Texto de Alessandro Baricco, traducido por Carolina Tohá

«There is no Alternative»

  1. Thatcher

Entonces, resumiendo: un cierto pacto se ha roto entre las elites y la gente, y ahora la gente ha decidido mandarse sola. No es realmente una insurrección, todavía no. Es una secuencia implacable de tropiezos, de movimientos repentinos, de aparentes desviaciones del sentido común, de la racionalidad. Obsesivamente, las personas siguen enviando  -cuando votan o cuando caminan por la calle-, un mensaje muy claro: quieren escribir en la historia que las élites han fallado y que tienen que irse.

¿Cómo diablos pudo pasar esto?

Entendamos quiénes son estas famosas élites. El médico, el profesor universitario, el empresario, los ejecutivos de la empresa en la que trabajamos, el alcalde de la ciudad, abogados, corredores, muchos periodistas, muchos artistas exitosos, muchos sacerdotes, muchos políticos, los miembros de los directorios, una buena parte de los que acuden a la platea en el estadio, todos los que tienen más de 500 libros en sus casas: podría continuar llenando páginas, pero ya nos entendimos. Los límites de la categoría pueden ser débiles, pero, en resumen, las élites son ellos, son esos humanos de allí.

Son pocos (en los Estados Unidos son uno de cada diez), tienen una buena parte del dinero que hay (en los Estados Unidos tienen ocho dólares de cada diez, y no estoy bromeando), ocupan la mayoría de las posiciones de poder. Resumiendo: una minoría rica y muy poderosa.

Observados de cerca, resultan ser, en su mayor parte, humanos que estudian mucho, socialmente comprometidos, educados, limpios, razonables, cultos. El dinero que gastan lo han heredado en parte, pero en parte se lo ganan todos los días, sacándose la mugre. Aman a su país, creen en la meritocracia, en la cultura y en un cierto respeto por las reglas. Pueden ser de izquierda o derecha.

Una sorprendente ceguera moral, puedo agregar, les impide ver las injusticias y la violencia que sostienen el sistema en el que creen. Por lo tanto, duermen pacíficamente, aunque a menudo con la ayuda de algún psicotrópico.

En su andar por el mundo, viven en un hábitat protegido, donde tienen pocas interacciones con el resto de los humanos: los vecindarios en los que viven, las escuelas a las que envían a sus hijos, los deportes que practican, los viajes que hacen, la ropa que usan, los restaurantes en los que comen: todo en su vida delimita un área protegida al interior de la cual estos privilegiados defienden su propia comunidad, se la legan a sus hijos y hacen que sea extremadamente improbable la intrusión, desde abajo, de nuevos arribados. Desde ese elegante parque natural, tienen agarrado al mundo por las bolas. O, si quieren, lo tienen a sus pies. O, incluso más, lo salvan.

Últimamente ha primado la primera versión. Y es allí que ha saltado por los aires el pacto tácito del que hablábamos, y que describiría así: la gente le concede privilegios a las élites e incluso una especie de borrosa impunidad, y las élites asumen la responsabilidad de construir y garantizar un ambiente común donde todos puedan vivir mejor. Traducido en términos muy prácticos, describe una comunidad en la que las élites trabajan por un mundo mejor y la gente cree en los médicos, respeta a los maestros de sus hijos, confía en los números dados por los economistas, escucha a los periodistas y, con buena voluntad, incluso le cree a los sacerdotes. Nos guste o no, las democracias occidentales dieron lo mejor de sí cuando eran comunidades de ese tipo: cuando ese pacto funcionaba, y era sólido, producía resultados. Y ahora, la noticia que nos pone en problemas es: ese pacto no va más.

Empezó a tambalearse hace unos veinte años, ahora se está desmoronando. Lo está haciendo más rápido allí donde la gente está más despierta (o exasperada): Italia, por ejemplo. La gente aquí ya no confía ni siquiera en los doctores o los profesores. En cuanto al poder político, primero se los confiaron a un super-rico que odiaba a las élites (un truco que después copiaron los norteamericanos), después hicieron un último intento con Renzi, y lo cambiaron por otro que no era de las élites: al final, desecharon completamente el pacto y tomaron directamente el mando. ¿Qué los hizo enojarse tanto?

