“Esos que están ahí son los que venden pasta base. No molestan a nadie la verdad, pero están todo el día parados en esa esquina”. Las palabras de Andrés son acompañadas por una sutil mueca con la boca, utilizada para apuntar hacia al frente. Mientras riega su jardín, aconseja no hablar con ellos, porque su reacción es impredecible.

La escena se repite en todas las calles que comprende este sector, identificado como el más peligroso de Las Condes.

Se trata de las casi 20 hectáreas que se ubican entre las calles Río Guadiana, Cristóbal Colón, Padre Hurtado y Paul Harris, emplazadas en el sector suroriente de la comuna.

O lo que un efectivo de Seguridad Ciudadana identifica como “el punto negro de Las Condes”, “La Legua de la comuna” y “la última pobla de este lado”.

Para justificar estas denominaciones, señala que el tamaño de las casas, sus materiales de construcción, la cercanía entre vecinos, la cantidad de almacenes, peluquerías y panaderías, entre otros elementos, contrasta fuertemente con lo que se avista en barrios aledaños.

“Si tú te das una vuelta, vas a percatarte que aquí los vecinos conversan entre ellos, cosa que no pasa en otros lugares de Las Condes. Lo otro típico es que sacan una silla del living y la ponen en la vereda para sentarse y mirar hacia la calle, además de hacer asados en las esquinas de las calles cuando acompaña el clima. Los niños pelusean y juegan a la pelota toda la tarde, con zapatos de colegio y uniforme”, complementa el motorista de Seguridad.

Como está nublado y es lunes antes del mediodía, solo ocurren algunas de estas descripciones. De todas formas, las imágenes conviven a pasos de la calle en que se ubican los supuestos vendedores de droga indicados en un principio. Ambos están parados en el corazón de un lugar que, según datos de la Municipalidad, acumula la mayor cantidad de denuncias por tráfico y consumo de sustancias ilícitas en la comuna.

Lo que a lo lejos eran siluetas inciertas, de cerca son un joven y una señora. El primero viste de azul y tiene un gorro café. Su mirada es desconfiada y se mantiene estoico mientras juega con unos fierros en sus manos. La otra persona, mucho más inquieta, es una mujer de mediana edad que se pasea sin parar en un radio menor a cinco metros. De su muñeca derecha cuelga una cartera y no puede dejar de mover la boca. Ambos niegan dedicarse a este negocio.

Después de algunos segundos en silencio, que generaron un primer acercamiento incómodo, el joven admite que ahora están más vigilados y ya no puede transitar con la misma facilidad de hace algunos años. Sin ir más lejos, a 150 metros de altura, una cámara instalada en un globo aerostático registra cada movimiento de este lugar y otras 30 cuadras a la redonda, con visión nocturna incluida. Esta medida fue tomada por el municipio en agosto de 2015 y la ubicación fue seleccionada estratégicamente, ya que solo apunta hacia esta zona.

“Estamos hostigados, esa es la verdad”, dice la mujer mientras mira para otro lado. “Esa cámara no es na’, también pusieron una en una plaza y además, están los drones que aparecen cuando ellos creen que ven situaciones peligrosas. Ya no tenemos privacidad”, agrega.

La conversación es interrumpida por una leve sonrisa cuando emerge uno de estos aparatos a pocos metros de altura, con un sonido apenas audible. “Se deben haber paqueao’ por haberte visto a vo’ en este lado, una cara nueva”, dice el joven, mientras evita hacer contacto visual con el artilugio. “Te va a seguir”, advierte.

Captura del dron que apareció tras conversar con los supuestos traficantes de pasta base

Acto seguido, el periodista de este medio caminó bajo la mirada de uno de los drones de Lavín por las próximas tres cuadras, hasta que abandonó la población y llegó a un sector más transitado, donde esperaban dos carabineros montados en bicicletas.

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El reloj colgado entre dos alfombras marca las 12:03 de la tarde. La pantalla de la tele Philips está ocupada por el matinal de Chilevisión, donde se habla de un niño índigo que tiene habilidades extrasensoriales.

Frente a ella, Ana Álvarez, una mujer de 52 años, explica todas las circunstancias que le han desencadenado una fuerte depresión: abandono de pareja, padre fallecido, madre postrada en cama por trombosis cerebral, hijo preso por consumo de pasta base, hija víctima de bullying, cesantía y una situación económica incapaz de solventar sus gastos.

Ana ha vivido en esta zona desde que tiene memoria, luego de que sus papás llegaran a la Villa Colón Oriente en 1964, cuando se inauguraron las primeras viviendas de emergencia que ocuparon lo que hasta ese entonces era un peladero, durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva.

Pasó su infancia entre caballos y juegos de niños desarrollados en el inmenso paraje que ofrecía la precordillera. Ha sido testigo del progresivo crecimiento que ha marcado a la comuna, tanto en densidad poblacional como en el poder adquisitivo de sus habitantes.

