El pasado 5 de marzo, el presidente Piñera y la ministra Cubillos hicieron llegar una carta firmada por ambos a todos los colegios de Chile. No iba dirigida a los profesores ni a los estudiantes, sino a los “Queridos padres y apoderados del país”, quienes eran informados sobre las intenciones del gobierno de ayudar a sus hijos a “cumplir sus sueños”. Tras enunciar una serie de programas en curso, las autoridades se comprometían: “Promoveremos que se valore el mérito y se recupere el derecho de los padres a elegir las escuelas”. Finalmente se despedían, como corresponde a su investidura, con “Un abrazo cariñoso”.

“Lo que pasa es que aquí el gobierno encontró petróleo”, asegura Manuel Canales, sociólogo de la U. de Chile que ha dirigido –junto a Cristián Bellei− una serie de estudios Fondecyt enfocados en los efectos sociales del sistema educacional. Conocido en la academia por sus metodologías cualitativas, que intentan calibrar la sensibilidad de los actores a partir de sus propios discursos, hoy prepara los resultados de su última investigación: conversaciones de grupo protagonizadas por apoderados de liceos municipales y particulares subvencionados en regiones ya integradas al nuevo Sistema de Admisión Escolar (SAE).

−Cuando Piñera dice “intentaremos devolverles el derecho a elegir” –sigue Canales−, y cuando la ministra de Educación sale de gira con el mismo mensaje, están conectando con un segmento muy grande de la sociedad que hoy vive un luto, una desilusión que el gobierno ha captado bien a través de sus vínculos con sostenedores privados.

Para explicar a quiénes se refiere, Canales traza la frontera entre dos grupos “radicalmente distintos”, pero que suelen ser confundidos: la nueva clase media, que asiste a colegios de copago alto y aspira a codearse con la clase dirigente, y una clase media baja mucho más numerosa, apenas despegada de la pobreza, que podía copagar $10 mil mensuales (el copago promedio a nivel nacional, hasta 2015, rondaba los $16 mil). “Y ellos no miran hacia arriba, sino hacia abajo. En su discurso, los colegios que sirven para llegar alto son otro país, una extranjería”.
Años antes de la reforma, Canales y su equipo habían investigado qué motivaciones predominaban en este grupo al momento de elegir colegio (Ver estudio). Se encontraron entonces con un sentimiento generalizado: el miedo al flaite. Que no es arribismo, aclara. “Es temor, inseguridad de haber salido del fondo pero saber esa conquista muy precaria. Porque ya no son pobres, pero no han dejado de ser, como esta misma política se los demuestra, ‘sociales’, pueblo. Entonces miran hacia abajo con miedo, porque allá abajo en Chile siempre ha estado el condenado, la turba, lo turbio, la mezcla entre buenos y caídos. Y lo que compraban esos $10 mil mensuales era dejar eso afuera. No era el consumidor que compra goce: era el necesitado que compra una protección”.

Así fue como los colegios de copago bajo se volvieron, para una mayoría social, en los verdaderos emblemáticos: emblemas de una “conciencia de estrato” que encontró en ellos su “una morada subjetiva”, un refugio que ofrecía la tranquilidad de no volver a caer. El sociólogo es tajante al excluir de esta conversación la odiosa figura del “facho pobre”:

−Lo suyo es simplemente la ley de la vida en la sociedad neoliberal: optimizar cada uno lo que tiene, ser un guerrero. Calcular cada jugada en función de tu propio poder. Y entendamos que haber salido del fondo, del raso, fue un logro histórico para ellos. Y que el neoliberalismo, nos guste o no, fue nuestro modo de llegar al progreso, la modernidad que no tuvimos. Eso del Estado y las industrias existió para una minoría. Para los demás existieron los fundos y, casi enseguida, la globalización. Y cuando Jorge González cantaba “Muevan las industrias”, haciendo el epílogo de la época que moría, la temporera estaba empezando con la cumbia, celebrando la vitalidad del modelo exportador y los contratos temporales.

Un cuarto de siglo después, sin embargo, un inesperado movimiento social se tomó las calles y proclamó que había otra manera de hacer las cosas, más razonable y más justa. Algunos protestaron que esos argumentos eran añejos, pero se descubrieron incapaces de rebatirlos.

Y entonces, llegó la tómbola.