La respuesta inicial es fácil: la crisis económica. Para empezar, las élites no la previeron. Después, se demoraron en admitirla. Finalmente, cuando todo comenzó a colapsar, se encargaron de salvarse ellos mismos y descargaron los sacrificios sobre la gente. ¿Podríamos decir, recordando la crisis de 2007-2009, que esto es lo que realmente sucedió? No lo sé con certeza, pero lo cierto es que la gente lo percibe así. Entonces, pasada la emergencia, la gente vino a cobrar la cuenta, por así decirlo.

Fueron, literalmente, a recuperar su propia plata: el salario de ciudadanía, o la eliminación del sistema de recaudación automática de impuestos (Equitalia), que no es otra cosa que eso mismo. No se trata de una política económica o una visión de futuro: es una cobranza de deudas.

La segunda respuesta es más sofisticada y sólo la entendí realmente cuando me puse a estudiar la revolución digital y escribí The Game. Yo lo resumiría así. Todos los dispositivos digitales que utilizamos a diario tienen algunos rasgos genéticos comunes que provienen de cierta visión del mundo, la que tenían los pioneros del Game. Uno de estos rasgos es decididamente libertario: pulverizar el poder y distribuirlo a todos. Ejemplo típico: poner una computadora en el escritorio de todos los humanos. De se posible, en los bolsillos de todo ser humano. Hecho. No hay que subestimar la importancia de esta cuestión. Hoy, con un teléfono inteligente en la mano, la gente puede hacer, entre otras cosas, estos cuatro pasos: acceder a toda la información del mundo, comunicarse con cualquiera, expresar sus opiniones ante un público inmenso, exponer objetos (fotos, historias, lo que quiera) en la que proyecte su propia idea de belleza. Debemos ser claros: estas cuatro acciones, en el pasado, solo podían ser realizadas por las élites. Y fueron esos gestos los que fundaron la identidad de las élites. En la Italia del siglo XVII, por ser, tal vez algunos cientos de personas podían hacerlo. En los días de mi abuelo, tal vez unos pocos miles de familias. ¿Hoy en día? Uno de cada dos italianos tiene un perfil de Facebook, no les digo más.

Así -hay que asumirlo- el Game ha derribado barreras psicológicas seculares, permitiendo que la gente invada los terrenos de las élites y les quite esos monopolios que las hacían mitológicamente intocables. Está claro: a partir de ahí, la situación prometía volverse explosiva.

 

Nada hubiera sucedido si no fuera por otra de las características del Game, y que fue una imprecisión fatal. El Game ha redistribuido el poder, al menos potencialmente, pero no ha redistribuido el dinero. No hay nada en el Game que funcione como una redistribución de la riqueza. De conocimiento, de posibilidad, de privilegios, sí. De la riqueza, no. La asimetría es evidente. A la larga, no podría sino provocar una furia social que se propagó silenciosamente como un enorme charco de gasolina. Ya debo haber dicho que luego vino la crisis económica y tiró un fósforo adentro. Y se encendió.

Sabemos lo que pasó después. Pero no siempre queremos realmente saberlo. Lo resumo yo, por comodidad. La gente, sin perder cierto aplomo, se fue a tomar el poder; incluso con cierta compostura, pero con una seguridad en sí misma y con una ausencia de temores reverenciales que no se veía hace tiempo. Lo hizo, más que nada, votando. ¿Qué? Lo contrario de lo que sugirieron las élites. ¿A quién? A cualquiera que no fuera parte de las élites o fuera odiado por las élites. ¿Qué ideas? Cualquier idea que fuera lo contrario de lo que las elites tenían en mente. Simple, pero efectivo. ¿Puedo dar un ejemplo desagradable, que resume bien la situación? Europa.

La unidad europea es claramente una idea forjada por la élite. Ciertamente, no fue pedida por la gente, marchando por las calles y invocándola a gritos. Es una intuición de unos pocos ilustrados que puede explicarse fácilmente: asustada por lo que había ella misma desatado en el siglo XX, y arrinconada por las grandes potencias norteamericana y soviética, la élite europea entendió que era mejor dejar atrás sus peleas salvajes y seculares, echar abajo las fronteras y formar una sola fuerza política y económica.

Naturalmente, no fue un plan muy fácil de realizar. Durante siglos, la élite había trabajado para construir el sentimiento nacionalista, en el cual se afirmaba, e incluso el odio por el extranjero, que le fue útil mientras la cosa se trataba de agarrarse a combos: ahora había que desmontar todo eso y dar marcha atrás.

