El valor de volar
* Por Erick Polhammer.
“Tapó bravo, tapó bravo, tapó bravo” repetiste 3 veces llorando, tú, ex arquero Claudio Palma, en lírico delirio emocionado, mientras hasta las rocas de Santo Domingo lloraban de la misma emoción; lloraba el sicólogo Javier Guajardo en Linares, Ivo Maldonado en Concepción, lloraba yo en Cauquenes, lloraba Pato Fernández en su paraíso interior, lloraba emocionado Cristián Guerra en su editorial Libros del Amanecer, Ragal en El Tabo, Bertoni en Concón, Darío Verdugo en el cielo, J.C Rodríguez lloró de amor en la casa de su alma en un set de televisión, la monja jovial en la parroquia y la puta hermosa en su cubil.

Un escalofrío ignoto atravesó nervio a nervio la columna vertebral de Chile entero tras los tres penales matemática y apasionadamente ejecutados por el perro extraterrestre Arturo Vidal, Charles Bukowski Aránguiz y el relámpago cuántico Alexis Sánchez, el de los pies ligeros, como Aquiles. Por un minuto se detuvo el tiempo y todos los pájaros dormidos antes en sus nidos despertaron de un largo sueño y aleteando alígeros se echaron dichosamente a los cielos sin fronteras a volar.

El valor de volar con pies en tierra: este es tu gran legado selección Chilena. Y tú Claudio Bravo encarnaste la virtud de este VALOR DE VOLAR.

No se atajan penales con temor a volar.

“Todo un país en esas manos” cantó metonímico el Grillo del Gol, tras un tapadón previo del lejos mejor arquero chileno de todos los tiempos después de mí que atajé 5 penales seguidos en una pichanguita de barrio, y sé lo que se siente: un regocijo inefable transitorio y un recuerdo en la memoria larga que nada nunca borrará.

Sé que las emociones pueden ser traicioneras, pues así como te suben a la cumbre nevada, te pueden bajar al valle oscuro, y que las personas demasiado emotivas tienen a ser maníaco depresivas y que el fútbol es el actual “opio del pueblo” (Humberto Eco) debido a la crisis del discurso místico y a la corrupción religiosa y que tal como dice Ouspenski “el centro emocional es el más complicado” pero el siquiatra Claudio Naranjo declaró “Yo me sané del centro emocional” o sea que a las finales el negocio del fútbol rentado es otra forma de espejismo hipnótico e ilusión mental, pero así y todo aquel “tapó Bravo, tapó Bravo, tapó Bravo”, le tapó el hocico al intelectualismo pesimista made in Chile alérgico al opio del pueblo que incluso terminó aplaudiendo los 3 ya legendarios penales atajados por el extraordinario guardameta chileno.

Quedarás en los libros de Historia (del fútbol) como un ejemplo del saber atajar, Claudio Bravo. Y yo hago un llamado ahora mismo a todos y cada uno a atajar:

Atajar los discursos chantas de los politiquillos quisquillosos corruptos,
Atajar los penales de nuestros propios pensamientos autodestructivos
Atajar con una mirada al hipócrita compulsivo,
Atajar con el darse cuenta a la niebla atroz de la inconciencia
Atajar al mula que estimula a la codicia desenfrenada,
Origen concreto de todos nuestros males,
Incluso el mal de la futbolización de la realidad,
Atajar con el desaire a los que se dan aire de superioridad
/ o inferioridad
Atajar con leyes implacables a los irresponsables pelacables implicados en el negocio horrendo de la instalación de termoeléctricas a granel,
Atajar el avance de la plaga emocional,
Aprendamos de Claudio Bravo a atajar las malas vibras,
A ser realistas no pidiendo sino realizando lo imposible,
A hacer las cosas en la medida ,no de lo posible, sino de lo imposible
nadie pensó nunca que Portugal se fuera de esa manera
/para su casa
Con un arquero intuitivo que atajó 3 penales seguidos lo que parecía imposible
/de manera absolutamente magistral.

*Poeta zen y taumaturgo.

Invasores alemanes del espacio exterior
Por Cristóbal Gaete*
Imagino a Marcelo Díaz como un tremendo jugador de Space Invaders, que de tantas veces de haber vencido a la máquina, confía en no fallar. Aunque los ovnis lo encimen con sus formas amenazantes y perfectamente arias. ¿A quién no le tiritaría la pera ver esas cuatro estrellas sobre la insignia alemana?

