los últimos 10 años. Sentado en la cuneta, le parecía una contradicción que la institución, ubicada en el paradero 24 de Gran Avenida, le había otorgado una familia de doscientas personas y ahora lo abandonara con apenas cinco tenidas de ropa. Y para colmo, el día de su cumpleaños.

Nadie le preguntó dónde iría. Ni con quién. Tampoco él lo sabía. El futuro estaba frente a sus ojos y no tenía nada resuelto. La noche anterior a su egreso, acurrucado en la cama, Lepín sintió la misma angustia que había vivido en otras dos ocasiones: cuando su madre lo llevó desde el sur hasta la Villa Francia, en Santiago, para dejarlo en la casa de una tía a la edad de seis años y cuando los carabineros se lo llevaron del mismo hogar en dirección a la Fundación. Nunca más supo de su madre. Ni de sus tíos. Ni de nadie.

Sentado en la cuneta, tiritando de nervios, rogaba que el sueldo de practicante de tornero le permitiera pagar el arriendo de una pieza junto a otros cinco compañeros egresados un par de semanas antes. Debía acudir a San Bernardo y ni siquiera sabía dónde quedaba.

-Yo sé que a todos los que pasan por un hogar viven lo mismo, no tenía motivo para sentirme especial, tampoco era el único que pasaba por esto, pero me costó. Es como volver a sentir el desarraigo. El sentirse solo y no tener a nadie- reflexiona hoy Hernán a sus 40 años.

Hasta el 31 de diciembre de 2015, según datos proporcionados por el Sename, 1.199 jóvenes figuraban en el sistema de protección a punto de egresar. Aquel mismo año, abandonaron el sistema 470. De éstos últimos no existen registros que permitan asegurar dónde y cómo se encuentran. Tampoco es obligación del Servicio Nacional de Menores, ni de los tribunales de familia, informar lo que sucede con estos jóvenes que en promedio viven alrededor de diez años en residencias del Sename. Una vez que cumplen la mayoría de edad, al igual que Hernán, deben celebrar su cumpleaños fuera del hogar.

No hay nadie allá afuera

Hernán Lepin, abandonado por su madre y luego violentado por su tía, entró en el sistema de protección de derechos después de que una vecina denunciara el estado en que se encontraban él y sus dos hermanas. Sin bañar, y con la ropa olor a orina, los carabineros lo trasladaron hasta la residencia en donde lo recibieron más de cien niños. A sus seis años, Hernán debía adaptarse lo más pronto a la dinámica del hogar.

-No podía descuidar mis cosas porque si no las usaban los otros niños. Algunos cuidadores eran duros, nos daban palmazos para tranquilizarnos y los que eran buenos se iban pronto, nunca tuve mucho apego con ellos- dice con tristeza.

Dentro de la fundación tenía asegurado el techo, la comida y con un poco de motivación podía sacar el cuarto medio en el Liceo Industrial de Recoleta. Hernán egresó de tornero. Nunca le mencionaron que cuando cumpliera la mayoría de edad abandonaría el hogar, asegura, y tampoco le advirtieron que seguramente nadie lo recibiría afuera.

Con la idea de disminuir el impacto que provoca esta situación en los jóvenes, el Sename comenzó a implementar a partir del año 2011 un Plan de Preparación para la Vida Independiente, enfocado en completar la escolarización de los adolescentes y en capacitarlos para conseguir trabajo una vez que salgan de la institución. El proyecto comienza a los quince años, cuando las sicólogas y asistentes sociales comprueban que el menor nunca podrá ser revinculado a su familia original. En esta situación se encontrarían 2.702 adolescentes a nivel nacional, según estimaciones del Sename, que estarían ad portas de abandonar las residencias.

Vivir el egreso, aseguran los expertos, es similar a salir de prisión pues deben reinsertarse a un ambiente social del que nunca fueron parte. “El joven sale y se le exige que encuentre un trabajo, arriende una pieza y continúe estudiando. Eso es desproporcionado si pensamos que durante el tiempo que estuvo en protección no le entregamos las habilidades, ni la autonomía para ello. Lanzamos al mundo a un chico con baja autoestima, vulnerado, abandonado por sus padres y por el Estado”, explica Pamela Soto, sicóloga experta en derechos de infancia.

