“Pregunté a los otros después, a las mujeres, a los hombres, qué hacían con tanta certeza y cómo aprendieron la vida: en realidad no contestaron, siguieron bailando y viviendo”. Pablo Neruda.

La desazón era generalizada. El horror, también. Una madre había matado a combos y patadas a una niña de 7 meses sin que nadie notara nada. Nadie, ese día ni los previos, oyó los gritos de la guagua, nadie notó en la madre alguna actitud que le pudiera perturbar, algo que hiciera presagiar lo que iba a hacer esa mujer, que día tras día convivió, ella y su locura, con todos. Y, al parecer, con nadie.

Por desgracia parece haber mucha más gente invisible entre nosotros. A principios de diciembre del año recién pasado nos enterábamos de una anciana en Quinta Normal que pasó 4 días muerta en su casa antes que alguien se diera cuenta, poca cosa si se compara con el caso, que también conocimos por esos días, de otra anciana que murió en Valencia, España, pero a la que recién encontraron, también yaciendo sola y fría en el piso de su casa, recién 4 años después de su deceso. Nadie notó su ausencia en todo ese tiempo.

“La soledad es la triste realidad de la vida moderna”, sentenciaba la primera ministra británica, Theresa May, cuando hace pocas semanas anunció la creación de un Ministerio de la Soledad (sí, leyó bien) para hacer frente a una problemática que, según sus cifras, afecta a 9 millones de personas en ese país, casi el 14% de la población.

La vida en pareja también se ha resentido. En muchos países europeos se deshacen entre 6 a 7 de cada 10 uniones matrimoniales, y en ciudades como París o Nueva York uno de cada dos hogares es unipersonal. Y surgen fenómenos muy notorios como la multiplicación de mascotas o el uso de redes sociales para compensar un poco ese sentimiento de soledad. Hace poco el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky reflexionaba al respecto en una desesperanzadora entrevista concedida al diario El País: “Para mí esta no es una situación transitoria: la individualización de la cultura y de los comportamientos hacen que la soledad esté condenada a desarrollarse mucho más en el futuro. Sin duda, es uno de los dramas del mundo actual.”

En “La teoría sueca del amor”, un provocador y estremecedor documental sobre la soledad en la sociedad de hoy, se plantea una interesante teoría acerca de cómo en Suecia llegaron a eso: en la escandinavia del Estado de Bienestar, cualquier necesidad de alguien, de cualquier índole, debía poder ser satisfecha independientemente de la capacidad de otros para asistirle, y el propio Estado, a través de guarderías, residencias para mayores y todo tipo de ayudas, terminó por sustituir a la familia y los amigos como red de protección. “La teoría sueca del amor (…) dice que toda auténtica relación humana debe basarse en el principio de independencia entre las personas”. Poco a poco, de acuerdo al documental, los suecos fueron perdiendo su capacidad de relacionarse con otros. Al no necesitarlos, se habrían ido aislando de parientes y amistades hasta sencillamente no verlos más, y así una de las últimas reservas morales de la humanidad lidera hoy todos los ránkings de consumo de antidepresivos y suicidios.

La densidad habitacional en las grandes ciudades es evidente; en pocos metros cuadrados viven literalmente cientos y hasta miles de personas que en el mejor de los casos se han acostumbrado a coexistir, sin llegar realmente nunca a convivir. Ya nadie entiende muy bien lo que es una comunidad, artefacto cultural tan de museo como un cassette. La confianza, a falta de uso, se nos ha atrofiado, y vivimos como el roedor de La Madriguera de Kafka, dedicando nuestra vida a construir intrincadas estructuras materiales y espirituales para mantenernos a salvo de un enemigo imaginario. Vivimos sin terminar nunca por saber mucho del otro, con la desconfianza siempre como foco y la indiferencia como escudo.

Claro, individualismo no es lo mismo que soledad. Mientras el solitario puede caer sin mucho esfuerzo en alguno de nuestros conceptos de marginalidad, el individualista parece gozar hoy de éxito social, encarnando valores que se han vuelto extraña y convencionalmente positivos, revestidos de un aura de convencimiento, consecuencia y audacia, hasta embriagarnos fatalmente de inconsciencia y melancolía.

Si hay algo que conecta a la soledad con el individualismo es que la soledad, con todo, define en gran parte al ser humano como individuo. Hay una parte significativa de la vida personal que no concierne a nadie más que a uno mismo, situaciones buenas y malas que sólo el sujeto individual puede valorar y experimentar como tales, sólo a través de la introspección las puede comprender y resolver, en soledad. Y es parte esencial de nuestra naturaleza. Como decía Octavio Paz, “(…) todos los hombre están solos. Vivir es separarnos del que fuimos para internarnos en el que vamos a ser, futuro extraño siempre.”

Pero lo cierto es que sin otros no seríamos nada, al punto de que ni siquiera habríamos desarrollado un lenguaje para pensar en la idea humana de la soledad. Hoy vivimos una epidemia, terrible e incontrolable. La soledad es extrema, y diversos estudios han dejado de manifiesto sus efectos adversos sobre el sueño y el sistema inmunológico, su incidencia en el aumento de estrés y las probabilidades de sufrir un infarto y otras complicaciones en la salud. De acuerdo a un reciente estudio de la Universidad de California, sentirse solo, en términos de la profundidad de las relaciones que tenemos, es tan perjudicial para nuestro organismo como fumar 15 cigarrillos al día.

Desde poco más de un año estoy viviendo nuevamente en mi barrio de niño. Y cuando llego por las tardes es usual que escuche a alguien gritar “¡Vecino!” sólo para llamar mi atención y saludarme. Me estoy reeducando a fuerza de apretones de mano, sonrisas y conversaciones coloquiales en la calle, fuera de la madriguera. Tal vez eso deberíamos comenzar a hacer todos, reeducarnos en la comunidad, en las relaciones, en la dicha de ser con otros. Y persistir.