Columna de Nona Fernández: El Poder Popular

En este escenario constituyente empujado por la movilización popular, en este proceso que nos tiene escribiendo, por fin, una nueva constitución, me pregunto: ¿dónde habrán ido a dar esas voces del pasado? ¿Esas palabras? ¿Esas ideas? ¿Qué fue de ese poder popular que proyectó los más profundos cambios que Chile intentó experimentar?

El pasado 11 de septiembre se dio “La Batalla de Chile”, ese documental gigante de Patricio Guzmán, en la televisión abierta. Por supuesto lo propongo como punto de partida de esta escritura a modo de respuesta a los impermitibles dichos negacionistas del candidato que la derecha y los poderes del conservadurismo han decidido levantar e inflar, voluntariosa y hasta risiblemente, hay que decirlo, por su estrategia desesperada. “La Batalla de Chile” es, entre otras muchas creaciones, una respuesta inapelable a semejante brutalidad expresada impunemente. Cuando ocurrió su exhibición, hace unos meses en la televisión abierta, pudimos leer las diversas reacciones en redes de gente que la veía por primera vez. Muchas subrayaban su impresión al escuchar el lenguaje de un pueblo trabajador y organizado, culto, informado, sindicalizado, con conciencia de clase, con motivaciones sociales, con capacidad de movilización. Palabras y códigos de un grupo humano que tejió con su trabajo y energía el poder popular que movilizó a esa época.

Patricio Guzmán divide el documental en tres partes y, con lucidez y sensibilidad, decide cerrarlo no con el golpe militar, como el trayecto histórico lo dispuso, sino con una tercera parte que él bautizó: El Poder Popular. Es ahí, luego de haber visto las brutales imágenes del golpe, cuando retrocedemos en el tiempo a algunos meses antes del feroz suceso y recibimos desde la pantalla, como encerrados en una cápsula espacio temporal, los más conmovedores mensajes de ese pueblo trabajador, culto y organizado, que ya intuía el difícil escenario que se venía encima y estaba dispuesto a todo por no perder la oportunidad histórica que habían construido. “¿No tiene usted confianza en el poder popular, compañero?”, escuchamos al obrero Óscar Bravo el año 1973, en medio de una asamblea. “Voy a defender al gobierno, porque sabemos que es del pueblo. Miedo yo no tengo y estoy decidido (…) Si muero por algo, quiero morir defendiendo la causa nuestra, como obrero”, dice un rostro cuyo nombre desconozco. “Esta es nuestra oportunidad. Si no es ahora no es nunca”, recojo el último texto de la película dicho por otro rostro cuyo nombre tampoco sé. 

En este escenario constituyente empujado por la movilización popular, en este proceso que nos tiene escribiendo, por fin, una nueva constitución, me pregunto: ¿dónde habrán ido a dar esas voces del pasado? ¿Esas palabras? ¿Esas ideas? ¿Qué fue de ese poder popular que proyectó los más profundos cambios que Chile intentó experimentar? Hoy, cuando la población está recuperando la confianza en la organización social y la movilización, cuando desde las comunidades y territorios aparecen nuevos liderazgos, cuando otra vez se empujan cambios contundentes y necesarios, cuando en la Convención Constitucional se están dando los diálogos y emplazamientos que en esta democracia no se dieron nunca, cuando se abre la posibilidad de retomar la escritura de una historia que ha sido hecha de espalda a la ciudadanía, sin su participación, que hoy tanto se exige, vuelvo a mirar la pantalla del televisor y a escuchar esos rostros del pasado. Desde el otro lado del vidrio les observo en una película que los fija en nuestro presente. Sus voces nos iluminan y nos confrontan en este hoy convulsionado. Y es que en este trance histórico con olor a déjà vu en el que nos encontramos, debemos atender las voces de los muertos porque son ellos quienes iniciaron, hace más de cincuenta años, esta revuelta de tiempos, reclamos y consignas atragantadas que fue interrumpida y que no ha terminado de ocurrir. Quizá somos la continuidad de aquellas voces. Quizá tomamos la posta de ese poder popular.

