En la junta de vecinos de la calle Sócrates, en medio de la Villa Olímpica de Ñuñoa, hay una escuela que no es como las otras.  Las banderas no son blanco, azul y rojo. Son el rosado y el celeste los encargados de cubrir con su intensidad los dibujos de Alexis, que pinta hasta el mundo con los colores de la bandera transgénero.

Los niños y las niñas que asisten de martes a viernes a las distintas clases y talleres que ofrece la institución – desde matemáticas hasta yoga y educación emocional- pueden hacerlo lejos de las clasificaciones y estereotipos de género, que no solo les impiden educarse correctamente en colegios formales, sino que muchas veces son estigmas que deben cargar toda su vida.

Es por esto que la escuela actualmente cuenta con 25 estudiantes y tiene lista de espera para el 2019.

“Este lugar nace como resultado de la violencia y discriminación que ejerce la sociedad sobre las personas”, afirmó Romina Ramírez, profesora de historia de la escuela y activista trans. “El 80 o 90% de los estudiantes son infantes o adolescentes trans que no se adaptaron a sus colegios de origen, y el 10% restante son estudiantes cisgénero que, si bien no son trans, han tenido problemas de exclusión y bullying en sus colegios de origen”.

Invisibilidad

Muchas veces los límites son difusos. A la sociedad le cuesta mucho tener clara la imagen de una persona si no se adapta a sus cánones, provocando que esta deba perder su verdadera identidad para sentirse aceptada y reconocida.

Melissa Morales, profesora de yoga y arte terapia, trabaja conectando a los niños y niñas con su cuerpo. Su objetivo es generar una consciencia y una identificación, mediante respiraciones, movimientos y reflexiones. Algo básico y sumamente importante para ella, pero que nunca le enseñaron en el colegio.

“La dinámica de la escuela escapa de toda la realidad a la que una está acostumbrada. No hay bullying, solo solidaridad y compañerismo. Cuando alguien molesta a otro, entre ellos y ellas mismas se moderan y se frenan, o se preguntan por qué se están agrediendo y al final paran y discuten”, explicó la profesora.

Amaranta Gómez es la primera escuela en Latinoamérica en integrar la infancia y adolescencia trans dentro de las salas de clases, lo que claramente significa un gran avance en materias de diversidad. “Pero también habla de la poca visibilidad que tiene el tema. Refleja que esto está en pañales aún”, acotó Melissa preocupada, pero segura y confiada de la misión que queda por delante.

Lenguaje inclusivo

Al entrar al salón de clases, lo primero que salta a la vista son las paredes repletas de cartulinas de colores que hablan de la autoestima y resiliencia. Y en lo más alto, arriba de la pizarra blanca, se lee un cartel que recibe a los y las estudiantes con un “Bienvenides”.

Al preguntarle a Ximena Maturana, coordinadora de la escuela, por la utilización de lenguaje inclusivo en las clases, ella respondió que “a veces lo usamos y a veces no, pero eso al final depende de cada uno o cada una”.

“Hay niños que se reconocen como “niñe” y nosotros respetamos eso. Igual siempre tratamos de usar los dos géneros, como “los niños y las niñas”. Pero en algún minuto ellos mismos nos dijeron que querían que se les tratara como “niños, niñas y niñes”. Por ejemplo, en el caso del mensaje arriba de la pizarra, eso se hizo porque entre todos se pusieron de acuerdo y pidieron que se usara la “e”. Eso nació de ellos”, dijo riendo Maturana.

El verdadero desafío es hacer que las clases sean realmente inclusivas. Los ejemplos de matemáticas en los que la mamá que va a comprar a la feria o que las familias solo están constituidas por una pareja heterosexual, son la clase de cosas que la abogada encargada de la escuela lucha por eliminar.

“Una vez les hicimos un ejercicio en el que tenían que elegir un hombre y una mujer importante en la historia y describir sus cualidades y defectos. En los hombres las cualidades siempre eran “fuerte”, “luchador” y “visionario”, mientras que las de las mujeres eran “tierna”, “amorosa” y “empática”. Y nos dimos cuenta de que eso no podía ser. Las mujeres también somos fuertes y luchadoras”, sentenció la coordinadora.

Una transición cultural

Una de esas mujeres luchadoras es Ángela, hija de Ximena quien, aunque tuvo que soportar una larga espera de 12 años para poder ser quien es hoy, siempre enfrenta al mundo serena, mostrando orgullosa sus heridas y cicatrices, pues son parte de ella.

Ángela encontró en la escuela Amaranta Gómez un lugar en el que puede compartir su verdadera identidad con otras personas, como su madre. Cuando Ximena conoció la Fundación Selenna, en Maipú, se sintió tan acogida que hoy es parte del equipo que dirige la organización, donde se le encargó la tarea de coordinar este proyecto educativo que partió a comienzos del 2018.

“Un día llegó una niña que el primer mes lo único que hizo fue dar vueltas con su falda. Era la primera vez que podía usarla, porque no podría haberlo hecho en una escuela regular. Era su proceso. Hasta que un día se sentó y avanzó todo lo que no había avanzado en ese mes. Mientras ella bailaba iba asimilando la materia. Entendió que era un espacio para terminar con esa lucha interna y social que sostuvo por 8 años”, recordó la madre de Ángela.

Ximena y su hija tratan de irse juntas todos los días a la escuela, luego de haber vivido por mucho tiempo en la misma casa, pero sin conocerse realmente. En estas caminatas, con una Ángela ya en sus 15, tratan de recuperar un poco todos los años que la sociedad les quitó.

Caminan hacia un lugar que sienten como suyo, donde pueden expresarse sin que nadie las reprima. Un lugar que muchos niños y niñas transgénero, que hoy sufren en los establecimientos de nuestro sistema educacional, buscan desesperadamente, mirando al horizonte arriba de su barco de papel. Navegando perdidos en un mar de dudas que no provienen de ellos mismos, sino de una cultura en transición.