Fidel Castro EFE

“El dictador y los pigmeos” es el título que escogió el periodista y escritor inglés, John Carlin, para referirse a Fidel Castro en la columna que publica en el diario El País de España, cuando sólo transcurrieron dos días de la muerte del líder cubano y su pueblo vive un extendido duelo.

Carlin ocupa la frase de Donald Trump, “brutal dictador”, y de esa manera se sumerge en la figura del hombre que -según dice- “era a sus fieles como el Papa a los católicos más devotos”.

“Castro fue tan dictador como Stalin en la Unión Soviética o Hitler en Alemania. La diferencia residió en los sueños que vendían y en la escala del terror (comparativamente insignificante en el caso de Castro, por supuesto) que desataron”, apunta Carlin.

Dice que al igual que en el caso los ex líderes del nazismo y la extinta URSS, la voluntad de Castro era ley.

Como ejemplo, recuerda como “miembros del Partido manifiestamente inteligentes, políticamente sofisticados en sus análisis de lo que pasaba fuera de su país, temblaban ante la mera mención del Comandante, temiendo que un irreverente sujeto del imperio anglosajón les pusiera en aprietos con alguna herejía que cuestionara la omnisciencia de su amo. Todo era discutible menos Castro, cuya palabra y doctrina ni él (el hombre más ensimismado del mundo) ni nadie cuestionaban. Cada discurso era una encíclica. Cuando abría la boca tenía la última palabra sobre todo lo que ocurría bajo el cielo cubano, desde la salud hasta la educación, el deporte, la guerra, la paz y la política agraria”.

Para Carlin, “Cuba era su propiedad, pero ¡qué propiedad! ¡Y cómo la transformó!”, afirma Carlin, quien sostiene que “antes de que Castro tomara el poder en enero de 1959 Cuba era de poco interés para gente de fuera a no ser que fuesen importadores de tabaco o de azúcar, mafiosos estadounidenses huyendo de la ley o turistas estadounidenses con impulsos libertinos buscando escapar del puritanismo de su país. Después de su triunfo, Castro exportó la revolución armada a media América Latina, inspiró a la izquierda en todos los países donde no gobernaba el comunismo”.

El escritor también se adentra en los efectos de la revolución, en cómo, por ejemplo, era admirable su sistema de educación.

“A diferencia de lo que veía en todos los demás países latinoamericanos, nadie pasaba hambre; la salud era gratis y de alta calidad para todos; el sistema de educación era admirable. Recuerdo haber pasado toda una noche caminando por La Habana con media docena de profesores jóvenes. Intimidado por la amplitud de sus conocimientos, se me ocurrió cambiar el tema a la literatura inglesa, lo que había estudiado en la universidad, pero ahí también me tuve que rendir una vez que se pusieron a hablar de la poesía de Ezra Pound”, rememora.

Al igual como sucedió con otras figuras determinantes en la historia de la humanidad, Carlin sostiene que Castro tenía claro para qué estaba destinado. “Fue un personaje casi de ficción. Piense lo que uno piense de su ideología o de su sistema de gobierno, lo que nadie puede dudar es que fue un coloso en el escenario mundial, heroico en su narcisismo y en su hambre de poder, sin duda, pero también un líder luminoso, un hombre audaz, un genio de la persuasión política que supo en sus entrañas, como Napoleón o las grandes figuras de la mitología griega, que había nacido para la grandeza”.

“¿Un dictador? Sí. ¿Brutal? Sí. Pero también un líder con una visión generosa de lo que debería ser la humanidad, inspirada en lo mejor de aquella enseñanza cristiana a la que se refirió en aquel último texto que publicó. Ahí también citó con aprobación una frase de la Declaración Universal de Derechos Humanos: “Todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Castro, en realidad, no tuvo igual, por más que predicara la igualdad. Para bien o, según el punto de vista, para mal, todos los líderes políticos de hoy, empezando por el futuro presidente de EE UU, son unos pigmeos”, cierra.