Evidentemente, cincuenta años después de las imágenes de “La Batalla de Chile”, con un golpe militar, con una dictadura feroz como la que tuvimos, con décadas de neoliberalismo boicoteando nuestra educación pública, nuestra cultura, nuestra vida comunitaria, nuestro sentido común, nuestras cabezas, nuestro afecto, la vida de tantas y tantos, hay que trabajar mucho para estar a la altura de quienes nos dejaron la posta. Pero hemos avanzado. Probablemente no todo lo que necesitamos, pero el motor ya se puso en marcha, se reactivó con un impulso que supera nuestra energía presente y que convoca también la voz de aquellos que pudimos escuchar en la pantalla del televisor.

Hoy, cuando la población está recuperando la confianza en la organización social y la movilización, cuando desde las comunidades y territorios aparecen nuevos liderazgos, cuando otra vez se empujan cambios contundentes y necesarios, cuando en la Convención Constitucional se están dando los diálogos y emplazamientos que en esta democracia no se dieron nunca, cuando se abre la posibilidad de retomar la escritura de una historia que ha sido hecha de espalda a la ciudadanía, sin su participación, que hoy tanto se exige, vuelvo a mirar la pantalla del televisor y a escuchar esos rostros del pasado.

Wenu Mapu es el nombre que el pueblo mapuche le da al firmamento. La tierra de arriba, el lugar donde viven los espíritus de nuestros antepasados. Todos aquellos que alguna vez pisaron el mundo y que ahora, desde allá arriba, nos protegen. El lugar donde llegan los que no trasgreden el orden natural de las cosas, convirtiéndose en halcones o cóndores del sol. Para el pueblo mapuche los muertos son los poseedores de la sabiduría, los ubican arriba porque ahí la perspectiva es amplia y se ve mucho mejor. El pasado está por encima, protegiendo y entregando luz en un ejercicio activo. El pasado es fundamental en su manera de ver el mundo y tanta bandera mapuche circulando en la revuelta social, reemplazando a las de los partidos políticos, tanta estrella de ocho puntas iluminando las calles, quizá, entre otras muchas lecturas de sentido, tenga que ver con la importancia del pasado y de nuestros muertos encendiendo la energía de la protesta. Desde el mismo Wenu Mapu, desde el lugar donde viven nuestros antepasados, caídas e instaladas en miles de banderas que recorrieron las calles, el país se llenó de estrellas y con ellas de una luz fantasmal. La luz de la revuelta es en gran parte la luz de nuestros muertos. Y quizá por eso la reunión callejera revivió cantos, consignas, gritos, prácticas, ideas y planteamientos que creíamos muertos y sepultados, pero que se han mantenido presentes gracias a rescates como el de “La Batalla de Chile”. Los tiempos se enredaron y corrieron por pasadizos estrechos, de paredes porosas y difusas que filtraron el ayer y el hoy proponiendo una energía multitemporal llena de provocación, porfía y desobediencia. Una energía que no tiene que ver con la delincuencia y el crimen, como les conviene hacernos creer, problema que por supuesto existe y arrastramos gracias a la inequidad profundizada por décadas. La energía que enredó los tiempos y nos despertó en colectivo fue un verdadero corto circuito, una descarga que nos devolvió la vida y nos entregó la posta del poder popular que creíamos perdido.

Y aquí estamos hoy, a días de una elección presidencial que definirá el futuro de este proceso histórico empujado por la revuelta social. Proceso que ha resucitado al poder popular mezclando la voluntad de quienes somos y de quienes fuimos, de aquellos que quedaron en el camino aplastados por la brutalidad y la falta de justicia, y por los que hoy han sufrido y sufren lo mismo. Quien insista en negar la ferocidad de nuestro pasado será incapaz de dialogar con este empuje que hoy nos moviliza. Es un motor poderoso que nos ha hecho avanzar en pocos años lo que no se hizo en décadas. Hay que confiar en el trabajo realizado y facilitar con el voto su camino al futuro. Hay que dejar de temer a los cambios porque ha sido el miedo la mejor herramienta que han tenido para secuestrar nuestra voluntad y nuestra felicidad. El mundo nos observa. Y desde la pantalla del televisor aquellas voces del pasado nos recuerdan que debemos estar a la altura de la Historia. Desde ahí nos siguen alentando.

“¿No tiene usted confianza en el poder popular, compañero?”

“Esta es nuestra oportunidad. Si no es ahora no es nunca”.

*Nona Fernández Silanes es actriz, dramaturga y escritora. Entre sus libros están “Space invaders” y “La dimensión desconocida”.

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