Patricio Fernández: “El miedo y la furia son los grandes enemigos del proceso constituyente”

Crédito: Sergio Acuña

Patricio Fernández: “El miedo y la furia son los grandes enemigos del proceso constituyente”

Fue apuntado como el niño terrible a fines de los 90 porque, a través de las páginas de The Clinic, subió al columpio a toda la elite del país. Hoy es candidato a la Convención Constitucional ya que quiere ser parte del nuevo ciclo. “Le estamos poniendo fin a una generación política”, afirma al señalar que la elite se petrificó, la Concertación ya murió y el Frente Amplio se empantanó.

Escritor por vocación, periodista por oficio y cronista por pasión. Patricio Fernández entró fuerte a la escena de los medios de comunicación en 1998 cuando salió a la calle la primera edición The Clinic. Era el director y quién convocó a un grupo de periodistas, intelectuales y gente del mundo de la cultura para intentar fisurar lo que entonces se llamaba el duopolio configurado por El Mercurio y La Tercera. 

Ironía, sarcasmo. La opción era borrar los límites y hacer de los intocables un tiro al blanco. Hacer de la irreverencia un lenguaje en el periodismo nacional. De ese Pato Fernández que hoy tiene 51 años queda la curiosidad, las ganas de “mover el arbolito” como dice él. 

Lo hizo desde sus columnas, desde programas radiales y desde sus libros, en los que fue relatando las movilizaciones estudiantiles del 2016, la realidad cubana –política y cotidiana- y “Sobre la Marcha”, escrito al calor del estallido social. Hoy, ese observador rebelde pasó a ser candidato a la Convención Constitucional por el Distrito 11. Es decir, aterrizó en la arena  política de la mano de un pacto llamado el “Nuevo Trato”, que está constituido por algunos ex militantes del Frente Amplio y recientemente recibió el apoyo formal del Partido Socialista. 

-¿Por qué lanzarse en una aventura política? 

Durante mucho tiempo estuve decidido a no hacerlo. Me lo habían propuesto. Pero era salirse del espacio en que uno solía estar. Yo me he dedicado a narrar lo que acontece, a analizar, a criticar, a cuestionar, pero también es cierto que en el tema constitucional me vengo involucrando desde hace un rato. En el 2015 estuve en el proceso que inició Michelle Bachelet. Conocí las casas de muchos chilenos. Escuché sus anhelos, temores y frustraciones… 

-Pero el 2015 era otro Chile. Se sabía del malestar, pero no de la rabia que se fraguaba…

-Era un Chile que todavía no se mostraba, pero que estaba. Los temas que la gente ponía en una Nueva Constitución estaban enunciados: el valor de la justicia, el derecho a la salud, el cuidado del medio ambiente y la necesidad de una mayor participación. La paradoja es que el mundo político, la elite, no quiso escuchar. Al revés, el proceso impulsado por Michelle Bachelet fue mirado con desdén, con ninguneo. 

-¿Y esa elite tendrá capacidad para conectar ahora?

-La elite se petrificó. La frase de Cecilia Morel al comienzo del estallido fue una confesión honesta. Ella dijo que esto era como la llegada de los alienígenas. O sea, la viva muestra de que el mundo del poder ha estado encerrado, sin conexión con este país interrumpía. Y este proceso constituyente consiste, justamente, en volver a escuchar. 

-En un clima polarizado, ¿se puede escuchar? 

-Los dos enemigos del proceso constituyente son el miedo y la furia. El miedo está muy representado por la derecha y su temor al cambio, a perder el poder, a distribuirlo de manera más democrática. Y, por otra parte, está la furia de algunos grupos que traducen su frustración en una especie de grito indignado que no deja mayor espacio para la construcción de un nuevo proyecto. Humildemente, creo que uno puede ayudar a generar puentes de diálogo y no convertirse en el vocero de los que gritan más fuerte o del que se luce más.

Patricio Fernández – Crédito: Sergio Acuña

-¿Cuánto valor tiene hoy la palabra “acuerdo”? Para muchos es un mal recuerdo, lo ven como una transacción…

-La frustración es porque la palabra “acuerdo” quedó presa del acuerdo que se selló al comienzo de la transición. Ahora se exige un nuevo acuerdo. Esa es la esencia de este proceso constituyente. La democracia funciona en torno a los acuerdos. El problema es que el acuerdo entre unos pocos no solo frustra. Indigna. Por eso el gran reto constituyente es lograr un pacto honesto, sincero, plural para que una mayoría de chilenos se sienta parte de este nuevo trato. 

