Columna de Nicolás Grau: El Chile que se jodió y el que podría nacer

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Columna de Nicolás Grau: El Chile que se jodió y el que podría nacer

El elástico se estiró demasiado y el estallido social lo cambió todo, o casi todo. Entonces, al poder de la elite se le puso en frente el poder del pueblo. Y de ese empate en apariencia paralizante, donde cada bloque neutraliza el proyecto del otro, surge una excepcional oportunidad de redefinir el contrato social.

Chile no iba camino al desarrollo. Éramos una sociedad del sálvese quien pueda con un ingreso medio,camino a una sociedad del sálvese quien pueda con un ingreso alto. Un país desigual exitoso, sí, pero si por desarrollo entendemos un estadio en que todas y todos pueden vivir bien, con certezas, y con capacidad de heredar a la siguiente generación un lugar donde aquello siga siendo posible; se puede afirmar que nosotros no íbamos en esa dirección.

Para colmo de males, no se veía posible otro rumbo. Y aunque no sobraban, el problema no era la falta de voluntades. La traba principal era que había (hay) un grupo que, producto de su poder económico, tenía (tiene) la potestad de limitar ostensiblemente el margen de lo políticamente posible. Un grupo social con la llave del cambio, sin ninguna razón para querer girar esa llave, quienes han hecho muy difícil la innovación social y productiva, y que, a pesar de ser la norma en los países que dicen querer imitar, se opone con fuerza a cualquier expansión de derechos sociales que permita que el grueso de la población tenga una vida segura y materialmente confortable. Una elite que incluso bloqueó, muchas veces con virulencia, la muy acotada y contradictoria agenda de cambio de Bachelet. 

Pero el elástico se estiró demasiado y el estallido social lo cambió todo, o casi todo. Entonces, al poder de la elite se le puso en frente el poder del pueblo. Y de ese empate en apariencia paralizante, donde cada bloque neutraliza el proyecto del otro, surge una excepcional oportunidad de redefinir el contrato social. Y ahora que sí es materialmente posible el cambio, el asunto de las voluntades y articulación política resulta ser el principal.  Después de todo, el siglo XX tuvo unas cuantas historias positivas en las que de una conflictividad similar surgió un nuevo consenso, con protagonismo popular y una dinámica pro desarrollo. 

Con todo, no se debe desconocer la asimetría entre este choque de poderes que ha reconfigurado el escenario. El empate no ha de durar para siempre. Mientras el poder del pueblo requiere un tremendo esfuerzo y disposición al riesgo de las personas comunes y corrientes, de una poco probable coordinación subjetiva y –por cierto- de suerte; el poder de las elites es el resultado natural y cotidiano del ejercicio de sus potestades económicas.  Reconocer esta asimetría nos ayuda a entender bien la urgencia de la tarea: se ha abierto una ventana de oportunidad para que la vida de las grandes mayorías mejore y las asimetrías de poder disminuyan.  

“El empate no ha de durar para siempre. Mientras el poder del pueblo requiere un tremendo esfuerzo y disposición al riesgo de las personas comunes y corrientes, de una poco probable coordinación subjetiva y –por cierto- de suerte; el poder de las elites es el resultado natural y cotidiano del ejercicio de sus potestades económicas”. 

¿Qué tiene que suceder entonces en el mundo de la política para que esta ventana de oportunidad se concrete? 

Primero, las expresiones políticas de esta voluntad de cambio deben ganar las elecciones que se avecinan: las relacionadas con el proceso constitucional y las del próximo gobierno y parlamento. No es posible realizar los cambios que se anhelan sin un gobierno con un programa con esta vocación. Sabemos que el gobierno no basta, porque las fuerzas conservadoras tienen a su haber todos los otros poderes, pero es indispensable. Segundo, además de un gobierno con vocación de transformación, se requiere de una ciudadanía activa y movilizada que apoye y empuje los cambios, que los defienda y que tenga la capacidad de disciplinar a un gobierno cuyos incentivos a moderarse aparecerán recurrentemente. Se necesita otro gobierno, pero también otra democracia.  En síntesis, se precisa calle y triunfos electorales, movimientos sociales y partidos políticos. Aunque no se lleven bien, aunque hoy, y por buenas razones, campee la desconfianza. 

Necesitamos derrotar a Lavín y que, una vez en el poder, no repitamos el gobierno que hizo Lagos cuando le ganó a Lavín. No sirve un programa de cambio a medias y con una estrategia política de baja densidad democrática, como lo fue el gobierno de la Nueva Mayoría. Tampoco basta con decir que vamos a barrer con todo lo anterior y que ganaremos porque quienes no han votado ahora sí lo harán por nosotros. La primera estrategia tal vez pueda ganar, pero no tendrá la fuerza para hacer las transformaciones, y la segunda no le alcanzará para ganar. De una forma u otra, en segunda vuelta se necesitarán los votos de todo el abanico del progresismo y también de quienes dejaron de creer o nunca creyeron.

“Se necesita otro gobierno, pero también otra democracia.  En síntesis, se precisa calle y triunfos electorales, movimientos sociales y partidos políticos. Aunque no se lleven bien, aunque hoy, y por buenas razones, campee la desconfianza”.  

¿Cómo lograr hacer todo esto? La nueva articulación no puede ser por arriba: no se necesita, no sería una buena noticia, ni tampoco es viable una nueva Concertación. Los partidos siguen siendo indispensables, pues ellos son los que tienen mayor capacidad de proyectar escenarios y entender las complejidades de la ecuación. Pero, primero, deben resolver su compromiso con la agenda de cambio posneoliberal y, segundo, deben usar su capacidad reflexiva para entender que a ellos (nosotros) no les da el ancho para liderar el necesario proceso de articulación de un nuevo actor político/social y que, por tanto, esa articulación debe hacerse en la sociedad. 

Que el momento para estrenar esa nueva voluntad política sea el proceso Constituyente.  Que allí acontezca la delegación de poder de los partidos a la sociedad: abriendo la institucionalidad a las ganas y creatividad de los cabildos; buscando mecanismos para que en la determinación de candidatas y candidatos, así como en la definición de los ejes programáticos, sea la ciudadanía y el pueblo organizado quien tenga el protagonismo. Que la institucionalidad sea desbordada por la participación incidente de las grandes mayorías y que los partidos políticos con vocación de cambio sean los facilitadores -no los líderes- de aquello. Y lo que resulte de ello, esa voluntad, ese movimiento; sea el eje articulador de la apuesta por ganar el gobierno. Así, el proceso constituyente podrá ser el primer paso para la configuración de un nuevo contrato social y, al mismo tiempo, una suerte de ritual de sanación que genere las confianzas indispensables para abordar entre muchas y muchos los desafíos que vienen. 

“Que el momento para estrenar esa nueva voluntad política sea el proceso Constituyente.  Que allí acontezca la delegación de poder de los partidos a la sociedad: abriendo la institucionalidad a las ganas y creatividad de los cabildos; buscando mecanismos para que en la determinación de candidatas y candidatos, así como en la definición de los ejes programáticos, sea la ciudadanía y el pueblo organizado quien tenga el protagonismo”.

*Nicolás Grau es profesor asistente del Departamento de Economía, Universidad de Chile.

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