Fotografías Propiedad de Sergio Ramella

Un techo soviético para Chile

Esta historia se enmarca en la Guerra Fría. Es la historia de la fábrica que le entregaría vivienda digna a los pobladores que perdieron sus hogares luego del terremoto de 1971. Esta es la historia de los obreros de la planta que armaron el esqueleto de los edificios y del avance arquitectónico que llegó en un barco desde la Unión Soviética. Esta es la historia del panel que ahora está en el piso -1 del Museo de la Memoria. Un bloque de hormigón, el primero que produjo la planta, que tiene la firma de Salvador Allende, donde se lee “gracias compañeros soviéticos y chilenos”. Esta es la historia de la fábrica KPD.

Febrero de 1972. El barco “Lunacharsky” llegaba a los puertos chilenos, cargado de materiales de construcción y una delegación rusa que venía a apoyar al país luego de la catástrofe: meses antes, el 8 de julio de 1971, a las once de la noche con cuatro minutos, un terremoto de magnitud 7,75 en escala de Richter sacudió el centro de Chile. El informe oficial señaló 85 muertos y 451 heridos.

Salvador Allende, presidente en ese entonces, fue sorprendido por el terremoto en La Moneda. Se dirigió al país por cadena radial llamando a los chilenos a mantener la calma. Al día siguiente viajó a la zona damnificada y, al ver las consecuencias del sismo, decretó “Zona de catástrofe” y, posteriormente, “Zona de emergencia”, nombrando como jefe de zona al general Augusto Pinochet. Pocas casas quedaron en pie en las comunas más afectadas: Salamanca, Petorca, Hierro Viejo, Cabildo, La Ligua. Valparaíso sumó a la desgracia 43 muertos y 270 heridos. Entre el 40 y 50% de las viviendas en Quilpué, El Monte, Pomaire, Colina, Lampa y Villa Alemana quedaron inhabitables.

El 11 de julio, mientras promulgaba la ley de nacionalización del cobre, Salvador Allende le habló al país sobre la tragedia vivida tres días antes: “Este día, que es el día de la dignidad, tiene que ser el día de la solidaridad, y aquellas provincias y aquellos hombres y mujeres de Chile que fueron azotados por el viento, por la lluvia y por la nieve, tendrán que tener coraje como el resto de nuestros compañeros, como el resto de los ciudadanos, para levantarse y estar junto a las provincias azotadas por el terremoto. Así, Chile demostrará su entereza y la voluntad del pueblo”. La ayuda extranjera provino de todas partes del mundo, especialmente del Banco Interamericano de Desarrollo, la Unión Soviética (URSS), España, China y los países sudamericanos.

Esta catástrofe aumentaba el déficit habitacional del país, que para ese entonces rondaba las 600 mil viviendas. Para solucionarlo, el programa de la Unidad Popular (UP), fijaba como meta 103.000 unidades en el primer año de mandato. Se reconoció que la vivienda era un derecho irrenunciable, que era obligación del Estado proporcionarla y que no podía ser objeto de lucro.

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Luego del terremoto, la URSS donó una industria automatizada de paneles prefabricados, la cual se encargaba de todo el proceso: desde la creación del panel hasta la edificación. Para la localización se eligió el barrio industrial de El Belloto, que dependía de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo). Según los informes oficiales, este lugar reunió la mejor evaluación, sin embargo, para Hiriam Quiroga, en ese entonces vicepresidente de la Corporación de Vivienda (Corvi), no era el lugar ideal; su sitio predilecto era Lo Espejo, en Santiago. Hasta el día de hoy cree que Salvador Allende eligió Quilpué por sentimentalismo, ya que ahí había ganado sus elecciones como parlamentario. La elección de este lugar se tradujo en una producción limitada: “Ese es un error que yo no quiero asumir. Esta planta se tendría que haber instalado donde tenía una demanda que pudiera trabajar a full”, dice Quiroga.

