Tu segunda mesa en Puerto de Ideas va a abordar la relación entre el fútbol, la física y la cultura. La verdad es que a ningún fanático le gusta mucho que la ciencia se meta en el fútbol.
–Yo tampoco creo que pueda aportar mucho. Y de hecho, en el festival hablaré más de las dificultades del fútbol para asimilar el discurso científico. Hay entrenadores como Arrigo Sacchi que preferirían que el fútbol se jugara en el pizarrón, porque son amantes de los movimientos que semejan ecuaciones. Pero a fin de cuentas el fútbol es mucho más esotérico, porque pone en juego muchas cosas que no se pueden entrenar.

¿Qué opinas de aplicar la tecnología al arbitraje? Eres un reconocido hincha del Barcelona, y hemos visto que eso los podría perjudicar.
–Sí, también estoy en contra de eso. Una de las cosas notables del fútbol es que tiene uno de los sistemas de jurisprudencia más fallidos que se conozcan. Esto hace que, en un partido, 22 jugadores traten de emular a los dioses o a los semidioses, pero un solo tipo trate de emular a los hombres: el árbitro, que es el factor humano que introduce el error. Aludías tú, con cierto oportunismo, el partido portentoso en que el Barcelona hizo la hazaña de ganar 6-1 al Paris Saint-Germain. Ese fue un partido emblemático de todo lo que tiene el fútbol: el Barça hizo lo imposible por ganar, pero hubo al menos tres errores garrafales del árbitro en su favor. Esto es injusto, pero es una de las razones por las que el fútbol es el deporte favorito del planeta. Si fuera más predecible y la justicia dependiera del video, sería mucho más aburrido. Yo he detestado a muchos árbitros y sufrir eso es durísimo, pero tenemos que aceptar ese dolor como componente esencial del juego.

Cada país tiene en su memoria colectiva el apellido de un árbitro que lo saqueó en algún Mundial.
–Nosotros hemos padecido en Mundiales errores que no olvidaremos nunca. Y el Barcelona suele recordar un penalti injusto que le marcaron hace casi medio siglo. Bueno, por todo esto yo escribí un libro que se llama “Dios es redondo”. El fútbol se parece más a la teología que a la ciencia. Tiene más que ver con lo imponderable, con los botes arbitrarios del destino, que con lo cuantificable.

Entonces, cuando una selección le gana a otra 7-0, ¿la explicación es más teológica que científica?
–¡Mucho más! Porque la teología trata de razonar lo inexplicable.

Y ese país que pierde 7-0, ¿deja de creer en algún dios?
–Mira, los dioses aztecas ya nos han dejado bastante claro que no son aficionados al fútbol. Están siempre listos para replegarse. Yo publiqué aquí un artículo un día antes, diciendo “cuidado con Chile, es un equipo revolucionado que por momentos triangula como el Barcelona de Guardiola pero en cámara rápida, y tiene jugadores como Sánchez o Vidal que nosotros no tenemos”. Pero jamás pensé que el partido pudiera terminar 7-0, fue realmente vergonzoso. Son esos partidos que ya no tienen que ver con el deporte: el equipo que va perdiendo, haga lo que haga, le va a salir mal. Si nos hubieran pitado tres penaltis a favor, los hubiéramos fallado.

Conociste a Bielsa.
–Sí, hombre, una gran oportunidad poder estar con él, gracias a Jorge Valdano que nos convocó en Bilbao. Es una fuerza retórica del fútbol y un hombre de un magnetismo extraordinario. Y volviendo al tema de la ciencia, Valdano ya me había dicho que Bielsa tiene como una falsa ciencia: le gusta dividir el mundo, los ritmos, todas las fases de un proceso, en seis partes. El número 6 es como el número de Dios para él. En los entrenamientos, por ejemplo, le gusta que los jugadores lancen seis tiros libres seguidos, porque le parece que el número 6 tiene la condición de reiterar una cosa para perfeccionarla sin abusar de la repetición. Y Bielsa me preguntó: “Dime las seis razones por las que una novela debe ser buena”. Yo le dije “pero Marcelo, no hay seis razones”. “Ah, entonces no sabes escribir novelas”, me respondió. Ahí me dice Valdano: “¡Te lo dije! Él lo reduce todo al número 6”.