EL DESTIERRO

“Volver a la llanura”. Así define Canales el lamento que expresan quienes han visto desaparecer la diferencia de rango que el antiguo sistema les ofrecía. “Todo ese promontorio sobre el cual se habían asentado, y que les dijeron que era su conquista, su logro personal, de un día para otro, por una decisión administrativa, ya no está. Esa es la desilusión que modulan: ‘puede que sea justo, pero es fome, es penca’. Desanima, tiene algo de lúgubre, porque esa segmentación ya era consustancial a su manera de ubicarse en el mundo. Yo los siento fuera de casa, fuera de certidumbre: ‘¿Dónde estoy? No entiendo, ¿todo eso era nada?’”.

Los testimonios, extraídos del informe que preparan los investigadores y citados acá cuando son representativos de otros tantos, corresponden a padres y madres –con predominio de estas últimas− de la región de O’Higgins y, en menor medida, de Magallanes y Los Lagos, que junto a las de Coquimbo y Tarapacá fueron las primeras en implementar el SAE (el proceso de admisión para 2019 integró a las restantes, excepto la Metropolitana cuya incorporación se postergó un año).

“Yo tenía una intermedia donde yo decía: ¿dónde está mi nivel? Ahí. Con lo que yo puedo pagar más o menos, el subvencionado”.

“Entonces ahora o pagas harto o no pagas nada. Ya no hay ese intermedio que uno como papá se esforzaba un poquito: ya, lo voy a mandar a un colegio más o menos… Ahora no”.

“Por eso yo digo: ¿por qué dejarnos solamente dos opciones? ¿Es justo?”.

“O sea, yo digo pucha, me mandaron por pobre para acá…”.

Reducir este desconcierto a los intereses de un grupo específico, advierte Canales, es no comprender que el reemplazo del copago por la tómbola “desordenó una cultura, una época, todo”. Puesto que negar al apoderado su “derecho de cliente” a diferenciarse con su dinero respecto de bienes públicos que subvenciona el Estado, es negar toda la racionalidad social construida en las últimas décadas. “La plata que pone el Estado no es para que tú le ganes a otro, es para que a todos les vaya bien. Pero en el ethos popular la noción de lo ‘justo’ están tan arraigada en esa racionalidad del cliente, que el fin del copago es completamente contraepocal. Por eso choca tanto”.

Tal es así que, en todos los grupos de conversación, la primera voz que se hizo escuchar fue el reclamo por el “derecho a elegir” el colegio de los hijos. Algunos ejemplos entre muchos:

“Yo creo que es un derecho de apoderada, de madre, un derecho de tu hijo también, entonces como que lo están vulnerando”.

“No sé, rabia, impotencia de decir pucha, ¿por qué me están imponiendo tener mi hijo en otro lugar?”.

“Ahora no, el sistema le elige a uno, te lo imponen, y ni siquiera uno tiene derecho como a pataleo”.

“Yo no tengo ningún problema, el colegio tampoco, pero yo creo que tengo una cosa personal, como ese resentimiento de que yo no lo elegí”.

Canales hace notar que el discurso reformista dijo mucho contra el lucro del proveedor, pero poco sobre el derecho que creía tener el comprador, y cuya súbita pérdida explica ahora su perplejidad: “La palabra de ellos era mayoritaria, y en los otros ámbitos de la sociedad lo sigue siendo. Con ellos habla todo el sistema: la tele, la publicidad, incluso la política. Y de pronto, se desata una hebra de racionalidad pública y este sistema que parecía tan orgánico, ¡pum!, le hacen un solo giro y se desparrama. Y ellos se ven en la diáspora. Y más encima, sospechosos de algo raro, porque el sistema anterior lindaba con los subterfugios, había algo sotto voce, lo cual ayuda a comprender que nadie saliera a defenderlo”.

Aquellos subterfugios eran los criterios de selección que aplicaba un alto porcentaje de los sostenedores. Transgrediendo la ley, pero creando además una contradicción insalvable con el derecho a elegir de los padres que alegaban resguardar. De ahí que la página web del SAE, en su sección “Mitos”, establezca: “Mito: Con este sistema, el Ministerio elige por los padres. / Realidad: Todo lo contrario, con el nuevo Sistema de Admisión Escolar se garantiza que las familias que puedan elegir libremente el colegio que quieren para sus hijos, al eliminar todas las prácticas discriminatorias en los procesos de admisión a los establecimientos, como la realización de pruebas, entrevistas y el requerimiento de todo tipo de antecedentes”.

