Son las 3:55 pm del sábado, y las hileras de universitarios, con sus botellas de agua y esparciéndose bloqueador, descienden por distintos senderos en dirección a la masa reunida en el centro del valle. En la fila, delante de mí, un adolescente de trencitas pegadas al cuero cabelludo le da una chupada a su vaporizador, mientras de su mochila cuelga un parlante del que sale la voz del rapero Big Sean tarareando “Everything high, high, high”. La brisa trae consigo ese olor: ligeramente ácido, inconfundible. Se me acerca una chica con polera oficial de la universidad a ofrecerme una chapita. La miro en la palma de mi mano: un círculo dividido en dos con una de hoja de marihuana dibujada en una mitad, un vaso plástico rojo en la otra, y en letras mayúsculas “CHOOSE ONE! Party safe”.

Mientras continúo mi descenso por el caminito de tierra, saco el celular de mi cartera para capturar la escena frente a mis ojos. El cielo celeste, con nubes gordas como cogollos1, contrasta con el verde fluorescente de los pastizales alrededor. Las llaman las Porter Meadows –“las praderas Porter”–, y están rodeadas por pinos tupidos que crean un murallón protector. Allí, en el punto más bajo del terreno, se aglomeran unos cuatrocientos alumnos de la UC Santa Cruz bajo una especie de bruma blanquecina. De sus labios salen bocanadas de humo, como navecitas espaciales elevándose hacia el cielo y dejando detrás una estela. Hoy se celebra el “420” en Santa Cruz, California, una ciudad conocida por su progresismo liberal –herencia, en parte, de la penetración que tuvo el movimiento hippie de los sesenta en esta área– y por ser capital del primer condado norteamericano en legalizar, en 1995, la marihuana medicinal. Cada año en esta fecha, los estudiantes de la universidad que la revista Rolling Stone alguna vez describió como “el campus más drogado de la Tierra” se amontonan en estas praderas para fumar marihuana como si el mundo se fuera acabar. En las últimas versiones, sin embargo, la policía local ha irrumpido otorgando multas a los presentes por cientos de dólares, por lo que no hay certeza sobre cuántos años más durará esta convocatoria. Esta podría ser la última vez.

En medio de la masa de jóvenes vestidos como para ir a Lollapalooza –pantalones rotos a la cintura, cintillos de flores, sombreros de ala ancha, pelos multicolores–, un tipo vende chuletas asadas, y otro lanza jugos en cajita mientras grita a vivo pulmón “You get a snack!”. Circulan pipas, bongs, vaporizadores, cigarrillos enrolados, porros cruzados, y uno que otro mega pito2 de medio kilo que hay que sostener entre dos o tres personas para encenderlo y fumarlo. La gente succiona, sopla, tose, se ríe y luego vuelve a succionar. A pocos metros, bajo la sombra de los pinos, unos cuantos policías con sus pistolas enfundadas vigilan de brazos cruzados. ¿Qué van a hacer? ¿Llevárselos a todos presos?
De pronto, alguien en la muchedumbre empieza un conteo regresivo a viva voz. Rápido, se le une el resto, y ahora son cientos de jóvenes los que gritan “¡Nine, eight, seven, six, five…!”, mientras levantan en el aire sus celulares con las pantallas apuntando hacia abajo. Tardo un momento en entender lo que está pasando. Para cuando el conteo llega a cero, dan las 4:20 pm, y todas las cámaras capturan en simultáneo una selfie masiva de los presentes luciendo sonrisas estúpidas o gritando “Whatsaaaaaap!”. Me echo a reír, considero la opción de adentrarme en el océano de caras y manos alzadas frente a mí. Aunque no conozco a nadie, y a mis treinta y un años estoy entre las mayorcitas del grupo, seguro que algún adolescente misericordioso se apiadaría y me extendería una fumada. Doy unos pasos casuales arrastrando las zapatillas, pero me detiene a medio camino un sentimiento incómodo, un retorcijón molesto en alguna parte de mi cuerpo que no logro identificar. Entonces, recuerdo. Es verdad, solía gustarme fumar marihuana… hasta que llegué a California, y todo se fue a la mierda.

