estudiante anarquista A1

Cuando murió Pinochet el desconcierto fue enorme. No había costumbre. Tiempos en que se asomó con sorda visibilidad una cuadrilla de adolescentes mayores -o adultos menores- que, los que alcanzaron, dijeron NO en 1988 y se escaquearon de todas las elecciones siguientes, arguyendo –como en la ahoridad- que no creen ni en la aspirina. Acumularon aura, porque no eran la cohorte tontorrona del “no estoy ni ahí” acuñada por un golpea pelotas en los 90’. No. Pero en su amorfia dinámica, se apartaron de la nombradía de “actores secundarios” -porque eso fueron o, mejor, a esa “postumidad” aspiraron en la agitación épica de los 80’-, desechando a sus camaradas con un respingo, ya de superioridad política, ya de supremacía epistémica. Es que aprendieron nuevas palabras. Tuvieron una década para dejar de ser undergrounds o artesas, hojear a N. Luhmann, Searle, Morin y hasta Lakatos, aunque todos en la olla inconfesable de H. Maturana. Y, como manda la estética, le dieron espesor heideggeriano al “ni ahí”, sustituyéndolo apenas por un tic, que cuando los acorralaban para pedirles cuentas, lo transformaban en una sonoridad irritante: “gnoseología escéptica para la complejidad”. Y así les iba. Sobrevivieron inventando Centros y cliqueando en Facebook. Cantaron “el pueblo unido avanza sin partidos”, teorizaron el pingüinazo, profetizaron el 2011 y –siempre enterados- repartieron sus ruines fondos: mitad al C, un cuarto al E y el otro al A. Ya ni la poesía les interesaba, con excepción de Fernando Flores y algunos versos como “la informática y la cognición”. Anarkoseñoritos, o sea. Para millennials les sobraba edad y para hipsters, les faltaba literatura.

También el pasado puede empeorar. Algunos se reprodujeron y sumaron adeptos con la cantinela de que toda forma de autoridad “les lastimaba”, mientras iban detrás del semanero, del intendente, del seremi o del rector, como niños con un globo roto. Abrían los libros de historia pero no pasaban las páginas y hablaban subrayando las últimas frases de todos los que se les acercaban, con la lengua gorda del dandi que se ahoga en su propia ópera. Marcharon mucho y por las veredas -por no seguir al resto-, y saciaron por fin su hambre de león herbívoro: Asesores. Meteorólogos de los novísimos movimientos sociales, de la economía política, del Devenir Perra o “del-capital-humano-avanzado-y-la-producción-del-conocimiento-en-chile”. En cada reunión bien los podría haber oteado Santiván: “ahuecaban la voz y se erguían en actitudes históricas. No hablaban para los circundantes, se dirigían a la posteridad”. Por lo mismo y con pavor, descubrías que, quizás, eras uno de ellos, hasta que te aventajaban: saludaban profusamente y pasaban raudos, siempre para una consultoría o “sesión” en regiones, donde empezaban como incendiarios y terminaban como bomberos.

Otros se desesperaron por un tiempo, nos les daban cita en la Fundación Progresa; no los llamaba Pablo Ortúzar, ni los recibía el amigo del secretario de Valentina Quiroga. La bibliografía los apremiaba y la biología los encanecía, pero convertidos en “adulescentes” –adultos perpetuados en adolescentes- antologaron estilo y con la muletilla del ahm… ahm… de A. Jocelyn-Holt arrimaron “capital social” para no salir de nada y prepararse para seguir entrando en todo.

Cuando el 12 de diciembre de hace 10 años velaban a Pinochet y el nieto del General Prats hizo una cola de dos horas para clavarle un escupitajo en la carlinga, un anarkoseñorito exclamó “ay, para qué tanto”. Es decir, ni carne, ni pescado. Es decir, centauros mitad que muerden, mitad que lamen. Vendrá Piñera y tendrá sus ojos.

* Poeta y antropólogo, autor de Metales Pesados, Alto Volta y Elabuga.