¿Qué más te dijo Bielsa?
–Después habló de la obsesión tremenda por obtener resultados. Me comentó una discusión que había tenido con el mismo Valdano. Bielsa le preguntó, “y por favor no me contestes con una de tus bromas, dime de verdad, en serio, si después de una derrota has estado a punto de suicidarte: sí o no”. “¡Hombre, claro que no!”, le dijo Valdano. Y Bielsa se indignó: “¡te pedí que lo pensaras y contestaras en serio!”. Le parecía inverosímil esa respuesta. Así de apasionado es Bielsa. Pero al mismo tiempo es un hombre que, moviéndose en el espectáculo y la danza de millones del fútbol, no tiene la menor pretensión, mantiene una sencillez de trato extraordinaria con todos quienes lo rodean. Realmente es una persona excepcional.

¿El fútbol nos hace más inteligentes o más tontos?
–Nos hace más apasionados, y la pasión no siempre es un atributo de la inteligencia. Cuando una mujer inteligente se enamora, suele enamorarse como una idiota, y lo mismo un hombre. Yo creo que el futbol nos permite, como diría Ortega y Gasset, darnos vacaciones de la civilización, no autovigilarnos tan racionalmente, atrevernos a gritar en las tribunas, a pintarnos la cara, a besar a un desconocido en las mejillas porque ganó nuestro equipo. Ese tipo de arrebatos, en una sociedad que exige comportamientos definidos, me parecen hondamente saludables.

Hace un par de años la hinchada chilena copió lo más tonto de la mexicana, el grito “Puto” al arquero que saca, y nos han suspendido el Estadio Nacional por homofobia. ¿Te parece justo?
–No, no se puede coordinar ni reglamentar el ímpetu de la gente. O por lo menos, prohibir las malas palabras es un abuso de jurisprudencia. Dicho eso, creo que ese grito es una señal primitiva, poco divertida, nada ingeniosa, y la solución sería que las sociedades evolucionaran para tener un sentido del humor un poquito mejor.

¿Es verdad que hiciste divisiones inferiores en los Pumas?
–Sí. Llegué hasta Juvenil AA, que era la antesala de la reserva especial, o sea ya del primer equipo.

¿Y qué pasó?
–Alcancé a probarme en la reserva especial, pero ya sabía que me iban a rechazar. No estaba al nivel de los otros.

Por ahí contaste que tu padre te hizo fanático del fútbol, pero de grande descubriste que él no era fanático, lo hacía por compartir algo contigo.
–Sí, me alegra que menciones eso. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía nueve años, y un padre divorciado no siempre encuentra pasatiempos para sus hijos. Y mi padre era un filósofo muy dedicado a la abstracción, tenía pocas aficiones pragmáticas o populares. Pero yo pensé que el fútbol era la excepción, porque me llevaba al estadio todos los domingos. Y sólo mucho tiempo después, cuando ya pude ir por mi cuenta al estadio y él dejó de ir, advertí que sólo me llevaba ahí para estar conmigo, lo cual me conmovió. Es mucho más valioso que tu padre te lleve a un sitio en donde no te está imponiendo su gusto, sino acompañando el tuyo. Y los estadios de fútbol son el sitio en que más viví con mi padre en toda mi infancia. Seguramente a esto se debe también mi pasión por el fútbol, al que Javier Marías ha llamado “la recuperación semanal de la infancia”.

El escritor mexicano Julián Herbert, contra la tendencia de educar “niños felices”, dice que hay que enseñarles a frustrarse, y que por eso el padre le debe ganar al hijo cuando juegan. ¿Estás de acuerdo?
–Sólo en lo primero. Enseñar la tolerancia a la frustración me parece decisivo, pero que el padre le gane al hijo tiene muy poca gracia. Porque también es muy importante que los hijos tengan la posibilidad de ser ellos los que encabezan algo. O sea, ¿qué define a una familia? Que si todos corren, gana el más pequeño, se lo deja ganar, eso es una familia. Y si las sociedades aprendieran de eso, habría más momentos de solidaridad con los débiles. Entiendo lo que plantea Julián, pero creo que la vida nos da tantas oportunidades para aprender la frustración –existir es ser alumno permanente de una escuela de frustración– que debemos crear espacios compensatorios en donde, si jugamos a la pelota o corremos con un niño, es preferible que él nos gane.