Esta contradicción también se refleja en las dinámicas grupales cuando los padres, tras reclamar el derecho que tenían de elegir, añoran a su vez la obligación de ser elegidos. Se identifican con guión las secuencias de diálogo entre apoderados.

“Ellos veían las notas que tiene el niño, el tema de comportamiento, todo”.

“−Sí, mi hijo no dio prueba pero sí notas, dimos notas del colegio anterior.
−Informe de personalidad.
−Más importante que las notas…
−Sí.”

“Te medían tus capacidades, no tu nombre y tu rut”.

“Antes no, ¿ah? Antes los seleccionaban por nivel, por condición, por las pruebas, el nivel académico era parejito, digámoslo… Y también, por ejemplo, no sé po, la hoja de vida. Ellos se daban el lujo de decir no, él no me sirve, no lo recibimos. Ahora no se puede hacer eso”.

“Entonces esto también ha ido en desmedro de los niños; para qué se van a esforzar por llegar a un colegio, si el sistema te elige y teniendo un 4 tengo la misma opción del que tiene un 7”.

Una fuente de malestar muy significativa –y que evidencia la timidez pedagógica con que se llevó adelante la reforma− es el sentimiento de indefensión frente a la impersonalidad de la máquina. Donde el Estado ha querido introducir un principio de equidad, los padres afectados sólo parecen distinguir la sustitución de un orden racional, con reglas conocidas, por la injusticia un “sistema” que obedece a leyes insondables.

“Ese es el tema, uno se pregunta cuál es el criterio, y el filtro que se utiliza para poner a un niño en cual o tal colegio […] Es como que tú ingresas el rut tuyo y el de tu hijo y el computador solo los manda a cualquier opción de colegio”.

“Uno va al colegio y dice oh, por qué no quedó mi hijo…”

“El sistema, le dicen eso, es el sistema, y ahí uno queda”.

“Yo me hubiese quedado tranquila cosa que me hubiesen dicho mire, su hija no quedó aquí por esto, pero quedó aquí por esto. Porque yo no sé por qué mi hija no quedó donde yo quería y me la dejaron ahí”.

Del sistema antiguo, por contraste, resaltan la posibilidad que tenían de jugarse su propia opción. El acto presencial de ir a conquistar un cupo −requisito del todo inexigible desde una perspectiva pública− prefiguraba incluso una distinción entre colegios: aquellos de madres esforzadas, que se levantaban a hacer la fila, y aquellos con los que debían conformarse las otras.

“Y de hecho, uno hacía el sacrificio de prácticamente pasar la noche afuera del colegio, porque uno sabía que si uno llegaba de los primeros el niño iba a quedar ahí, cosa que ahora no, ahora lo ingresamos al sistema y el sistema decide a dónde se va”.

“Yo, por ejemplo, creo que fui una de las primeras que matriculé a mi hija, porque yo realmente quería que quedara ahí, entonces fueron como las ganas. Pero creo que ahora es como más la suerte no más… Aunque igual esos años en que mi hija quedó, era con prueba”.

Para el año académico en curso, el SAE recibió 274.990 postulaciones de ingreso. El 59,2% de los estudiantes quedó en el colegio que había elegido como primera opción; el 23,2%, en alguno de preferencia secundaria; y el 17,5%, en un colegio al que no había solicitado ingresar.

LA MEZCLA

Una cualidad inédita de este estudio −respecto de los que había realizado el mismo equipo− es que por primera vez dialogan entre sí quienes antes se expresaban en grupos aparte. Y de ese encuentro surgieron algunos de sus resultados más interesantes.

−El cambio de sistema también nos desordenó el esquema a nosotros –cuenta Canales−. Antes los teníamos bien separaditos: los que podían copagar estaban allá, y los que no, en los municipales. Pero ahora que están mezclados, ¿cómo los separamos? Y sobre todo: ¿debiéramos separarlos? Porque si algo evidenció la experiencia del microgrupo, fue la debilidad del corte que los separaba. Hablan como pares, perciben altiro que son de los mismos. Nadie habló de “flaites”, pese a que en los estudios anteriores era una seña fundamental. Es impactante la diferencia entre hablar del otro y hablar con el otro”.