Nueve meses después de que el “Lunacharsky” llegara a Chile, el 22 de noviembre de 1972, se inauguró la fábrica KPD —siglas que significan Gran Panel Constructivo en ruso (krupnopanelnoye domostroyenie) —, donde llegaron a trabajar más de mil operarios y que funcionó entre 1972 y 1981. En esos días, la Corvi entregaba un comunicado donde se leía: “Con mucha rapidez se está trabajando en el montaje de la planta KPD donada por la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, con motivo de los sismos del 8 de julio de 1971 (…) Actualmente nuestro país ha recibido 1.400 toneladas de maquinaria y vehículos, de un total de 4.000 toneladas que es el equivalente a la planta completa”.

Los departamentos que se construían con los paneles prefabricados surgieron luego de la Segunda Guerra Mundial, con el sistema francés Camus y su posterior rediseño en la URSS como el sistema I-464. Cuando llegaron a Chile, tuvieron que sufrir una nueva modificación, donde se agregó lo necesario para soportar terremotos. Cada edificio tenía cuatro plantas con un total de 16 viviendas. La fábrica tenía la capacidad de construir 140 mil metros cuadrados al año, que se traducían en 1.680 nuevos hogares.

Mientras pasea por su living, Hiriam recorre cada uno de los cuadros y recuerdos que adornan paredes y muebles: figuras de Kenya, colgantes artesanales, coloridos cuadros hechos por haitianos, otros por Guayasamín. Cada uno es un pedacito del tiempo que trabajó para las Naciones Unidas, en los programas de reconstrucción de viviendas por desastres naturales. Dice que durante todos esos años estuvo con la “Beca Pinochet”, como llama irónicamente a la especie de exilio que vivió, ya que luego del golpe de Estado tuvo que dejar el país. Hoy vive en Valparaíso, en un departamento con una gran ventana que enmarca el puerto con barcos anclados.

De su escritorio trae un sobre: hojas, planos, informes, fotos en sepia. Una de ellas registra la visita a las minas de Lota, cuando fue con los ingenieros soviéticos a tantear materiales para la fábrica. “A mí me dieron de tarea movilizar la economía, no de hacer casas. El país estaba parado, no se construía, las cosas estaban a medias. Existía un desempleo terrible. Había que arar con los bueyes que tenía”, recuerda.

Había un conflicto con las empresas privadas. Se llamaba a propuesta y no se presentaban, evitando que se terminara con la cesantía, parando el trabajo. Como no postulaban, había una norma que le permitía a la Corvi tomar las riendas del asunto y ponerse a construir por su parte: surgía el Departamento de Ejecución Directa. “Ahí entramos a ser competencia y ellos vieron que no nos íbamos a quedar quietos”, dice Hiriam.

Salvador Allende asumió y Quiroga llegó a encabezar la Corvi. Se propuso armar un equipo de trabajo, para el que eligió cuatro arquitectos que conformarían un “comité técnico” de colaboradores. Orlando Sepúlveda y Pepe Quintela armaron el departamento de diseño. Gloria Gallicia tenía el departamento de campamento y Alberto Arenas asumió el de viviendas industrializadas.

Hoy, Arenas tiene una oficina que se dedica a la tasación de inmuebles, en un pequeño y antiguo departamento en Providencia. Entre libros, planos y documentos, recuerda su experiencia en la Unidad Popular: “Nunca he visto esa solidaridad ante la reconstrucción total de un país. Yo tenía un saco de dormir y ahí me quedaba, estando casado, con tres hijos. Cabrito”.

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Entre todo ese trabajo sin pausa, Hiriam llamó a Alberto Arenas: “Me llegó el mensaje de que el pueblo soviético le donaba al gobierno de Salvador Allende una planta de viviendas prefabricadas de hormigón. No me metas en un forro. Hazte cargo”, recuerda que le dijo. Y así Arenas quedó al mando de lo que sería la fábrica KPD. Para él fue fascinante, llegó lo que siempre había querido como arquitecto. Estaba claro que construyendo ladrillo por ladrillo no iban a cumplir con el programa.

“Nos demorábamos en una construcción unos ocho meses y todavía tenía que secarse ¡Caramba! ¿Cuándo se hacía un plan rápido? Las viviendas tienen que hacerse como los autos, como las ampolletas, como todo: chik, chik, chik, en serie, como se hizo en la posguerra europea. Se construye como naipes: se pega un panel, otro, otro, otro, y se van haciendo cubos con ventanas, sin ventanas, con puertas, sin puertas, rápido”, asegura. Eso es la arquitectura para Arenas. Las cosas lindas, de superstar, como dice él, están bien, pero en ese momento había que solucionar el problema de vivienda de los chilenos.