“La elite se petrificó. La frase de Cecilia Morel al comienzo del estallido fue una confesión honesta. Ella dijo que esto era como la llegada de los alienígenas. O sea, la viva muestra de que el mundo del poder ha estado encerrado, sin conexión con este país interrumpía. Y este proceso constituyente consiste, justamente, en volver a escuchar”.

EL AMARILLISMO

-Hace un tiempo te definiste como “amarillista”, algo que algunos desprecian. ¿Qué significa ser amarillista en el escenario actual? 

-Lo escribí en una columna en el The Clinic en respuesta a la vanidad imperante en que sólo vale lo que tú crees. No hay espacio para la duda. Entonces, mi declaración de amarillismo es una respuesta provocadora, burlona, que busca joder a aquellos que creen tener la verdad absoluta, esos que tratan de imbécil al que no piensa igual. Yo prefiero habitar más en las preguntas que en las respuestas. Además, la esencia del proceso constituyente es escuchar y tomar nota. 

¿Y tiene un domicilio político el amarillismo?

No lo sé. Es tan importante lo que nos jugamos en esa vuelta que lo otro da un poco lo mismo. La pega es cómo nos articulamos para llevar adelante las transformaciones reales que se necesitan y no dejarlas convertidas en un titular. En mi caso, ver cómo puedo sumar, cómo puedo agrandar una malla de apoyo para empujar los cambios. Las posiciones omnipotentes, creer que lo que soñaste es tan magnífico que no merece encontrarse con el sueño del otro, son poco democráticas y culturalmente nefastas. Ese es el camino de la ignorancia. El camino del conocimiento, en cambio, es la búsqueda, convivir con la duda, tratar de entender. 

“El Frente Amplio tiene conflictos fuertes. Y su drama hoy es que no puede desaparecer al interior del PC. Por eso debe llevar un candidato presidencial propio que represente algo de su esencia”.

-Esa postura que es más bien conciliadora, ¿no tendrá costos? Es como ir a contramano…

-Mira, yo fundé el The Clinic en el año 1998 para incorporar en la discusión a toda esa cultura, mundos sociales y diversidades que entonces no tenían lugar en el ámbito público. Era una época en la que no había ley de divorcio, había censura cinematográfica, senadores designados, y sólo dos grandes conglomerados de comunicación. Hasta la Iglesia imponía y cerraba muchísimos caminos de apertura y transformación. En ese momento, la irrupción del Clinic fue una manera de decir: “Aquí hay mucho más y lo vamos a poner en escena con el máximo atrevimiento”. Es lo mismo que deseo hoy día, pero en un Chile que está en otro estadio. 

-¿Ves un paralelismo entre remecer ese Chile aparentemente perfecto de los ’90 y ser parte ahora de la Convención Constituyente?

Sí. Yo siento que este salto que estoy dando no es muy distinto al de ese entonces. Aquí aparecieron culturas nuevas, diversidades sexuales, angustias, depresiones que llenaron los muros de Santiago durante el estallido. Si algo me parece sumamente interesante es atender esa irrupción ciudadana. El país está lleno de mundos que desean ser considerados y que no están por destruirlo todo. 

“La democracia funciona en torno a los acuerdos. El problema es que el acuerdo entre unos pocos no solo frustra. Indigna. Por eso el gran reto constituyente es lograr un pacto honesto, sincero, plural para que una mayoría de chilenos se sienta parte de este nuevo trato”

-¿No es que Pato Fernández maduró? 

-No, lo que me mueve es el mismo impulso transformador y la curiosidad total. Yo creo que este período de transformación podría tener su símil en esa época. Mira las secciones que teníamos en el The Clinic al comienzo. Como los grandes diarios hacían su lista de los más influyentes, nosotros decidimos poner a los menos influyentes. Tuvimos una sección con la historia de un detenido desaparecido para que no se olvidara. Buscábamos y entrevistábamos a los vagos de la calle, a la gente a la que nadie oía. A los no vistos…

-Te preguntaba si había una maduración para entender el tránsito del niño rebelde al que ahora levanta la bandera del diálogo… 

-¿Sabes lo que pasa? Este Pato que decide ser candidato a constituyente dejó todos sus trabajos, abandonó todo lo que hacía para emprender una tarea apasionante y de la máxima relevancia. Es comprometerse con una causa y sentirse parte activa de la nueva construcción. Siento que es volver a atreverse, es saltar sin mucho cálculo. No sé si es porque estoy en otra etapa de mi vida y ya tengo a mis dos hijos grandes, pero ha sido lanzarse perdiendo buena parte de los miedos que implican meterse en esto.

