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Más allá de la postura política, filosófica, religiosa, o incluso de algo que pudiera ser más liviano como adherir a un equipo de fútbol, en el mundo hoy, desde que una persona entra al colegio a los 4 ó 5 años, se le pide una cosa: ser exitoso, competitivo, sobresalir del resto.

Por eso resulta llamativo y seguramente sanador que alguien reconozca que es malo en algo. Que de hecho es pésimo, y aún así disfruta haciéndolo. Que no para.

En un artículo que publica The New York Times, Karen Rinaldi habla de eso, de “lo bueno de ser malo en algo”. En su caso es el surf, el que disfruta a pesar de que raramente es capaz de correr una ola. “Una vez lloré de alegría por lo que cualquier observador habría considerado una actuación mediocre en una ola mediocre. Sí, la mediocridad me conmovió hasta llorar”, dice.

“La libertad de ir tras lo inútil… y la libertad de ser mala en algo sin que eso te importe es reveladora”, admite Karen.

Cuenta que un amigo suyo, de nombre Andy Martin “es miembro sénior del área de Literatura Francesa en la Universidad de Cambridge. Ha viajado por todo el mundo, pero en cuanto a su condición de surfista, me dice: “Solo en Cambridge me calificarían así”. En su mente, él cree ser malo, pero se siente bien con ello: este es el resultado de la humildad que solo llega cuando eres malo y perseveras”.

Para Karen, el “autoconocimiento es clave. Nadie te dice qué tan malo eres en algo. A menos que tengas un jefe cruel, un padre abusivo o un amigo malicioso, la mayoría de la gente está dispuesta a ayudarnos a mantener la ilusión de que nuestros esfuerzos no son en vano. No, no podemos contar con la gente que nos rodea para hacernos saber qué tan malos somos. Es mucho más aceptable halagar que criticar. Así que la responsabilidad de admitir lo malos que somos haciendo algo recae en nosotros mismos. Hay que hacerlo de todos modos”.

Justifica que “al eliminar la presión de tener que sobresalir o dominar una actividad, nos permitimos vivir en el momento (…) Quizás ser malo en algo en lo que no hay mucho que perder puede llevarnos a un lugar mejor. Tal vez podría ser una especie de antídoto para la excesiva confianza, una epidemia de nuestra cultura”.

“Al exponernos a la experiencia de intentar y fracasar, podríamos desarrollar más empatía. Si conseguimos pasar de los juicios instantáneos a la paciencia, tal vez podamos ayudarnos más los unos a los otros… y ser mucho más comprensivos. Si aceptamos nuestros fracasos y perseveramos a pesar de ellos podríamos darnos un descanso de ese imperativo de tener éxito y, en cambio, encontrar aceptación con intentarlo. Fracasar está bien. Y lo que es mejor: ¿acaso no es un alivio?”, cierra.