Sin ánimo de caer en exageraciones o barrabravismos se podría decir que la visita del papa Francisco a Chile dejó un gusto de boca insulso. Incluso amargo.

Desde Argentina, por ejemplo, el diario Clarín es lapidario y sostiene literalmente que “La gira en Chile del Papa se convierte en la peor de sus cinco años de pontificado”.

El medio trasandino sostiene su afirmación en el hecho que la visita tuvo menos presencia de fieles en los actos de lo que se esperaba.

Al respecto, Clarín cree que los casos de abusos en la iglesia, cometidos por miembros del clero contra menores, “fueron gravitantes en el desánimo”.

“Todos los indicios preanunciaban un viaje complicado. Acaso el más complicado de todos los que Francisco realizó hasta ahora en sus casi cinco años de pontificado. Porque, a diferencia de otras visitas donde la situación política de cada país desafiaba su capacidad de maniobra, el paso por Chile implicaba críticas o, al menos, indiferencia hacia él mismo y, ante todo, hacia la propia Iglesia chilena. Y efectivamente no la tuvo fácil aquí, el país de América Latina donde menos se valora a Francisco y a la Iglesia católica, y que más fieles perdió: el acompañamiento de la gente fue claramente menor del que se esperaba, sus palabras no tuvieron el habitual impacto y tampoco se acallaron las críticas”, se lee en la publicación.

Subraya el diario argentino que si bien “no hay un solo factor que explique por qué a Francisco no le fue como en otros países”, pero que resulta medular el caso de la presencia del obispo de Osorno, Juan Barros, apuntado como uno de los máximos encubridores de Fernando Karadima en los abusos que cometió en la Parroquía El Bosque de la comuna de Providencia.

Recuerda Clarín que el papa lo defendió al salir de Chile. Dejando una estela de cuestionamientos.

“No hay una sola prueba en su contra, todo es una calumnia”, dijo en Iquique.

Con todo, sintetiza Clarín, “existe un factor de fondo: la pérdida de la religiosidad de la sociedad chilena, un fenómeno drástico de las últimas décadas, que no se verificaba –al menos con esa intensidad- cuando estuvo aquí hace casi 31 años Juan Pablo II”.