Primero le habían servido millones de soldados, ahora necesitaba millones de pacifistas. Las personas que acababan de terminar de matarse entre sí, bayoneta en mano, debían ahora transformarse en un solo pueblo, con una moneda común y una sola bandera: no es como salir de paseo. Por esta razón, con una habilidad indudable, la élite impuso un modelo de unidad europea que podríamos definir como altamente dramático: una vez hecho, la unidad tenía que volverse irreversible.

Quemaron las naves tras de sí, para evitar que la gente (o incluso las franjas disidentes de las élites) tuviera la tentación de devolverse. No iban a hacerlo porque era técnicamente imposible. Si la gente tenía alguna duda, el método era la paciencia: en “Le Monde Diplomatique” (que no es exactamente un órgano de información populista), leí recientemente un buen resumen que me gustaría copiar y pegar aquí:

 

“En 1992, los daneses votaron en contra del Tratado de Maastricht: se vieron obligados a regresar a las urnas. En 2001, los irlandeses votaron en contra del Tratado de Niza: se vieron obligados a volver a las urnas. En 2005, los franceses y los holandeses votaron en contra del tratado constitucional europeo (TCE): luego se los impusieron bajo el nombre de Tratado de Lisboa. En 2008, los irlandeses votaron en contra del Tratado de Lisboa: se vieron obligados a volver a las urnas. En 20015, el 61,3% de los griegos votaron en contra del plan de austeridad de Bruselas: fueron tratados de la misma manera “.

Impresionante letanía, hay que admitirlo. Decían que no había un plan B. There Is No Alternative. El rasgo nítidamente elitista de la Unidad Europa se reforzó cuando, una vez hecha, se estableció el sistema de poder europeo: las instituciones, los órganos de gobierno e incluso las personalidades designadas para gobernar.

Es difícil imaginar algo que ilustre mejor la idea de una élite quizás sabia pero distante, inalcanzable, que detenta razones y números incomprensibles y tiene escasa conciencia de la vida real de la gente. Eso no excluye que, en el intertanto, pueda hacer muchas cosas a favor de la gente: pero su primera función, ciertamente, parece ser recordar que al piano hay quien lo toca y quien lo sube por las escaleras, y quien lo toca, aquí, es la élite.

Entonces, en el instante en que la gente sintió que ya había tenido suficiente con el pacto, miró en seguida hacia las élites: Europa era el símbolo más obvio, era el objetivo inmediatamente visible en el horizonte. Tenía un aura de invencibilidad que, sin embargo, cómo se descubrió el día después del referéndum Brexit, sólo funcionaba para las élites: para los demás ciudadanos del Game, el hechizo estaba roto. ¿Podríamos decir, a la luz de todo esto, que la gente está en contra de Europa? No, realmente no podríamos decirlo. Contra esta Europa, más bien, contra Europa como símbolo de la primacía de las élites, eso sí. Hoy, antieuropeo, más que cualquier otra cosa, significa anti-élite. La buena palabra ya circula: la Europa de los pueblos. No significa nada, pero sí algo muy claro: no es la unidad en sí misma lo que queremos romper, es la unidad deseada y manejada de esa manera por las élites.

Europa es sólo un ejemplo. Lo que estoy tratando de decir es que es una pérdida de tiempo evaluar la pertinencia de todo lo que la gente parece querer hoy (ya sea el regreso a Lira, o poner en la picota a la Sociedad de Autopistas o rebelarse contra las vacunas) si no se lee entre líneas la única cosa que la gente quiere de verdad: liberarse de las élites. Ese es el punto, y es ahí donde hay que inclinarse y observar bien, por más que dé asco, o miedo, o fatiga. Porque es en ese preciso punto donde se juega una batalla decisiva por nuestro futuro.

Lo primero que notaremos, si realmente queremos mirar allí adentro, es cómo se ha movido la élite una vez que estuvo bajo ataque.

Se rigidizó en sus propias certezas armando rápidamente una narrativa que pusiera las cosas en su lugar: la gente se había comido el cerebro, probablemente manipulada por una nueva generación de líderes irresponsables, dispuestos a jugar sucio, astutos en conectar con el estómago de los ciudadanos bypasseando su eventual inteligencia. Términos vagos e inexactos, como noticias falsas, populismo, incluso fascismo, fueron adoptados para transmitir sumariamente el mensaje y etiquetar a los rebeldes. En el fondo, una certeza: There Is No Alternative, repetida como un mantra, cultivada como una obsesión, infligida como una profecía y una amenaza.

