A un año de la tragedia en Vichuquén: La orden maldita

La tarde del 15 de enero de 2017, tres brigadistas de Conaf murieron –un cuarto lo haría nueve meses después- mientras combatían un incendio forestal en la región del Maule. Su caso, olvidado tras la catástrofe que dejaron los siniestros ese verano, mantiene al jefe de brigadas en una inédita formalización por cuasidelito de homicidio, debido a su presunta responsabilidad en el fallecimiento de los trabajadores. Aunque la culpabilidad institucional aún está en debate, la Fiscalía Regional considera que Conaf no ha aportado los antecedentes suficientes para esclarecer qué hacían sus trabajadores combatiendo el fuego en una trampa mortal, lo que ha dificultado el avance de la investigación.

Mientras intentaban huir del fuego que los rodeaba, Cristián Poblete (24) alcanzó a sujetar del brazo a uno de sus compañeros, justo antes de que una ráfaga incandescente obligara a soltarlo.

Lo último que el joven escuchó antes de seguir corriendo por su vida, fueron los gritos de su colega que había caído hacia la ladera en llamas.

Era la tarde del 15 de enero de 2017, y junto a ellos se encontraban otras cinco brigadas forestales de Conaf combatiendo un incendio en el sector de Las Cardillas, Vichuquén.

Lo que en un principio parecía un siniestro controlable, se complicó a partir de una presunta instrucción emanada de Emelino Valdivia (67), brigadista con 27 años de experiencia y principal autoridad durante el evento. A través de la radio, le indicó a otro jefe de patrulla, Ricardo Salas, que debía abrir camino cerro abajo, por una de las tantas quebradas que rodeaban el lugar.

A pesar del evidente riesgo –la ladera era una zona boscosa, plagada de arbustos secos-, los motosierristas Ariel Pacheco (21) y Cristián Poblete obedecieron a Salas, y comenzaron a descender hacia las llamas.

La tragedia no demoró en desatarse. Minutos más tarde, mientras cortaba un pino, Pacheco recibió un golpe de rodado en su nariz y ojo derecho, que además de noquearlo por algunos minutos, lo arrastró por el empinado terreno. Su compañero dio aviso por radio y solicitó refuerzos para acudir en su ayuda.

La carrera de los brigadistas que oyeron el llamado fue interrumpida por un imprevisto cambio de viento, que generó una explosión e incendió la ladera. En cuestión de segundos, un cerco de fuego envolvió a los trabajadores forestales.

-En el ambiente se escuchaban sus gritos de auxilio, pero no se podía hacer nada. Intentamos llegar hasta ellos, pero la radiación era muy fuerte, y las llamas sobrepasaban la altura de los pinos-, declararía uno de los sobrevivientes.

Fue en ese momento cuando uno de los trabajadores que había descendido para rescatar a Pacheco se aferró al brazo de Poblete, que debió soltarlo producto del asedio de las llamas.

Con la vegetación ardiendo, Valdivia ordenó retirar a todos los grupos del lugar.

Ya era tarde: tres brigadistas no podrían volver.

TEMPOREROS DEL FUEGO

Lo primero que vio María Cecilia Tapia (44) al tomar su celular esa tarde, fue una llamada perdida. Desde que su esposo Paulo Cantero viajó a Talca para trabajar como brigadista de la Conaf, el 14 de noviembre anterior, acostumbraba a conversar diariamente con él. Por lo mismo, se extrañó cuando este no contestó las llamadas de vuelta.

Por esos días, se encontraba de vacaciones junto a su hijo en la casa de sus padres, en Cabildo. El 15 de enero, aproximadamente dos horas después del suceso, recibió el llamado de su suegro. “Paulo sufrió un accidente”, le dijo escuetamente.

Tras comentárselo a su familia, encendió la televisión y se encontró con el nombre de su marido en los canales nacionales.

Los informativos daban cuenta de tres víctimas fatales, tres heridos y un hombre agonizante a raíz del incendio en Vichuquén. Minutos más tarde, se enteró que Ricardo Salas (42), Wilfredo Salgado (35) y Sergio Faundez (28), parte de los brigadistas más experimentados del grupo y compañeros de su esposo, eran los fallecidos.

Aunque María Cecilia admite que nunca sopesó el riesgo que conllevaba este trabajo, lo cierto es que el incendio en Las Cardillas se enmarcaba en una temporada que, se preveía, sería dura.

Así lo había adelantado el presidente del Sindicato de Brigadistas Forestales de Conaf, Felipe Peña, en una entrevista publicada en noviembre de ese año: “creemos que podría ser una de las peores temporadas en los últimos diez años”.

Peña apuntaba a “la falta de profesionalización del personal” que se destinaría a los focos críticos de ese verano. “Las brigadas están compuestas por jóvenes que en su mayoría se captan a través de los municipios de las comunas. Son trabajadores transitorios, lo que nosotros llamamos temporeros del fuego”, sentenció.

