PRÓLOGO: LOS AÑOS DEL CAOS

Por Álvaro Bisama

Nunca vi el Canal Rock & Pop. No podía. Vivía en la V región
y la señal no llegaba fuera de Santiago. El canal era algo que
existía de oídas; a lo más era un lugar donde trabajaban un par
de amigos que contaban lo que sucedía ahí cuando bebíamos
en algún bar del puerto los fines de semana. No es raro. Lo más
importante de la televisión siempre existe fuera de la pantalla
porque muchas veces es un mito inmediato que toma la forma
de un murmullo. Y así pasaba con el Canal 2: para quienes no
podíamos sintonizarlo funcionaba como uno de esos cuentos
orales que recorrían los pasillos de la universidad o las conversaciones
de madrugada.

Anoto esto porque la historia oral que acá componen María
Ignacia Pentz y Javier Correa busca encontrar el corazón
convulso, la promesa de una tele que desde lejos sonaba como
algo irreal o imposible, al modo de un sueño o una pesadilla
colectiva. Porque todo sucede en la década del noventa.
Todo sucede cuando la mayoría de los que estaban ahí tenían
menos de treinta años y hacían de la inexperiencia una suerte
de honestidad, una declaración de originalidad y pureza que
convertía su causa en algo posible que les permitía enfrentar
el día. Sí, este libro narra la fundación, auge y caída de una
estación de televisión, pero su mayor virtud es subrayar lo
anacrónico y excéntrico de esa misma historia.

Aquello es posible porque los autores narran todo dándole
espacio a las voces: los ejecutivos, los rostros, los periodistas,
los creativos. Nadie queda bien completamente, pues todas las
ideas son geniales o estúpidas a la vez y el sentido común es
un tanto escaso. Por lo mismo, muchas heridas siguen abiertas
y el libro para algunos es su descargo tardío y la diatriba que
rememora un momento de sus vidas que creían haber olvidado
o superado. Pero también es la crónica de una época, de ese país
de susurros que era Chile antes que detuvieran a Pinochet en
Londres y cuyo tedium vitae algunos supusimos eterno.

El Canal 2 hizo televisión en esa democracia vigilada para
tratar de entenderla, para captar el signo de los tiempos en una
colección de imágenes que aún sobrevive, todas salidas de un
galpón de Bellavista al que le faltaban hasta los servicios básicos:
Juan Andrés Salfate y el Pera Cuadra comentando películas
gore como si fuesen un espectador más; Rafael Gumucio disfrazado
de Salvador Allende; Marcelo Comparini y Marco Silva
tratando de explicar qué carajos quiso decir el hijo de Pinochet;
Dubi y Du gritando borrachos afuera de Mundo Mágico.

Gracias a eso el Canal 2 existe en esa biblioteca de Babel que es
Youtube. Los viejos tapes de Plan Z, Plaza Italia, El factor humano
o Maldita sea sobreviven como piezas de un museo rabiosamente
actual, como un camino paralelo que la televisión chilena
nunca tomó. Cabe preguntarse qué habría pasado de haber
sido así, cuál sería el presente de nuestras imágenes catódicas.
Pero aquello no sucedió y esas imágenes existen ahora como
las figuras del rompecabezas del tiempo recobrado, atesoradas
para ser exhibidas luego en el mundo digital como manuscritos
borrosos que hablan de una dimensión perdida. Ahí las vemos,
mal grabadas y llenas de estática y ecos, con los rostros desdibujados
por el bajo pixelaje, la deformación del tracking nervioso
que solo las cintas viejas pueden tener.

Los testimonios en Nunca cumplimos 30. Una historia oral
del Canal 2 Rock & Pop le dan sentido a aquellas imágenes, las
enlazan en una hebra que permite comprenderlas en conjunto
y preguntarse qué relación establecieron con la cultura y la
lengua de su tiempo. Para quienes fuimos jóvenes en esos
años, esta historia la resume con peculiar eficacia. Están ahí
la política de la apatía y el brillo flamante de lo que quiere
sonar como nuevo; la pobreza de nuestra industria cultural y
el nonsense que permite entenderla; el humor inesperado y el
peso de la noche fabricado con la presión del silencio.

Por lo mismo, esta narración se puede leer de varias
formas. Pentz y Correa parecieran no decidirse por ninguna:
ahí está su gracia pero también su crueldad secreta, su deseo
de completar el vacío de la historia de nuestras imágenes
nacionales. Hay que agradecerles por eso porque el libro es
a la vez demasiadas cosas: una comedia de equivocaciones;
una tragedia sobre la juventud perdida; un melodrama lleno
de odios viscerales y una leyenda colectiva que sobrevive y se
eleva por sobre los decorados de cartón piedra de Bosnia, el
nombre que los protagonistas le daban al estudio de Chucre
Manzur. De hecho, una de las cosas más tremendas de esta
historia oral es la sensación retrospectiva de que todo estaba
condenado de antemano, de que nada iba a funcionar pero
que había algo heroico en esa precariedad que tenía algo de
resistencia.

No es raro. Para que un mito funcione, su épica debe
contemplar necesariamente su propio crepúsculo emergiendo
de su destrucción como algo tan inasible como poderoso.
Quizás esto pasa con el Canal 2 Rock & Pop: su sombra cubre
el presente hasta fundirse en él. Ahora nada de eso queda;
son los contornos de la galaxia del pasado. Son las heridas de
guerra, la sangre de los cuerpos sometidos a un rito de paso.

LEE EL PRIMER CAPÍTULO A CONTINUACIÓN:

NuncaCumplimos30 – The Clinic