Para echar a andar todo, el gobierno llamó a la Corfo y la Corvi. La Corfo vería toda la parte de suelo industrial, además de dar las facilidades materiales y económicas, ya que la KPD no estaba contemplada dentro del programa de gobierno. A pesar de esto, el Estado no gastó ni un peso en la planta. Luego de que la Corfo montara todo, la Corvi se haría cargo. Se empezaron a formar cuadros técnicos para estudiar los planos que venían desde la URSS. Había un proyecto, estaba el terreno, se llamó a propuesta y se empezó a construir el galpón para almacenar la fábrica que ya venía en barco. Nunca se hizo un estudio de factibilidad para saber si todo iba a funcionar.

Llegó la primera de tres misiones con ingenieros. Venían con el encargo preciso de colaborar con el montaje de toda la maquinaria, la capacitación del personal y la puesta en marcha. Esto significó armar, dentro del departamento de vivienda industrializada que estaba en la Corvi, un nuevo espacio llamado “Unidad KPD”, que funcionó en la calle París, esquina Londres, en el centro de Santiago.

Empezaba a aumentar el movimiento y la fábrica ya era un proyecto seguro. “Todos los grupos adinerados veían que, con esto, chita, llegaba el comunismo a Chile, ¡Se iban a comer las guaguas!”, dice Alberto mientras ríe. Hugo Cabezas, líder del nuevo departamento y Patricio Núñez, el segundo al mando, tomaron el control, mientras Arenas sólo supervisaba. “Patricio Núñez era un momio a todo trapo, pero era tanto el entusiasmo que se sumaba a nosotros, festejaba con nosotros”.

En el libro Monolith Controversies, Núñez dice: “cuando llegó este proyecto KPD, me interesó personalmente como técnica constructiva, y paré el dedo y dije: ‘yo me pongo en este trabajo’”. En el capítulo que narra él, cuenta que el regalo no era solo la planta, sino que también venía personal soviético a trabajar por un año. Todos los soviéticos tenían una comunidad muy absoluta, no existían diferencias. Hubo unas operarias chilenas entrenadas por las mujeres soviéticas. Algunas eran ingenieros, otras operaban máquinas, y otras hacían diseños de corrección aquí y allá. Las únicas mujeres chilenas eran las “grueras”. Núñez considera que eran mucho más responsables que los hombres en ese tipo de accionar, nunca se atolondraban. Cada máquina tenía un soviético que la hacía andar y un chileno que estaba aprendiendo al lado.

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Eran como legos. Los departamentos eran unidades que podían moverse libremente. Arena, gravilla, cemento y acero fueron los cuatro elementos que dieron vida a estas torres de hormigón. El proceso de producción era rápido, en serie, con piezas que funcionaban en un engranaje perfecto, cronometradas a reloj y sincronizadas de tal manera que, tanto en la planta como en montaje, todo saliera de la manera prevista. La cadena comenzaba en el pabellón de producción: un galpón de 132 metros de largo por 54 de ancho, donde se daba nacimiento a cada uno de los paneles que más tarde sería una especie de naipe que, juntándose entre ellos, armarían un bloque perfecto -un lego- de 60 a 70 metros cuadrados, con dos o tres habitaciones, estar-comedor, cocina, baño, loggia con lavadero y dos terrazas. La planta funcionaba día y noche con tres turnos: de 7:00 a 15:00, de 15:00 a 23:00 y de 23:00 a 7:00.

Toda esta cadena, emplazada en un predio de seis hectáreas y con diferentes estaciones, desembocaba en montaje. Fuera de la planta, se encontraba el segundo acto del proceso, que era el lugar donde se levantaban los edificios. Los paneles llegaban a la obra en trailers transportadores especiales, y se montaban directamente del camión a su posición de proyecto. En el terreno había brigadas con 32 obreros, un capataz y un jefe. Junto con los naipes de hormigón, recibían un libro con un esquema, compuesto por letras y números, que indicaba donde debía ir cada panel para encajar de manera perfecta. Todo el proceso daba como resultado lo necesario para montar cuatro edificios de 16 departamentos de forma simultánea.