Ni siquiera por un momento, al parecer, la élite se detuvo a preguntarse si por casualidad se había equivocado en algo, y fue así que desató una avalancha que terminó en un gran desastre. Si lo hubiera hecho, no habría sido tan difícil registrar al menos tres fenómenos que para mí, como para muchos, parecen ser de una evidencia total:

 

  1. Su idea de desarrollo y progreso no logra generar justicia social, distribuye la riqueza de una manera delirante, destruye más empleo del que genera, deja en el centro del juego a poderes económicos escasamente controlables, continúa basándose en un control feroz de áreas débiles del planeta y pone a la Tierra en grave peligro, olvidando que es el hogar de todos, no el vertedero de unos pocos.

 

 

  1. Las élites han sido presa, durante mucho tiempo, de un letargo profundo, una especie de hipnosis a partir de la cual se rinden a un pensamiento único, estableciendo teoremas refinados cuyo resultado es siempre el mismo, totémico: There Is No Alternative. Se notará que ya no reaccionan a nada, están hipnotizadas por sí mismas, han perdido completamente el contacto con la vida que hace la gente, pasan más de la mitad del tiempo contemplando y puliendo sus propios privilegios. Están deteniendo la historia y criando herederos incapaces de pensar en otra cosa que no sea en las obsesiones de sus padres.

 

  1. Solo una vez, en los últimos cincuenta años, las élites han generado un pensamiento alternativo: fue cuando se arrancaron algunos pensadores disruptivos, técnicos más que nada, cuya herejía dio lugar a la insurrección digital. Desde su letargo, las élites registraron tarde lo que estaba sucediendo y lo etiquetaron como una deriva comercial de mal gusto, y pensaron que así iban a resolverla. En lugar de eso, era una revolución que se proponía anularlos justo a ellos, las élites del siglo XX, y sustituirlas por una nueva élite, una nueva inteligencia, incluso una nueva moral. No entendieron nada, y esto significa que el Game ha crecido en los pliegues de su propio poder, y poco a poco los ha deslegitimado, entregándole el poder a la gente cuando ya no tenían fuerza para defenderse. En el momento en que esto sucedió, el único reflejo brillante de las élites fue usar el Game para ganar dinero: sea que vendieran las reliquias del siglo XX o financiaran los start up, lo que hicieron fue vender los boletos para asistir a su propia condena a muerte. Extraña manera de cabalgar la historia.

 

Cometes errores como esos y luego, con aquellos que vienen a destronarte, ¿piensas que te las vas a arreglar tildándolos de fascistas?

 

Igualmente interesante, hay que decirlo, es ir a ver cómo se movieron las personas cuando decidieron romper el pacto y arreglárselas solos. Potencialmente, había delante una especie de nuevo horizonte, inmenso: pero se detuvieron en el primer paso, el del ajuste de cuentas puro y simple.

Pospuestos los sueños, se desata el resentimiento. Incapaces del futuro, se refugian en el pasado. Eligen líderes que les ofrecen venganza cotidiana y cada día un retroceso: eso es lo que saben hacer.

No logran imaginar gran cosa, sólo intentan corregir lo existente que heredaron de las élites. A menudo, ni siquiera son capaces de hacer eso, debido a la incompetencia, a la incapacidad de gobernar, al descubrimiento repentino de sus limitaciones, de la dureza del enemigo y de la vertiginosa complejidad del sistema. Retoman coraje usando un cierto tono de voz que se ha convertido en su verdadero sello, una mezcla de franqueza, agresividad, gritos de mercado y lemas publicitarios. La gente lo encuentra tranquilizador y termina por asumirlo como una forma de pensar: como si fuera una especie de inteligencia elemental que reemplaza el refinamiento y los sofismas de la reflexión de las élites, por el movimiento claro, directo, vagamente viril, puro a su manera, de los hombres que finalmente van directo a las cosas, desmantelando viejos trucos e hipocresías. La santificación de esta forma de pensar, es necesario comprender, es el arma con la que la gente está hoy infiriendo la agresión más violenta contra las élites: es una verdadera brecha que se está abriendo en sus muros defensivos. Si esa forma de leer el mundo pasa, las élites están despachadas. Se terminó la fiesta.