“Pueden  tener deseos comunes, pero no tiene un plan de realización para adelante. La izquierda perdió la fuerza. La derecha consiguió una organización política mucho más coherente”.

-¿Tenías miedo de involucrarte? 

-O sea, la odisea que tuve en mi cabeza esos días previos a la decisión de ser candidato -que fueron cinco días antes de la inscripción de las listas- fue intensa. No dormí. Recorrieron mi cabeza montones de terrores, fantasmas, lagartos. Me perturbaba saber si esto era lo que tenía que hacer o no. Y salí con la convicción total del que asume libre, del que dice: “los miedos me los mamé”. Es lo que te decía antes. Siento que esta vez el reto es el mismo que cuando fundamos The Clinic, sólo que muchísimo más grande y decisivo. Y pasa por volcarse a escuchar y representar múltiples voces.

-Hoy existen redes sociales  que descargan su furia. ¿No te complica estar expuesto? A ti te agarran cada tanto por llevar el apellido Chadwick, por haber nacido en la elite…

-Uno ya va entendiendo cómo funciona esto. Las redes sociales tienen olas que duran 24 horas y están súper tomadas por la derecha. Aunque también están los vociferantes del otro lado. Pero mira, yo no puedo estar rindiendo cuentas de mis antepasados. Uno rinde cuentas de su propia historia, de lo que ha dicho y lo que ha hecho. Por lo demás, no digamos que me volví el heredero ejemplar del mundo que me trajo acá. Me rebelé desde bien chico. 

“Mi declaración de amarillismo es una respuesta provocadora, burlona, que busca joder a aquellos que creen tener la verdad absoluta, esos que tratan de imbécil al que no piensa igual”.

¿Pero te jode el tema?

-Es que yo no puedo sentir culpa por ser hijo de mi madre.  Nadie me puede pedir que reniege de los afectos ni de mi entorno. A mí no se me ocurriría pedírselo a nadie ni menos juzgar a una persona por ser judía, árabe o chino. Defender esto que te estoy diciendo, es muy profundo. Esos prejuicios son los mismos que tienen los fascistas cuando hablan de una persona de izquierda o vicerversa. Los que atacan a otro por un apellido o por haber nacido en un lugar particular no son tan distintos a los que atacan a alguien por su orientación sexual, su origen racial o el color de su piel. Eso clausura la libertad individual de todo ser humano. 

“Piñera es lo que fue esa energía de los 90′, donde estuvimos presos de la idea y de la ideología de que la plata y la economía lo reinaba todo. Ese ciclo está terminando”.

Liderazgos derrumbados

Retrospectivamente, ¿qué es más desafiante? ¿Despeinar al Chile ordenado de los 90? ¿O transitar en un país más chúcaro?

Este nuevo Chile me fascina. No lo veo desde la óptica del terror, sino desde la curiosidad. Porque además no estamos viviendo un proceso exclusivo. El mundo también vive sus propias revueltas y todas sin liderazgos, sin dirección de partidos políticos. De ahí que la apuesta democrática por conducir estos procesos sea tan relevante. Porque la otra respuesta se llama autoritarismo.  

-Las buenas democracias también necesitan instituciones, liderazgos que puedan conducir. Hoy no hay líderes ni instituciones bien parados… 

-Los liderazgos, tal como los conocimos, están derrumbados y hay dos casos que cristalizan esto. Ricardo Lagos, el ejemplo del líder estadista, y Sebastián Piñera, el ejemplo del winner económico. El primero es la representación del esfuerzo de la reconstrucción democrática republicana como se entendió el siglo XX. El otro, Piñera es lo que fue esa energía de los 90′, donde estuvimos presos de la idea y de la ideología de que la plata y la economía lo reinaba todo. Ese ciclo está terminando. Ha quedado en evidencia que la felicidad no está dada sólo por la generación del dinero, sino por una mayor cohesión social. 

