Cómo es vivir con las secuelas del Covid-19

Fatiga y debilidad muscular, caída de cabello, daños neurológicos, pérdida de olfato y gusto, problemas para dormir y reacciones cutáneas son algunos de las consecuencias que puede tener el Covid-19 en pacientes tras meses de haberse contagiado. Aquí, cinco testimonios cuentan lo que ha sido sobrellevarlas en su diario vivir.

Tiene una nebulosa del tiempo que estuvo hospitalizada. Entre espejismos, Verónica Fierro recuerda que no entendía lo que le estaba pasando, pero que una noche su familia la contactó por videollamada para despedirse. “Sólo recuerdo que mi hijo, de 10 años, me dice: mamá, nos vemos en dos meses y yo le digo: hijo, qué poca fe me tienes. Yo soy fuerte, voy a dar la pelea y voy a volver pronto”.

Verónica se despidió de su familia dos veces, las mismas que estuvo en riesgo vital. Según el informe médico al que tuvo acceso, producto del Covid-19 soportó tres intubaciones, estuvo en posición prono dos veces, sufrió un shock séptico y un rash cutáneo. 

Verónica pasó su cumpleaños número 50 estando dormida. 

Finalmente volvió a su casa el 8 de julio, un mes y medio después de haber puesto el pie en el servicio de Urgencias del Hospital Félix Bulnes. “Fue emocionante porque mi familia me estaba esperando en la casa. Mi hermana me cuidó y me asistió. Cuando vuelves, si estuviste mucho tiempo en la UCI, la asistencia que requieres es total. Uno necesita ayuda para pararse. Tuve que aprender a caminar de nuevo, aprender a ir al baño,” recuerda Verónica, periodista del mismo hospital donde fue atendida.

Por tres meses, asistió a sesiones de kinesiología por videollamada para estimular la musculatura de sus manos, sus pies y sus piernas. “Es lo mejor, porque hay que volver a tomar confianza y ponerse a caminar”.

Verónica perdió casi todo el pelo y sufrió trastorno del lenguaje. Por ejemplo, en vez de decir “cierra el refrigerador”, decía “apaga la luz del baño”. Ambos síntomas forman parte de lo que su fisiatra llama un “reseteo” del cuerpo entero, el cual se produce cuando el organismo pasa por una etapa de estrés dramático como el haber estado tanto tiempo internada en la UCI.

Poco a poco, a través de los meses, Verónica fue recuperando su cabello y la capacidad en el área de lenguaje. Sin embargo, hoy, persisten síntomas que no la dejan vivir una vida normal: siente permanentemente las piernas adormecidas y, a su vez, le vienen repentinamente sensaciones en la misma parte del cuerpo. “Me dan unas puntadas que siento como si me clavaran un cuchillo con corriente. Me pueden venir en cualquier momento. Hay días que no las siento, hay días que me pueden dar hasta seis veces. Es casi al azar, pero siempre están presentes, principalmente en la noche cuando me acuesto”, explica Verónica, quien toma 300g de pregabalina al día, para disminuir las molestias.

Cuando le sobrevienen estos dolores neuropáticos, cuenta que no puede evitar no gritar. Según le dijo su fisiatra, lo que ella sufre es una polineuropatía del paciente crítico producto de la estancia prolongada en el hospital por las complicaciones del Covid-19. 

“En mis piernas tengo un daño severo en el nervio tibial. El fisiatra me dijo que, por haber quedado con un daño severo, tengo hasta cinco años para recuperar movilidad y funcionalidad, pero que nunca va a ser al 100%”, se lamenta.

“Me dan unas puntadas que siento como si me clavaran un cuchillo con corriente. Me pueden venir en cualquier momento. Hay días que no las siento, hay días que me pueden dar hasta seis veces. Es casi al azar, pero siempre están presentes, principalmente en la noche cuando me acuesto”, explica Verónica.

El cansancio crónico es otra secuela que sufre hasta el día de hoy. “Yo antes era una pila, iba de aquí para allá, para todos lados. Pero ahora me canso. Si subo una escalera, es terrible, si hago la cama, tengo que descansar un buen rato porque me fatigo. Puedo agacharme, pero me cuesta”, cuenta. 