El punto que a mí, como a muchos otros, me resulta de una evidencia absoluta es que una victoria de este tipo tendría un precio devastador: no para las elites, a quién le importa, sino para todos. El mito de una aproximación directa, pura y virgen a las cosas, en oposición al modo decadente, complicado e incluso un poco narcisista de la reflexión culta, es una criatura fantástica que nos hemos demorado siglos en desenmascarar: volver atrás sería una demencia. Durante mucho tiempo hemos aprendido que es mejor saber mucho de las cosas antes de cambiarlas, que es mejor conocer a muchos hombres para entenderse a sí mismo, que es mejor compartir los sentimientos de otros para manejar los nuestros, que es mejor tener muchas palabras en lugar de pocas, porque gana quien sabe más.

Tenemos un término para definir esta forma de defendernos de la feroz dureza de la realidad gracias al uso paciente y refinado de la inteligencia y la memoria: la cultura. Reemplazarlo con la aparente claridad de un pensamiento elemental, equivale a desarmarse voluntariamente e ir hacia la masacre.

Quiero ser claro: cada vez que nos conformamos con ciertas palabras de rigor de simplicidad brutal, quemamos años de aprendizaje colectivo en pos de no dejarnos joder por la aparente simplicidad de las cosas: no nosotros las élites, hablo de todos. Nos condenamos a calamidades colosales. Como, que sé, considerar una amenaza importante para nuestro bienestar la obvia trashumancia de un número en realidad limitado de humanos, desde continentes que hemos aplastado y que seguimos teniendo agarrados por las bolas. Cosas así. Enormes. Al final, hay que registrar un fenómeno que para mí, como para muchos otros, parece evidente: la gente se levanta todos los días para ir al asalto de la fortaleza de las élites, y cuanto más lo hace, y más triunfa, y más mal se hace a sí misma.

Pasamos así por tiempos sombríos, y somos como la tierra por la que cruzan los ejércitos, saqueando. Nadie parece capaz de ganar, por lo que es difícil ver el final. Cada día que pasa, las reservas disminuyen: de fuerza, de belleza, de respeto, de humanidad, incluso de humor. Nada que no hayamos vivido en el pasado, pero nosotros no imaginábamos esto, ¿es esto, realmente, lo que tenemos que vivir?, ¿hay algo que podamos hacer para cambiar la inercia de esta derrota?

Que yo sepa, admitir que la gente tiene razón. Retomar el contacto con la realidad y tomar nota del desastre que hemos armado. Ponerse a trabajar de inmediato para redistribuir la riqueza. Volver a ocuparnos de la justicia social. Desconectar a las viejas élites del siglo XX y confiar en la inteligencia de los hijos del Game: hacerlo con la debida elegancia, pero ferozmente. Darle un significado nuevo a palabras como progreso y desarrollo, el que tienen ahora está envenenado. Liberar las inteligencias capaces de sacarnos del pensamiento único del There Is No Alternative . Dejar de dar a la política toda la importancia que le damos: no pasa por ahí nuestra felicidad. Volver a confiar en los que saben, apenas veamos que ya no son los mismos. Deshacernos de los números con los que medimos el mundo (en primer lugar el absurdo PIB) y acuñar nuevas métricas y medidas a la altura de nuestras vidas. Recuperar inmediatamente la confianza en la cultura, todos, e invertir en educación, siempre. No dejar de leer libros, todos, hasta que la imagen de un barco lleno de refugiados y sin puerto, sea una imagen que nos haga vomitar. Entrar al Game, sin miedo, de modo que cada una de nuestras inclinaciones, incluso las más personales o frágiles, vayan a conformar la ruta que será del mundo entero. Usar el Game, como una gran oportunidad de cambio en lugar de una coartada para retirarnos en nuestras bibliotecas o generar desigualdades económicas aún mayores. Retroceder hasta todos esos muros que derribamos demasiado pronto y derribarlos de nuevo apenas todos estemos en condiciones de vivir sin ellos.  

Dejar que los más rápidos vayan adelante, a crear el futuro, pero trayéndolos a cenar todas las noches en la mesa de los más lentos, para que se acuerden del presente. Hacer las paces con nosotros mismos, probablemente, porque no se puede vivir bien en el desprecio o el resentimiento.

Respirar. Apagar nuestros dispositivos de vez en cuando. Caminar. Dejar de agitar el espectro del fascismo.

Pensar en grande. Pensar.

Nada que no se pueda hacer, después de todo, admitiendo que encontremos la determinación, la paciencia, el coraje.

*Este artículo fue publicado originalmente en “La República” el 11 de enero de 2018.