“Las posiciones omnipotentes, creer que lo que soñaste es tan magnífico que no merece encontrarse con el sueño del otro, son poco democráticas y culturalmente nefastas”.

¿Es posible avizorar qué tipo de liderazgos se requieren hoy?

-Es bien complejo. De hecho, una de las características de estos tiempos es saber navegar en la incertidumbre. Los grandes proyectos del siglo XX terminaron. Hay que construir lo nuevo. No sabemos cómo ni qué. Pero sí sabemos que la estabilidad, la paz social no se va a conseguir obviando las necesidades existentes ni negando a determinados sectores. 

-Lo planteo porque el proceso constituyente se dará en un país en tensión y sin liderazgos que puedan encauzarlo…

-Es cierto que la tensión social está a flor de piel. Está viva, pero desde el minuto en que se acordó el proceso constituyente, esa noche de 15 de noviembre del 2019, se podría decir que avanzamos hacia algo mejor que hacia algo peor. 

Patricio Fernández – Crédito: Jacinta Izquierdo

-Ahí cumplió un rol la política. ¿Pero los partidos han estado a la altura o se han frivolizado?

-Más que frívolo, hay un mundo político que se está dejando llevar por la inercia de lo que conoce. No se ha abierto a entender lo que ha ido emergiendo. Sin embargo, los cambios culturales siempre se imponen a esas mallas políticas anquilosadas y lentas. Ese choque lo vamos a ver en pleno en la Convención Constituyente. 

-Decías que la derecha se niega a los cambios por miedo. ¿Pero qué explica la resistencia de una parte de la izquierda?

-La izquierda no fue capaz de aunarse para conseguir transformaciones en este proceso constituyente. Eso ya te muestra que es una izquierda perpleja, confundida. Pueden  tener deseos comunes, pero no tiene un plan de realización para adelante. La izquierda perdió la fuerza. La derecha consiguió una organización política mucho más coherente, pero tengo la impresión y la esperanza de que en la Convención Constituyente la vamos a ver desarticularse. 

“La odisea que tuve en mi cabeza esos días previos a la decisión de ser candidato -que fueron cinco días antes de la inscripción de las listas- fue intensa. No dormí. Recorrieron mi cabeza montones de terrores, fantasmas, lagartos. Me perturbaba saber si esto era lo que tenía que hacer o no”.

-¿Lo crees o lo sueñas?

-Lo espero. No puedo creer que sea lo mismo un independiente que va respaldado por Evopoli que un militante del Partido Republicano de José Antonio Kast. Además, creo que dentro de la Convención se van a producir otras complicidades: complicidades entre las mujeres, que no las podemos predecir ni anticipar. Los pueblos originarios van a incorporar un tenor que no está en los ejes acostumbrados. 

-En el espacio de la izquierda confundida, ¿dónde ubicas al Frente Amplio? Esa nueva generación que venía a oxigenarlo todo, ¿no se la pudo? 

-El Frente Amplio se empantanó. Ese choclo se ha ido desgranando. El Frente Amplio tiene conflictos fuertes. Y su drama hoy es que no puede desaparecer al interior del PC. Por eso debe llevar un candidato presidencial propio que represente algo de su esencia. De lo contrario, se los comió la candidatura de Daniel Jadue y pasó a convertirse en un tumor del Partido Comunista. Mega problema. Y súmale que hay otra parte de ellos que quiere armar un espacio con una Concertación que ya murió. 

-Sin sangre nueva, ¿se podrán concretar los cambios de una ciudadanía que ya no tolera la inercia de los  partidos tradicionales?

Bueno, ésta es la gran posibilidad de generar un cambio, una renovación. Aquí le estamos poniendo fin a una generación política. Piensa que la gente de la Concertación vivió el quiebre de la democracia, la dictadura completa y luego hicieron de la transición un camino viable. Esa generación terminó su tarea. Esta etapa requiere otros protagonistas. 

“Nadie me puede pedir que reniege de los afectos ni de mi entorno. A mí no se me ocurriría pedírselo a nadie ni menos juzgar a una persona por ser judía, árabe o chino. Defender esto que te estoy diciendo, es muy profundo. Esos prejuicios son los mismos que tienen los fascistas cuando hablan de una persona de izquierda o vicerversa”.

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