A la periodista le han prolongado la licencia médica hasta enero, sin embargo, ya está pronta a volver a su trabajo. “Idealmente nadie debería tener secuelas, porque nadie debiera enfermarse. Yo siempre me cuidé. Siempre usé la mascarilla. Pero nos enfermamos varios a la vez. Que te digan que tienes un examen PCR positivo es un balde de agua fría”, concluye.

Verónica Fierro. Foto: Registro personal

“NO SENTIR EL OLOR Y LOS SABORES DE LA COMIDA TE DEPRIME”

Todo septiembre Oscar Poblete (31) estuvo encerrado en su casa en Viña del Mar. Le extendieron la licencia médica a 28 días, porque seguía con síntomas de Covid-19 como dolor de garganta, agotamiento físico y pérdida del olfato y del gusto. 

A finales de octubre, ya de vuelta al trabajo, decidió ir al médico para realizarse un chequeo general. Quería saber si podía retomar su vida normal y empezar a hacer deporte. “Sentía que si caminaba muy rápido o si subía una escalera, me cansaba. También tenía pérdida del olfato y del gusto y problemas para dormir”, cuenta el ejecutivo de negocios y empresas de un banco. 

Todos sus exámenes salieron bien. Lo suyo eran secuelas normales que sufre el 90% de los pacientes que tuvieron Covid-19 con síntomas, le dijo su doctor en la consulta. 

Oscar no ha logrado recuperar completamente su gusto y olfato, sólo lo ha recobrado hasta un 60%. “Es una lata igual, porque para mí, uno de los mayores placeres de la vida es comer. Entonces que no sientas el olor y los sabores de la comida, te afecta, te deprime”. 

El ejecutivo bajó siete kilos producto de estos síntomas. “Ese mes que estuve encerrado dejé de comer porque no sentía sabores ni nada. No te dan ganas de comer definitivamente. No comía pan, no tomaba bebida, no tomaba alcohol. Tomaba agua y mucho líquido y comía fruta, leche, yogurt”.

Hoy Oscar está tratando de vivir su vida normal, pero dice que sólo come lo justo y necesario. “Al final uno se acostumbra. Dejas de comer cosas que antes comías sólo porque querías chanchear, por ejemplo, papas fritas. Al final, como no tienes olfato ni gusto, ya no te llama la atención comer ese tipo de cosas”.

Otra secuela que todavía sufre es la dificultad para dormir. “Nunca en mi vida había tenido problemas de sueño. Ahora que estoy yendo presencial al trabajo, se ha vuelto muy pesado. Al final, no duermo bien. Me despierto de la nada en la noche, no logro quedarme dormido. Luego me levanto muerto de sueño, y en la tarde, después de almuerzo, es peor. Uno anda más decaído, sin ganas de trabajar”, cuenta. 

Oscar le pidió en la consulta al doctor que le recetara algún medicamento para dormir y hoy toma una pastilla de vez en cuando.

“Nunca en mi vida había tenido problemas de sueño. Ahora que estoy yendo presencial al trabajo, se ha vuelto muy pesado. Al final, no duermo bien. Me despierto de la nada en la noche, no logro quedarme dormido. Luego me levanto muerto de sueño, y en la tarde, después de almuerzo, es peor. Uno anda más decaído, sin ganas de trabajar”, cuenta Oscar.

Oscar Poblete. Foto: Registro personal

SECUELAS A LOS 15 AÑOS

J.E.C no puede ser un adolescente normal. No puede correr, jugar a la pelota, ni siquiera caminar rápido. En diciembre, su madre Cinthia Etchebarne lo llevó al médico y el doctor le diagnosticó: fibrosis en el pulmón derecho producto del Covid-19, un cuadro agravado por sinusitis crónica y alergia. 

El broncopulmonar le recetó antibióticos, corticoides en aerosoles, y le dio una máquina para soplar y hacer ejercicio con los pulmones. A fines de enero, J.E.C, de 15 años, va a terminar su tratamiento de antibióticos. “El doctor le dijo que hiciera sus ejercicios con la manguera, que iba a tener dificultad, pero que iba él mismo a generar su oxígeno. Le dijo que iba a ser con tiempo. Que saliera a caminar despacio, suave. No puede correr normal como un niño”, cuenta su madre.