También vio cómo pavimentaron lo que actualmente es la calle Padre Hurtado y Cristóbal Colón, cuando llegaron los primeros servicios de locomoción colectiva, la construcción de la estación de metro Los Dominicos y, recientemente, la edificación del Mall Plaza homónimo frente a su casa.

Al igual que la mayoría de los vecinos, no duda en sindicar al tráfico y consumo de drogas como el gran enemigo de la zona. “La pasta te destruye la familia”, afirma, “con conocimiento de causa”.

Su experiencia se reduce a la vivida con su hijo mayor, quien empezó a consumir a los 14 años. Los conflictos que desencadenó fueron los que suelen golpear a una familia afectada por el vicio de uno de sus integrantes.

Comenzaron a desaparecer víveres esenciales del hogar y se deterioraron los lazos de confianza. El punto de inflexión, recuerda Ana, fue cuando llegó a estar amenazado de muerte por los traficantes de la zona y tenía miedo de abandonar su casa.

“Estaba metido en ese problema cuando una sobrina lo pilló sacando cosas de la casa, otra vez. Llamó a Carabineros y se lo llevaron detenido altiro”, apunta nerviosa.

Más allá de su experiencia personal, afirma convencida que el lugar ha agudizado sus problemas delictuales desde hace cinco o seis años.

Prueba de ello fue el violento asalto que sufrió en la esquina de Colón con Padre Hurtado en abril de 2012, mientras esperaba la micro que la llevaría a su trabajo en el Jumbo de La Dehesa.

“Era un domingo a las 7 de la mañana. No había nadie. De repente apareció un cabro delgado y me cogotió por detrás, amenazándome para que le pasara todo. Yo solo atiné a agarrar bien fuerte mi cartera y mis cosas, y como no pudo sacármelas, me dio una paliza terrible. Me pegó en todas partes. Me botó al piso y me siguió pegando. Solo paró cuando escuchó que venía una moto de la persona que reparte el diario, y salió corriendo porque pensó que era un carabinero”, rememora.

Certificado que la Municipalidad de Las Condes entregó a la familia de Ana en 2006, como reconocimiento por ser parte de los primeros habitantes de la Villa Colón Oriente.

La creciente sensación de inseguridad coincide con la de otros consultados: “Como somos la oveja negra de Las Condes no nos pescan las autoridades. Cuando uno se cambia a una casa nueva parte arreglando lo más malo, ¿cierto? pero acá solo van modificando lo bueno y nosotros quedamos a la deriva”, sostiene un dueño de almacén ubicado en el sector, quien pide reserva de identidad por temor a las represalias que podrían tomar los traficantes del lugar.

“Aquí el tema es muy claro. Por muchos años, durante la administración de Francisco de la Maza, nunca se atrevieron a combatir el problema de la droga directamente, que es el conflicto más grave que tiene el barrio, lejos. En vez de eso, las autoridades y los rojos (Seguridad Ciudadana) hueviaban por cosas menores, como los desordenes en la calle. Por eso la gente le tiene buena a (Joaquín) Lavín, porque por último mostró interés y puso estas cosas que vuelan en las plazas”, añade.

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El uso de estos artefactos fue inaugurado el 18 de abril de este año. Su principal misión es combatir la delincuencia y el tráfico de drogas dentro de las plazas más peligrosas de Las Condes, ensartadas en este perímetro.

Según la ordenanza municipal el éxito de la propuesta ha sido absoluto. De hecho, el edil ya anunció la compra de otros tres aparatos para aumentar la flota y extender sus vuelos hacia espacios privados, debido a peticiones de vecinos.

Los operativos del plan Mircrotráfico Cero, impulsado en Las Condes, ha encontrado un buen aliado en estos instrumentos: gracias a sus diligencias se han investigado seis lugares en los que se traficaban sustancias ilícitas, se realizó un allanamiento y se detuvo a dos personas.

El edil no ha escatimado en elogios hacia su propia implementación. A través de su cuenta de Twitter, sube videos en los que prueba la eficacia del proyecto y bromeó al bautizarlos como “dron Pepe” y “dron José”. Además los incluyó en la parada militar que tradicionalmente celebra la comuna, donde desfilaron junto a inspectores municipales.

Todo estas precauciones se deben a que el principal problema de este sector es el movimiento de pasta base. “La marihuana no es nada. Aquí todos o la mayoría tiene plantaciones, eso no es discusión. Pero con la pasta base el tema es más pesado. Aquí se trafica y eso tiene cagaos a los cabros”, apunta un vecino de Río Guadiana, quien también prefiere ocultar su identidad.

Desde la Junta de Vecinos C-22, perteneciente a la Villa Colón Oriente, evalúan de forma moderada el impacto de esta medida.

Su Secretaria, Angélica Ormeño, afirma que “los drones han ayudado un poco porque acaparan lugares más específicos, como son las plazas. El globo aerostático, en cambio, es mucho más invasivo porque vigila todas las casas del sector, con los patios incluidos”.