FACEBOOK Y LA REALIDAD

Has hecho mucho periodismo y conoces bien la dinámica de los medios. ¿Cuáles han sido tus reflexiones sobre el periodismo después del triunfo de Trump?
–Hay cosas muy importantes que tenemos que estudiar. Una de ellas es la arrogancia de los medios y su incapacidad de conectar con la realidad. Su pretensión de que la realidad tenía que ser una profecía autocumplida según como ellos la pronosticaban. Durante mucho tiempo, medios tan importantes como el New York Times o CNN vivieron abismados en un espejismo. El mismo día de la contienda, CNN decía “en cualquier momento va a cambiar la tendencia, en cuanto vote la gente con estudios universitarios”, y esto no sucedió. Hubo un gran alejamiento de la forma en que la gente piensa, mientras la manera de la gente de relacionarse con la información había cambiado por completo. Muchos votantes sólo se enteran del mundo a través de Facebook o Twitter, y el principal tuitero del mundo es Donald Trump. Esa es una prueba de fuego para un periodismo que se alejó de las fuentes reales de la noticia. Salimos cada vez menos a la calle, estamos cubriendo noticias según los estímulos que nos llegan por la red, más obsesionados con lo que van a llevar los demás que con elegir la propia información. Que los cabezales de los grandes periódicos del mundo se parezcan tanto también refleja un periodismo desconectado de la realidad.

Pero si Facebook está definiendo cómo pensamos y votamos, la realidad también está ahí.
–Pero la realidad virtual no flota en la nada, y creo que para entender los efectos de Facebook hay que volver a la calle. Es decir, ir al sitio donde es posible que el votante de Trump que se alecciona en Facebook piense de ese modo. Ahí hay un gran desafío para el periodismo: no competir con lo que pasa en Facebook, sino bajar a la realidad a entender por qué se produce Facebook.

Ante la situación de México frente a Trump, ha sido notable el silencio de América Latina. Muy pocos líderes, Lagos y alguno más, han llamado a unirse en favor de México. Queda claro que América Latina como entidad política no existe.
–En gran medida eso es culpa de México.

¿Por qué?
–Porque la política exterior mexicana le ha dado la espalda a América Latina. En las grandes cumbres latinoamericanas México ha tenido poco protagonismo, incluso en ocasiones no ha mandado a figuras de primer nivel. Nuestro país tiene un complejo de hermano menor de Estados Unidos, y una obsesión por congraciarse con el hermano mayor para conseguir un trato preferencial. Y México maltrata a los migrantes centroamericanos de una manera mucho más cruenta que Estados Unidos a los mexicanos.

El mismo Trump ha usado ese argumento, que México hace lo mismo con Guatemala.
–Hace cosas peores, sí. Hay una película espléndida, “La jaula de oro”, que trata de esto. Entonces, no es casual este aislamiento de México. Mal podría reclamar la ayuda de países a los que ha desatendido por mucho tiempo.

Y en este momento, ¿los mexicanos se sienten humillados o esto les ha dado algún tipo de coraje?
–Mira, da rabia, pero también hay una conciencia muy clara de que defender al país no es defender al gobierno. Es una desgracia que Trump sea el presidente de Estados Unidos, pero para nosotros es una desgracia mayor que Peña Nieto sea presidente de México. Su capacidad de hacer daño es mucho más directa. Y Trump llegó al poder, en parte, con su ayuda.

¿Por qué?
–Porque fue el único presidente que lo invitó a una visita oficial durante la campaña. Gracias a esa absurda invitación, mucha gente pudo ver a Trump con un rango presidencial que no tenía, porque él dijo aquí lo que le dio la gana, mostró empaque y se salió con la suya. Por otra parte, la política de Peña Nieto ha sido de total entrega a los Estados Unidos. Hizo una reforma que permite la explotación de petróleo en aguas profundas con hasta 100% de capital extranjero. Esto en México era inaudito, porque el petróleo siempre fue como un baluarte de la soberanía nacional. Entonces el mismo presidente que da ventajas a los extranjeros, que invita al candidato que ofende a los mexicanos, ahora tendría que encabezar la defensa de la dignidad nacional… naturalmente no puede hacerlo.