***

Mi relación con la marihuana empezó parecida a un primer pololeo. Sospecho que estudiar en un colegio de mujeres demoró de alguna forma el contacto inicial; en ese entonces –a principios de los 2000–, siempre eran los “hombres” de colegios mixtos los que andaban con pitos en las fiestas. Aunque mis esfuerzos por conseguirla comenzaron en séptimo básico, sólo logré fumar mi primer porro a los diecisiete años, echada de espaldas en un colchón viejo en la mansarda de mi casa, junto al que se convertiría en mi primer pololo.

De ahí en adelante, la marihuana se transformó como en una de esas amigas que ves poco, pero con la que igual lloras de la risa recordando las estupideces que han hecho juntas. Soy de las que fumaba en verano con las compañeras del colegio, escondidas entre las dunas, tratando de capear el viento que apagaba el encendedor. Soy de las que compraba “lucazos” para repartirlo entre tres, y de las que alguna vez fumó “paraguas” sin saber realmente la diferencia. Ya en la universidad, empecé a hacer amigos que tenían sus propios indoors, y en el ruido de fondo de mis panoramas de fin de semana sonaban nombres intrincados como “White widow”, “Blueberry” y “Pineapple Express”. Esta refinación del recurso no significó, sin embargo, que dejara de disfrutar del clásico pitito de hierba de cepa ambigua, cultivada en un rincón del patio trasero de un amigo con papás buena onda.
Para mí, fumar siempre se trató más sobre reírnos juntos y pensar colectivamente que sobre quedar pegada en el techo, con los ojos turnios y la mandíbula lánguida, olvidando quien soy y qué hago aquí. Para mí, fumar siempre se trató más sobre preguntarnos las mismas cosas, fortalecer vínculos y comunidades, y de paso baipasear a un sistema rompiendo una ley chilena, a mi juicio, tan ridícula como que al Congreso se le ocurriera prohibir quemar hojitas secas de manzanilla. La marihuana nunca fue el centro de mi existencia, ni siquiera de mi vida social, pero sí me parecía un bonito trasfondo para el intercambio de ideas y sentimientos que, en muchos sentidos, me convirtieron en quien soy.

A principios de 2016, recibí un correo con una gran noticia: me habían aceptado en un magíster en California. Eso significaba, entre muchísimas otras cosas, que me mudaría al estado donde la marihuana medicinal se había legalizado hacía más de dos décadas –aunque los primeros esfuerzos se remontan a 1972–. Además de ser sede de Hollywood y hogar de Sillicon Valley, California es, le guste o no, un destino que el resto del mundo ha empezado a ver cada vez más asociado al consumo de marihuana, incluso en términos estéticos. Fuimos varios los que crecimos viendo en MTV los videos clips de raperos de L.A. tirando billetes al aire y brindando con un bong, o freestyleando afuera de los locales dispensadores de Venice Beach. Cómo no iba a querer ver, ahora en persona, de qué se trataba todo el alboroto.

***

Dos meses después de mi aterrizaje, en las votaciones de noviembre –las mismas que entregaron el listón presidencial a Donald Trump– California aprobó, con un 57% a favor, la Proposition 64. La nueva norma legalizó el cultivo y consumo de marihuana con fines recreacionales para mayores de veintiuno, y permitió su venta en locales con el mismo propósito. Me pareció, sin duda, una bienvenida interesante: significaba terminar con las llamadas telefónicas en código morse y dejar de juntarse en la esquina con el “amigo del amigo del amigo”. Pero había un problema. La nueva ley no entraría en vigencia sino hasta 2018.

A poco andar, sin embargo, me di cuenta de que la supuesta espera no era más que una parafernalia. Todo el mundo compraba marihuana arguyendo presuntos usos medicinales. Para conseguir la Marihuana Medical Card, bastaba una rápida visita al “doctor”.

La semana previa al inicio de clases acompañé a mi nuevo roommate a hacer el trámite. Al ingresar a la consulta del supuesto especialista, quien a la fecha desconozco si ostentaba realmente una licencia médica, nos encontramos en una sala de espera sin ventanas, luces blancas de neón, alfombra con moho, y afiches en los muros con puestas de sol y frases del tipo “I want to change my life”. Otros cuatro jóvenes esperaban sentados, con los audífonos puestos y la atención fija en las pantallas de sus celulares. Cuando llegó el turno de mi amigo, la recepcionista le indicó dirigirse hacia una pieza aledaña que, en lugar de puerta, tenía una cortina fabricada con cuentas de colores. Salió a los pocos minutos, apretando los labios para contener la risa, y en menos de media hora estuvimos de vuelta en el auto, la licencia médica aprobada en su bolsillo, lista para ser estrenada en el dispensador más cercano. Sobre la entrevista, dijo que el doctor con suerte había levantado la mirada mientras le preguntaba si tenía problemas para dormir, o si a veces el mundo lo hacía sentir especialmente abrumado.