La fábrica y todo su espectáculo era una especie de circo itinerante. Su manera de funcionar era nómade, viajando de lugar en lugar levantando pequeñas ciudades, en un radio de 50 kilómetros, con todo lo necesario para armar comunidad: guarderías infantiles, centros comerciales, plazas, teatros y cines, además de las viviendas hechas por los naipes. Cuando terminaban de levantar la ciudadela, el cascarón que albergó la industria se transformaba en una cancha de patinaje, un gimnasio o centro de recreación. Ahí todos los miembros de este circo de construcción tomaban sus herramientas y conocimiento y partían a edificar a otro lugar. Pero en Chile esto no sucedió, porque el golpe de Estado truncó este espectáculo arquitectónico.

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Verne Díaz llegó a la KPD cuando se estaba levantando el galpón que albergaría la planta. Servando Mora, por su parte, llegó por militancia. Como la fábrica había sido regalada por la URSS, entró mucha gente de izquierda: no querían infiltrados que pudieran hacer sabotaje o daño al proyecto. Héctor Pereira trabajaba en un matadero que cerró como medida de presión para que el gobierno de Allende cayera. O eso cree él. El 8 de noviembre de 1972, fue a El Belloto, donde la fábrica ya estaba semi construida. Empezaron a llamar: Héctor Pereira. Una compañera, Gabriela Correa, le hizo el contrato de trabajo. Tuvo que elegir entre quedar en la planta o ir a montaje. Montaje.

Empezaron a hacer las brigadas para construir y quedó en la uno, la misma que tuvo el récord por levantar un edificio de quince departamentos, en bruto, en once días. Héctor recuerda su historia sentado en la oficina del Programa de Reparación y Atención Integral en Salud (Prais) —programa del ministerio de Salud para las víctimas de las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en dictadura— en la Municipalidad de Quilpué. Junto a él están Verne y Servando. Hoy, los tres conforman la directiva de la Agrupación de Exonerados de la ex fábrica KPD.

A unos 120 kilómetros de esa oficina, en Providencia, Alberto Arenas saca unas fotos que tiene guardadas y las pone sobre su escritorio. “Acá está Salvador Allende, Hugo Cabezas. Patricio no estaba en esta foto. Yo estoy ahí, melenudo. Esta es la KPD”. La imagen registra el día de la inauguración de la planta. Su pelo no está blanco por las canas, como ahora. Luce sonriente, con sus compañeros de trabajo y el presidente. Fue un día simple, recuerda. Llegó Allende, entró a la gerencia, Alberto le explicó el proyecto y después hicieron un paseo por la industria. Hugo le explicó el nombre de las máquinas, todo el detalle técnico. Los trabajadores habían ido en la micro de la empresa, y algunos se subieron a los puentes grúa para tener mejor vista. Hubo un cóctel y Allende firmó, junto al embajador soviético, el panel que hoy está en el Museo de la Memoria.

“Cuando la masa de trabajadores ve ternura, franqueza hacia ellos, un tratamiento adecuado, de respeto, se entrega a esta unidad. Los desfiles callejeros eran enormes, nosotros ni nos veíamos”, recuerda Arenas. Era tanto el entusiasmo, que al finalizar el año 1971 cumplieron su meta. Según el INE, durante ese año se inició la construcción de 89.203 viviendas, sin contar unas 12.000 construidas por la Corporación de la Reforma Agraria. Estas son las cifras más altas registradas en la historia de las estadísticas de edificación en Chile. En los tres años del gobierno de la Unidad Popular se construyeron 158.000 viviendas con un promedio de 52.000 unidades anuales, cifra bastante superior a las 39.000 levantadas anualmente durante el período de Frei Montalva, y casi el doble que las 30.000 registradas en la era Pinochet.