Estos días, J.E.C se ha sentido mejor. Respira sin tanta dificultad, ya no tiene tanta flema. Se agita menos, pero todavía no puede jugar básquetbol ni a las peleas con su hermano como lo hacía antes. 

El adolescente se contagió en julio de Covid-19. Pasaron los meses y los síntomas de fatiga y dificultad para respirar persistían. “Él me decía, mamá, yo en las noches siento que me ahogo, siento como si alguien se sentara en mi pecho y me aplastara. Como se ahogaba, entonces dormía sentado”, recuerda Cinthia. Fue entonces que lo llevaron a un doctor general, quien le recetó un nebulizador. Sin embargo, no se recuperó.

“Pasaron meses y mi hermano me dijo, sigue igual, ya ha pasado mucho tiempo, tienes que llevarlo a un neumólogo. Entonces lo llevé y le sacaron las radiografías. Se veían como unas burbujas, la fibrosis pulmonar que le detectaron”, dice su madre. 

Además de hacer sus ejercicios todos los días, el adolescente no puede tomar bebidas ni líquidos fríos, sólo tibios o calientes. 

J.E.C está ahora de vacaciones y el único momento que sale de su casa en la comuna de San Ramón es para caminar una o dos cuadras, como parte de su tratamiento. En marzo, tendrá que volver a clases, y el colegio le dará la opción de hacer la mitad de las clases presencial y la otra mitad virtual o solamente virtual. “Mi hijo dice que no quiere salir, que sólo tomará clases virtuales”, dice Cinthia.

“Él me decía, mamá, yo en las noches siento que me ahogo, siento como si alguien se sentara en mi pecho y me aplastara. Como se ahogaba, entonces dormía sentado”, recuerda la madre de J.E.C.

“ESTE BICHO HASTA LA FUERZA ME QUITÓ”

Lo que más le cuesta hacer a Pedro Álvarez (jubilado, 68) es subir las escaleras del Metro para ir a su trabajo en el barrio de Patronato. “Llego arriba con poco aire, me fatigo bastante. Me las arreglo con un poco de agua y me siento un rato a esperar”, asegura. 

Pedro siempre había sido una persona activa hasta que se enfermó de Covid-19 en junio del año pasado. Por casi 40 años, había trabajado como guardia de seguridad, caminando de un lado para otro. Nunca asumió un trabajo de oficina. Su vida cambió con las secuelas de la enfermedad. Cuando volvió a su trabajo, en octubre, en el Paseo Santa Filomena, le asignaron el rol de conserje en la entrada de unas oficinas. Hoy día, ahí se sienta, conversa y atiende a los oficinistas que llegan. “Me pusieron ahí para evitarme el problema de estar caminando, de que tome sol y que me agite. Estoy ahí tranquilo, sentado. Yo estaba acostumbrado a caminar rápido, pero ahora no puedo caminar mucho ni rápido. Y tengo que tratar de estar en la sombra, porque el calor me fatiga”, dice.

Una semana estuvo hospitalizado por Covid-19 y si bien le dio una neumonía, no tuvo que ser intubado. Después de haber sido dado de alta, su hijo lo llevó por una semana al kinesiólogo. Se aprendió los ejercicios para hacerlos en su casa. Incluso se confeccionó una pesa con una botella de bebida. 

Como su dormitorio queda en el segundo piso de la casa donde vive con su hermano, subir y bajar las escaleras formó parte de su tratamiento de recuperación. También hacía ejercicios soplando a un ejercitador respiratorio.

A pesar de todo el esfuerzo, su cansancio era constante. “La fatiga es insoportable, porque uno no puede caminar, uno se agita, pierde la estabilidad. Tenía problemas con los pulmones. Me faltaba el aire cuando dormía de espalda. Estaba con un temblor en las manos. No podía hacer nada, estaba nulo. Es asqueroso el bicho”, describe el jubilado, quien también bajó de peso. 

“El organismo lo da vuelta entero el bicho. Nunca me había pasado una cosa así. Pero he ido mejorando. Comparado a como estuve, ahora estoy bien. Sólo debo tener paciencia para que se me pase la fatiga”, dice. 

“La fatiga es insoportable, porque uno no puede caminar, uno se agita, pierde la estabilidad. Tenía problemas con los pulmones. Me faltaba el aire cuando dormía de espalda. Estaba con un temblor en las manos. No podía hacer nada, estaba nulo. Es asqueroso el bicho”, describe Pedro.