Aunque mi calidad de no residente me impedía conseguir mi propia licencia para comprar marihuana medicinal, sí podía usar la de mis amigos para hacer pedidos a domicilio, ya que el permiso solo lo solicitaban vía mensaje de texto antes de hacer el despacho. Por supuesto, también podía pedirle a cualquier conocido que comprara por mí en el dispensador, donde la variedad de productos disponibles rayaba en lo absurdo: marihuana en todos sus formatos, desde cápsulas y sprays, hasta cristales, gel, tiras sublinguales, y un sinfín de tipos de comestibles como hot Cheetos, bombones, barras de arroz inflado y hasta horchata de marihuana.

Pero lo que yo realmente quería, más que fumar o comer sola encerrada en mi pieza, era observar cómo esta abundancia repercutía en los eventos sociales. ¡Debían ser verdaderos swingers del cannabis! Para cuando me invitaron a mi primera fiesta (el cumpleaños de una compañera de curso), en mi imaginación aparecían todos sentados en un círculo, con los ojos chinos y pasándose un troncho del grosor de un pepino, la gente preguntándose sobre sus sueños ocultos, o haciendo observaciones muy ingeniosas, o simplemente riendo todos juntos, tal vez de cosas distintas, pero juntos al fin y al cabo.

***

A poco de comenzada la noche, mientras algunos aún no terminaban su primer vaso de ponche, mi compañera sacó de su cartera una pipa de vidrio soplado y un tubo de plástico transparente. Miré alrededor: estábamos sentados en una ronda, mi profecía por fin se hacía realidad.
Mi compañera destapó el frasquito y, con cuidadosa precisión, usó sus uñas largas para extraer un cogollo amarillento que introdujo en el receptáculo y presionó despacito, como en cámara lenta, con el dedo índice. Sacó el encendedor, le prendió fuego y succionó con los ojos cerrados, finas hileras de humo espeso brotaron de su boca semiabierta y por los orificios de su nariz. Sentada a su lado, me acomodé en mi cojín, expectante a lo que se venía. No podía esperar a sentir el aire caliente viajar a mis pulmones, la picazón en la garganta, mis ojos humedeciéndose. Como buena chilena, ya iba en mi tercer vaso de la noche, y sabía que una o dos quemadas me dejarían en el humor ideal para ponerme a cantar los clásicos de Destiny’s Child con mis nuevas amigas gringas, o hasta enseñar a los presentes cómo bailar cumbia al son de Chico Trujillo. Tal vez, si todo iba bien, hasta terminaríamos comiendo enchiladas todos juntos en la taquería de la esquina. Pero mis fantasías se evaporaron en un segundo, cuando vi a mi compañera vaciar la ceniza en una lata olvidada y guardar otra vez la pipa en su cartera. ¿Qué había pasado? ¿Acaso había dicho o hecho algo malo? ¿Quizás mi ansiedad la había ofendido?

Esa primera vez, me la tomé personal. Pensé que había sido mi culpa. Quién sabe: quizás, en California, hasta me veía como el tipo de persona que opinaba que fumar marihuana estaba mal. Con el tiempo, sin embargo, los episodios de este tipo se fueron repitiendo, y me di cuenta de que la gente aquí –o al menos la que me tocó a mí conocer– fumaba para sí misma. A diferencia de lo que siempre había visto en Sudamérica, todos portaban consigo dosis personales que rara vez compartían. A menudo los veía en fiestas, o hasta en la escuela, empinar el vaporizador en medio de una conversación, dar una o dos quemadas discretas, y luego metérselo en el bolsillo como si nada. Nadie hacía “colectas” ni pedía un papelillo prestado, para qué hablar de “dejarla correr”.