La interacción, en todo caso, sí reflejó dos discursos en conflicto. Pero no en la forma de un antagonismo declarado, sino a través de una curiosa progresión que se repitió en todos los grupos: en una primera fase, predominaba sin competencia la voz de los “dolidos” con el nuevo sistema, pero poco a poco, incapaz esa voz de concitar un consenso, comenzaba a ser contrapesada por una corriente “inclusiva” que, tímida al principio, terminaba por doblegarla.

Para sorpresa de los investigadores, esto ocurrió sobre todo en los colegios particulares subvencionados. “En los municipales, algunos ni se enteraron del cambio, van a los mismos liceos de siempre. Entonces escuchan a los dolidos y los dejan desahogarse, los entienden, pero no los siguen. Esa voz queda en la soledad, nomás. En los subvencionados pasa algo más potente, porque ahí esa voz está en su antigua casa, pero ahora con la frontera abierta a los que antes no entraban. Y cuando el discurso del miedo a la mezcla empieza a mostrar sus incoherencias, los antiguamente negados les enrostran esas incoherencias, con un sabor a victoria: ‘Ah, ¿viste?’”.

A esta segunda voz que emerge desde el mutismo, Canales le llama “neocívica”. El prefijo denota que, si bien parece esgrimir los viejos principios de equidad que inspiraron al movimiento reformista, su discurso le debe más a la aparición de una sensibilidad nueva que a la continuidad de la antigua: “Aquí están midiendo fuerzas dos racionalidades muy específicas de esta época: la individualista del rendimiento, que llegó primero, y la colectiva de la inclusión y la no discriminación, que vino a replantear en otros términos el dilema de siempre: mis capacidades o sus necesidades”.

Y es precisamente la inclusión, no la igualdad, el término que los padres molestos identifican con su pérdida, mostrando reacciones que fluctúan entre la resistencia agresiva y la aceptación resignada. Ejemplos de lo primero:

“− Llega todo, lo bueno y lo malo…
−Sí po, los colegios ya como que no…”.

“Entonces está todo mezclado en la sala, esos niños malos, esos niños buenos, niños con Asperger”.

“−Si tú preguntaras, no sé, al director, a un colegio, a qué se debe eso, ellos te aseguro que te dirían: es que el sistema trajo de todo para acá…
−Esa es la respuesta, llega todo, ahora hay que recibir sí o sí lo que llegue.
−Ah, sí po, por la nueva inclusión.
−Claro, ellos dicen eso po, como que los chiquillos nuevos echaron a perder el…”.

“Niños que son más agresivos, se tienen que ir los buenos, porque como está la ley de inclusión, entonces los directores, los profesores, a este niño tienen que darle como 100 mil oportunidades”.

No es difícil reparar en que las objeciones a la inclusión –caracterizada a menudo como un principio bien intencionado, pero desconectado de la realidad− invocan por lo general diferencias de comportamiento; muy rara vez, de rendimiento académico.

“No sé po, jamás yo me imaginé años atrás ver, no sé po, niños de enseñanza media fumando marihuana, por ejemplo. Y ahora se ve dentro del colegio”.

“Y aunque uno quiera estar en esto de la inclusión, uno apoya esto, cuando uno lo ve de afuera dice ‘es muy bueno porque están todos los niños’, pero cuando uno ya está en el colegio municipal de verdad, por ejemplo a mí me pasó, que a mi hija la saqué del prekínder porque un niño le tocaba la vagina a las niñas y no lo podían echar. A este niñito no lo podían echar, ¿entonces qué hacía uno, qué tiene que hacer en ese entonces? Sacar a la niñita”.

“−A mí igual no me gusta mucho eso de [que ya no se selecciona por] las notas, porque entra cualquiera y el cualquiera, o sea, no es por menospreciar al cualquiera va a lesear no más al colegio, por ser…
−Es que igual depende, porque ustedes hablan… yo no sé si a sus hijas les va bien, pero a mi hija no le va bien pero porque ella tiene un problema para aprender, y si no le va bien no es porque vaya a tontear al colegio”.

Este último diálogo ilustra el punto de quiebre que, al decir de Canales, ha dejado a los descontentos en la “soledad sociológica”: ya no pueden legitimarse como voz grupal, pues reivindican un interés que excluye a quienes ahora son parte del grupo. “Entonces entablan una discusión sobre lo justo, pero salen contrariados, porque en la frase ‘uno podía elegir’, ese ‘uno’ no alude al ‘nosotros’ general, sino sólo a los que podían copagar. Tienen el mismo problema que sus intérpretes públicos: son la voz del sentido común, dominan testimonialmente la conversación, pero no pueden terminar de decir en nombre de qué se alzan, porque su racionalidad privada no logra justificarse como racionalidad pública”.