Pedro ha podido recuperar su actividad favorita: tallar casas en cartón. “Eso me ayudó bastante para coordinar las manos, porque perdí la fuerza de las manos. Antes no podía ni tomar la tijera para cortar. Este bicho hasta la fuerza me quitó. Pero ahora estoy recobrando mi firmeza y ya puedo hacer manualidades”, concluye. 

Foto: Registro personal

“ES UNA PICAZÓN HORRIBLE”

A fines de mayo, Sara Leiva (56) se contagió de Covid-19 en su trabajo. Por un mes, tuvo síntomas como tos, debilidad y dolor de cuerpo. “Pensé que me iba a costar mucho reponerme porque me sentía muy débil. Era una tos horrible que me llegaba a ahogar, no se me quitaba. Yo creo que era debido a esa tos, que me dolía todo el cuerpo”, cuenta Sara.

Alrededor del quinto día desde que tuvo el primer síntoma, le apareció un sarpullido en la cabeza, cuello, torso y brazos. La alergia, como la llama ella, desapareció. Sin embargo, tres meses después de haberse recuperado completamente le volvió a aparecer. 

“Siento que se me reseca mucho la piel. Es una picazón horrible. La piel se pone casposa, como muy reseca. Me salen unos salpullidos, como piel escamosa”, describe Sara, trabajadora de casa particular. 

Esta erupción cutánea le aparece esporádicamente. Si bien no ha consultado al respecto, la mujer con la que trabaja, pediatra, le dijo que se trataba de una urticaria alérgica post Covid. 

“La tengo muy avanzada. De repente me da en la cabeza. Cuando es mucho me tomo una pastilla para la alergia y me calma un poco la picazón. Ahora no tengo nada. Como que me aparece de repente. Antes nunca fui alérgica a nada”, asegura Sara.

“Siento que se me reseca mucho la piel. Es una picazón horrible. La piel se pone casposa, como muy reseca. Me salen unos salpullidos, como piel escamosa”, describe Sara.

Tampoco había tenido problemas para dormir. Pero alrededor de hace cuatro meses está sufriendo problemas para conciliar el sueño. Se despierta a las dos o tres de la mañana y dice que es imposible volver a quedarse dormida. “Nunca he necesitado tomar pastillas para eso. Siempre he tenido un buen sueño. Yo le estaba echando la culpa a la edad, pensé que eran secuelas de la edad, no del Covid”, se lamenta.  

Sara Leiva. Foto: Registro personal

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LO QUE SE SABE HASTA AHORA

Si bien es una enfermedad nueva y todavía no se tiene mucha evidencia empírica de largo plazo, en la ciudad de Wuhan, donde comenzó el virus, se realizó el estudio de cohorte más extenso sobre las secuelas del Covid-19. El estudio que fue publicado el 8 de enero en la revista médica británica The Lacent, siguió a 1.733 pacientes a los seis meses de haber sido dados de alta del hospital Jin Yin-tan en Wuhan. 

De acuerdo al estudio, un 76% de los pacientes mantiene al menos un síntoma que les perjudica su calidad de vida, siendo el porcentaje más alto en mujeres (81%). Los síntomas más comunes según el estudio son: la fatiga o debilidad muscular (63%), dificultad para dormir (26%), ansiedad o depresión (23%), pérdida de cabello (22%), trastorno del olfato (11%), palpitaciones (9%), dolor en las articulaciones (9%), trastorno del gusto (7%), mareo (6%), y reacción cutánea (3%). 

Investigadores del Departamento de Kinesiología de la Universidad de Chile, en conjunto con un equipo del Hospital Clínic de Barcelona, realizaron una revisión sistemática de cinco bases de datos y detectaron secuelas pulmonares en pacientes que fueron hospitalizados por Covid-19. 

El reporte, publicado en la prestigiosa revista Pulmonology, afirma que hasta un 40% del total de las personas que fueron internadas tuvieron secuelas en la función de sus pulmones en los meses posteriores. “Eso quiere decir que el oxígeno que toman no les llega bien a la sangre, les llega en menor cantidad”, explica Rodrigo Torres, autor principal del estudio y académico de la Universidad de Chile.

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