Anualmente, cerca de dos mil brigadistas son destinados a combatir incendios forestales en Chile, entre los meses de octubre y marzo. Cada trabajador cumple un sistema de turnos de doce días de trabajo por cuatro de descanso. Por ejemplo, Cristián Poblete, uno de los sobrevivientes del incendio en Las Cardillas, llegó a batallar el fuego con once jornadas consecutivas de trabajo y sólo una de asueto.

Además, según consta en la carpeta judicial, el día del incendio Paulo y el resto de los brigadistas fueron capacitados con una charla institucional de treinta minutos antes de ingresar al bosque, en la que se resaltó la importancia de extinguir el fuego desde las alturas y se advirtió el riesgo de bajar a las quebradas.

Ninguno de estos antecedentes era manejado por María Cecilia al momento del llamado. Ella sólo intentaba procesar lo ocurrido cuando su teléfono volvió a sonar.

Al otro lado de la línea, esta vez, se encontraba un trabajador de Conaf que le entregó un mensaje que aumentó su impaciencia.”Dijeron que había ocurrido un accidente, que lo llevaron al Hospital del Trabajador de Santiago y nada más. No sabía el resultado ni cómo había quedado”, recuerda.

Ante la falta de información, no le quedó otra que viajar a la capital para constatar in situ el estado de su marido.

Aunque llegó a la una de la madrugada al centro médico, debió esperar hasta las cinco para ingresar a la UCI. Cuando cruzó la puerta de la habitación donde se encontraba Paulo, vio a un hombre completamente vendado sobre la cama. Solamente su cabeza, ennegrecida en la nuca y el cráneo, estaba descubierta.

El médico de turno le explicó que se encontraba en riesgo vital – tenía el 54% del cuerpo quemado¬- y que en caso de sobrevivir, le deparaba un proceso de recuperación sumamente “lento y largo”. Su condición, además, lo obligaba a permanecer sedado, y a ser intervenido cada 76 horas.

“Me negué a creer que esto estaba pasando. Ni siquiera lo cuestionaba, simplemente pensaba que no se iba a morir, que no se podía morir, que no me podía dejar”, rememora María Cecilia.

Con el pasar de los meses y las consiguientes crisis de salud que enfrentaba Paulo, ella colapsó. “Un día salí a la calle, preguntándome ¿para qué servía todo esto, si al final igual se podía morir? Lo encontraba tan injusto. Llegué a pensar en el porqué no se pudo morir el día del accidente”, recuerda.

CUASIDELITO DE HOMICIDIO

Según consta en las declaraciones que los sobrevivientes hicieron días después ante la PDI, la razón del porqué se encontraban trabajando en el sector más peligroso del cerro fue por la orden que Emelino hizo vía radio a Ricardo Salas, uno de los brigadistas que falleció en el lugar.

“En lo alto escucho por radio la instrucción a Ricardo Salas por parte de Emelino de comenzar a bajar y hacer línea hacia abajo. Salas no cuestionó la instrucción, que fue mal impartida, pues comenzamos a bajar en contra del fuego”, dice uno de los testimonios.

Poco después de perder al compañero que cayó al fuego, Cristián Poblete se vio solo y rodeado por las llamas. Sin salida posible, tomó la toalla húmeda que guardaba en su casco, cubrió su cara, y abrazó su cuerpo a una roca que había en el lugar. Cerró los ojos y sintió el calor quemando sus brazos y muslos.

Minutos después, el brigadista logró escapar por una de las laderas hasta llegar a la cima. “Me encontré con Emelino, que me dice que tengo que salir. Le eché la bronca, y le dije ‘claro, como no son tus amigos los que están muertos abajo’”, dice su declaración.

El 27 de enero, casi dos semanas después de la tragedia, los familiares de los brigadistas fallecidos presentaron una querella en contra de Emelino Valdivia, apuntando a la responsabilidad que le competía como líder de las brigadas y cuestionando la decisión de enviar a trabajadores hacia la quebrada.

La dificultad para probar si efectivamente hubo una orden de descender, que terminó con tres brigadistas carbonizados y otro malherido, reside en que el presunto receptor del mensaje también forma parte de las víctimas.

De igual manera, el pasado 10 de noviembre, Valdivia fue formalizado en Licantén como autor consumado del cuasidelito de homicidio de los cuatro brigadistas fallecidos en Las Cardillas.

El tribunal consideró las declaraciones de Ariel Pacheco y Cristián Poblete –quienes también forman parte de la querella-, que aseguraron haber recibido por separado las instrucciones que Emelino habría entregado durante el incendio.

Rodrigo Flores, jefe de Estudios Jurídicos de la Defensoría Regional del Maule y defensor de Emelino, considera que las pruebas que apuntan a la orden de bajar o no a la quebrada son débiles, ya que “se amparan en el testimonio de dos trabajadores (Pacheco y Poblete), quienes creemos no estaban aptos para escuchar dicha orden”.

Tras el incidente, Conaf combatió vía aérea el siniestro, que recién pudo ser controlado el 7 de febrero, tres semanas después de haber sido declarado. En total, se quemaron 39.827 hectáreas de la comuna.

