Hace un par de semanas mi hermana Andrea me invitó a un Círculo de mujeres que ella y una amiga organizan. En este encuentro se reúnen con mujeres de diferentes edades a meditar, bailar y despertar la energía femenina y tribal.

Debido a mi depresión, entré al mundo de las terapias alternativas por necesidad, me entregué a ellas por desesperación y siempre salí aprendiendo algo nuevo y constructivo. Con el tiempo se volvieron necesarias y dejaron de ser la última opción. Creo que lo más difícil fue sacar a mi espíritu del universo religioso y católico donde vivió toda mi infancia y parte de mi juventud reclutado por la culpa, el pecado, el tabú del sexo, el culto al sufrimiento y la resignación femenina.

Esta vez, senté a mi espíritu renovado en un Círculo de mujeres. Después de una meditación grupal en posición del loto (mi loto es con una pierna estirada porque se me duermen) y un ejercicio para presentarnos, nos paramos y empezamos a movernos. La música era ecléctica y variada (tribal, indígena, pop, rock, clásica, charango lila, etc.) sonaba fuerte desde unos parlantes y la amiga de mi hermana micrófono en mano daba instrucciones. Primero había que mover los pies, luego las piernas y así sucesivamente todo el cuerpo con movimientos libres y espasmódicos. Sin darme cuenta, me volví cada vez más elástica y eléctrica, pero a la vez me sentía parte de un cardumen descoordinado y femenino que se retorcía como un ballet de música concreta (música alemana, vanguardista, conceptual).

Cuando nos pidieron convertirnos en nuestros animales protectores, imaginé un toro grande y pesado que lucha por su vida (como tauro ascendente tauro no se me ocurrió nada más). Sacudí mi cabeza violentamente de arriba abajo como lo hacía de joven en los recitales de rock, cuando iba a bailar a La Batuta, sumergida en humo de cigarro, retorciendo mi músculos llenos de cerveza en éxtasis máximo, pateando el suelo con fuerza, sacudiendo mi cuerpo veinteañero, cantando los hits de los ’90s en un inglés chamullado con pasión y entrega total. Bailar siempre fue el peak emocional de mis noches de carrete.

Sudando como chancho y casi con ataque cardíaco, abrí los ojos y vi a mis compañeras del círculo gateando, deslizándose, corriendo y aullando por la sala poseídas por sus espíritus derramados, hasta que nos pidieron que moviéramos las caderas, más bien que moviéramos el ÚTERO haciendo ochos infinitos. Me dio risa, porque siempre asocié el útero a labores poco sensuales, más bien dolorosas, culposas y sangrientas: menstruación, embarazo y parto, y a pesar de haber sido la cuna gestacional de mis dos amadas hijas, con lo fundamental que realmente es, mi útero le pertenecía a otros y nunca llegó a gozar de la popularidad del corazón, símbolo mundial del amor.

La música era salvaje y sensual y en segundos empecé a sentir que mi útero danzante me generaba un placer diferente, una especie de libido adulto que no conocía. Al parecer no solo podía renovar mi espíritu, también mi sexualidad, que siempre perteneció al universo de mis relaciones íntimas con los hombres, con mis genitales y con todo lo que vulnera mi cuerpo para fundirse con otro. Cosas que han perdido protagonismo en mi vida. Por eso, sentir una energía sexual en mi cuerpo así tan de repente, vestida, un domingo en la mañana, sin cerveza ni rock, rodeada de mujeres bailando en un salón de yoga oliendo incienso, fue una grata sorpresa. Me apropié de mi útero. La sonrisa me duró varios días.

Terminamos con cantos a las madres, abuelas y mujeres ancestrales, con una meditación guiada, la sabiduría femenina compartida, cariñosas y sabias palabras de cierre de mi hermana y su amiga. Después de esto solo dormí, había que procesar esta experiencia potente.

Saqué algunas conclusiones con esta experiencia. El espíritu se libera cuando está en círculos y se vuelve sumiso en filas escuchando a un líder en un altar. El deseo sexual se manifiesta de muchas maneras durante la vida, a los cincuenta haciendo ochos con el útero. Bailar debiera volver a ser mi peak emocional, al menos un fin de semana al mes. Es sano actualizar los universos personales, la cultura está siempre evolucionando. Mi hermana y su amiga son mis machis favoritas, y lo más importante: desde ahora dibujaré úteros para representar el amor, no más corazones.

Porque como dice Casilda Bustos Rodrigáñez: “En la mujer, no es el latido del corazón el que produce amor, sino el del útero, el órgano que late y tiembla en el vientre produciendo placer, y en el que hombres y mujeres sentimos por primera vez el ritmo placentero del mundo visceral” (“La sexualidad y el funcionamiento de la dominación”, el libro que está ahora en mi velador).