En 1966 una brillante Elizabeth Taylor se quedaba con el reconocimiento de la Academia al ganar el Oscar a mejor actriz por el magistral papel de Martha en el histérico drama “Quién le teme a Virginia Woolf”. El guión de Ernest Lehman mostraba una patética pareja de mediana edad discutiendo en forma descarnada frente a los ojos de sus vecinos por los dramas de un hijo ficticio; un supuesto adolescente que jamás existió ligado a una supuesta fortuna que jamás hubo atado a un amor de madre que tampoco era real. Finalmente, un espectáculo público donde todo era una mentira aumentada por la estridencia de los gritos de Martha, su falta de silencio, de prudencia y de verdad.

A finales de los años sesenta varios editorialistas norteamericanos miraron la película con ojos políticos. No se rindieron al análisis puramente cinematográfico y dejaron correr su imaginación institucional para encontrar en la cinta la explicación analógica de todos los males del disociado y ambicioso presidente Lyndon Johnson y su gestión.

Cautivado por la magistral actriz británica y por la brillante locura del periodismo norteamericano que a todo le asigna simbología y carga política, me permito decir que la atmósfera de la cinta no se evapora en la década del 60. Si se va más allá y se mira cuidadosamente, se puede encontrar un sentido en nuestra propia dinámica pública donde las transgresiones de ida y vuelta pueden ser el mal de todos los males para cualquier gobierno; el de Sebastián Piñera, por desgracia, no es la excepción.

Martha es sinónimo del grito mismo. Mientras más alto hablaba sentía que más la escuchaban sus vecinos; mientras sus carcajadas eran más fuertes y articuladas se percibía a sí misma en su falsa felicidad; en la escena política estas últimas semanas en Chile ha sido lo mismo. Desde su regreso de China, -en medio de la polvareda levantada por la presencia de sus hijos en la gira por Asia y la audiencia tuitera lista para el choque-, Sebastián Piñera decidió contraatacar con más decibeles mediáticos. Se mostró ofendido golpeando la mesa por televisión hablando de pura y dura maldad y de malas intenciones e intentos de daño personal y familiar.

Twitterlandia, como los vecinos de Martha disfrutaban morbosamente del espectáculo de verla en el delirio del acto de maternidad falsa, al igual que el impulso incontenible del presidente Piñera de mostrar una cuasi conspiración frente a la objetiva presencia incómoda de sus hijos en la gira.

Si Martha hubiese reconocido que jamás fue madre y que su embarazo no está más que en su mente, sus vecinos se habrían retirado lentamente y en silencio ante la verdad. Si al mismo tiempo el Gobierno hubiese admitido al menos la torpeza que implicó el acto de Cristóbal Piñera sentado en una reunión de trabajo del presidente en China, la opinión pública no habría tenido otra opción que ir poco a poco callando la crítica destemplada y a veces injusta, ante la cruda honestidad política.

Sin embargo, para Martha las advertencias de su marido eran estupideces y a lo largo de la película sigue adelante con el show frente a su audiencia vecinal, mientras que por estos lados Cristóbal Piñera revive la polémica con una carta a El Mercurio, mediante la cual forzó el desmentido de la Fuerza Aérea y empujó al gobierno a un nuevo espiral de estridencia aclaratoria. Sebastián Piñera respondió preguntas por televisión, twitteó sobre un supuesto análisis de la Contraloría que jamás existió como tal, repasó la mala intención y la intolerancia de la oposición; su falta de criterio, su falta de bondad, de nobleza, de honestidad y de tantas otras virtudes puestas al servicio de su particular y para algunos distorsionada mirada de la polémica.

Al cierre de la película los vecinos de Martha salen de su casa entre el goce de quien presencia un circo emocional y el asombro de su espectáculo y el de su marido profesor universitario. En todo caso el mayor de los siniestros placeres del vecindario fue darse cuenta de cuán sabroso es para el espectador la híper reacción de la pareja expuesta en público, porque de las reales penas de Martha nadie ni siquiera se ocupó. La misma sabrosura que el propio gobierno alimentó en redes sociales al no reconocer desde el minuto uno lo más simple: que el viaje a Asia de Cristóbal Piñera fue una torpeza dentro de la agenda.

La Moneda debería haber sido clara y enfática no precisamente en hablar de conspiraciones y planes políticos malévolos sino en que la dinámica y éxito del ejecutivo no pasan por un tropezón asiático; sino que por decisiones públicas mucho más profundas y de fondo en las cuales se está trabajando para el éxito. De esa forma, una mayor sensatez y honestidad en la óptica del ‘Chinagate’ hubiese librado al presidente de días tensos y complejos; porque en estos tiempos en política, a diferencia del cine, las actuaciones no son premiadas sino castigadas y convertidas en alimento de un morbo insufrible, el cual el vecindario sesentero de Martha conoce muy bien.