Aún con el peso de lo ocurrido en Las Cardillas, Emelino Valdivia retornó a este año a su trabajo como brigadista de la Conaf. Según confirmó su defensor, se apresta para enfrentar la presente temporada de incendios.

NUEVE MESES

A la fecha, la Fiscalía Regional del Maule, que ha seguido con atención la causa de Valdivia y las familias de los fallecidos, no se cierra a la posibilidad de que existan eventuales responsabilidades institucionales por parte de Conaf.

Mauricio Richards, jefe de la fiscalía zonal, apunta que la institución no siempre ha respondido satisfactoriamente a los requerimientos de la investigación. “Esperábamos mayor prontitud y profundidad en la entrega de los antecedentes”, lamenta.

“La información que podría aportar Conaf podría ser mucho más profunda. Hemos recibido antecedentes, pero la profundidad de la información, teniendo en cuenta que ellos son los especialistas, podría ser mayor”, complementa el fiscal.

Uno de los informes aportados por la organización a la carpeta investigativa, por ejemplo, reproduce los hechos del 15 de enero omitiendo las órdenes que los trabajadores declaran haber seguido, y sugiere, a modo de “medidas correctivas”, “reforzar la capacitación en el combate de incendios forestales” y las “medidas de autocuidado por parte de los brigadistas”.

Consultado por The Clinic, el director ejecutivo de Conaf, Aarón Cavieres, adujo que la organización “no opinará sobre una investigación en curso y que involucra tantos sentimientos”. Sin embargo, acota que según sus propias indagaciones, “el trabajo desarrollado por este profesional siempre estuvo apegado a las normas en materia de incendio forestal”.

En cambio, para María Cecilia, la historia de Paulo y sus compañeros deber ser un ejemplo, “para no volver a repetir los mismos errores” que sellaron su suerte.

“Es una experiencia que no le deseo a nadie”, afirma mientras recuerda los meses que pasó junto a su esposo en el hospital, cuando su rutina se convirtió en una peregrinación diaria entre su trabajo y el sanatorio.

“Iba en la mañana a mi pega, luego al hospital hasta la noche y volvía a mi casa en Quilicura. Eso era algo que necesitaba hacer, sentía que no podía faltar un solo día”, asevera.

La mayor parte del tiempo en que Paulo Cantero estuvo en la UCI, permaneció sedado. Durante ese período, el brigadista fue ingresado casi 70 veces a pabellón, para hacer limpieza de heridas e injertos de piel.

“Había días buenos y días malos, incluso lúcidos, donde él lloraba mucho. Los doctores pensaban que era una reacción a los remedios; pero yo pienso que se daba cuenta, que le daba rabia verse en esa situación. Me miraba pero como que no me conocía. Era como un niño asustado.” cuenta María Cecilia.

Entre tanto procedimiento, aprovechaba los días en que Paulo estaba consciente para amenizar su estada. Le hablaba al oído y ponía música de Europe, su banda favorita.

Incluso se preocupó para que no se perdiera el partido de definición que coronó a su equipo de toda la vida, la Universidad de Chile, como campeón nacional en mayo pasado.

Pero los altibajos terminaron por agotarla. Aunque nunca dejó de visitarlo, el desgaste generado le pasó la cuenta y debió solicitar ayuda siquiátrica. Como método de desahogo, además, comenzó a escribir en un diario todo lo que ocurría. Incluyó reflexiones personales que, esperaba, Paulo leyera al recuperarse.

“Él iba a salir y poder saber todo ese tiempo que se había perdido, por estar desconectado de la realidad”, afirma al recodar este hábito.

Pero a mediados de octubre esa idea se derrumbó.

Mientras se encontraba de visita en Viña del Mar junto a unas amigas, recibió el llamado de una de las enfermeras de la UCI. “Creo que deberías venir”, le dijeron. Ella entendió.

Camino a Santiago, tuvo tiempo para reflexionar sobre los últimos meses de su vida. “Comprendí por qué Paulo sobrevivió. Me dio el tiempo de decirle todo lo que lo amaba. Agradezco a la vida que nos dio este paréntesis. Él debía haber muerto ese día en el incendio, pero no lo hizo por una razón”, dice hoy.

Mientras esperaba junto a la camilla de su esposo el momento que los doctores le habían anunciado, algunas preguntas pasaron por su cabeza: ¿Cómo voy a saber si está listo? ¿Se siente algo cuando alguien muere?

Tras exactos nueve meses desde el incendio en Las Cardillas, el 15 de octubre de 2017, Paulo falleció. Lo hizo rodeado de su familia, cuñados, amigos y esposa.
Tras su deceso, su nombre fue incluido en el monumento que recuerda a las víctimas del siniestro, instalado en la entrada de Vichuquén.

“Chile les rinde homenaje a los brigadistas de Conaf que perdieron la vida combatiendo incendios forestales”, reza la placa, adornada por dos coronas de flores.

La institución, por su parte, lo inscribió como el último mártir, hasta ahora, de su lista.

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