Columna de Manfred Svensson: En reflexión

Entre las múltiples banderas del estallido, pocas fueron tan centrales como la preocupación por las pensiones. Dos años más tarde, sin embargo, es precisamente en materia de pensiones donde más lejos parecemos estar de una salida que remotamente se acerque a la dignidad que con tanto ahínco se invocó.

Entre las múltiples banderas del estallido, pocas fueron tan centrales como la preocupación por las pensiones. Nadie debiera extrañarse de su importancia: una generación más numerosa y pobre que la siguiente estaba jubilando y, dadas sus pensiones miserables, recaía sobre sus ya agobiadas familias el peso de su cuidado. Por otra parte, el hecho de que una reforma previsional llevara tantos años detenida nos muestra cuán entretejida está la crisis social con la crisis política. Dos años más tarde, sin embargo, es precisamente en materia de pensiones donde más lejos parecemos estar de una salida que remotamente se acerque a la dignidad que con tanto ahínco se invocó.

En efecto, para una porción importante de la población los retiros han significado quedar ya sin ahorro provisional alguno, mientras tantos otros verán su jubilación disminuida en un porcentaje enorme. Si hay algo que sabemos respecto del mediano plazo, es que las pensiones serán peores. En paralelo, el efecto inflacionario de los retiros ya está tocando los distintos ámbitos de la vida, y para muchos ya ha acabado de golpe con el sueño de la casa propia. Pero más allá de estos efectos económicos, vale la pena preguntarse por la disposición intelectual que se esconde tras estos retiros. La descomposición de la relación entre opinión técnica y juicio político es una de sus manifestaciones, y aunque es grave no es la única.

En los retiros se concentra, después de todo, un conjunto de trabas, ilusiones y mezquindades bien representativas del resto de nuestra crisis: ella es no sólo social y política, sino también espiritual e intelectual. La ausencia de un horizonte de largo plazo es su marca distintiva. Si se quiere buscar sus restantes síntomas, no hay que ir muy lejos. La primera prueba se encuentra en el cabal desparpajo con que se ha estado dispuesto a desmantelar un sistema sin tener algún reemplazo a la vista. Si los actos de destrucción durante el estallido mostraban ese nihilismo en su versión callejera, apasionada, la política de los retiros revela la misma disposición por parte de quienes tienen a su cargo la conducción y la deliberación. En paralelo está la ilusión, sostenida por tantos, de que el cambio constitucional por sí mismo será capaz de sacarnos de este entuerto. Hay condiciones materiales para cualquier sistema de pensiones posible, y ésas las hemos dinamitado. En eso la ilusión de las soluciones constitucionales y la frivolidad del desmantelamiento sin reemplazo dan cuenta de un mismo fenómeno: la ausencia del sentido de realidad.

En efecto, para una porción importante de la población los retiros han significado quedar ya sin ahorro provisional alguno, mientras tantos otros verán su jubilación disminuida en un porcentaje enorme. Si hay algo que sabemos respecto del mediano plazo, es que las pensiones serán peores.

Pero aquí hay no sólo voluntarismo. Si nuestro momento político se caracteriza por puras consideraciones estratégicas, también en eso los retiros han sido síntoma pionero. Fue precisamente así, con litigación estratégica, que todo se inició: antes de que apareciera Pamela Jiles en escena, intelectuales como Atria habían dado con la genial idea de desmantelar las AFP agudizando el sentido de propiedad individual sobre el dinero ahorrado. Según imaginaban, más tarde emergería de ahí un sistema solidario. Se trata de una ilusión, desde luego: si uno fortalece el individualismo y el presentismo, esas tendencias tienen suficiente fuerza como para luego seguir su propio curso, no el previsto por los ingeniosos estrategas.

En ese ambiente aparece, por último, la singular reducción del problema a la esfera individual: si usted no quiere retirar su dinero, no lo haga; pero déjenos hacerlo a los que sí queremos. Siguiendo esa misma lógica, comenzamos luego a interrogar sobre si tal o cual opositor a los retiros había hecho el suyo propio. Todo, sorpresivamente, se vuelve cuestión de decisiones individuales y virtudes personales. Una izquierda que típicamente ha destacado por su atención a los aspectos sistémicos y estructurales, acabó aquí atrincherada en la ética individual. ¿Es con esa mentalidad que se pretende enfrentar los complejísimos problemas del presente?

Si los actos de destrucción durante el estallido mostraban ese nihilismo en su versión callejera, apasionada, la política de los retiros revela la misma disposición por parte de quienes tienen a su cargo la conducción y la deliberación.

David Bravo célebremente describió los retiros como la peor política pública de la que haya registro. Pero su afirmación queda corta. No estamos ante algo simplemente “peor” dentro del campo usual de comparación, sino ante una política que ilustra las más graves taras intelectuales de nuestra clase política. A la capitulación ante todos estos vicios, para colmo, nuestros parlamentarios le han encontrado un nombre bien singular: se declaran “en reflexión”. La reflexión, sería hora de que recuerden, es apertura a la realidad y no el solipsismo al que han saltado.

*Manfred Svensson es académico de la UAndes e investigador senior del IES.

También puedes leer: Columna de Manfred Svensson: Identidad y plurinacionalidad


The Clinic Newsletter
Comentarios