Trump es un enemigo algo incómodo para la izquierda, porque su nacionalismo también es enemigo del enemigo, el capitalismo global. ¿Se puede combatir lo primero sin promover lo segundo?
–Lo que ocurre es que, como el nacionalismo siempre es una expresión de desconfianza hacia el otro, es común que países vecinos sean recíprocamente nacionalistas. Y México obviamente va a experimentar, ya está experimentando, una ola nacionalista y patriotera. Y con ello el ascenso de un eterno candidato a presidente: Andrés Manuel López Obrador [de izquierda]. Todo indica, en los sondeos actuales, que podría ser presidente en 2018. Él representaría un populismo nacionalista de corte mexicano capaz de enfrentarse al populismo nacionalista de Trump. O sea, el camino de exacerbar la tensión entre los dos países. Es un efecto secundario del trumpismo y del entreguismo de Peña Nieto.

¿Te gusta como candidato?
–Es un hombre honesto y un respetable luchador social, sin demasiados tintes de estadista, digamos. A mí no me parece la opción más interesante. Tanto el Ejército Zapatista como el Congreso Nacional Indígena están estudiando postular una candidata indígena, una mujer indígena, y eso me interesa mucho más. No tendría opciones de ganar, pero sería una manera de señalar que los que siguen siendo más discriminados –las mujeres y los indios– tienen derecho a tener una voz.

IMAGINACIÓN ZAPATISTA

Vienes siguiendo a los zapatistas desde su irrupción en 1994, y cada tanto dedicas alguna columna a contar que en Chiapas están pasando cosas muy interesantes.
–Realmente es conmovedor lo que está ocurriendo en Chiapas. Después de la espectacularidad del alzamiento mismo, o de la caravana zapatista que vino a Ciudad de México en 2001 a reclamar los acuerdos que habían firmado con el gobierno y que hasta la fecha el Congreso no convierte en ley, después de esos grandes hitos mediáticos, se pensaría que los zapatistas han desaparecido. Ciertamente ellos sintieron que se iban a desgastar mucho tratando de modificar las leyes de un país que se niega a movilizarse, entonces se refugiaron en Chiapas y se dedicaron a algo que a mí me parece más heroico, que es redefinir la vida diaria: las condiciones de vida de la mujer, las Juntas del Buen Gobierno donde se juzga a los demás y se decide la política, la Escuelita Zapatista, como le llaman a su trabajo educativo, las mejorías en salud, el Hospital de la Mujer que construyeron, sus proyectos de comercio justo, todo esto habla de un avance extraordinario que las comunidades han logrado desde la precariedad, con muy pocos recursos. También en el arte. El año pasado estuve en el festival CompArte, hubo otro dedicado a la ciencia llamado ConCiencia y todo esto da cuenta de una transformación muy significativa desde abajo, con formas de gobierno muy novedosas.

¿Y que realmente funcionan?
–Mira, son tan eficaces estas Juntas de Buen Gobierno que incluso comunidades de afuera van ahí a tratar de dirimir sus asuntos, en busca de una justicia mejor que la de los tribunales. Y todo esto con mucha reflexión intelectual. Al menos una vez al año ellos hacen seminarios internacionales –que llaman “semilleros”– donde invitan a gente a imaginar otro mundo posible. Hay quienes consideran que toda imaginación del futuro es romántica o utópica, pero no podemos transformar el mundo sin imaginar algo que pueda venir. Esa ha sido la tarea de la filosófica desde Platón. Los zapatistas están en eso y están escribiendo teoría al respecto.

Tu compatriota Héctor Aguilar Camín dice que la “dignidad indígena mexicana” ha sido un eslogan vacío, que las comunidades de Chiapas son “el pozo del atraso” y están peor que antes.
–Lo que ocurre es que Héctor, a quien yo respeto, tiene una idea de la política muy distinta a la mía. No sé si él ha ido a las comunidades zapatistas, yo he estado muy frecuentemente ahí. Ciertamente son condiciones pobres, pero la pregunta es: ¿qué debe prevalecer como escala de valores? ¿Tener una economía superior, tener un 7-Eleven en cada comunidad indígena, o tener una vida comunitaria mucho más rica, con satisfactores espirituales, y lograr que lo básico –la alimentación, la educación y la salud– estén cubiertos? La solución de los zapatistas es la de sumar debilidades, no la de pretender ser ricos o tener un gran poder de consumo. Es una vocación de dignidad en la pobreza, y yo creo que la dignidad en la pobreza existe. Quien piense que la revolución de la India encabezada por Gandhi fracasó porque consiguieron la independencia sin salir de la pobreza, o sin alcanzar el desarrollo de los países industrializados, pues no entiende la causa movilizadora de Gandhi, que también se funda en una noción de la pobreza. No olvidemos que su lucha empieza protestando contra un impuesto a la sal, y los británicos desestiman su fuerza, dicen “¿a quién le importa la sal?”. Y al final de una larga marcha, Gandhi toma un puñado de sal y dice “con este puñado de sal voy a sacudir los cimientos del Imperio británico”. A veces lo más pobre empuja transformaciones muy duraderas, la historia lo ha demostrado. Los zapatistas están ahí y cualquiera puede ir a uno de estos festivales y convivir realmente con las comunidades. Creo que el tipo de vida que están haciendo, aun con las cosas perfectibles y los errores del caso, es algo extraordinario.