Entre quienes aceptan el criterio igualitario o se resignan a aceptarlo, el estudio destaca dos posiciones: una simplemente pragmática, que reporta sobre “movidas” o “modificaciones” que permitirían burlar los designios de la tómbola (la más referida, retirar al alumno del colegio malo una vez iniciado el año escolar y entonces “ir a llorarle al director” del colegio bueno: “sabe que mi hijo quedó en el aire, necesito si tiene un cupo”), y otra que le concede ciertas virtudes al nuevo paradigma inclusivo.

“−Yo creo es justo, pero no es lo que queríamos (risas). Es justo, pero no es lo que yo quiero, porque yo quiero que mi hija quede en tal colegio y no va a quedar. Pero al final está bueno para la gente.
−Hay que resignarse (risas)”.

“−Ahora hay diversidad, esa es la palabra que se ocupa ahora, la persona que… el niño que es más complicado, el niño que es más normal… o sea, la palabra normal, también es tan complicada, también decirla.
−Ahora…
−Porque ahora todo es como discriminación, entonces hay que tener paciencia no más y así va a ser de aquí para adelante”.

Para que nadie se entusiasme más de la cuenta, Canales se refiere con cautela a la tentativa irrupción de un “neocivismo” en sectores populares: se trata de brotes silvestres, ideológicamente débiles. En las conversaciones, insiste, esa voz sólo emergía en respuesta a posiciones hostiles, o bien a instancias de los moderadores. “Aun así, no deja de ser sugerente que partiera siempre en minoría, justamente por ser tan contraepocal, pero terminara victoriosa, y hasta lograra silenciar a la otra”. Los siguientes son ejemplos de aquellos planteamientos que dominaban el tramo final de las conversaciones.

“Eso es lo que quiere demostrar la ley po, que todos seamos iguales en el fondo”.

“Con esta ley, por lo que yo entendí más o menos, acá ya no te pueden preguntar si tus padres son casados, ya no te pueden preguntar cuál es tu nivel socioeconómico. ¿Usted va a poder pagar? Ya no es eso. Eso es lo que quiere [esta ley]. Incluir a todos los niños. Incluso los niños con déficit atencional, con problemas de síndrome de Down. Eso es lo que entendí”.

“−Yo veo la otra parte, que los alumnos no estén por sobre otros”.
−Sí, eso ha cambiado mucho, los niños todavía siguen siendo los mismos pero la ficha de los niños, ya no preguntan todo lo que preguntaban. Como dicen, reciben todo, y todo para que sea, como dice él, parejo”.

“−A mí también me pasa que yo tenía ese estigmatización de decir: ah, no, es que este era particular subvencionado y algunos no entraron por las lucas y ahora va a ser así como… no van a pagar, van a llegar todos.
−No, yo encuentro todo lo contrario. No sé, encuentro que al colegio le ha hecho bien este cambio”.

“A mí me pasa que mi hijo tiene un compañero autista y mi hijo me dice: ‘Mami, el Diego me molesta’, y yo le digo: ‘Hijo, nosotros tenemos que adaptarnos a todos los niños: con autismo, con cualquier problema’. […] Aunque sí, a veces a uno la perjudica como mamá, como veníamos hablando nosotras dos, en el sentido de que a veces niños con otras condiciones les pegan a los niños nuestros y uno no puede hacer nada porque el niño tiene otras capacidades, entonces igual es distinto cuando uno es mamá. Pero yo como persona creo que es buena la ley de inclusión…”.

“Bueno, y si la autoridad de un colegio dice ‘el sistema me mandó de todo para acá’, esa es la respuesta que da, no está funcionando el colegio po”.

LA CONFRONTACIÓN FINAL

No es casual que la mayoría de los testimonios citados correspondan a familias de Rancagua. “Nos concentramos ahí porque, entre las ciudades que habían entrado al SAE, era la más parecida a Santiago, donde esto va a ser más complejo aún”, advierte Canales. El impacto del SAE en la Región Metropolitana se dejará sentir a partir de agosto de este año, cuando se abra el proceso de postulación para 2020. Lo que entonces se va a amplificar, augura el sociólogo, “es esta especie de confrontación final entre el ‘derecho del cliente’ y la permanencia y/o reaparición de una lógica pública o cívica”. Conflicto que el mundo popular deberá procesar con sus propias herramientas, porque en las clases dirigentes, observa, los actores no están asumiendo sus banderas:

−Nadie quiere asumir la disputa ideológica que se ha instalado. Ni unos defienden el copago ni los otros el civismo a todo evento. A los desilusionados, la ministra les dice “estamos contigo”, pero no llega a proponer “volvamos al copago”. Habla del mérito académico y de los liceos emblemáticos. Esos son voladores de luces respecto de la gente de la que estamos hablando.