Pero Marcelo Díaz, ¿no es acaso un tipo de extraterrestre, con esa precisión táctica de movimientos para un chileno medio? Eso pienso, sentado en el Mercado de Lota. Por la mañana, en Concepción, todo era vuvuzelas ofertadas en las calles -habría que pensar en los ambulantes como evangélicos de la pasión futbolera-, mientras que en Coronel, una familia ebria (“esta cagá son mis sobrinos”, dijo la tía) vino machucando la mente del chofer de la micro hasta que la puerta se abrió de golpe y una de las cagás se hizo cagar en la cuneta. En Lota, en cambio, un niño gordito tomaba Gatorade, sediento de ver el sudor en la cancha al otro lado del mundo.
Los invasores, para nuestra sorpresa, comenzaron apurando poco. Pero la máquina mejora en cada nivel superado, y Díaz ya no está frente a un campeón sudamericano. ¿Cuántas veces, de todos modos, bastó el movimiento del joystick hacia ambos lados para dejar uno o dos naves tiradas en los videos cerca de la plaza? Pero este domingo, en esta arena, alguien debe ser devorado.
Pido más ponche de mariscos para el mal trago. No sé si en algún lugar podré comer por tan poco. El error, quizás, no estuvo en Díaz, sino en todos los que no se movieron, acostumbrados a recibir el pase al pie.

Las mujeres me preguntaban por el tiempo del partido y yo hacía como que cabeceaba los centros que no ganaríamos jamás. Durante el resto del partido, los invasores espaciales, los robots alemanes, fueron una muralla en la que rebotar hasta el infinito con nuestros errores humanos. Jara tiraba el barrio en un codazo con la personalidad que cierra las calles, pero Sagal hizo lo propio pateando fuera del arco, al borde del área chica.

No me quedé a ver el llanto. En las calles no había nadie más que muchos perros y un grupo de mendigos que peleaban con algún gorro de Chile en la plaza. Frente a ellos el sindicato abandonado y, unas cuadras más allá, un teatro precioso en igual condición. Lota ha quedado fuera de los caminos, que es peor que no tener ningún camino para llegar.

Ya de regreso, camino a Coronel, pasamos por el estadio del Schwager, club siempre a punto de morir y que me recuerda una historia familiar. Un primo, que jugaba al arco, fue enviado a préstamo a Lota, pueblo donde muchos jugadores son enviados para retirarlos en el aburrimiento, o para ver cuánto aguantan el frío.

En una copa Chile, jugaron contra Colo Colo. Mi primo atajó hasta el viento, pero cuando quedaban pocos minutos se le escapó una pelota tras un centro. Esa fue la imagen que repitieron todo el domingo tras el partido soñado. Hay quienes están destinados a reventarse.

*Escritor. Ha publicado Valpore, Paltarrealismo, Motel ciudad negra (Premio Municipal de Literatura 2015). Su último libro es Crítico (2016, Garceta).

Nosotros, los del otro equipo
Por Víctor Munita Fritis *
No lograremos nunca
atravesar la mitad de un estadio mental
pero iremos al frente
a la cancha como los gallos
y ahí nos verán con la cabeza en alto
disputando los noventa minutos más largos de todos los tiempos
la vida y la muerte en una jugada
bajo la lluvia o un farol que alumbra
a medias la tierra y el futuro de los nadie,
de los colas con buen aroma y depilados.
Tocar de taquito
vestirnos de pantalón corto
llenará de risitas y vergüenza ajena los estadios.
Más de alguno nos querrá chiflar,
coquetear y morder la oreja
en un foul por detrás, que no sea sancionada,
como si nosotros no pudiéramos acertar el contragolpe
y hacer que saborees la savia del césped en los labios.
Mientras
a punta de trancadas y puntetes
nosotros defenderemos la hombría
como los machos de zapato rosa
y toperol en punta.
Ahí te esperaremos con el travesaño
en el vértice del área chica
moviendo la cartera
como los machos
donde las arañas tejen nuestra ropa
y patearemos con las dos piernas
tan fuerte
un penal desviado para ti.
Nuestra liga no será más que
una ridícula media sobre la rodilla.
Lo que tú cantes
mi hincha
barra brava favorita
siempre será
nuestro secreto de camarín.