Columna de Claudio Alvarado: Profecía autocumplida
Foto referencial: Agencia Uno.

Columna de Claudio Alvarado: Profecía autocumplida

Hay muchos factores exógenos que han contribuido a la debacle del gobierno, que amenaza con ser también la debacle de nuestra república. La crisis de octubre con el deterioro institucional como telón de fondo, la pandemia con sus trágicos efectos sanitarios y económicos, las pasiones antidemocráticas de la izquierda dura, la progresiva complicidad y cobardía de la centroizquierda institucional, el desfonde de los partidos oficialistas. No es poco, y ningún gobierno la tendría fácil en las circunstancias actuales; sin embargo, es probable que ningún otro lo hubiera hecho tan mal.

“No es poco, y ningún gobierno la tendría fácil en las circunstancias actuales; sin embargo, es probable que ningún otro lo hubiera hecho tan mal”.

En términos simples, se trata de un Ejecutivo carente de cualquier atisbo de conducción política. Basta reparar en las últimas semanas. Primero se anuncia un IFE 2.0, cuando los dados del tercer retiro ya estaban echados en el Congreso; luego se envía una carta a la prensa para manifestar el apoyo de los ministros al Presidente, revelando en los hechos su debilidad; y finalmente se apuestan todas las fichas en el frustrado requerimiento ante el Tribunal Constitucional, presidido por una cuestionada exasesora suya. Es verdad que el proyecto que aprobó el Parlamento vulnera gravemente el ordenamiento jurídico —de no corregirse el retiro de rentas vitalicias, traerá consigo responsabilidades internacionales—, pero también sabemos que ya no basta invocar el estado de derecho para movilizar ni al oficialismo ni a la oposición.

La pregunta inevitable es, entonces, por qué La Moneda insiste una y otra vez en el mismo libreto: llegar tarde y mal a todas las coyunturas emblemáticas. Es importante tomase en serio esta interrogante, porque la derecha no puede repetir el error de la antigua Concertación: hay que sacar lecciones del fracaso. Y la respuesta pasa por al menos tres factores vinculados directamente al gobierno y al Presidente.

“La pregunta inevitable es, entonces, por qué La Moneda insiste una y otra vez en el mismo libreto: llegar tarde y mal a todas las coyunturas emblemáticas. Es importante tomase en serio esta interrogante, porque la derecha no puede repetir el error de la antigua Concertación: hay que sacar lecciones del fracaso”.

El primero remite al diseño del gabinete ministerial. Sebastián Piñera nunca quiso tener pares, jamás quiso escuchar verdades incómodas, siempre optó por un círculo de incondicionales. La derecha lleva una década de activa discusión intelectual y política y, de hecho, el Presidente volvió a La Moneda luego de ser apoyado por diversas sensibilidades en el balotaje; pero nada de esto importó. A medida que surgían las crisis el diseño original se fue profundizando, pues los sucesivos cambios de gabinete fueron quemando fusibles, pero casi nunca incorporando peso y contrapesos políticos al centro de mando. Así, el Palacio y la sociedad chilena fueron distanciándose cada vez más.

El segundo elemento que ayuda a comprender el panorama actual consiste en la incapacidad del Ejecutivo de compartir los triunfos y las derrotas, derivada de la errada lectura del momento político y de su propia situación, cada vez más frágil. Hace un par de semanas era viable patrocinar el proyecto de retiro del 10% del Congreso y mejorarlo en la medida de lo posible; hace pocos días todavía se podía pensar en un veto presidencial que corrigiera al menos algunos aspectos de la peor política pública de la historia, al decir de David Bravo. Todo eso suponía dialogar, ceder, perder. En su minuto era factible. Y todavía lo es en algún sentido, pues quedan varios meses de mandato: el parlamentarismo de facto es mezquino e irregular, pero a fin de cuentas el desgobierno es peor que el cogobierno. Aún es tiempo de notarlo.

El tercer y último factor pareciera ser la personalidad de Sebastián Piñera. Si el elástico se estira hasta romperse, es porque negociar así quizá le dio resultados en el mundo privado. En política, en cambio, esto sólo lo perjudica, en la medida en que le impide modificar el escenario, que inevitablemente se ve afectado por las decisiones, omisiones y tardanzas presidenciales. Pero al llegar tarde y mal, el círculo de hierro seguramente se convence de que nada de lo que hagan servirá para cambiar las cosas. Una profecía autocumplida.

El punto es que nada de esto tiene que ser necesariamente así, el problema es proceder siempre del mismo modo. Si la derecha quiere aprender de esta difícil coyuntura, ahí reside la primera lección. El norte sigue estando en el reformismo, no en la inmovilidad.

*Claudio Alvarado es Abogado UC, magíster en Derecho Constitucional y director del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

Comentarios
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