Un poco más al norte, lo que está pasando es horroroso. En Veracruz apareció una fosa común con unos 250 cuerpos.
–Del tamaño de una piscina olímpica…

Uno ya lo mira a la distancia y ni se pregunta si hay manera de arreglar eso. ¿Cómo asimilan estas noticias? ¿Ya es más de lo mismo o se angustian pensando soluciones?
–Bueno, más de lo mismo no, es una cosa terrible. Todo México es una necrópolis. Hay decenas de miles de desaparecidos, hay madres buscando a sus hijos hace mucho tiempo, la muerte se ha adueñado de todo el territorio. Hay gente que ha descubierto fosas buscando a sus hijos y luego ha sido inculpada por excavar sin permiso en esos lugares, es una realidad atroz. Por eso cuando uno habla de una sociedad digna y pobre, como las comunidades zapatistas, pues hay que contrastar eso con el otro México, el narcoestado donde lo ilícito ya es la forma más común de la economía y del ejercicio del poder, un país sin ley. Y ahí sí hay dinero, sí hay recursos, pero tienen que ver con la sangre, con un capitalismo desaforado y una descomposición social gigantesca. Porque la otra cara de la violencia es la impunidad. Ese Estado, Veracruz, donde han muerto unos 16 periodistas en los últimos años, fue gobernado por Javier Duarte, que pertenece al mismo partido que Peña Nieto y está prófugo. Se sabía de sus crímenes y de su corrupción, y le dieron todas las facilidades para escapar.

DE CARTÓN PIEDRA

En Puerto de Ideas va a montarse “La desobediencia de Marte”, una de tus obras de teatro. Es curioso que el teatro, acusado en otros tiempos de falsear la realidad, hoy ya parezca una forma un poco rústica de representarla.
–Es un punto muy interesante que, volviendo al tema de la realidad virtual, explica que al menos en México el teatro tenga cada vez más impacto. Creo que hay gente que está ayuna de realidades, de actos de presencia, necesitada de volver a congregarse. El teatro tiene muchos elementos rituales. Y tiene la gracia, como pacto evidente con el público, de que no pretende sustituir el mundo que está afuera, sino sólo crear una realidad transitoria. Y eso es lo asombroso: que una escenografía de cartón piedra, si la obra es buena, se convierte en un paisaje inolvidable. Pero sabemos que somos parte de un pacto y que luego saldremos a la calle. Yo creo que es una de las formas más potentes de comunicarnos. Se están cerrando salas de cine en México y se están reconvirtiendo en teatros, no todos muy comerciales, pero cada vez hay más teatros.

También hay gente que no lo tolera.
–El teatro siempre tuvo notables defensores y notables detractores. Una vez estaba yo en Barcelona, daban una obra de Thomas Bernhard e invité a Enrique Vila-Matas. Y Enrique me dijo: “Yo fui al teatro a los 14 años, vi una obra que trataba de un adulterio, salí horrorizado y prometí no volver más”, y colgó el teléfono. También hubo grandes filósofos que consideraron al teatro inmoral, capaz de pervertir. A Rousseau, con su teoría del buen salvaje, le parecía una alteración del hombre natural, propia de la hipocresía y la simulación de la sociedad francesa. Y es cierto que esa crítica se le puede a aplicar a muchas obras, en las que no ves más que afectación y simulación sin sentido alguno.

