Se acabó y no me refiero precisamente al exitazo de HBO y que tuvo por varias temporadas a millones de serieadictos pegados a la oscura trama de poder detrás de cada capítulo de Game of Thrones, sino más bien al oxígeno político del gobierno de Sebastián Piñera. Ese aire que por estos días se agota cada vez más a medida que comienza el juego de tronos en los partidos oficialistas. Y justo ahí esos torpes personajes seducidos por el poder que sienten las cosquillas por entrar en la carrera presidencial.

El Presidente lo dijo claramente la semana pasada en su paso por la región del Biobío. Reconoció que hay algunos de los suyos que viven en carrera, que jamás reconocen que el juego de tronos tiene recesos de temporada, que en algún momento hay que parar de correr porque hay que gobernar. Que, en definitiva, hay que dejar de hacer el ridículo; pasar del narcisismo y al menos dejar trabajar.

Quizás Andrés Allamand no lo tenía tan claro cuando decidió mostrarse dispuesto a volver a competir por La Moneda hace algunos días. Quizás, el propio Piñera omitió la prudencia que hoy reclama cuando empujó puestos parlamentarios y aspiraciones presidenciales una y otra vez hasta conquistar dos periodos al frente del país. La pregunta clave no es necesariamente quién podría ganar, cosa que es fácilmente reconocible en este tipo de escenarios políticos, sino más bien quién podría perder al adelantar artificialmente una carrera presidencial a 15 meses de instalado el gobierno.

Primero la propia figura presidencial a la cual le comienzan a hacer forzosamente las maletas antes de tiempo. No hay agenda legislativa lo suficientemente robusta para soportar la presión de un ambiente electoral a destiempo. Aparecen las avalanchas y cáscaras de proyectos, decenas de iniciativas de ley que aterrizan en Valparaíso a medio hacer, sin terminar, sin socializar y lo más peligroso, sin pensar.

La figura presidencial comienza a convertirse en parte de un pasado político juzgable y analizable. La gestión presente pasa a un segundo plano, ninguna idea ni problema es suficientemente urgente como para ser discutido en su mérito. Todo es parte de la campaña, de ese juego de tronos.

La estructura del Estado además se torna cada vez más rígida. Cualquier peso puede ser objetado en Contraloría, nadie quiere aparecer rompiendo la pureza del andamiaje estatal en medio de una campaña desatada. Los medios confunden las pautas, los tronos dentro de los partidos pasan a ser lo más importante y los temas de la llamada agenda real sufren el castigo de la total falta de relevancia. Tal vez los ciudadanos dejaron de serlo, quizás nunca lo fueron, porque siempre en este juego son tratados como electores.

Sin embargo, quizás lo más preocupante es que quien pierde de verdad es el país. Pierde tiempo, pierde energía, ganas, sentido, urgencia, alerta, interés y atención. No hay sistema democrático que soporte campaña permanente y eso nuestros políticos de lado y lado deben saberlo y también debemos saberlo nosotros los periodistas para no andar preguntando contrarreloj aquellas dudas que no satisfacen más que el interés de aquellos que gozan con el vértigo de la urna y las ilusiones de poder.

Para evitar este cuadro hay algo que se llama legalidad, plazos por ley, disposiciones de fecha que dicen en nuestra legislación claramente cuando comienzan las campañas, cuando el juego de tronos puede partir sin hacer daño y sin distraer ni molestar. Sin embargo, quizás nos falta una revisión algo más profunda, un análisis serio sobre el período presidencial y de qué forma cuatro años sin la posibilidad de reelección inmediata compromete el programa de gobierno y adelanta en forma peligrosa las banderas del proselitismo.

Un juego realmente peligroso, porque hay que tener claro que los tronos están para ocuparlos pero no solo físicamente, sino que también en términos de gestión y solución de asuntos reales y urgentes. Esos asuntos que cualquier panorama político debe atender mucho antes de siquiera pensar en quienes serán los siguientes jugadore