Columna de Diana Aurenque: Ganaron “los otros”

“Los otros” y “La vida de los otros” son películas que pertenecen a géneros distintos; uno es suspenso, el otro drama; uno trata de fantasmas, el otro de espías y conspiraciones. Sin embargo, denuncian lo mismo: las complejidades, miedos y disrupciones que ocasiona el encuentro con los otros. Ambas se adentran en la otredad; tal cual ingresamos hoy de facto.

El sociólogo Manuel Canales sostuvo agudamente que en las últimas elecciones “ha triunfado la otredad”. Y es cierto, ganaron nuevos actores políticos: las mujeres, los independientes, los pueblos indígenas. Pero la otredad es más que eso.

Antes de remitirnos al filósofo de la otredad por excelencia, Emanuel Levinás, quizás sea oportuno un breve rodeo. En la película “Los otros” (2001), Nicole Kidman protagoniza una viuda abatida que, junto a sus hijos, habita una fastuosa y apartada mansión donde acontecen sucesos insólitos. La familia se percata de que cohabitan con presencias extrañas, con seres fantasmagóricos que viene a interrumpir su cotidiana pesadumbre en espera del esposo ausente. La película continúa, y la división entre “nosotros”, la viuda y su familia, y “los otros”, extraños y amenazantes, se disuelve.

Algo similar ocurre en una película alemana. En “La vida de los otros” (2006), su protagonista Ulrich Mühe, devoto agente de la STASI (la policía política de la República Democrática Alemana), tiene la misión de espiar la intimidad hogareña de un dramaturgo del que las autoridades –convenientemente– sospechan traición. Con el transcurso del relato, el espionaje persecutorio del fiel agente se torna confuso, y el vigilante pasa de observador desafectado de la “vida de los otros” a heroico cómplice.

“Ganaron nuevos actores políticos: las mujeres, los independientes, los pueblos indígenas. Pero la otredad es más que eso”.

Ambas películas pertenecen a géneros distintos; uno es suspenso, el otro drama; uno trata de fantasmas, el otro de espías y conspiraciones. Sin embargo, denuncian lo mismo: las complejidades, miedos y disrupciones que ocasiona el encuentro con los otros. Ambas se adentran en la otredad; tal cual ingresamos hoy de facto.

Así, el cine es puerta de entrada para la reflexión. Nadie ha sido más enfático en reconocer la importancia del cine para comprender el mundo actual que el filósofo y psicoanalista esloveno Slalov Zizek, como lo plasma en su brillante “Manual de cine para pervertidos” (2006). En dicha trilogía, Zizek argumenta que la ficción cinematográfica refleja precisamente las ficciones implícitas, no advertidas corrientemente, pero que sostienen, conspiran y en gran medida constituyen sustancialmente lo que es la realidad.

En efecto, en las dos obras mencionadas, la otredad es representada tal y como es: extraña, atemorizante, sospechosa, irreal, misteriosa, desconocida. Pues bien, el cine muestra al otro justamente como el otro es, y como Emanuel Levinás tan revolucionariamente entiende: como absolutamente desconocido.

Hoy, los otros “emergen” desde ese velo oscuro que los caracteriza; no como zombies o almas en pena que cual autómatas votan por votar, acarreados como rebaño por promesas narcóticas; pese a las mascarillas, los otros van con rostros descubiertos a las urnas y votan distinto. Apropiados de un lápiz pasta azul y de sus propias convicciones, sufragan como “otros”, sin estrategias políticas partidistas, sin arrimarse a egos ajenos, ni a sus predicciones.

Una comunidad de “otros” –de “alienígenas” como fue descrito por Cecilia Morel a todos los que no eran la élite de su “nosotros”– inicia el 19-O como una nueva épica y rompe así el dominio de una élite que se extiende en egos totalitarios que nada entienden, porque al otro jamás lo pueden ni podrán entender.

“Hoy, los otros “emergen” desde ese velo oscuro que los caracteriza; no como zombies o almas en pena que cual autómatas votan por votar, acarreados como rebaño por promesas narcóticas; pese a las mascarillas, los otros van con rostros descubiertos a las urnas y votan distinto”.

Lo nuevos “otros” son alienígenas frente a la élite, pero deciden no ser más otros alienados de sí mismos. Lo que están del lado de las élites, del tipo que sea, no han sido olvidados, invisibilizados y marginados, y han de una buena vez renunciar a la arrogancia de hablar por los “otros”; de pretender “empatizar” o “sintonizar” con ellos, como si las existencias entre ambos, élite y alienígenas, fueran homologables.

Y aquí sí es prudente recordar al mencionado Levinás; quien invita no a intentar comprender al otro, sino a reconocerlo lisa y llanamente como un genuino otro. La élite falla en su mandato ético de reconocerlo, una y otra vez, cuando intenta hablar por él o proyectar desde sí sus deseos e intereses.

Lo único que le queda por hacer a una elite es retroceder ante su interés narciso de conducir al otro desde sí. La “primacía del otro”, que proclama Lévinas, es siempre un mandato ético: donde la pura existencia del otro me implica, me interpela, y me obliga a asumir responsabilidad. No para dominar al otro; sino para dejarlo ser, para de una buena vez dignificarlo.

” Y aquí sí es prudente recordar al mencionado Levinás; quien invita no a intentar comprender al otro, sino a reconocerlo lisa y llanamente como un genuino otro. La élite falla en su mandato ético de reconocerlo, una y otra vez, cuando intenta hablar por él o proyectar desde sí sus deseos e intereses”.

*Diana Aurenque es filósofa. Directora del Departamento de Filosofía, USACH.

Comentarios
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