En un artículo titulado “El deterioro de la mentira” contrastas su posición con la de Diderot.
–Claro, Diderot fue un gran dramaturgo y pensaba todo lo contrario. En “La paradoja del comediante”, una obra maestra sobre la actuación, plantea que mientras más consciente está un actor de su técnica, mientras más controlada la tiene, mayor es la espontaneidad que simula. Es decir, que se necesita ser lo suficientemente frío en escena para que la emoción arda en los espectadores. Esa naturalidad trabajada, para Diderot, define en buena medida la cultura, y por eso el teatro puede tener un efecto transformador de las conciencias. Y en efecto, muchas veces el teatro ha servido como acicate para transformar la realidad fuera de la obra. La independencia de Irlanda comenzó a forjarse a partir de funciones teatrales, la gente salía del Teatro Abbey a las manifestaciones por la independencia. Yo le pregunté a Ingo Schulze, el escritor alemán que nació en la RDA, qué extrañaba más del socialismo alemán. Me contestó sin pensar: “el teatro”. Porque era el principal espacio político que tenían. Ahí se ventilaban, de manera simbólica, los problemas que no se podían tratar en la prensa.

Lo contradictorio es que hoy el teatro nos parece un formato más auténtico, pero en la vida cotidiana el modelo de autenticidad que se está imponiendo es el de Rousseau, que es el opuesto.
–Exactamente, pero ese es un modelo de autenticidad individual, en circunstancias de que la autenticidad es siempre una cuestión relativa, para ti es una cosa y para mí es otra. Entonces, la gracia del teatro es que su gran momento de autenticidad, ese momento climático en que una obra de arte produce una extraña liberación emocional, es comunitario. Esa cuestión es única. Una sala de cine puede estar llena, pero cada uno está aislado en sí mismo. En el teatro las risas, o incluso los llantos, acompañan rítmicamente la obra. La famosa cuarta pared, que es donde está el público, permite que se cree este momento de comunión. La autenticidad teatral es ese momento de “El jardín de los cerezos” en que van a vender el jardín y se siente una angustia difícil de explicar, la liberación colectiva de una verdad que sólo conocen las emociones.

A estas alturas esto te puede desprestigiar, pero entiendo que tu maestro en el teatro fue Jodorowsky.
–Bueno, en mi adolescencia era nuestro gigante, una fuerza de la naturaleza. Jodorowsky fue un gran director de teatro que puso en México “El sueño” de Strindberg, “Informe para una academia” de Kafka, “Las sillas” de Ionesco y muchas otras obras. Luego transitó hacia un teatro más de performance hippie, e hizo una adaptación con desnudos de “Así hablaba Zaratustra” que escandalizó y al mismo tiempo hizo pensar a mucha gente. Fue precursor de los happenings en México, hizo espectáculos de pantomima, de ópera, fue un gran autor de historietas y creó al menos una película espléndida que es “El topo”, la favorita de John Lennon. Y bueno, era un gurú de tiempo completo. Cualquier cosa que le preguntaras, contestaba como un gurú. Y su obra que más nos influyó era quizás la menos buena, “El juego que todos jugamos”. Ahí se hablaba de la sexualidad, de modos de convivencia muy cercanos a la Era de Acuario y a las nuevas concepciones de la conducta. Y pues a mí a los 14 años esa obra me deslumbró, igual que a mis amigos, e hicimos una copia descarada que se llamaba “Crisol”. Esa obra de adolescentes tuvo un éxito que no hubiéramos merecido en ninguna época menos sicodélica y menos abismada en las teorías de amor y paz.

¿Sus consejos en Twitter también te deslumbran?
–¡Ja, ja, ja! No, no. Ha regado tantas frases por el universo que no deja de tener algunas extraordinarias, pero ya como gurú de psicomagia me interesa menos. Aunque no dejo de admirar su capacidad de charlatán. Él mismo se ve como un mago, y qué es un mago sino alguien que maneja los trucos de un charlatán.

Villoro en Puerto de Ideas Antofagasta
Sábado 8: “Las estrellas de la mente: Apuntes personales sobre ciencia y literatura”, a las 18.30 en la Biblioteca Regional. / Estreno de “La desobediencia de Marte”, a las 20.30 en el Teatro Municipal. / Domingo 9: “El gol de la física y la cultura”, a las 12.30, Ferrocarril de Antofagasta.
Más información en puertodeideas.cl

*Foto: Cortesía Puerto Ideas