Ayer quedé de juntarme con distintos grupos: profes de la UDP, las periodistas del Clinic y las de la radio Súbela. No pude porque en ese océano de mujeres los puntos de encuentro no funcionaron. Seríamos cuatro, seis por metro cuadrado? No sé. Solo les puedo contar que íbamos pegadas unas a otras. Marché al final con mi comadre Amelia, el único “punto” que me funcionó. Caminamos y gritamos con las chiquillas desde Plaza Italia a Lastarria (solo no saltamos porque ya no nos dan las rodillas) Nos demoramos casi tres horas en ese trayecto, porque éramos tantas que la marcha se hizo pasito a pasito. Solo sentí algo similar en las concentraciones del NO. Como entonces, la autoridad trató de bajarle el perfil al número de asistentes. Si éramos 300 mil o un millón, me parece una discusión irrelevante. Lo importante es que se manifestó una fuerza enorme, una voz que debiera ser imposible ignorar. Conozco a muchas mujeres que no pudieron ir porque no tenían con quien dejar a los hijos, por miedo, porque se lo prohibieron.

Al pasar por el GAM, vimos las fotos de las detenidas desparecidas y nos quedamos pegadas en las edades: 15, 21, 30. Algunas estaban embarazadas. En los carteles, los nombres de las mujeres asesinadas por hombres que alguna vez amaron, muchas veces los padres de sus hijos ¿Por qué? Porque se les enseña que las mujeres son de ellos y que pueden matarlas, si quieren. Yo tuve el privilegio de que mi compañero se quedara con mis hijos y no solo esta vez, como un “gesto”, sino siempre porque sabe que la crianza es de a dos. Él no me “ayuda”. Cumple con su responsabilidad de padre y me apaña, como yo lo apaño a él. No lo criaron así. Lo aprendió, porque todos los seres humanos tenemos esa capacidad: podemos cambiar.

Quiero eso para todas las mujeres que elijan tener hijos y respeto por las que elijan no tenerlos, respeto para todas las preferencias sexuales y derechos de igualdad para todas las mujeres. Tampoco es cueca que podamos participar y marchar apoyándonos en la “nana”, que se tiene que quedar en nuestra casa para que las demás seamos libres. Vi a mujeres marchando con sus hijos. Algunos tan pequeños que se cansaban, se quedaban dormidos en sus brazos, pero también a otros que las miraban con orgullo, que expresaban con sus cuerpos, como solo saben hacer los niños, la alegría de estar ahí. Ellos van a crecer sabiendo que las mujeres no son de “ellos” y ellas crecerán sintiéndose dueñas de su cuerpo, lo creo. Estoy segura.

Cuando yo empecé a trabajar, feminismo era una palabra sucia, prohibida. Declararse feminista era aceptar que te dijeran bigotuda, amargada, “te falta pico”. Yo no tenía ese coraje. Algunas amigas, como las de la Radio Tierra, la casa La Morada, la Maria Pia Matta Cerna, eran mucho, pero mucho más valientes que yo ¿Cómo no voy a estar feliz y orgullosa de lo que vivimos ayer? ¿De lo que aprendimos de ellas y de tantas otras? Ahí andaban las corajudas Mujeres por la Vida, a las que los pacos se daban festín pegándoles en los años 80. Fue un honor saludarlas, ir a su lado.

Estoy segura de que no todas las que marchamos pensamos lo mismo sobre qué significa el feminismo, pero todas compartimos una demanda básica: queremos tener los mismos derechos que tienen los hombres al nacer. Que se corrijan las desigualdades sociales que siempre son más feroces con las mujeres que con los hombres. Queremos que todos se enteren de que nuestro cuerpo y nuestra vida nos pertenece. Que No es No. Como en las concentraciones del 88: ¡NO!