“¿Y qué quieres, que te demos las gracias por eso?”. Paz subió el tono de voz lo suficiente como para dar por terminada la discusión, para que me viera en la necesidad de levantarme a buscar hielo a la cocina y para que algún comensal rompiera el silencio con el siempre oportuno “oye, que es tarde”.

Lo que intentaba argumentar es que, al menos en el fútbol, las mujeres tenían motivos para ver el futuro con optimismo. De hace unos pocos años a la fecha, quien arriende una cancha por horas comprobará que la mitad o más son ocupadas por ellas. Esto ha significado más que camarines de mujeres; ha ido morigerándose el humor corrosivo entre varones, las futbolistas pueden atravesar un espacio reducido con decenas de hombres vestidas como les plazca, sin temor a ser agredidas con una imprecación sexual y, en la práctica, se está terminando con un epicentro de machismo naturalizado, en donde “madre” es un insulto y “niña” es igual a cobardía. Empieza a horadarse un lugar en donde aprendimos a “ser hombres”, sumando todos los estereotipos cavernarios posibles. Antes de ser interrumpido, había alcanzado a mencionar el mundial de fútbol femenino sub 20 en Chile y la segunda presidencia de Bachelet.

De esta historia han pasado un par de años y claro, hoy me daría vergüenza sostener algo así. Es muy fácil clamar porque el mundo vea el vaso medio lleno cuando tiene uno litros con que nutrirse. En pleno 2019, no existen más que dos ligas profesionales de mujeres en el mundo. En Chile, las jugadoras no aspiran a comprarse una casa ni tan siquiera a vivir del deporte. Su lucha es por una cancha de pasto, pelotas en buen estado, horarios razonables. La selección chilena, que hizo historia clasificando al Mundial de Francia de 2019, está compuesta en su abrumadora mayoría por mujeres que no ganan un veinte, que entrenan cuando pueden, en los espacios que les deja la maternidad, los estudios, el trabajo y el Transantiago. Cuando viajan, lo hacen en asientos más económicos que los de los hombres y duermen en hoteles incomparables a los de ellos. El interés creciente de la televisión, que ha comenzado a transmitir sus partidos con estupendos resultados, no se convierte por ahora en mejores condiciones de trabajo.

La Anjuff, que agrupa a las jugadoras en Chile, sigue luchando por la dignidad: agua potable, seguros de accidente, que los equipos que defienden no les cobren por jugar. Hace 20 días, una colega argentina, Macarena Sánchez, fue públicamente amenazada de muerte por intentar algo similar. Aunque en la piel hay aplausos, en el cuesco nada ha cambiado. La FIFA ordena que cada federación local gaste al menos un 15% de los recursos que recibe de ella en el fútbol de mujeres, pero ninguna cumple con eso y nadie se preocupa de exigirlo.

Otra forma de invisibilización es pensar que el fútbol femenino nació cuando le empezamos a prestar atención los hombres, un par de décadas atrás. Lo cierto es que, contra viento y marea, existen registros de clubes femeninos de fútbol a principios del siglo pasado en Talca, con algunos puntos altos en los 50 como Las Atómicas y Las Dinamitas, oriundas de San Miguel. Son nombres maravillosos, y muchas deben estar aún disponibles para contarnos su historia. Nosotros no las vimos, pero ellas lucharon. Lucharon también las futbolistas afganas, que tuvieron que incluir una hiyab en la camiseta para poder jugar. Los mismos dirigentes que no hicieron nada frente a las acusaciones de abuso sexual perpetrados por sus colegas, no tenían problemas en prohibirles andar con el pelo suelto.

Lucharon como luchó Brandj Chastain, que se supone disfrutaba de la libertad de Estados Unidos pero debió enfrentar la peor cara del conservadurismo cuando se sacó la polera para celebrar el gol con el que le dio el título mundial a su país. No habían pasado dos meses de la muy masculina masacre de Columbine, pero los diarios preferían debatir sobre los límites de la celebración de una mujer alcanzando la gloria. Lucharon como Marta, la mejor jugadora de la historia, con más goles que Pelé por su selección, pero que le dicen la “Pelé con falda” cuando solo tomando en cuenta este dato deberían decirle a él el “Marta con pantalones”. Marta, que empató en un lustro los balones de oro que Lionel Messi ha ganado en quince años, pero que gana en un año lo que él gana en 5 días. Marta, que tuvo que jugar con hombres hasta los 14 porque sencillamente no existían equipos femeninos para recibirla. En 2010 fue nombrada por las Naciones Unidas como Embajadora de Buena Voluntad por la autonomía femenina. ¿Qué es lo que hace en su cargo? Ella lo explica mejor que nadie: “Soy jugadora de fútbol profesional y sé que no se puede ganar con solo la mitad del equipo. Sin embargo, esto es lo que ocurre cuando se discrimina a las mujeres y las niñas. Las mujeres deben tener el mismo acceso a la educación, el empleo, los servicios de salud y oportunidades”. Que así sea. Y sin darnos las gracias.