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Comenzaron las colas, los camioneros paraban en la carretera, sonaban las cacerolas y las manifestaciones se tomaban las calles. “Era un tema político, de frentón, ¡La derecha no quería que estuviera Allende!”, dice Arenas y golpea la mesa. “Cuando Allende gana fue la muerte. Dijeron ‘a este gallo hay que eliminarlo’”. Recuerda que los obreros defendían el gobierno de manera espontánea. “Lo hacían porque tenían esa percepción de que realmente era un gobierno de ellos. Por eso en ese tiempo se decía ‘este gobierno será una mierda, pero es mi gobierno’”, y golpea la mesa otra vez. Verne cuenta que se acuartelaron en la fábrica para defenderla de los de Patria y Libertad, movimiento de ultraderecha. Eso fue en la quemada del golpe.

11 de septiembre del 73. Los aviones sobrevolaron La Moneda, cayeron las bombas, el presidente le habló a Chile por la Radio Magallanes y luego se quitó la vida. Los militares salieron a la calle. “Pasé a ser, como dijo el almirante Merino, un upeliento, rojelio humanoide, malévolo, maligno. Ni siquiera pude entrar al ministerio a buscar mis cosas”, recuerda Alberto Arenas. Los días previos habían sido de incertidumbre, pero se presumía que el golpe iba. El 9 de septiembre, Carlos Altamirano había pronunciado un enérgico discurso en el Estadio Chile donde impulsaba a la Armada a defender el gobierno de Allende.

Alberto recibió al general Ávila, primer ministro de Vivienda de Pinochet. Lo atendió, le pasó las llaves, le contó de los citófonos, donde se apagaba la calefacción, y se fue, dejando atrás la planta y todo su sueño de vivienda. Para él la KPD fue sólo la primera parte, el período de tranquilidad, de producción, diseño, realización. Porque después vino el golpe y se sintió como un apagón. Todo fue distinto.

Los trabajadores de la planta siempre escucharon que iba a haber un allanamiento, no un golpe de Estado. Para Verne el 11 de septiembre fue la desgracia. Fueron cayendo uno a uno a medida que llegaban a trabajar. Cayó un turno saliente y uno entrante. En el segundo estaba él. Iba camino al trabajo, temprano, cuando aparecieron unos marinos pintados, camuflados.

A punta de metralleta lo llevaron hasta la planta. Entró a los camarines, donde estaba todo en el suelo. “Estos gallos les pusieron propaganda a nuestros casilleros, tratando de inculpar de cosas que no eran”, recuerda. Cuando lo sacaron de ahí, vio a sus compañeros del turno saliente tendidos donde se apilaban los paneles, con las manos en la nuca. Los marinos se paseaban por encima de los cuerpos. Todos seguían pensando que era un allanamiento.

Los llevaron a La Base —Base Aeronaval “El Belloto”, lugar que funcionó como centro de tortura durante la dictadura militar—, y después al estadio de Playa Ancha, donde estaban todos boca abajo, con ametralladoras arriba. “¡Que se levanten los perros de la KPD!”, —asegura Verne que dijo un oficial— “Y al que se mueva, mátenlo al tiro”. Ahí los hicieron correr y los tiraron a los camiones, como fardos de pasto. “Iba pasando un marino, un cabro que había hecho el servicio militar conmigo. Él me dijo que era un golpe de Estado. Me dieron ganas de llorar, por Salvador Allende”, recuerda. Los llevaron a los barcos instalados en las playas de la quinta región. Había compañeros viejos, todos apaleados. Para ellos era el exterminio.

Algunos marinos les tiraban pan. “El hambre era hambre. No nos daban comida. Después nos dieron tallarines y comíamos con las manos”, dice Verne, que estuvo quince días detenido. “Las torturas fueron torturas. Dormíamos unos encima de otros. Decíamos que, si nos venían a sacar, nos tiraríamos todos encima, alguno iba a caer, pero otro iba a tomar un arma y matar a algunos marinos. Y el que sabe nadar bien, tirarse al agua”. Menos mal que no lo trajinaron, dice, porque tenía fichas de Lenin, su carnet del Partido Socialista y un montón de cosas que lo involucraban a la izquierda. Junto a los otros presos quemaron todo en la bodega. Cuando los soltaron, mujeres se acercaban con fotos, para preguntar si sus familiares estaban adentro.

