Los libros de autoayuda han sido un tema en mi vida. Crecí atraída por ellos, pensando que si los leía y seguía sus instrucciones – como si fuera una receta de cocina- sería una mejor persona.  

En la biblioteca de mi casa había un mix de literatura clásica y contemporánea, enciclopedias y mucha, mucha autoayuda: astrología, biorritmos, lectura de las líneas de las manos, del iris, de los pies, grafología, medicina natural, hazlo tú mismo, las Selecciones del Reader Digest y la colección completa de Lobsang Rampa – en una época soñaba con ser Lama Tibetana, vivir en las montañas y alimentarme con leche de yak-.

Los libros de autoayuda fueron lo más parecido a la búsqueda personal de la verdad que conocí, hasta que entré a la Universidad. Los libros de estética, historia del arte y filosofía me hicieron ver la autoayuda como un género mediocre y empezó a fascinarme la idea de ser intelectualmente superior, aunque tuviera que leer 20 veces un mismo párrafo y mi cabeza se fundiera procesando infructuosamente el pensamiento abstracto.

Me reencontré con la autoayuda de adulta, cuando me enfrenté a problemas poco elevados: me había separado y pesaba 90 kilos. Como no me atrevía a pinchar con tanto sobrepeso, me fui directo a Babeland a conseguir un pololo a pila (un conejito eléctrico que estaba de moda), pero cuando la vendedora me mostró modelos menos tiernos, me di cuenta que lo que yo quería era un pololo de verdad, uno de carne y hueso, y para eso tenía que adelgazar.  Con lo que valía el vibrador me compré un libro de Pilates para principiantes, otro de un corredor de maratones y unas zapatillas.

En el transcurso de un año aprendí Pilates, corrí a diario, hice dieta, bajé de peso, pinché como si no hubiera mañana, me puse a dibujar cómics, decidí irme de NYC, me fui a Europa de vacaciones, me enamoré en Alemania y quedé embarazada. Listo … me cambió la vida y recuperé mi fe en los libros de autoayuda.

Recuerdo que cuando salió “La magia del orden” de Marie Kondo en 2015 y todas mis amigas vaciaban sus clósets, hacían pilas de ropa y doblaban en rectángulos sólo las que las hacían felices, vendían libros para quedar sólo con los que Konmarie permitía tener,  yo me abstuve de leerlo porque ya estaba libre del mal de Diógenes. Un año antes mientras trabajaba en el libro “Quiero ser flaca y feliz” (dibujando la autoayuda) y con treinta kilos menos, regalé bolsas de ropa XL y XXL convencida que jamás nunca las volvería a usar. De paso redecoré mi hogar, compré plantas, enmarqué acuarelas, fotos, boté un montón de basura, dejé el alcohol  y me hice vegana. Mi vida había cambiado nuevamente y de ese cambio eran responsables una terapia grupal, muchos libros de autoayuda, algunos documentales terroríficos de los mataderos y otros de física cuántica y plasticidad neuronal de You Tube.

Cuando quise ver la serie “A ordenar” de Marie Kondo este año, con los treinta kilos de vuelta, una terapia psicológica y una repisa con más libros feministas que de autoayuda, duré cinco minutos. Odié la serie, no por ella, sino porque me recordó mis fallidos intentos de ser mejor persona, más eficiente, regia, flexible, sana y espiritual.

Al final enfrenté mi resentimiento y vi la serie. Igual me gustó. No fue tan terrible como imaginaba. Es lindo cuando ella se pone de rodillas en posición de meditar y agradece a la casa que va a ordenar. Me di cuenta que mi familia entera es MarieKondo style. Los clósets y los baños de mis padres, las cocinas y los livings de mis hermanas están siempre ordenadísimos e impecables. Descubrí que ordeno mi ropa “casi” igual que ella, con la diferencia que yo solo me quedo con la ropa que me cabe. Entendí que el orden de la casa lo asocio al trabajo femenino no asalariado que el patriarcado nos impone y por ende me conflictúa, y me acordé que no soporto los realities y menos esos donde le enchulan la vida a alguien.

La autoayuda es eso. Es la promesa de que enchulando tu vida podrás controlarla y guiarla hacia el bien. Y en cierto nivel funciona. Si haces la pega, si te esfuerzas, eres obediente y haces todo lo que el libro te dice qué hacer, lograrás resultados positivos, posiblemente tu vida evolucionará y podrás resignificar ciertos conceptos como el orden, que al final genera una continuidad entre el espacio físico y el orden mental. Si lo tomas como receta de cocina, no se acaban los problemas, aparecen otros nuevos de la mano con nuevas responsabilidades. Si no somos capaces de cumplirlas el hechizo se acaba y la carroza vuelve a ser calabaza.

Mi psicóloga me está enseñando a tener herramientas para no creer en fórmulas mágicas, en el todo o nada, en la perfección o el desastre total, en la idea de ser la mejor o la peor, en cumplir roles, en los caminos precocinados para ser feliz. Y en eso estoy. Tratando de cambiar mis dinámicas de adicción a la autoayuda donde me convierto en una persona completamente distinta a costa de mucho esfuerzo y sacrificio sólo para que otros me acepten y así adquirir hábitos de cuidado personal a nivel humano, sin extremos, acorde a mis necesidades, porque al final la autoayuda es un aporte, pero tiene que ser un traje a medida, sin competir con un ideal inalcanzable, con madurez, como la señora buena onda y chora en la que anhelo convertirme. Porque no voy a ser mejor persona si imito a Marie Kondo, a Deepak Chopra o a Isha, pero si hago todo lo posible por ser la mejor versión de mi misma capaz que me acerque.

Marcela Trujillo.