Los recursos fiscales destinados a subvencionar la estada en las instituciones de cada menor asistido, fluctúa entre los 120.640 y 226.200 pesos, según datos proporcionados por el Sename. En diez años, si prolongamos la estadística, el Estado habrá invertido más de 21 millones de pesos en promedio por cada joven egresado. Pese a lo abultada que parece la cifra, Anuar Quesille, oficial de protección en Unicef, explica que las herramientas entregadas actualmente por el sistema no aseguran que al momento de egresar los jóvenes se encuentren en las condiciones óptimas de escolaridad e integración psico-social adecuada para iniciar su vida adulta. “Ningún adolescente a los dieciocho años está listo para que lo echen de la casa”, afirma.

Hernán vivió un año junto a sus excompañeros en la pieza que arrendaba en San Bernardo. Cuando se terminó la práctica, como constructor de matrices, comenzó a invertir su tiempo en fiestas y a aceptar invitaciones a emborracharse a toda hora. El grupo de amigos que frecuentaba le ofreció pasta base, y de esa manera comenzó a consumir drogas duras, a dormir en la calle y a asaltar para financiarse el carrete. “Todo lo que hice después de salir de la casa, fue de ignorante, de copión. Estaba contento que en algún grupo me aceptaran”, dice Lepín.

Un día sentado en la banca de una plaza polvorienta en La Cisterna, Hernán bebía cerveza junto a unos amigos. Estaba drogado y no recuerda si volado o bajo los efectos de la pasta base. A lo lejos y con la vista borrosa, logró distinguir una pareja de carabineros.

-Ese hueón me cogotió y me robó la bici- apuntó el tipo que acompañaba a los uniformados.

Después de formalizarlo por robo con violencia e intimidación, a los diecinueve años, lo condenaron a cinco años de cárcel. Según la Fundación San Carlos de Maipo, en una investigación conjunta con Gendarmería y Paz Ciudadana, el 47% de la población penal ha registrado ingreso al sistema de protección del Sename, o sea, casi la mitad de los reos del país. 42%, en tanto, habrían pasado al menos una temporada en los hogares dependientes de la institución.

Las consecuencias de vivir en residencias masivas, con alto nivel de rotación de personal, son similares en los distintos egresados. “Cuando tienes a chicos que nunca desarrollaron de forma sana el apego a una figura afectiva sólida, donde no te sentiste amado, ni seguro, lo más probable es que busques aceptación en otras personas, haciéndolos vulnerables al entorno. Además, estos adolescentes tienen doce veces más posibilidades de desarrollar un trastorno de salud mental y consumo problemático de sustancias”, explica Paulo Egenau, psicólogo y Director Social Nacional de las Fundaciones Hogar de Cristo.

Hernán cumplió condena y aunque le cuesta asumirlo, se sorprendió que al salir de la cárcel se encontrara en mejores condiciones que al egresar del hogar. Adentro había trabajado como electricista y con la ayuda de la asistente social abrió una cuenta de ahorro. “Me dejaba la plata justa pa’ comer y el resto lo guardaba para cuando saliera”, cuenta.

Así reunió medio millón de pesos que utilizó para contactar a Gladys, su hermana mayor, que también había vivido en un hogar del Sename. Ambos se fueron a vivir a juntos en una toma de terreno ubicada en La Cisterna.

¿Ahora qué?

-¡Ya!, ahora te puedes pasar, se fueron los tíos- gritó un niño con la cabeza asomada sobre la pared.

Matías Orellana acababa de abandonar la Fundación Mi Casa, en septiembre del año 1986, pero regresaba cada noche a dormir escondido en el patio trasero del hogar, a un costado de unos viejos tambores de lata, ayudado por un grupo de compañeros que se encontraban adentro. Al otro día, bien temprano, desaparecía como si nunca hubiera estado ahí.

Así estuvo alrededor de un mes. Cada día, en cuanto amanecía, se marchaba con un bolso al hombro a sentarse a una plaza ubicada a un costado del hogar. Allí, abandonado a su suerte, recordaba cuando vagaba con la Rosita, una adolescente que conoció en la calle, luego de escaparse tras una golpiza que recibió de un cuidador. La muchacha lo recriminó, asegurándole que esa no era una vida para él. “Devuélvete pa’l hogar, allá por lo menos tení una cama, no tení que andar robando ni pidiendo”, le decía.