Todas las mañanas, Héctor se iba caminando a la fábrica. Un compañero lo pasaba a buscar temprano, como a las 06:00, y tomaban desayuno allá. El 11, cuando iban a la industria, salieron a su encuentro dos marinos con la cara pintada.

—¿Pa dónde se dirigen ustedes?
—Vamos a la pega.
—¿Dónde trabajan?
—En la construcción de arriba, en los edificios KPD.
—Sigan no más.

Cuando estaban arriba llegó Silva, un compañero de montaje, con una radio portátil. Se sentó y los llamó a todos: “Vengan a escuchar la Radio Magallanes, está hablando el presidente Allende”. Había un golpe de Estado. Eran las diez de la mañana y no llegaba ningún jefe. Tampoco ninguna micro con trabajadores.

Como a las once vieron una polvareda en el camino principal. Pensaron que eran los patrones, pero eran los marinos. Los hicieron pararse en la reja y les preguntaron por los directivos. “No han llegado”, dijeron. “Acá todos somos obreros”. Los mandaron uno por uno al camión. “¡Todos callados, nadie habla, comunistas perros!”, dice que les gritaron.

—Quedémonos callados, este es un golpe de Estado, no sé qué van a hacer con nosotros —, dijo “el compañero Díaz”.
—¿No saben lo que es esto? —respondió un marino —, Al presidente Allende lo derrocamos.

A Héctor y sus compañeros también los hicieron acostarse uno sobre otro en los camiones. Miró por una rendija. Los llevaban a La Base. Había gente con una bolsa negra en la cabeza, mientras les pegaban. Eran como cincuenta, casi todos de la KPD. Ahí estuvieron un día, a pura agua. “Nos llevaban a unas oficinas, uno por uno, para interrogarnos: ‘¿A qué partido perteneces? ¿Qué es lo que hací tú? ¿Cómo se llama la empresa?’”, recuerda Héctor.

La fábrica fue tomada por la Armada de Chile. Los directivos soviéticos fueron expulsados del país y el director, Hugo Cabezas, fue sustituido por el delegado de la Junta Militar, Roberto Vargas Biggs. Una de las primeras cosas que se hizo fue pedir que se sacara el panel firmado por Allende que estaba en la entrada de la planta. Pero el trabajador Ramón Olivo y el arquitecto Alberto Moya rellenaron la firma con estuco, no sin antes ponerle una capa de desmoldante por orden del ingeniero Sergio Ramella, para que se pudiera recuperar algún día. El bloque fue pintado y adornado con una imagen de la Virgen y el niño Jesús, sumado a dos lámparas estilo colonial.

Los obreros creen que habían sido espiados durante mucho tiempo desde La Base, que estaba cercana a la fábrica. Dicen que arriba de la KPD volaban los helicópteros y antes del Golpe, ya estaban todos identificados. Según los marinos y la prensa de la época, la planta era un lugar de entrenamiento militar y resistencia armada.

Pasaron los días y Vargas Biggs, según algunos trabajadores, se maravilló con la fábrica. Se dio cuenta de que en ella no había armas, así que pidió que dejaran de destruir el piso para buscar cosas que no existían. “Él trató de echar a andar la fábrica con su gente, pero no hubo una pizca de tecnología que ellos dominaran. Lo intentaron, pero no pudieron”, dicen hoy los obreros. El general tuvo que hacer un acuerdo con los militares y liberar a los presos de los barcos. La fábrica estuvo cerrada de quince a veinte días. A Verne y Héctor los llamaron para volver a trabajar. A algunos jefes los obligaron a volver.

“¿Dónde más íbamos a trabajar? Cuando buscábamos pega nos preguntaban donde habíamos trabajado, y cuando decíamos que éramos de la KPD no nos daban trabajo. Nos trataron tan mal”, recuerdan hoy Verne y Héctor. Cuando llegaron, Vargas dijo “aquí no se escapa ninguno, y si se escapa uno, las consecuencias las van a pagar las familias”. Tuvieron que volver. “Don Roberto decía que nos podían ir a buscar en las noches, pero nos tenían que devolver tal como nos sacaban”, dice Verne. “Se puso la camiseta por nosotros, nos defendía. No quería que llegáramos golpeados”.