Era un paradigma opuesto al que estaba acostumbrada. Algunos hasta habían dejado de fumar por completo, y se limitaban a comprar gomitas de marihuana que ingerían cuando querían “relajarse” a solas en la comodidad de su hogar. No podía creerlo, pero tenía cierto sentido: si todos podían comprarla, por qué compartirla. Si puedes fumar solo en tu casa sin exponerte a silencios incómodos o “malas voladas”, por qué arriesgarte y sentarte con otro. En la nación que convenció al resto de Occidente de que el consumismo es la respuesta a la búsqueda de la felicidad, la marihuana, como cualquier otro bien transable, terminó por convertirse en un producto, con empaque plástico y conteo calórico incluido. Una industria local en todo el sentido de la palabra, que en el año 2016 marcó ventas por US$6,5 billones, con 2.786 dispensarios en el estado.
Poco antes de cumplir mi primer año en Estados Unidos, tuve mi primer ataque de angustia tras fumarme un pito. No fue nada del otro mundo. Estaba en mi casa, en una fiesta de uno de mis roommates, cuando de pronto me sentí ligeramente incómoda, y el tener que expresarme en otra lengua claramente no ayudó. Decidí retirarme a pieza. Abrí las ventanas, me senté en la cama, lloré un poco porque odiaba a todo el mundo, echaba de menos a mis amigos y estaba cansada de poner cara de interesada en conversaciones con gente con la que no lograba conectar a ningún nivel. Al rato, me dormí. Después de eso, no volví a fumar –o si lo hice, fueron contadas las ocasiones–. Se me hacía muy difícil anticipar qué tipo de reacción iba a tener ante cepas que me eran tan desconocidas, demasiado especializadas, diseñadas genéticamente para tratar el dolor producto de enfermedades como el cáncer o la artrosis. Ya tampoco se trataba de compartir y conectar con otros; y, por el contrario, fumar sola me hacía sentir aún más sola. Era como si la marihuana me hubiera traicionado.

***

—Ya po, Berni. Suéltate un poco. Fuma.
—¿Y si te sientes mal? ¿Y si nadie quiere fumar contigo? ¿Y si te miran feo por hablar con acento raro? No fumí.
—Podría ser tu oportunidad para demostrar que sigues siendo la misma. Que Estados Unidos no te ha cambiado. Fuma.
—No estás en Chile. Esta no es tu gente. No tienes control sobre nada. No fumí.
—No se trata de ellos, se trata de ti. ¿O acaso estás muy vieja para estas cosas? FU-MA.
—No tiene nada que ver con la edad. Si fueran tus amigos, fumarías igual. ¿Para qué exponerte? NO-FU-MÍ

Suspiro profundo, mientras me cubro los ojos con las manos y trato de ignorar las risotadas de los estudiantes a mi alrededor. En eso, de entre los pinos, salen unos cincuenta uniformados que avanzan en línea horizontal hacia los universitarios, actuando casual, mirando alrededor, pero cuidando no romper la formación. Los primeros jóvenes en percatarse empiezan a empacar sus mochilas y a guardar las sobras de comida en sus coolers. Hay molestia, es evidente, pero intentan no darle en el gusto a la policía y se toman su tiempo, como si partir fuera su idea.

Aunque la marihuana es legal en California, fumar en espacios públicos –incluyendo universidades– no lo es, y de eso se cuelgan aún las autoridades para hostigar a quienes consumen al aire libre. Poco a poco, los cientos de asistentes dan las piteadas finales a sus cigarrillos, se cubren los ojos con gafas oscuras, hacen circular las últimas botellas de agua. Cerro arriba, vuelven a dibujarse las hileras serpenteantes en dirección a los distintos edificios de dormitorios. Es momento de seguir la celebración a puertas cerradas. Algunos llegarán a dormir una siesta; otros se sentarán con una olla de mac and cheese a ver la serie de turno en Netflix. Este 2019, la tradición sobrevivió una hora y media –a este paso, es posible que al 2025 se haya extinguido por completo–. En paralelo, la industria californiana seguirá mutando, propagándose, devorándolo todo a su paso como una masa gelatinosa gigante, un blob verdoso sacado de una película de terror ochentera que, según pronósticos, a 2020 fichará ventas por US$16 billones (US$8,22 por uso recreativo).

Tras quince minutos de acción policial, el valle se ha vaciado casi por completo. Son las 5:12 de la tarde, y los únicos que permanecen en las Porter Meadows son unos pocos paramédicos y algunos miembros de los centros de alumnos con sus pecheras “UC” evaluando el saldo del día. Yo también sigo aquí, observando de pie sobre una roca en altura, un poco arrepentida y, a la vez, tremendamente aliviada.