Para entender la grandeza del suizo Roger Federer hay que buscar (el verbo es insuficiente) más allá de sus 18 títulos de Grand Slam, de los 24 Masters 1000, de las 302 semanas como número uno, de las 89 coronas en el tour, de los seis ATP World Tour Finals (más conocido como la Copa Masters). Parece ridículo, el palmarés es exuberante, único, lo ubica como el más grande de todos, pero no es todo, no sólo ahí radica su majestuosidad.

El helvético se inició como profesional en 1998. Comenzó desde el principio a mostrar talento, pero no terminaba de convencer. Era feble de revés y de cabeza. Con los años, entrado el nuevo mileno, Federer creció, empezó a abrirse camino entre los mejores, y su credencial de grande la mostró en Wimbledon 2001 cuando venció al monarca Pete Sampras (octavos de final).

Llegó 2003 y los títulos de Grand Slam se dejaron caer a montones. Dominaba a todos y en casi todas las superficies. Casi todas, porque tenía su némesis… Rafael Nadal.

Nadal siempre lo venció, le costaba a Federer, sobre todo en arcilla. El pasto de Wimbledon y la carpeta techada eran sus únicos fortines frente al mallorquín.

El primer duelo fue en 2004, en el cemento de Miami. Doble 6-3 para el adolescente ante el suizo que a esas alturas ya era el número uno del mundo. Luego vino un partido en el mismo escenario, en la final de 2005, y Federer remontó dos sets abajo para quedarse con el título. A partir de ese día, Nadal le ganó cinco veces seguidas, incluida la semi de Roland Garros en 2005, y en 2006 las finales de ese mismo Major, de los Masters 1000 de Roma y Montecarlo, y del torneo de Dubai.

Después vinieron varios partidos más, finales de Grand Slam, incluidas. Nadal logró incluso arrebatarle una en Wimbledon, que era como el patio de la casa de Roger. Si bien muchos hablaban de una cosa mental, había un aspecto técnico-táctico en el juego del mallorquín que incomodaba y limitaba a Federer. El español le jugaba al revés mandando esos derechazos llenos de rosca que daban unos botes infernales, que sacaban al suizo de la cancha. No había nada que hacer.

Luego de casi 13 años de su primer duelo y con Federer en el cenit de su carrera, con casi 36, se produjo el punto de inflexión, acaso inesperado, seguro que ni el mismo suizo lo pensó. En la final del Abierto de Australia 2017, la misma donde había llorado en 2009, el helvético levantó el marcador en contra en el quinto set y le arrebató la corona a Nadal. Pero eso no fue todo, ese día, Federer aprendió a lidiar con la derecha cruzada de Nadal, de hecho, lo venció desde esa zona de la cancha.

Anoche, en los octavos de final de Indian Wells, hizo lo propio en poco más de una hora. Ya no le molesta a Federer el juego de Nadal, ya le tomó la mano, después de 13 años.