Pero en las conversaciones se nota que, además del copago, algunos también extrañan la selección por mérito: “Aunque me esfuerce, ya no sirve de nada”.

−La meritocracia por indicadores académicos es el único argumento que sí puede invocar una racionalidad general. Pero en este estrato, que es donde está la masa, el reclamo “por qué me nivelan hacia abajo” no pasa por el mérito académico. Y acaba de aparecer un estudio de la UC –realizado en las mismas regiones que estudiamos nosotros− que demuestra, contra todo lo sostenido por la ministra, que el 25% de alumnos de mejor desempeño asiste a los colegios de mejor rendimiento en la misma proporción que antes. Y en la U. de Chile estamos por sacar un estudio cuantitativo donde se revela que las familias han preferido postular a los particulares subvencionados, pero sin discriminar entre ellos por indicadores académicos.

¿Dirías que la cruzada del gobierno por el mérito académico es una especie de apoyo moral a esa masa dolida?

−Exactamente: “Sabemos de tu dolor, no nos hemos olvidado de ti… y nos encantaría devolverte el copago pero a lo mejor no se puede con recursos públicos”. Les están demostrando que hicieron todo lo posible. Y creo que les va a rendir. No en lo educacional, que en realidad no le interesa mucho a nadie, pero sí en la conexión con su pueblo, formado en el ethos del mercado. Pero esto igual los está llevando a preguntas incómodas.

¿Por qué?

−Porque al decir “Ley de Admisión Justa” volvemos hablar de justicia, de igualdad de oportunidades y no de “oportunidades para todos”, que es donde la lógica neoliberal sabe justificarse. Donde entran la igualdad y la justicia, pierden verosimilitud, porque la verdadera falta de meritocracia hay que buscarla mucho más arriba. De ahí que los colegios particulares no estén muy cómodos con este debate.

¿Pero te preocupa que el argumento del mérito sirva para revertir la integración que se produjo en el sistema público?

−No, desmontar este avance va a ser muy difícil. Lo que me preocupa es cómo se desmonta esa sensibilidad que quedó a la deriva. ¿Qué va a pasar con ella, qué nueva casa va a encontrar?

“Lo público”, como imaginario alternativo, por ahora no dice mucho.

−Claro, si tú estás acostumbrado a ser cliente de los servicios públicos… Pero fíjate que cuando hicimos el primer estudio, no hablaban de “particulares subvencionados”, sino de “particulares” a secas. Y a los privados les decían “particulares-particulares”. En cambio, ahora se está hablando de “subvencionados”. Pero cuesta enmarcar esos gestos… Porque si miramos más arriba, quienes acaso quisieran desarrollar el civismo enfrentan su propio problema de verosimilitud: el evidente apartheid en que se encuentra la educación de las clases dirigentes, ¿no? Aun así, es sorprendente la falta de convicción de gran parte de la izquierda y del centro progresista para entrar en este debate. Como que lo rehúyen. ¡Le rehúyen a discutir con la derecha sobre justicia!

O más bien, a decirle a la gente “sí, es verdad que te quité algo”.

−Tal cual, les quitaron algo. Les quitaron una ilusión de diferencia que se sostenía en un mecanismo de segregación que destruye la sociedad, que no era sostenible. Pero hay que responderles, porque efectivamente se les dijo “hazte cargo de tu vida y dependerá de cuánto luches”, y ahora les dicen “ya no te permito separarte del resto con recursos públicos”. Pero si no hay ningún discurso constructivo convocando a algo… ¡dónde está el portavoz de esto, quién le dice algo a ese sujeto! Alguien tiene que invitarlo a construir sociedad, a construir el propio colegio. Una esperanza, ¿no? Pero no, ha sido todo sin confianza, sin convicción. A los que lean tu nota, yo les apuesto que no pueden responder esta pregunta: ¿quién está liderando la defensa de la nueva educación pública?