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Pasaron los años con la fábrica en manos de la Armada, que construyó conjuntos en Villa Alemana, Viña del Mar, Quillota y Santiago, sumando un total de 153 bloques. Los departamentos han resistido sin problema los terremotos de 1985 y 2010. Para 1979 la idea de vivienda social había sido cambiada por una lógica mercantil, y las construcciones habían pasado a estar destinadas a clases más acomodadas. Así, la planta pasó a ser VEP (Viviendas Económicas Prefabricadas). Se comenzó a construir a escala más pequeña hasta que ya no fue viable económicamente y la fábrica cerró sus puertas. Para ese entonces, la Armada había entregado el manejo de la planta a la Cámara Chilena de la Construcción, que había visto en ella una amenaza a la producción privada, ya que la tecnología soviética construía en un mes lo que la tradicional levantaba en muchísimo tiempo más. Dos años después, en el invierno de 1981, la fábrica fue desmantelada y vendida por chatarra.

En el año 2006 había desaparecido la fábrica, pero quedaba el panel. Unos pocos trabajadores sabían de su historia y de la capa falsa de estuco. Para ellos era un tesoro, pero no lo podían buscar porque el terreno de la planta, donde solo quedaba en pie lo que antes había sido el edificio de administración, estaba ocupado por Laboratorios KNOP.

Un día, al llegar a la esquina de Avenida El Trabajador con Avenida Industrial, Servando sintió un temblor en los pies. Habían botado el panel para poner el logo del laboratorio y remeció el piso al caer; eran tres toneladas de hormigón golpeando el suelo. Buscó al guardia y le pidió permiso para entrar. Luego de frenar a quien estaba demoliendo el panel, Servando habló con los dueños del laboratorio, quienes le dijeron que tenía hasta las siete de la tarde para llevarse el gran trozo de hormigón. Llamó a Manuel Ramírez, quien era el presidente de la Agrupación de Exonerados Políticos de la ex KPD, y a Héctor, que ya pertenecía a la directiva. Llevaron el panel a un lugar seguro y ahí lo tuvieron hasta que se transformó en la pieza central del pabellón chileno en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2014. La participación en esta exposición requirió de una investigación y un proceso de restauración que estuvo a cargo del diseñador Hugo Palmarola y el arquitecto Pedro Alonso.

Después de viajar a Europa y ganar el León de Plata a la representación nacional, el naipe firmado aterrizó en el piso -1 del Museo de la Memoria, donde hoy se presenta de manera imponente, pero oculta. Lejano a las exposiciones principales, en una esquina, bajo una gran escalera, se ve un trozo de hormigón, con un fondo rojo adornado por pantallas que transmiten videos de hombres y mujeres que un día fueron los obreros de la fábrica. Junto a ellos, se leen escrituras en letras negras que cuentan la historia de la planta, de una utopía de vivienda que se truncó el 11 de septiembre de 1973.

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“KPD, una escena de la Guerra Fría en Chile” (2012):

Existe un documental que retrata este episodio enmarcado en el contexto de la Guerra Fría. Fue estrenado en el Festival Internacional de Viña del Mar en 2012. El metraje, realizado por Andrés Brignardello, cuenta una de las pocas relaciones concretas que se dieron entre la URSS y Chile durante la Guerra Fría.

Durante el gobierno de Salvador Allende la Unión Soviética donó al pueblo chileno una fábrica de edificios, en señal de ayuda para enfrentar las consecuencias del terremoto de 1971, que azotó la zona centro-norte del país. Esa fábrica es la KPD.

El documental, de una hora y cuarto de duración, cuenta con relatos de los extrabajadores, historiadores e imágenes de archivo del que había sido uno de los deseos del gobierno de Allende: concretar programas de cooperación y asistencia económica con la URSS. Para verlo, te dejamos el link aquí.

Además, Alejandro Brignardello lanzó en 2016 un libro de 10 capítulos que cuenta esta historia. El texto se llama “KPD. Historia Social y Memoria de una Fábrica Soviética en Chile”.

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