Globo aerostático que apunta hacia la Villa Colón Oriente

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De todas formas, Ana descarta moverse de este lugar. Si bien esta postura tiene que ver con el profundo lazo de identidad que ha desarrollado con el barrio al ser hija de una “colona”, como se conoce a los primeros habitantes de la Villa, también está marcada por el bajísimo ofrecimiento económico que han efectuado los interesados por el terreno.

“Antes de que se construyera este mall, vino un arquitecto y me dijo que me pagaría entre 50 y 60 millones por el terreno. Y una vez que se empezó a rumorear que tendríamos el mall al frente, vino otra persona y me dijo que me daría entre 70 y 80. ¿Qué hago con esa plata? ¿Para dónde me iría? Es como una burla”, reclama Ana.

Este aspecto ha sido tratado con especial cuidado por la mencionada organización vecinal.

La misma Secretaria afirma que “hemos hecho énfasis en las reuniones en que las personas no vendan sus terrenos por menos de 400 millones de pesos”.

“Las casas valen poco, pero el terreno ha ganado mucha plusvalía dentro del último tiempo. Es decir, estamos a pasos de la estación de metro, frente a un centro comercial, contamos con excelentes servicios de salud como clínicas y hospitales, y también ha habido un incremento en espacios públicos y verdes”, complementa el Presidente de la junta, Pablo Rodríguez.

Por lo tanto, ofrecer menos dinero es “derechamente un abuso”, según Rodríguez.

Es por este tipo de motivos que los vecinos dicen ser víctimas de una doble discriminación. “Por un lado somos discriminados por los habitantes de la comuna, porque somos apuntados con el dedo como la única población inserta dentro una de las comunas con más plata de Chile. Pero por otro lado somos discriminados por la gente de otras partes, porque seguimos viviendo en Las Condes y eso genera un choque de ideas. ‘Cómo vay a ser pobre si vivís en Las Condes, po’, te preguntan. Te miran feo por lo mismo y hasta niegan beneficios”, afirma Ormeño.

Para combatir esta problemática, la organización ha centrado su labor en abrir espacios para que la comunidad se reúna y pueda derribar los prejuicios en base a un elemento: el trabajo.

“Estamos claros que el principal conflicto de acá es la droga, especialmente la pasta. Pero hay que ser justos y darse cuenta que son pocos los que se desempeñan en ese tipo de cosas, pero por motivos obvios generan temor y al final esa es la imagen que proyectamos como comunidad. Por lo mismo nos hemos enfocado en generar instancias para revertir esta situación y cambiar nuestro perfil, como aumentar la iluminación del barrio, equipar las plazas con máquinas de ejercicios para transformarlas en espacios familiares, el uso de una biblioteca vecinal y generar redes entre los mismos vecinos para apoyar la búsqueda de empleos y ayudar en las necesidades que tengamos”, sostiene otro dirigente.

En este sentido, uno de los planes que mejor ha funcionado fue el que desarrolló el Departamento de Emprendimiento Social y Estadísticas de Las Condes en conjunto con el Mall Plaza Los Domínicos, emplazado frente a la población e inaugurado a comienzos de septiembre de este año.

Frontis del centro comercial construido frente a la Villa Colón Oriente

La iniciativa buscó aumentar la tasa de empleo entre los habitantes de la zona. Para lograrlo, el centro comercial privilegió la contratación de vecinos para sus futuras tiendas , así como también de servicios como seguridad y aseo.

Aunque la instalación del Mall efectivamente contribuyó en este aspecto, también ha afectado negativamente en otros.

“Obviamente acentuó el estigma. ¿Cómo van a poner un mall frente a una población? Se preguntaba la gente. Era muy fuerte escuchar eso en la calle”, reconoce Ana.

“Desde que lo abrieron han aumentado las rondas de Seguridad y aunque eso genera estar más tranquila, se mezcla con sentirse vigilada constantemente, lo que igual es penca”, agrega.

Ormeño, por su parte, critica que “la construcción del mall haya significado la pérdida de un espacio que por mucho tiempo estuvo dedicado a la educación de la gente de este sector, ya que antiguamente ahí había una Inacap que tenía cursos especialmente diseñados con costos bajos,  para que tuvieran acceso las personas de acá”.

Sin embargo, la mayoría de los vecinos dicen sentirse cómodos con el centro comercial frente a sus casas y han aprovechado la instancia para generar ingresos extra, por medio de la venta de colaciones y otros servicios.

“Esa es el tipo de acciones que hay que tomar: adecuarse y aprovechar a nuestro favor las distintas realidades que se nos van presentando. Ver la oportunidad de sacar algo bueno y aprovecharlo. Ese es el camino que demos tomar para que esta comunidad se gane el respeto que merece”, dice Rodríguez.

“Si po’, si al final, fuimos los primeros en llegar”, concluye Ormeño.