¿Cómo reponerse ante un fracaso manifiesto? Con Mateluna (2016), Guillermo Calderón tenía un solo objetivo: la obra fue escrita para que Jorge Mateluna fuera liberado de un juicio a todas luces injusto. Pero el fracaso de la campaña que buscaba anular el juicio lo hizo enfrentarse a la inutilidad de su gesto: el teatro no basta para operar como factor transformador de ciertas realidades.

Esta idea de crisis no solo del discurso, sino de la forma en que el teatro asume su condición de artefacto político, sobrevuela insistentemente a Dragón, el nuevo montaje de Calderón. La idea de abrazar un teatro panfletario, que es un llamado a la acción directa, el caso de Mateluna, entra en colisión con la idea de los propios límites que impone la práctica escénica y que está alejada de la vida misma, o sea, de hacer política real y no política desde el teatro.

En ese sentido, la disyuntiva de renunciar simbólicamente a lo que representaba su obra anterior, es para el autor un gesto ético radical. ¿Cómo explicarse la realidad cuando el arte no basta? ¿Cómo evitar la crisis de la representación como un arma política en vista de lo ocurrido con Mateluna?

Un reconocido dúo de arte contemporáneo, el Grupo Dragón, planifica su regreso con una performance basada en la muerte de un disidente político negro de Guyana. Los discursos no bastan y por ello se va a recrear el asesinato, poniendo una bomba en un auto en medio de la performance, con ellos dentro. “Hay que hacer sentir el horror de la violencia política al público”, piensan, como si de esa forma el arte pudiese resolver el problema de la legitimidad de su discurso. Una tercera integrante, recién llegada, admiradora del grupo y que será una especie de asistente, es la bisagra que pone en crisis el proyecto. Todo sucede en reuniones entre completos y shops en una fuente de soda santiaguina, la que está presentada como un escenario de espacialidad simétrica, casi como un lugar de tránsito que rechaza tener significado desde un punto de vista dramático.

Ese espacio común e impersonal nos empuja hacia una situación paradojal en que estos artistas autorevestidos de importancia intentan suprimir las distancias entre arte y realidad de una forma en que inevitablemente los conduce al fracaso. Y la agudeza de Calderón no está en desnudar la falta de talento u oportunismo del Grupo Dragón (eso sería lo fácil, ridiculizar), sino en la imposibilidad de conciliar éticamente la realidad con su representación. Porque no se trata solo de evidenciar las limitaciones del arte llamado “político”, en cuanto a sus herramientas discursivas, sino de interrogar sobre el rol del artista desde un espacio de clase, desde el púlpito privilegiado en el que se autoconfiere el derecho a hablar por otros: el pobre, el inmigrante, la minoría racial.

Guillermo Calderón es un dramaturgo demasiado autoconsciente de las limitaciones de su oficio, así como de las trampas que puede ofrecer la ficción en determinados contextos. Y quizás llevado por el punto de no retorno respecto a la inutilidad de Mateluna, es que convierte a Dragón en una comedia negra que borronea tanto las fronteras del arte político como las ambiciones del “artista comprometido”, pero con un humor de diálogos cortos y por momentos con ritmo de sitcom. Es una combinación extraña, riesgosa y paradojal, pero sorteada por personajes siempre al borde de la ridiculez (detalle impagable en comedia), donde la banalidad, el esnobismo y la ambición desmedida de este grupo es tan hilarante como, supuestamente, absurdos son sus planteamientos.

El autor parece afirmar que hablar por la comunidad afrodescendiente de Brasil como por la reciente inmigración en Chile resulta inabarcable desde esta idea de representación, y por ello cita directamente a Augusto Boal, el director y teórico brasileño creador del Teatro del Oprimido y dentro de ello del concepto Teatro invisible, donde se propone actuar situaciones de opresión o violencia en el espacio cotidiano en que ocurren, o sea, desde una aproximación performativa: el espacio público, la calle, la entrada a una galería de arte. Esa búsqueda del shock para conmover al público (qué artista autodefinido como político no sueña con eso) encuentra eco en una situación impensada a la salida de la galería, donde la precariedad laboral y la marginalidad de los inmigrantes en el Chile de hoy parece dar sentido a los afanes del Grupo Dragón, de lograr esa utilidad que el teatro parece no lograr.

Esta especie de performance invisible que desnuda las contradicciones sociales de estos tiempos y la manera de abordarlos, resume la idea tras Dragón y su original dualidad entre la aparente liviandad de la comedia y el discurso autorreflexivo que emerge tras el fracaso anterior, y las reflexiones sobre sus anteriores montajes. El gesto de duda vital del director y dramaturgo chileno más aclamado internacionalmente, pone en perspectiva no solo su rol de artista comprometido con su tiempo, sino que juega a desmontar ciertas certezas instaladas en el “teatro político” para repensar su función y utilidad.

Funciones en Teatro UC, de miércoles a sábado, a las 20:00 horas.

Título: Dragón
Dirección y dramaturgia: Guillermo Calderón
Elenco: Luis Cerda, Camila González y Francisca Lewin
Asistencia de dirección: Ximena Sánchez
Diseño integral: Rocío Hernández
Producción: María Paz González
Coproducción: Fundación Teatro a Mil, Teatro UC y Theater der Welt.

Este artículo fue publicado originalmente en Culturizarte, un blog chileno especializado en cultura. Si quieres ver contenidos culturales, visita www.culturizarte.cl.

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