Matías no quería volver a vivir en la calle, así que intentó ponerse en contacto con su madre que no veía desde que tenía tres años, cuando ésta decidió llevarlo desde San Vicente al hogar de menores ubicado en Santiago. Al tiempo supo que vivía en Renca y partió en esa dirección desde el paradero 24 de Gran Avenida. Tres días duró su aventura. Cuando la encontró no reconoció en esa señora consumida por la pobreza, el rostro que atesoraba de su madre. Ninguno de los dos, tampoco, guardaba el afecto suficiente como para volver a empezar. Matías entonces se preguntaba: ¿Y ahora qué?.

Aunque la ley indica que la permanencia en los hogares debe ser revisada cada seis meses y que los niños no pueden permanecer institucionalizados más de un año, alrededor del 14% de los menores se mantiene en el sistema, según estadísticas del Sename, entre cinco y diez años. Mientras los asistentes sociales intentan revincular a los niños con algún adulto responsable, en lo posible un familiar, los menores crecen y se desarrollan en la institución. Es ahí donde generan los primeros lazos afectivos, con sus compañeros y cuidadores, como Matías lo hizo con “Mami Gaby” y “Papi Raúl”, dos entrañables cuidadores a quienes quiso como si fueran sus verdaderos padres.

“Hay esfuerzos particulares de algunas instituciones, pero es un trabajo poco articulado desde la política pública. El egreso siempre ha sido un área muy problemática y que no está lo suficientemente trabajado por el Sename hoy”, afirma el abogado de familia y ex director de la institución, Francisco Estrada.
Esto se debería, asegura el exmadamás de la institución, a que la población juvenil que egresa representa menos del 20% del total de los que permanecen en el sistema. “O sea, son tan pocos y el servicio tiene tantos incendios, que no son una prioridad ahora”, agrega.

Lo único que Matías siempre llevaba consigo era el título de técnico en auditoría con el que había salido del liceo. El mismo cartón que llevaba todos los días a la práctica que realizaba en un banco y que luego trasladaba al hogar cuando sus compañeros le avisaban que podía ingresar al hogar, a dormir en un colchón, a un costado de unos viejos tambores. Así estuvo alrederor de un mes, hasta que una vecina de la fundación lo acogió en su casa.

El Sename no tiene la obligación de establecer un seguimiento de los jóvenes que egresan de sus residencias, tampoco el Tribunal de Familia, ya que por ley se trataría de adultos. Es por esto que sus nombres desaparecen de los registros y su cupo libera una nueva vacante en el sistema. Razón que explicaría por qué no existen estadísticas que den cuenta de aquellos que dan la PSU o que continúan estudios superiores luego de salir del sistema de protección.

Como una forma de llenar este espacio vacío, Matías Orellana creó la Fundación de Egresados de Casas de Menores (ECAM). A través de este organismo ha colaborado como guía en el proceso de egreso de jóvenes en diez hogares a lo largo de Chile. Su trabajo hoy se concentra en velar por todas las carencias que él padeció en carne propia. Matías los acoge en piezas, les busca trabajo y les gestiona atención en el sistema de salud. El monitoreo de ECAM se mantiene hasta que el egresado lo decida.

“Es cierto que existen programas de acercamiento a la sociedad o a la vida independiente, pero son muy pocos y de baja proyección. Las instituciones sostenedoras de las residencias no los implementan o lo hacen ocasionalmente”, explica Orellana.

Esto es confirmado por los directores de las residencias Aldea Mis Amigos y Koinomadelfia, que actualmente acogen, en la Región Metropolitana, a la mayor cantidad de adolescentes que egresan a los dieciocho años. “Para ser sinceros, nosotros no tenemos idea del plan para la vida independiente y llevamos más de veinte años trabajando y egresando a chicos de nuestra institución. El Sename nunca nos ha indicado que lo apliquemos, ni cómo se hace”, afirma Luis Ortúzar, director de Aldea Mis Amigos.

Matías pudo continuar sus estudios como contador auditor en la universidad, gracias al apoyo de la vecina que lo acogió en su casa y donde vivió hasta casarse a los 23 años. Hernán Lepín obtuvo el subsidio a la clase media y está postulando a una casa que, por ironías de la vida, también queda en Gran Avenida.

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